29
Es la hora fría que precede al alba. Kemiru despierta, pero no al sonido de las oraciones matutinas, sino con la patada de una bota turca en las posaderas.
—Levántate —le ordena Hasan en italiano—. Tienes trabajo.
El jenízaro lo conduce hasta las cocinas del regimiento. Allí espera un hombre corpulento de bigote gris que examina a Kemiru con ojo clínico.
—¿Este es el muchacho? —pregunta en turco.
—Sí. Se llama Kemiru. Sabe trabajar.
—Yo soy Ali Çelebi, el encargado de la cocina —dice el hombre, dirigiéndose al prisionero en un italiano rudimentario—. Tú, cristiano, aquí no eres persona. Eres manos que trabajan. ¿Entiendes?
Kemiru asiente. Ha captado el mensaje con claridad.
—Limpias platos. Llevas agua. Obedeces siempre. Si problemas, Hasan decide qué hacer contigo.
Hasan, que observa desde la entrada, bebe agua de su odre por tercera vez desde que llegaron.
Kemiru nota que las manos del jenízaro tiemblan ligeramente al sostenerlo.
Es un movimiento casi imperceptible, pero Kemiru lo nota.
El jenízaro se lleva una mano al costado como si le doliera, respira hondo y se recompone.
Hay algo de sudor en su frente que no se corresponde con la temperatura fresca de la mañana.
—El agua sabe rara últimamente —comenta Ali Çelebi—. Algunos dicen que los cristianos han echado algo en los pozos.
—Tonterías —responde Hasan, pero su voz suena más ronca de lo normal—. Es el calor y el cansancio, nada más.
Cuando Kemiru se acerca a las cocinas, le sorprende ver el estado de la comida. Los sitiadores están alimentándose peor que los sitiados.
—¿Dónde están los ingredientes frescos? —pregunta Kemiru.
Ali escupe al suelo y se encoge de hombros.
—Agua mala. Tierra mala. Malta es maldición.
A Kemiru lo mandan con otros cautivos a buscar agua al pozo.
Se pasa la mañana entera haciendo viajes del campamento al pozo, y del pozo al campamento.
Sobre sus hombros carga con dos grandes odres de agua sujetos por un palo.
El trabajo es agotador y le duelen todos los músculos de la espalda.
Además, a medida que el sol se va alzando en el cielo y aprieta el calor, el trabajo se hace más y más pesado.
Cuando al final de la jornada Kemiru regresa a la cocina, Ali Çelebi está instruyendo a dos jenízaros novicios que han cometido una falta grave. Los jenízaros deben ser de origen italiano, pues esa es la lengua que Çelebi emplea con ellos.
—¿Sabéis qué significa volcar el caldero, hijos? —pregunta el aşçıbaşı .
Kemiru observa un gran caldero de bronce volcado en el suelo.
—Es un acto de rebelión, efendi —murmura un novicio—. Pero yo no lo volqué...
La mirada de Ali se endurece.
—Este caldero no solo hierve agua y carne. Hierve el alma de nuestro regimiento. Cada gota representa la sangre de los hermanos que nos precedieron. Es el alma de nuestra orta . Un símbolo más sagrado que las águilas en las viejas legiones romanas.
Kemiru, inclinado sobre los platos sucios, escucha cada palabra. No entiende todo, pero lo suficiente. La voz de Ali es la voz de un sacerdote, un juez y un padre, todo a la vez. Al parecer los dos jóvenes se han peleado por algo y en su disputa han volcado el caldero por accidente.
El joven jenízaro intenta justificarse: —Fue culpa suya, me insultó. Dijo que yo era hijo de infieles.
Ali suelta una carcajada áspera: —¡Asno, todos lo somos! Todos fuimos tomados de pueblos lejanos, criados bajo el islam y bautizados con hierro por voluntad de Alá. No nos unen lazos de sangre, pero somos hermanos. Hermanos unidos por el deber.
Las palabras golpean a Kemiru con fuerza inesperada. Esos hombres también han sido arrancados de sus hogares. Ellos, al igual que él, han perdido sus familias, sus nombres, sus vidas anteriores. Pero han encontrado una nueva hermandad.
Cuando Ali deja ir a los dos jóvenes tras la explicación del kazan , Kemiru piensa: «Y todo esto por un caldero...». Pero ya no es desprecio lo que siente. Es comprensión. Ese caldero representa lo único que tienen: su identidad como hermanos de armas.
Los días pasan para Kemiru en su nueva vida en el campamento otomano. Trabaja bien y no da problemas. Poco a poco se va ganando la estima de Ali y del resto de jenízaros de la cocina.
Al tercer día, Kemiru deja de mirar hacia las murallas cristianas cada vez que cruza el campamento.
Al quinto, Ali le permite acercarse a los calderos sin vigilancia.
Al décimo, Kemiru empieza a notar que Hasan pasa por las cocinas más a menudo. A veces sin ninguna orden que dar, sin ninguna razón aparente. Solo observa, asiente brevemente, y se marcha.
Kemiru no sabe cuándo exactamente dejó de ser simplemente un cautivo.
Quizá fue la tarde en que Ali le enseñó a preparar el pilav sin que se pegara.
Quizá fue la noche en que Hasan le trajo una manta cuando lo encontró tiritando.
O quizá fue el día en que uno de los jenízaros jóvenes le revolvió el pelo al pasar y le dijo «bien hecho, pequeño».
Lo cierto es que algo ha cambiado.
Esa noche, Hasan se acerca a Kemiru mientras el muchacho limpia los últimos cacharros de la cena.
—Ven conmigo —le ordena.
Lo conduce fuera del área de cocinas, a un lugar más tranquilo donde pueden hablar sin ser molestados. El campamento se extiende ante ellos salpicado de hogueras que apenas logran mantener el desaliento a raya.
—¿Cómo vivías en Malta antes de la guerra? —pregunta en italiano.
Kemiru vacila. Durante semanas ha aprendido que la supervivencia depende de elegir bien las palabras.
—Era... libre —dice.
—¿Libre? Explícame qué significa eso.
—Nadaba. Pescaba. Hacía lo que quería.
Hasan asiente pensativo. A la luz de las estrellas, su rostro se ve más viejo. La palabra libertad choca con la filosofía jenízara. Ellos, aunque viven una vida de prestigio, son esclavos del sultán.
—¿Y familia?
—No tengo. Los corsarios los secuestraron cuando atacaron Gozo.
La mención de los corsarios hace que Hasan enarque una ceja. Conoce bien esas incursiones. Ha participado en alguna, aunque a los corsarios no les gustan las injerencias de los jenízaros en lo que consideran «su negocio».
—¿Y te criaron los caballeros?
—Nadie me crio. Me crie solo.
Hasan estudia al muchacho con renovada atención. Supervivencia solitaria desde la infancia. Eso explica su resistencia, su capacidad de adaptación.
—Escúchame bien, Kemiru. Aquí nadie sobrevive solo. Si quieres vivir, aprende rápido. Observa cómo nos tratamos los jenízaros. Observa cómo funciona la disciplina del campamento. Es lo único que te mantendrá con vida.
—¿Por qué me ayudas?
La pregunta pilla a Hasan por sorpresa. Se queda en silencio un momento, buscando una respuesta que él mismo entienda.
—Porque admiro el valor. Y lo que hiciste por tu compañero herido tuvo valor.
—Pero soy tu enemigo.
—Tú no eres mi enemigo. Eres solo un niño, y los niños nos recuerdan a veces a los adultos cosas que creíamos olvidadas.
Un cañón ruge en la distancia, recordándoles que la guerra continúa.
—¿Cuándo será el próximo ataque? —pregunta Kemiru.
Hasan tarda en responder.
—Pronto. Mustafá no puede regresar a Estambul con las manos vacías. Prefiere morir aquí antes que enfrentar la cólera del sultán.
—¿Y tú? ¿Prefieres morir aquí?
La pregunta es peligrosa, raya en la traición. Pero hay algo en la oscuridad de la noche que invita a la confesión.
—Yo soy un jenízaro, muchacho. Los jenízaros no elegimos dónde morir. Vivimos y morimos según la voluntad de Alá y el sultán.
Pero Kemiru ve algo más en sus ojos. Una fatiga que va más allá del cansancio físico.
Francisco encuentra a Caterina donde siempre: trabajando.
Esta vez está en las terrazas superiores del Burgo, donde ha improvisado un huerto con hierbas medicinales entre los escombros de las casas bombardeadas.
Sus manos se mueven entre plantas de manzanilla y tomillo mientras el sol de la tarde tiñe de oro las piedras maltesas.
Hace días que nadie ha visto a Kemiru, y Francisco está preocupado. Se le ha ocurrido que tal vez Caterina sepa algo del muchacho. Pero cuando le pregunta, Caterina le dice que ella tampoco le ha visto.
—Despreocupaos, Paco —dice—. Kem aparece y desaparece cuando quiere. Él es así.
Francisco no parece muy convencido, pero finalmente acepta las explicaciones de Caterina. En el fondo lo hace porque desea que tenga razón y que nada malo le haya pasado al chico.
—¿Cómo crecen estas plantas con tan poca tierra? —pregunta, señalando las pequeñas matas verdes que brotan entre las piedras.
Caterina no levanta la vista, pero sonríe.
—Las plantas son más resistentes de lo que parecen. Las personas también.
Francisco se acuclilla a su lado y observa cómo sus dedos separan las hojas secas de las verdes. Tiene las manos manchadas de tierra, las uñas rotas por el trabajo, pero hay algo hermoso en esos gestos cuidadosos.
—¿Os enseñó alguien?
La pregunta sale antes de que pueda pensarla. Caterina se detiene un momento, sorprendida.
—Mi abuela. Decía que una mujer debe conocer las plantas que curan y las que matan, porque algún día puede necesitar ambas.
—¿Era sabia vuestra abuela?
—Era maltesa. —Caterina arranca una hoja seca con más fuerza de la necesaria—. Aquí las mujeres aprenden pronto que la vida es frágil y que no se puede depender de nadie más para protegerla.
Francisco comprende. En Malta, donde la guerra del corso es una constante, las mujeres desarrollan una dureza que no se enseña en conventos.
—¿Y vuestro marido? ¿Cómo era?
Caterina se incorpora y se limpia las manos en el delantal. Sus ojos se pierden en el horizonte donde el mar se confunde con el cielo.
—Un hombre bueno. Demasiado bueno para este mundo, quizá. Creía que todos los hombres tenían honor, que todas las palabras se cumplen, que el amor basta para proteger a quien se ama.
—¿Y no bastó?
—Los corsarios no se detuvieron a preguntar cuánto me amaba antes de cortarle el cuello.
La amargura en su voz es reciente, una herida que aún no ha cerrado del todo. Francisco comprende que hay heridas que no se curan con hierbas.
—¿Por eso no confiáis en los soldados?
Caterina lo mira por primera vez desde que comenzaron a hablar.
—¿Quién dice que no confío?
—Lo veo en vuestros ojos cuando me miráis. Evaluáis si merezco vuestra atención o si soy solo otro hombre que va a morir.
—¿Y no es eso lo que sois?
La pregunta es directa, sin crueldad, pero sin compasión.
—Probablemente.
—Entonces entendéis por qué mantengo las distancias.
Se sientan en el murete de piedra que separa el huerto del vacío. Abajo, las aguas del puerto brillan bajo el sol poniente. Es uno de esos momentos de calma entre bombardeos que permiten fingir que la guerra no existe.
—¿Y qué me decís de vos? ¿No tenéis una familia esperándoos en alguna parte?
—No —responde bajando una mirada que esconde un secreto, una herida antigua—. Creo que nunca he tenido una familia de verdad.
—¿Ni siquiera de niño?
—Especialmente de niño. Mi padre nos abandonó cuando yo tenía ocho años. Mi madre murió de hambre dos inviernos después. Yo me crie en las calles hasta que me alisté.
Caterina asiente sin sorpresa. Hay algo en Francisco que habla de orfandad antigua, de heridas cicatrizadas, pero nunca curadas del todo.
Se miran en silencio mientras el sol se pone sobre Malta. Dos supervivientes que han aprendido a vivir solos.
—¿Qué harás cuando esto termine? —pregunta Francisco de pronto.
—¿Cuándo termine el asedio?
—Cuando termine la guerra. Cuando los turcos se vayan.
Caterina sonríe con un deje de tristeza.
—Esa es una pregunta muy optimista para un soldado veterano.
—Quizá me estoy volviendo viejo. Los viejos hacemos preguntas tontas.
—¿Cuáles?
—Por ejemplo, si vale la pena amar cuando la muerte ronda cerca.
La confesión sale antes de que Francisco pueda pensarla. Caterina lo mira con una expresión que no sabe interpretar.
—¿Es eso lo que sientes? —pregunta ella—. ¿Amor?
Francisco tarda en responder. La palabra le suena extraña en los labios, oxidada por años de desuso.
—No lo sé. Hace tanto tiempo que no... No estoy seguro de recordar qué se siente.
Caterina alarga la mano y toca la suya. Sus dedos están ásperos por el trabajo, pero su tacto es cálido.
A Caterina le agrada Francisco, pero la conversación está siguiendo unos derroteros que no le gustan.
Hace años se prometió no volver a enterrar a otro hombre y no desea enamorarse de un soldado otra vez.
Simplemente ya ha alcanzado su cupo de sufrimiento.
—Que descanses, Paco —dice levantándose—. Tengo a otros hombres que atender.
Para Francisco no pasa desapercibida la mención a «otros hombres».
—Que descanses, Caterina —responde con resignación.
Cuando Caterina se ha alejado unos pasos se detiene, y sin girarse dice: —Paco.
—Sí.
—¿Harás una cosa por mí?
—Lo que gustéis, señora.
—No os dejéis matar ahí fuera.
Y sin esperar una respuesta se marcha.
Francisco la ve alejarse. Sobre su habitual rostro duro aparece algo parecido a una sonrisa.
De vuelta en los barracones, Francisco se toca involuntariamente el lugar donde ella le puso la mano. Aún siente el calor de los dedos ásperos, la firmeza de su tacto. Es la primera vez en años que el contacto de una mujer le parece algo más que un mero intercambio físico.
«No os dejéis matar ahí fuera».
Las palabras resuenan en su mente. Francisco no es hombre dado a fantasías románticas. Ha visto demasiada muerte para creer en finales felices. Pero algo en la forma en que Caterina lo mira le hace pensar que tal vez, solo tal vez, valga la pena sobrevivir a esta guerra.
En su jergón, antes de dormirse, Francisco se permite imaginar una casa pequeña con un huerto donde crecen hierbas medicinales. Una mujer de ojos verdes que le cuida y un muchacho maltés que le llama papá.
«Es solo una fantasía», se dice. Los soldados viejos no tienen derecho a esos sueños. Pero esa noche, por primera vez en años, Francisco duerme sin pesadillas.