Arde Malta 30 #4
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Francisco se detiene, jadeando. Está cubierto de sangre de la cabeza a los pies. Apenas puede distinguir cuánta es suya —tiene varios cortes en los brazos y el costado— y cuánta es ajena. La herida del brazo que recibió en San Telmo se le ha abierto con el esfuerzo.

De las Cuevas está a su lado, igualmente ensangrentado. Respira con dificultad, como si hubiera corrido una gran distancia.

—Acabose —dice De las Cuevas con voz hueca.

Francisco no responde. Mira hacia el agua. Los cuerpos forman una masa tan densa en algunos lugares que apenas se ve la superficie. Entre los muertos flotan turbantes, restos de ropa, estandartes turcos que ondean suavemente en la corriente.

Aquí y allá, entre los cadáveres, ve movimiento. Algunos turcos aún viven, heridos, exhaustos, medio ahogados. Se aferran a los cuerpos de sus compañeros muertos intentando mantenerse a flote.

Algunos soldados cristianos continúan la matanza, vadeando entre los cuerpos para rematar a los supervivientes. Otros, como Francisco, simplemente se quedan de pie en la orilla, contemplando lo que han hecho.

El sol se está poniendo. La luz dorada del atardecer hace que todo parezca irreal, como una pintura del infierno.

Francisco ve a un civil maltés —un viejo pescador que reconoce del Burgo— zambullirse en estas aguas espantosas.

No viene a matar, viene a despojar a los muertos.

Los soldados turcos llevan todo cuanto poseen encima: monedas, joyas, armas ornamentadas.

El viejo rebusca entre los cadáveres con la eficiencia de quien ha pasado toda su vida recogiendo ostras.

—Deberíamos volver —dice De las Cuevas finalmente—. Ya no hay nada más que hacer aquí.

Francisco asiente, pero no se mueve. No puede apartar la vista del agua. Del mar que ya no es azul, sino rojo oscuro. De los cuerpos que se mecen suavemente, como si estuvieran durmiendo.

Piensa en el turco de la barba negra, en cómo lo miró antes de morir. No había fanatismo religioso en esos ojos. Solo miedo.

«Todos somos hombres», piensa Francisco. «Y todos morimos igual».

Pero no lo dice en voz alta. En su lugar, se limpia la sangre de la cara —un gesto inútil, porque sus manos están igual de ensangrentadas— y sigue a De las Cuevas de vuelta a la playa.

Detrás de ellos, en la noche que cae, todavía suenan algunos disparos aislados.

Los últimos remates de una jornada de muerte.

Kemiru observa el regreso de los supervivientes desde el promontorio del campamento. Lo que ve le impresiona hondamente.

De los miles de hombres que partieron al amanecer, solo unos cientos regresan. Vienen heridos, derrotados, con los ojos vidriosos.

El mar parece un prado donde se hubiera luchado una batalla. Una masa de parafernalia militar flota en la superficie: banderas, estandartes y todo tipo de restos forman una capa tan densa que apenas se ve el agua.

Aquí y allá, agitándose en las corrientes, ve cuerpos. Los vivos y los medio vivos, los que se retuercen y los ensangrentados, los mutilados y los moribundos.

Puede ver a algunos civiles malteses zambulléndose en estas espantosas aguas para rematar a los supervivientes y despojar a los muertos.

Es entonces cuando ve llegar el último bote con supervivientes. Reconoce a uno de sus ocupantes: Hasan. El jenízaro está empapado hasta los huesos, pero vivo.

Kemiru corre hacia la orilla para recibir a Hasan.

En su carrera, se cruza con un jenízaro con la mirada perdida de un sonámbulo: sangra como un eccehomo y tiene los dos brazos rotos por sendos tiros de arcabuz.

Detrás viene otro, un amigo de Hasan, al que tarda en reconocer debido a que un arcabuzazo le ha volado parte de una mejilla y a través de ella se le ven los dientes.

El panorama es dantesco.

Cuando al fin llega hasta Hasan, algo parecido a una sonrisa cruza su rostro.

—¿Cómo ha ido? —pregunta Kemiru en voz baja.

—Como no debería haber ido nunca —responde Hasan, aceptando su ayuda para salir del bote—. Los cristianos nos esperaban. Sabían lo que íbamos a hacer.

—¿Y ahora qué?

Hasan contempla el desastre que flota en las aguas de Senglea. Centenares de sus hermanos de armas convertidos en cadáveres. Lo mejor del ejército otomano aniquilado en una sola mañana.

—Ahora pagaremos el precio de la ambición de Mustafá —dice—. Y rezaremos para que Alá nos perdone por haber subestimado a nuestros enemigos.

—¿Tantos han muerto?

Hasan cierra los ojos. Ve de nuevo el momento de la emboscada: los cañones escupiendo muerte, sus hermanos jenízaros desapareciendo bajo las aguas, los gritos de los que se hundían lastrados por el peso de las armas. Pero guarda silencio.

Kemiru lo ayuda a caminar de vuelta al campamento. A cada paso, Hasan deja huellas rojizas en la arena.

Las murallas de Senglea se alzan en el horizonte como dientes de piedra. El sol poniente hace brillar la cadena submarina, esa cadena que ha convertido el mar en una trampa mortal.

A lo largo de la orilla, los cuerpos siguen llegando. Docenas, cientos, arrastrados por las corrientes como troncos después de una tormenta. Algunos flotan boca arriba, con los ojos abiertos mirando un cielo que ya no ven.

Y entre todos ellos, un estandarte verde gira en las aguas ensangrentadas. Solitario. Derrotado.

Como todo lo que queda del ejército del sultán en esta desastrosa jornada.