Arde Malta 28 #3
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Entonces Mario tose. Una tos horrible, húmeda. Vomita sangre que le mancha el pecho y la barbilla. Sus ojos se abren un momento, vidriosos, sin ver nada. Pone los ojos en blanco y exhala un último aliento burbujeante. Y se queda quieto.

Tan quieto como si nunca hubiera vivido.

Kemiru permanece inmóvil, con las manos aún presionando el pecho inmóvil de Mario. El silencio que sigue a la muerte es extraño, absoluto. Solo se oye el roce de las olas contra las piedras y su propia respiración jadeante.

Poco a poco, toma conciencia del agua fría que le empapa la ropa. Del sabor a sal en la boca. Del dolor en los músculos. Y entonces, como si despertara de un sueño, alza la vista.

Ve soldados turcos observándolo desde lo alto de unas rocas.

El corazón le da un vuelco. Está en la orilla enemiga. En territorio otomano. Rodeado.

Son cinco, seis... no, más. Emergen de las sombras de la costa como fantasmas.

Algunos aún tienen los cuchillos en la mano, húmedos y oscuros.

Otros se secan la sangre de pequeñas heridas en brazos y torsos.

Todos lo miran con una mezcla de curiosidad y desdén, como si fuera un animal extraño que hubiera emergido del mar.

Uno de ellos, un hombre corpulento con barba negra y una fea cicatriz en la mejilla, desciende y se acerca. Le grita algo en turco, palabras duras, guturales. Kemiru no entiende nada, pero el tono no requiere traducción.

—Tú, infiel, ponte en pie —le ordena en un italiano tosco y, para enfatizar la orden, le propina una patada en las costillas.

El golpe le saca el aire de los pulmones. Kemiru suelta un gemido y se incorpora tambaleándose, aún mareado por el esfuerzo y el miedo. Deja a Mario en las rocas, sabiendo que ya nada puede hacer por él.

Otros soldados turcos se aproximan, formando un semicírculo a su alrededor.

Sus rostros oscuros lo estudian con hostilidad.

Han fracasado en su misión de sabotaje, han perdido a compañeros en el agua, y ahora tienen delante a un infiel cristiano, solo e indefenso.

Kemiru puede ver en sus ojos lo que están pensando.

El hombre de la cicatriz le propina un bofetón que le hace girar la cabeza. La mejilla le arde. El sabor metálico de la sangre le llena la boca.

—Pequeño demonio cristiano —escupe el hombre.

Los demás ríen. Es una risa cruel, de hombres que disfrutan con el sufrimiento ajeno.

Otro soldado se anima. Este es más joven, apenas un muchacho de diecisiete o dieciocho años, con un bigote ralo que intenta compensar con bravuconería. Le da otro bofetón por el otro lado, más fuerte que el primero.

—¡Ahí tienes en la otra mejilla, perro cristiano! —dice el turco joven, haciendo guasa de los evangelios.

La cabeza de Kemiru chasquea hacia el otro lado. Ve estrellas. Siente las lágrimas acumulándose en sus ojos, ardientes, pidiendo salir. Pero se las traga. No va a llorar. No piensa darles ese gusto a estos hombres crueles que parecen disfrutar martirizando a un niño.

Aprieta los puños y los dientes, y los mira con todo el odio que puede reunir.

La risa se apaga. El silencio se vuelve más peligroso.

El del bigote ralo desenvaina una daga. La hoja brilla bajo la luz de la luna. Se acerca a Kemiru con una sonrisa torcida, dispuesto a terminar lo que ha empezado.

Pero antes de que pueda dar otro paso, una voz autoritaria corta el aire: —¿Adónde crees que vas con ese cuchillo, miserable pohan ?

Un soldado jenízaro, que había permanecido a distancia observando la escena, se aproxima con paso decidido. Es alto, de hombros anchos, y viste una casaca bordada en oro y seda. Lleva un alto gorro börk adornado con plumas blancas que se mecen con cada paso. Su porte es altivo, su mirada severa.

Se interpone entre Kemiru y el soldado del cuchillo.

—Este infiel es mi botín de guerra —declara el jenízaro con voz fría como el acero—. Si le pones un dedo encima, irás a ver a Alá antes de lo que esperas.

El soldado del bigote duda. Mira al jenízaro, luego a Kemiru, luego otra vez al jenízaro. Reconoce las vestiduras, el rango, la autoridad que emana de este hombre. Su odio a los infieles es grande, pero su apego a su propio pellejo es mayor.

Masculla una maldición en turco, escupe al suelo cerca de los pies de Kemiru, y se retira. Los demás soldados lo imitan, alejándose de mala gana, lanzando miradas de resentimiento hacia el niño y el jenízaro que lo ha reclamado.

El jenízaro se vuelve hacia Kemiru y lo examina con ojos oscuros e indescifrables. Kemiru tiembla, empapado y agotado, pero sostiene la mirada. Ha aprendido que bajar los ojos ante un depredador solo lo anima a atacar.

—¿Cómo te llamas, infiel? —pregunta el jenízaro en un italiano claro y correcto, muy distinto al italiano tosco de los otros soldados.

—Kemiru —responde con voz ronca.

El jenízaro asiente levemente, como si el nombre confirmara algo que ya sabía.

—Bien, Kemiru. Yo soy Hasan Al-Habib, jenízaro al servicio del único Dios y de su elegido, el gran Solimán, sultán de sultanes.

Hace una pausa, y sus ojos se clavan en los de Kemiru con una intensidad que el niño siente hasta los huesos.

—Y desde hoy, tú eres de mi propiedad.