30 #3
Diez grandes barcones se deslizan más allá de la punta del Espolón. Llevan novecientos de los mejores soldados del ejército otomano. Jenízaros e infantes de marina que han venido a vencer o morir. Todos seleccionados porque no saben nadar. No pueden huir aunque quieran.
Los botes ignoran la lucha que tiene lugar en la playa y van directos a la zona desprotegida de la península, más allá del alcance de las cadenas. Aquí no hay defensas visibles. Las murallas son bajas y el desembarco será sencillo. Será un ataque por la retaguardia que los cristianos no esperan.
Todo parece ir según el plan trazado por los generales otomanos.
Los barcones mantienen la formación perfecta. Se acercan más. La orilla está a menos de cien metros. Los jenízaros ya pueden ver las piedras del fondo bajo el agua cristalina.
Pero entonces ocurre el desastre.
Una cadena de destellos metálicos y detonaciones casi al nivel del agua. En la punta de la península del Burgo, al otro lado del canal, camuflada entre las rocas, una batería de cañones maltesa abre fuego.
—¡Cañones! ¡Retirada, retirada! —gritan.
Pero es demasiado tarde.
En la batería escondida, el comandante sanjuanista se relame viendo lo que se le ha puesto a tiro con tanta facilidad.
Ha cargado sus cinco cañones con metralla mortal: bolsas de piedras, eslabones de cadenas, abrojos con púas.
Y justo cuando ha tenido las embarcaciones frente a él ha dado la orden de abrir fuego. Es imposible errar el tiro.
La andanada letal de balas y metralla cruza la superficie del agua e impacta contra los botes. Los jenízaros se arrojan al fondo de la embarcación mientras el aire se llena de astillas, sangre y gritos.
En pocos minutos, nueve de los diez botes se parten y se hunden. Es una masacre. La idea de Mustafá de enviar a soldados que no sepan nadar multiplica las consecuencias del desastre. Centenares de soldados de élite otomanos flotan muertos o se ahogan frente a Senglea.
Desde el espolón, Hasan es testigo del desastre. Ve cómo hombres valientes, veteranos de mil batallas, desaparecen bajo las aguas sin poder hacer nada por salvarse.
Ha sido una masacre. Una trampa que ha devorado lo mejor del ejército otomano en un solo bocado.
Llegan refuerzos cristianos desde el Burgo y ellos, sin el apoyo de los novecientos jenízaros que se acaban de ahogar, no pueden mantener las posiciones ganadas.
La misión ha fracasado.
—¡Retirada!
Los refuerzos cristianos pasan desde el Burgo a Senglea por un pontón de barcas.
Francisco y De las Cuevas se encuentran entre los soldados del refuerzo. Cruzan rápido, con las armas preparadas. Desde aquí pueden ver el humo que se eleva desde Senglea y oír los gritos de combate.
La situación sigue siendo crítica en ambos frentes.
—¿Ves eso? —De las Cuevas señala hacia los restos de la flotilla jenízara—. Los turcos se están retirando.
Francisco sigue su mirada y ve los restos de los barcones enemigos alejándose de la costa. Algunos se hunden lentamente, otros reman de vuelta hacia el campamento turco con desesperación. Algo ha cambiado en el combate.
Alcanzan la orilla de Senglea y corren hacia donde suena el fragor de la batalla. Pero antes de llegar al espolón, ven aparecer a unos jóvenes malteses.
Son muchachos, algunos no tendrán más de catorce años.
Armados con hondas, bajan corriendo hacia la playa oriental gritando «¡Relevo!
¡Victoria!» mientras lanzan piedras contra los barcos que se retiran.
Sus voces agudas se alzan por encima del estruendo de la batalla como el canto de pájaros furiosos.
—¡Los turcos huyen! ¡Se ahogan! —grita uno de ellos, con la cara ennegrecida.
Francisco y De las Cuevas se detienen en una elevación desde donde pueden ver la playa oriental completa. El espectáculo es de pesadilla.
El pánico domina a los turcos en el agua.
Muchas barcas han sido hundidas o se han retirado ya, y no hay espacio para todos los que intentan escapar.
La lucha por embarcar es furiosa, desesperada.
Hombres que hace minutos eran soldados disciplinados ahora se empujan, se golpean unos a otros en su desesperación por alcanzar los botes que quedan.
Francisco ve cómo un barcón, sobrecargado de hombres que trepan por ambos lados, se vuelca. Decenas de turcos caen al agua. Los que no saben nadar se hunden de inmediato, lastrados por sus ropas empapadas y el peso de las armas. Los que saben nadar luchan por mantenerse a flote.
Es entonces cuando Francisco ve a los defensores de Senglea irrumpir en la playa.
Son los soldados del pequeño socorro, los hombres de Robles que llegaron de Sicilia hace unos días. Españoles, italianos, algunos malteses veteranos. Vienen corriendo desde las defensas que acaban de mantener, con las espadas y picas aún ensangrentadas del combate anterior.
Pero ahora no vienen a defender. Vienen a matar.
Se lanzan al agua poco profunda, donde los turcos intentan reorganizarse o huir nadando. Y comienza la masacre.
—Vamos —dice De las Cuevas, con la voz ronca—. Nosotros también tenemos cuentas que ajustar.
Francisco lo mira un momento. Ve en los ojos de su amigo algo oscuro, algo que no estaba ahí antes de San Telmo. O quizá sí estaba, pero San Telmo le ha dado permiso para salir.
—Vamos —repite Francisco, y bajan corriendo hacia la playa.
Se unen al grupo de soldados del pequeño socorro. Francisco reconoce algunas caras de Sicilia. Hombres que compartieron vino y pan con él durante la travesía. Ahora tienen las caras crispadas, los ojos enrojecidos, los cabellos erizados y sucios de sangre costrosa.
El agua les llega hasta las rodillas, luego hasta la cintura. Delante de ellos, los turcos intentan retroceder, pero no tienen adónde ir. Algunos arrojan sus armas y se hincan de rodillas con las manos alzadas, suplicando piedad en un italiano roto.
—¡Amán! ¡Amán! —gritan, usando la palabra turca para misericordia.
No la encuentran.
—¡Morid, perros! —grita un soldado español, y hunde su espada en el pecho de un turco arrodillado—. ¡Pagad por San Telmo!
El grito es retomado por otros. «¡San Telmo! ¡San Telmo!» Se convierte en un cántico, en una justificación, en una absolución anticipada por sus actos.
Francisco ve a un turco joven intentando nadar hacia mar abierto. Está exhausto, sus brazadas son cada vez más débiles. De las Cuevas lo alcanza, lo agarra por el pelo y le hunde la cabeza bajo el agua.
El turco se retuerce, agita los brazos, intenta liberarse. De las Cuevas lo mantiene hundido, con el rostro impasible, como quien ahoga a un gato en un saco.
Las burbujas dejan de subir. El cuerpo queda laxo.
De las Cuevas lo suelta y el cadáver flota boca abajo, meciéndose suavemente con las olas.
Francisco siente náuseas, pero las reprime. Recuerda San Telmo. Recuerda los cuerpos crucificados. Recuerda los torsos destripados y colgados de las murallas.
Un turco corpulento, con barba negra y una cicatriz que le cruza la cara, emerge del agua frente a Francisco. Aún sostiene un cuchillo. Sus ojos están llenos de odio y desesperación a partes iguales.
Se lanza hacia Francisco con un grito gutural.
Francisco reacciona por instinto. Levanta su espada y la hunde en el vientre del turco. La hoja entra fácil. Siente cómo la punta atraviesa la tela mojada, la carne, algo más denso dentro.
El turco se detiene. Baja la vista hacia la espada que le sale del vientre. Abre la boca, pero no sale ningún sonido. Solo sangre.
Francisco retira la espada. El turco cae de rodillas en el agua, se lleva las manos al vientre intentando contener lo que se escapa, y finalmente se desploma hacia un lado.
Francisco se queda mirando el cadáver que se hunde lentamente en el agua roja.
—¡Francisco, a tu izquierda!
El grito de De las Cuevas lo saca de su parálisis. Se vuelve y ve a otro turco intentando alcanzar la costa. Francisco lo persigue, lo alcanza, y le hunde la espada en la espalda mientras el hombre intenta trepar sobre las rocas.
Y entonces algo se rompe dentro de él.
O quizá no se rompe. Quizá simplemente se rinde.
Ya no piensa. Solo mata.
Un turco tras otro. Algunos se defienden, la mayoría solo intenta huir. No importa. La espada sube y baja. Roja. Siempre roja.
«Por San Telmo», se repite Francisco. «Por San Telmo. Por los que murieron empalados. Por los que fueron decapitados. Por todo».
Pero en el fondo sabe que eso son excusas. La verdad es más simple y más oscura: está matando porque puede, porque es fácil, porque todos los demás lo hacen, porque la rabia necesita salir de alguna forma.
La matanza continúa hasta que ya no quedan turcos vivos. Solo cuerpos meciéndose sobre las olas. Decenas de ellos. Quizá cientos.
Los gritos se van acallando poco a poco. Los cristianos evitan mirarse los unos a los otros, como si tuvieran miedo de ver en los ojos de sus compañeros a las bestias en que los ha convertido esta guerra.