30
Kemiru despierta antes del alba al sonido de las oraciones, pero esta mañana es diferente.
Las voces de los imanes se han alzado desde las cuatro de la madrugada, cantando sin pausa los noventa y nueve nombres de Alá.
El aire vibra con una tensión que eriza la piel, y hasta los perros del campamento se mantienen en silencio, presintiendo lo que viene.
Se incorpora en su jergón. Hasan no está en la tienda.
El chico sale al exterior y contempla a miles de hombres moviéndose en la penumbra.
Hay jenízaros ajustando sus altos sombreros con plumas blancas, argelinos revisando la mecha de sus arcabuces, corsarios afilando cimitarras que brillan bajo las estrellas que se desvanecen.
En la distancia, una hoguera se enciende en la colina tras Senglea. Otra llama le responde desde las ruinas de San Telmo. Son las señales del ejército otomano. Algo importante está a punto de comenzar.
Kemiru corre hasta un promontorio desde donde puede ver Sengela y el Burgo.
Los oblicuos rayos del amanecer iluminan un espectáculo extraordinario: Cientos de embarcaciones aguardan en formación sobre las aguas tranquilas del canal: barcones abarrotados de hombres, sus bordas protegidas con sacos de heno y lana.
Brillan los damascos carmesíes, los turbantes exóticos y las armaduras cinceladas con versículos mahometanos.
En vanguardia van tres barcos llenos de guerreros religiosos con turbantes verdes. Sostienen ejemplares del Corán abiertos y leen en voz alta, recitando versos para alentar a los combatientes. Sus voces flotan sobre las aguas mientras entonan cánticos sagrados.
Los barcos están adornados con gallardetes y banderas que ondean en la brisa matinal. Los sonidos de castañuelas, cuernos y panderetas crean una sinfonía marcial que hace temblar el aire.
En lo alto de un caique, el corsario Aluch agita una pequeña bandera dirigiendo esta increíble sinfonía de muerte.
Kemiru no puede apartar los ojos. Es hermoso y terrible a la vez. Sus paisanos van a enfrentarse a esa espeluznante marea de acero y seda, y él está aquí, impotente, contemplándolo todo desde el bando enemigo.
El rugido de los cañones cristianos rompe el hechizo. Desde las murallas de Senglea, las piezas de artillería abren fuego sobre la flota. Ve columnas de agua alzarse donde caen las balas, ve barcos que se tambalean por los impactos directos.
Pero los otomanos siguen avanzando con ánimo determinado, gritando y disparando sus arcabuces sin cesar.
La tormenta de Senglea ha comenzado.
Hasan respira el aire cargado de una mezcla de salitre, ropas sucias y el metal de sus arreos mientras su barcón surca las aguas hacia Senglea. A su alrededor, treinta jenízaros comprimen sus cuerpos en el espacio reducido de la embarcación. El hacinamiento es terrible, pero nadie se queja.
Los barcos con los guerreros religiosos se alejan hacia la retaguardia.
Han cumplido su función de inspirar a las tropas con sus oraciones sagradas.
Sus cánticos cesan de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta.
Solo queda el sonido rítmico de los remos hendiendo el agua y el rugido de los cañones cristianos que cada vez suena más cerca.
Hasan revisa su arcabuz. Pólvora cebada en la cazoleta y cuerda prendida en el serpentín.
Sopla la mecha procurando tapar la cazoleta con la mano.
Todo en orden. Es un ritual nacido de años de campaña que ha repetido cientos de veces, pero nunca pierde su importancia.
Un arcabuz mal preparado significa la muerte.
A su lado, un jenízaro joven —no puede tener más de diecinueve años— murmura una oración entre dientes.
Sus manos tiemblan ligeramente mientras sostiene su arma.
Hasan reconoce ese temblor. Lo ha visto en decenas de hombres, jóvenes y mayores, antes de un asalto. Es el miedo natural a la muerte. Pero para temer a la muerte hace falta primero amar la vida, y de eso Hasan anda ya escaso.
Pone una mano en el hombro del muchacho. El joven levanta la vista, sorprendido.
—Alá nos protege —dice Hasan con voz firme—. Ya sea en esta vida o en la otra, obtendremos la victoria.
El joven asiente, tragando saliva. Su temblor disminuye, aunque no desaparece del todo.
La primera andanada enemiga cae sobre la flota con violencia súbita.
Una columna de agua se alza a apenas cinco metros de su barcón, empapándolos con agua salada. Hasan siente el sabor del mar en los labios, ve cómo los hombres a su alrededor se encogen instintivamente, aunque saben que eso no servirá de nada si una bala los encuentra.
Otra embarcación, dos posiciones a su izquierda, recibe un impacto directo.
La bala de cañón parte el casco en dos con un crujido horrible de madera astillada.
Los hombres gritan mientras el agua se traga la embarcación en cuestión de segundos.
Brazos agitándose, cabezas hundiéndose, turbantes flotando en la superficie roja.
—¡Mantened la vista al frente! —grita el comandante de su barcón, un veterano con barba gris y una cicatriz que le cruza toda la cara.
Pero Hasan mira. Ve a un jenízaro hundirse bajo el agua, lastrado por el peso de las armas. Sus ojos se encuentran un instante antes de que el mar se lo trague.
Los remeros mantienen el ritmo, imperturbables. Sus músculos brillan de sudor bajo el sol que ya empieza a calentar.
—¡Preparaos! —grita el comandante.
Otra andanada. Esta vez mucho más cerca.
Un trozo de metralla pasa silbando sobre las cabezas de los jenízaros e impacta en el pecho de un remero.
El hombre se desploma sobre su remo, la sangre manchando la madera.
El remero encadenado junto a él grita algo en griego, pero no hay tiempo para retirarlo.
Otro disparo de arcabuz impacta en la cabeza del jenízaro dos filas delante de Hasan.
El hombre se desploma hacia un lado sin un sonido, salpicando sangre y fragmentos de hueso sobre sus compañeros.
Hasan se limpia la sangre de la cara con la manga de su casaca. No es la primera vez. No será la última.
El joven que está a su lado ha dejado de temblar. Ahora está rígido, con los ojos muy abiertos, mirando fijamente el cadáver del compañero caído. Hasan conoce esa mirada también: el momento en que un hombre comprende que no hay gloria romántica en un cráneo reventado.
—Concéntrate en la misión —le dice Hasan—. Piensa solo en el siguiente paso. Desembarcar. Avanzar. Luchar. Nada más.
El muchacho asiente, aunque Hasan no está seguro de que haya escuchado las palabras.
La cadena submarina ya está a la vista: una línea irregular de picos de hierro que emerge del agua como los dientes de algún monstruo marino. Brillan húmedos bajo el sol, manchados de algas y óxido.
Van a estrellarse contra ella a toda velocidad. El comandante grita algo en turco. Los remeros guardan los remos. Todos se aferran a lo que pueden. El impacto los lanza hacia adelante cuando la embarcación es detenida en seco por la cadena de hierro.
—¡Desembarcad! ¡Al ataque, gualá !
Al mismo tiempo que los barcos atacan Senglea por el lado occidental, los turcos se lanzan al ataque por tierra contra las defensas del Senglea.
Fra Antoine de Montmorency ve emerger del foso a miles de otomanos con sus escalas de asalto. Una marea humana que se alza contra las murallas de Senglea.
Visten aljubas de elegante paño, muchas de tela de oro y plata. Sus turbantes exóticos ondean al viento. Portan arcabuces ornamentados y cimitarras que brillan al sol. Parecen príncipes salidos de un cuento oriental, pero vienen a matar.
—¡Fuego! —grita el maestre de campo Robles desde su posición.
Las murallas eructan muerte. Metralla, balas de arcabuz, flechas. Los argelinos caen por decenas, pero siguen avanzando. Su número es abrumador.
Antoine empuña su espada y se prepara. A su lado combate un franciscano, el hermano Eboli, con el crucifijo en una mano y la espada en la otra. Va de puesto en puesto luchando con frenesí sagrado, bendiciendo a los hombres.
Los primeros atacantes alcanzan la muralla.
Sus escalas se alzan contra el cielo. Antoine ve rostros cetrinos, barbas negras, ojos ardiendo de fanatismo religioso.
Un caballero portugués que combate a su vera recibe un arcabuzazo y se le cae encima cubierto de sangre.
Antonie se zafa del muerto y encara a un argelino que salta sobre el parapeto.
Su cimitarra describe un arco mortal hacia la cabeza de Antoine.
El francés se agacha y responde con una estocada que encuentra carne entre las costillas del enemigo.
Pero llegan más enemigos. Muchos más.
El fuego cruzado de los arcabuceros cristianos desde ambos flancos causa estragos, pero la pura fuerza del número y el impulso de los otomanos les permite seguir presionando. Por un momento terrible, los atacantes ganan posiciones sobre el parapeto.
Antoine recibe un tajo en el hombro, pero su armadura absorbe el impacto y no llega a hacer sangre. Sigue luchando. No puede permitirse caer. Si esta línea se rompe, Senglea caerá en horas.
Un jenízaro con bonete blanco guarnecido de oro aparece de pronto sobre la muralla. Dispara a un caballero hospitalario francés en la cara a bocajarro. La cabeza del hombre estalla.
Antoine siente náuseas, pero no hay tiempo para la compasión. Solo para sobrevivir.
Las trombas de fuego entran en acción. Chorros de fuego líquido envuelven a los argelinos que han logrado subir a la muralla. Corren hacia el mar profiriendo gritos terribles de dolor, convertidos en antorchas humanas.
Un olor a carne quemada, semejante al vinagre hervido, flota mezclándose con la pólvora y el hierro de la sangre. Gritos en maltés, español, turco, italiano, árabe, serbio y griego se mezclan en una babel de muerte. Las columnas de humo negro apenas permiten ver nada con claridad.
Pero, tras lo que parece una eternidad, los atacantes retroceden. El estrecho terreno por el que deben avanzar ha jugado en su contra y su propio número los han entorpecido.