Arde Malta 28 #2
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28 #2

El combate que se desata es breve pero brutal; cuerpo a cuerpo, a cuchillo.

Los soldados malteses son pescadores, marineros, hombres que han pasado más tiempo en el mar que en tierra firme. El agua es su elemento, y los turcos están a punto de descubrirlo.

Kemiru observa desde su posición entre los merlones, con el corazón desbocado. La superficie del agua se convierte en un hervidero de espuma y violencia. Ve cuerpos que se enredan, que se hunden y emergen jadeantes. Oye gritos ahogados, chapoteos desesperados.

La luna ilumina la escena con una luz plateada e irreal que hace que todo parezca una pesadilla. Las sombras de los combatientes se retuercen en el agua como demonios acuáticos.

Entonces ve a Mario. Lo reconoce por su forma de nadar, con un estilo potente y eficaz que le ha visto mil veces cuando salían juntos a pescar al amanecer.

Mario se enfrenta a un turco más grande que él, un hombre corpulento que maneja el cuchillo con la torpeza de quien no está acostumbrado a pelear en el agua.

El pescador maltés es más rápido, más ágil. Se sumerge, esquiva, resurge detrás del turco. Pero el enemigo es más fuerte. Los dos hombres se agarran, giran en el agua, se hunden juntos en un abrazo mortal.

Kemiru contiene la respiración.

Emergen de nuevo, separados, jadeando. Mario tiene el cuchillo en alto. El turco también.

Se lanzan el uno contra el otro.

Hay un momento de confusión, de brazos y piernas enredados, de agua agitada. Cuando se separan, Kemiru escucha el grito ahogado de Mario.

El pescador se lleva una mano al costado. Su rostro, visible un instante bajo la luz de la luna, muestra sorpresa más que dolor. Como si no pudiera creer lo que acaba de suceder.

El turco intenta alejarse, pero otro maltés lo alcanza. Kemiru aparta la vista de ese combate y se concentra en Mario.

El pescador intenta nadar de vuelta a la orilla, hacia las murallas, hacia la seguridad. Pero sus brazadas se hacen cada vez más lentas, más débiles.

—Mario... —susurra Kemiru desde las murallas, aunque sabe que su amigo no puede oírlo.

El resto del combate se aleja de la costa cristiana. Los nadadores turcos, superados en número y habilidad, comprenden que han fracasado. Abandonan su misión y se retiran nadando hacia la orilla que controlan.

Pero Mario ya no forma parte de la batalla. Sus movimientos se han vuelto erráticos, desesperados. Manotea en el agua como un niño que nunca ha aprendido a nadar.

Mario se hunde. Vuelve a emerger, tosiendo, escupiendo agua. Se hunde otra vez, y esta vez no vuelve a salir.

Kemiru espera, conteniendo la respiración, esperando ver la cabeza familiar de Mario romper la superficie. Pero solo ve agua oscura, ondulante, indiferente.

Los segundos pasan. Uno, dos, tres, cuatro...

Mario ha desaparecido bajo las aguas oscuras.

Sin pensar en las consecuencias, Kemiru se lanza al agua para rescatar a su amigo.

El impacto del agua fría le corta la respiración.

Se sumerge , abriendo los ojos en la oscuridad salada que le arde en las pupilas.

Apenas distingue sombras, movimientos confusos.

Baja más, agitando brazos y piernas, y entonces lo ve: Mario se hunde lentamente, como una piedra en un arroyo, sus brazos flotando a los lados, inerte.

Kemiru bucea con desesperación hasta alcanzarlo. Lo agarra y tira hacia arriba. El cuerpo de Mario pesa como si llevara piedras en los bolsillos. Kemiru patalea con fuerza, impulsándose hacia la superficie, pero apenas avanzan. Sus pulmones comienzan a arder, exigiendo aire.

Emerge por fin, jadeando, tosiendo agua salada. Mario está inconsciente, con la cabeza colgando hacia atrás. Kemiru lo sostiene como puede, pasándole un brazo bajo el pecho, tratando de mantenerle la cabeza fuera del agua.

—Mario... Mario, aguanta —susurra entre jadeos.

Intenta nadar hacia las murallas de Senglea, pero la corriente tiene otros planes. Los arrastra a los dos hacia la costa oscura, hacia el lugar por el que los nadadores turcos han huido hace un momento.

Kemiru lucha contra el agua, bracea con un solo brazo mientras con el otro sostiene al marino herido. Cada movimiento le cuesta un esfuerzo titánico. El agua se le mete en la boca, en la nariz. Traga sal y tose, pero no suelta a Mario.

Suéltalo, le dice una voz en su cabeza. Suéltalo y salva tu vida. Es hombre muerto. Pesa demasiado. Te vas a hundir con él.

Pero Kemiru no puede. Mario le enseñó a reparar redes cuando apenas tenía seis años. Mario le regaló su primera caña de pescar. Mario siempre tuvo una palabra amable para el niño huérfano que vivía en las calles del Burgo.

El cansancio se apodera de sus músculos. Los brazos le pesan como plomo. Las piernas apenas responden. La corriente sigue arrastrándolos, implacable, alejándolos cada vez más de las murallas cristianas.

Cuando por fin sus pies tocan fondo rocoso, Kemiru apenas tiene fuerzas para arrastrarse.

Tira de Mario hacia la orilla, centímetro a centímetro, resbalando sobre las piedras cubiertas de algas.

El agua le llega a la cintura, luego a las rodillas.

Arrastra el cuerpo pesado hasta dejarlo sobre las rocas.

Se deja caer junto a él, respirando con dificultad, empapado, agotado. Tiembla de frío y de esfuerzo.

—Mario... Mario… —repite, presionando la herida del pescador con sus manos pequeñas.

La sangre se escurre entre sus dedos, oscura; demasiada sangre. Mario tiene los labios azulados, los ojos cerrados. Kemiru presiona más fuerte, pero la sangre sigue brotando.