30 #2
Antoine respira entrecortadamente, limpiando la sangre de su espada. Sabe que esto es solo el principio.
Desde el foso, el agá de los jenízaros ordena que avancen las tropas regulares. Una segunda oleada se lanza contra las murallas.
—¡Desembarcad! ¡Al ataque, gualá!
El impacto ha sido brutal. A Hasan le duelen los dientes por el choque contra el yelmo del hombre que le precedía en el desembarco.
Un dolor sordo le recorre la mandíbula. A su alrededor, varios jenízaros han caído al fondo del bar cón.
Uno se sostiene el brazo, claramente roto.
Otro tiene la frente partida y la sangre le corre por la cara.
Pero no hay tiempo para heridos.
Hasan salta por la borda junto con sus compañeros. El agua le llega hasta el pecho, fría y hostil. Sus botas se hunden en el lecho arenoso mientras avanza vadeando hacia la orilla. El peso del arcabuz, del yatagán, de la casaca empapada, todo se multiplica en el agua.
A su alrededor llueven balas, flechas y piedras.
El agua estalla en pequeñas columnas y penachos de espuma donde impactan los proyectiles. Un jenízaro, a su derecha, recibe una bala en el cuello. Cae hacia atrás con un gorgoteo horrible, tiñendo el agua de rojo. Nadie se detiene a ayudarlo.
Avanzar. Solo avanzar.
Hasan mantiene el arcabuz en alto, protegiéndolo del agua. Las piernas le arden del esfuerzo de caminar contra la resistencia del agua. Cada paso es una batalla contra el fondo que se hunde, contra el peso muerto de todo lo que lleva encima.
Una flecha pasa silbando junto a su oreja. Tan cerca que siente el aire desplazado.
Otro jenízaro, más adelante, alcanza la orilla. Da tres pasos sobre la arena y una bala de arcabuz le atraviesa el pecho. Se desploma de rodillas, mira hacia abajo como sorprendido de ver el agujero en su casaca, y cae de bruces.
Los defensores les disparan desde las murallas y el terraplén, pero el avance otomano es tan rápido, tan desesperado, que los dos morteros preparados para barrer la playa no llegan a dispararse.
Hasan alcanza tierra firme. El agua chorrea de su ropa.
Respira entrecortadamente, escupe saliva con sabor a sal.
No hay tiempo para recuperarse.
—¡Al espolón! ¡Al espolón! —grita el comandante, señalando con su yatagán hacia el promontorio que se alza al final de la península.
Es el punto más débil de las defensas. Solo un terraplén bajo protege la posición. Detrás se agrupan soldados españoles e italianos del pequeño socorro. Hasan reconoce sus banderas con la cruz de Borgoña ondeando sobre la fortificación improvisada.
Corre hacia adelante, sus botas chapoteando en la arena mojada. El joven jenízaro nervioso corre a su lado, con el rostro transformado en una máscara de determinación. El miedo se ha convertido en algo más útil: rabia.
Alcanzan el terraplén.
Un soldado español con casco de acero aparece en lo alto, blandiendo una pica. La punta baja hacia Hasan con intención mortal. Hasan se echa a un lado; siente cómo la pica roza su casaca y dispara su arcabuz hacia arriba.
La bala encuentra el vientre del español. El hombre suelta un grito agudo y cae hacia atrás, fuera de vista.
Hasan arroja el arcabuz descargado —no hay tiempo para recargar— y desenvaina su yatagán. El peso familiar de la hoja curva en su mano le da confianza. Con esto sabe trabajar. Con esto ha matado a decenas de hombres.
Trepa por el terraplén. La tierra suelta se deshace bajo sus pies. Una piedra lanzada desde arriba le impacta en el hombro. El dolor es agudo, pero lo ignora y sigue subiendo.
Alcanza la cima del terraplén y se encuentra cara a cara con un soldado italiano. Joven, quizá de la misma edad que el jenízaro nervioso. Sostiene una espada y una rodela pequeña. Sus ojos están muy abiertos.
El italiano ataca primero, un tajo horizontal que Hasan bloquea con el yatagán. El choque de metal contra metal resuena. Hasan gira, aprovecha el impulso del bloqueo, y hunde la punta curva de su yatagán en el costado del italiano, justo debajo de las costillas, donde el coleto de cuero no protege.
La hoja entra profundo. Hasan siente la resistencia de la carne, luego algo más blando —un órgano interno— y finalmente la punta raspa contra una costilla al salir.
El italiano abre la boca, pero solo sale un gorgoteo de sangre y se desploma.
Hasan retira el yatagán de un tirón. La sangre corre por la hoja curva.
A su alrededor, el terraplén se ha convertido en un caos de combate cuerpo a cuerpo. Jenízaros y defensores cristianos se baten en un espacio reducido.
Un maltés corpulento, con los brazos desnudos, agarra una bomba incendiaria. Es una esfera de barro cocido, con una mecha humeante. La levanta para arrojarla sobre los jenízaros que trepan.
Pero sus manos están resbaladizas de sangre. La bomba se le escurre.
Cae a sus pies.
El maltés tiene tiempo de mirar hacia abajo, de comprender lo que acaba de pasar. Luego la bomba estalla.
La deflagración es cegadora. Una bola de fuego naranja envuelve al maltés y a los hombres que lo rodean. El calor es tan intenso que Hasan, a varios metros de distancia, siente cómo le chamusca las cejas.
Los gritos son horribles. Hombres envueltos en llamas corren en todas direcciones, agitando los brazos, ciegos de dolor. Uno de ellos —imposible saber si es cristiano o musulmán bajo el fuego— se lanza desde el terraplén al agua, convertido en una antorcha humana.
Pero la explosión ha abierto una brecha en la línea de defensa cristiana.
El montón de bombas incendiarias que los defensores tenían apiladas ha estallado en cadena. Donde antes había una línea sólida de soldados cristianos, ahora hay un hueco lleno de humo, fuego y cuerpos retorcidos.
—¡Adelante! ¡Por Alá! —grita alguien.
Los jenízaros se lanzan a través de la brecha. Hasan entre ellos. Sus botas pisan algo blando —un cadáver, quizá dos— pero no mira hacia abajo. Solo hacia adelante.
Alcanza el otro lado del terraplén y se cubre tras él a la espera de otros jenízaros que le apoyen. Y enseguida llegan más. En segundos, han plantado tres banderas otomanas en lo alto del parapeto. Los estandartes verdes ondean triunfantes.
Pero los cristianos no se rinden.
Un capitán con armadura reluciente aparece corriendo desde el interior de la fortificación. Lleva la cruz de los caballeros de San Juan en el pecho. Es un hombre alto, de hombros anchos, y se mueve con la confianza de quien ha vencido en muchas batallas.
—¡A mí, soldados de Cristo! —grita en castellano—. ¡No retrocedáis!
Los defensores se reagrupan en torno a él. Hasan reconoce el momento: si este capitán no cae, si logra mantener la moral de sus hombres, los jenízaros serán rechazados.
El capitán sube al parapeto. Erguido sobre la muralla baja, con su armadura brillando bajo el sol, es un blanco perfecto. Es también una figura imponente, un símbolo de resistencia.
Una bala de arcabuz impacta contra su peto. La armadura aguanta. La bala rebota con un sonido metálico y cae al suelo sin causarle daño.
El capitán sonríe. Es una sonrisa feroz, de hombre que se sabe protegido por el mejor acero de Europa.
El capitán sanjuanista y su grupo arremeten contra los atacantes desde una posición elevada, y consiguen frenar el avance otomano.
Hasan ha dejado caer su arcabuz en el agua, pero ve a un jenízaro muerto a pocos pasos. El hombre aún sostiene su arma cargada. Hasan corre hacia él, esquivando un tajo de espada de un soldado español que otro jenízaro intercepta.
Recoge el arcabuz del muerto. Está cargado, la mecha aún humea ligeramente. Busca un lugar donde apoyarse, donde tener un tiro limpio.
El capitán sigue en lo alto del parapeto, gritando órdenes, señalando con su espada, organizando la defensa. Es el centro en torno al cual combaten sus hombres.
Hasan se arrodilla, apoya el arcabuz en su hombro. El capitán está de perfil, a unos veinte pasos. Demasiado lejos para un tiro seguro con un arcabuz, pero no imposible.
Apunta bajo. La armadura protege el pecho, el vientre, los hombros. Pero hay un punto débil que todos los caballeros tienen: la ingle, donde las placas de metal se encuentran y dejan un hueco pequeño, cubierto solo por malla.
Hasan respira hondo. Contiene el aire. Aprieta el gatillo.
El serpentín baja, la mecha toca la pólvora en la cazoleta. Hay un chisporroteo, luego el estampido del disparo.
El retroceso le golpea el hombro. El humo le nubla la vista un instante.
Cuando se disipa, ve al capitán tambalearse. Se lleva una mano a la ingle izquierda. La sangre brota entre sus dedos enguantados, oscura y abundante.
El capitán sanjuanista intenta mantener el equilibrio, pero las piernas le fallan. Cae de rodillas primero, luego hacia un lado.
Ambos bandos se lanzan sobre él. Es un tira y afloja macabro. Los jenízaros lo agarran por las piernas, tirando hacia abajo. Los cristianos lo sujetan por los brazos y la armadura, tirando hacia arriba.
El capitán está muerto, pero, aun muerto, su cuerpo es en sí mismo un trofeo de guerra.
Finalmente, los defensores cristianos, con un esfuerzo desesperado, logran recuperar el cuerpo. Lo arrastran hacia el interior del fuerte, dejando un rastro de sangre en el suelo.
Pero antes de soltarlo completamente, un jenízaro logra quitarle los zapatos de los pies. Es un trofeo pequeño, casi cómico en medio de tanta muerte, pero los jenízaros aúllan de triunfo al mostrarlos.
Hasan suelta el arcabuz vacío y recupera su yatagán. La hoja aún tiene sangre del italiano que mató hace unos minutos. La limpia en su propia casaca; ya está tan sucia que un poco más de sangre no importa.
El enemigo se repliega. Hasan y sus hombres se parapetan y se preparan para resistir.
Nos son muchos y no podrán hacerlo por mucho tiempo cuando los defensores contrataquen.
Pero Hasan sabe que, más allá del alcance de su vista, Mustafá está jugando su verdadero triunfo: el desembarco de otros novecientos jenízaros de élite que flanquearán Senglea y tomarán la península por la retaguardia.
Si ese plan funciona, esta lucha brutal por el espolón habrá valido la pena.
Si no...