Arde Malta 28
55%

28

Francisco necesita visitar la enfermería.

La herida que le hizo un jenízaro en los últimos días de San Telmo no mejora. Le duele horriblemente y siente fiebre. Ha aguantado lo que ha podido, pero ya no puede más.

La enfermería se encuentra en una de las cámaras bajas del Burgo, que antes servía de almacén.

El espacio se ha convertido en algo parecido a un hospital: jergones, instrumentos manchados de sangre, hierbas medicinales colgando de las vigas.

El olor a vinagre y manzanilla se mezcla con el de la muerte.

Al llegar, Francisco ve a Caterina. Casi la había olvidado ya.

La observa trabajar por un instante. Atiende a unos y a otros con esmero: cura, en lo posible, las heridas del cuerpo, pero también intenta que aquellos pobres hombres sanen otras más profundas, como el cansancio, el miedo y la melancolía.

—¿Cabo Francisco? —Se vuelve al oírlo entrar, sorprendida—. ¿Estáis bien?

—Necesito que alguien me mire esto —dice levantando el brazo izquierdo.

Caterina se acerca y examina el brazo con ojo profesional. Sus dedos exploran la tela manchada, buscando signos de infección.

—Sentaos aquí —ordena, señalando un taburete—. ¿Cuándo os cambiasteis el vendaje por última vez?

—No me acuerdo —dice con una sonrisa infantil.

Ella lo mira con reproche.

—¿Sois idiota o simplemente un temerario?

Francisco sonríe a su pesar. Esta mujer no se anda con chiquitas.

—Creo que las dos cosas. Igual por eso sigo vivo.

Caterina comienza a desenrollar el vendaje con cuidado. La tela se ha adherido a la herida en algunos puntos, arrancando pequeñas costras cuando se desprende. Francisco aprieta los dientes, pero no se queja.

—Creía que habíais muerto —dice ella sin preámbulos mientras limpia la herida con sal y vinagre.

—No, pero casi.

—¿Y los otros?

Francisco hace un gesto de negación con la cabeza.

Caterina deja de trabajar y lo mira.

—¿Cuántos regresasteis?

—Tres. De ciento veinte.

El silencio que sigue es denso. Francisco contempla sus manos manchadas de sangre seca. Algunos hombres vuelven de la guerra con cicatrices visibles. Otros traen heridas que no se ven.

—¿Y vos? —pregunta Caterina finalmente—. ¿Cómo es que seguís vivo?

Francisco ha pensado en eso cada noche desde su regreso. Ha repasado cada momento de San Telmo buscando una respuesta que tenga sentido.

—Suerte, supongo. Y un muchacho maltés que nada como un delfín.

—¿Kemiru?

—¿Lo conocéis?

—Aquí todos conocemos a Kemiru. —Una sonrisa fugaz cruza el rostro de Caterina—. ¿Os ayudó a cruzar?

—Nos salvó la vida. Sin él, estaría en el fondo del puerto o destripado junto a los demás.

Caterina termina de atar el vendaje y se incorpora para examinar su trabajo.

—¿Y ahora qué?

—Ahora vendrán a por Sengea y luego a por el Burgo. Pero recemos para que el socorro llegue antes.

—¿Y creéis que llegará?

Francisco la mira directamente. Esos ojos verdes no se conforman con respuestas fáciles.

—Tiene que llegar.

—Esa no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Caterina asiente y comienza a recoger sus instrumentos. Francisco se levanta y prueba el movimiento del brazo. El vendaje está firme pero no demasiado apretado.

—¿Cuánto os debo?

—Nada. Los soldados que han estado en San Telmo no pagan por mis servicios.

—¿Por qué?

—Porque habéis pagado ya más de lo que debíais.

Francisco se ajusta la camisa sobre el vendaje nuevo. Se siente mejor, más limpio, como si el simple acto de recibir cuidado médico le hubiera devuelto parte de su humanidad.

—Gracias, Caterina.

—De nada. —Hace una pausa—. Francisco, ¿puedo preguntaros algo?

—Por supuesto.

—¿Tenéis miedo?

La pregunta lo sorprende por su simplicidad directa. La última persona que le preguntó eso fue Jacobo, y ahora los restos del muchacho se pudren bajo el sol.

—Siempre.

—¿Y qué es lo que más teméis, la muerte, el cautiverio…?

Francisco considera dar una respuesta fácil sobre balas turcas y cimitarras jenízaras. Pero algo en esos ojos verdes le hace sincerarse.

—De morir mal.

—¿Y de morir solo?

La pregunta le duele más de lo que esperaba. Francisco tarda en responder.

—Todo el mundo muere solo al final.

—No tiene por qué ser así.

Se miran en silencio durante un momento que se alarga más de lo apropiado. Francisco siente que algo está cambiando entre ellos, algo sutil pero real.

Un grito desde el exterior rompe el momento.

«¡Bombardeo! ¡Todos a cubierto!». Los cañones otomanos han reanudado su trabajo de demolición.

Francisco se incorpora con rapidez.

—Debo irme.

—Claro —replica mientras se ocupa ordenando vendajes que ya están perfectamente ordenados—. Acordaros de cambiar el vendaje cada dos días. Y si notáis calor o hinchazón, venid a verme inmediatamente.

—Lo haré.

—¿Me lo prometéis?

—Os lo prometo.

Cuando Francisco sale de la enfermería improvisada por Caterina, todavía piensa en sus últimas palabras. Le ha prometido a Caterina regresar si su herida empeora, aunque la verdad… ya está deseando verla de nuevo y cumplir esa promesa que tan poco le ha costado dar.

Pero las promesas, como las heridas, a veces se complican más de lo previsto.

Hasan contempla el espectáculo más audaz que ha presenciado en toda su carrera militar.

Cientos de hombres arrastran barcones desmontados colina arriba, usando rodillos de madera y gruesas gúmenas.

El sudor empapa sus túnicas bajo el sol implacable del verano.

Es la cuarta jornada de transporte. Ochenta embarcaciones pequeñas han sido desguazadas en el puerto de Marsaxlokk y transportadas, pieza a pieza, hasta este punto a menos de una milla de las murallas de Senglea.

Mástiles, remos, cascos, velas: todo ha cruzado la isla por senderos de cabras que nunca fueron pensados para semejante empresa.

—¿Cuánto queda? —pregunta a uno de los ingenieros que supervisan el reensamblaje.

—Medio día para completar los últimos barcones. Luego los botaremos al agua de uno en uno.

Hasan asiente.

Desde su posición puede ver las murallas cristianas. Los defensores trabajan febrilmente en algo. Es difícil distinguir en qué desde esa distancia, pero no augura nada bueno. Los cristianos no son estúpidos. Ya tienen que saber lo que se les avecina.

Súbitamente un calambre retuerce las tripas de Hasan, obligándolo a encorvarse sobre el vientre. «Demasiada carne salada», piensa, aunque hace días que apenas prueba bocado. Se endereza con esfuerzo, esperando que nadie haya notado el momento de debilidad.

—Hermano, ¿estás bien? —La voz pertenece a Mehmet, un jenízaro de su orta que ha combatido a su lado en San Telmo. Tiene la mejilla izquierda marcada, recuerdo del fuego griego sanjuanista.

—El calor —miente Hasan, aunque siente un frío extraño recorriéndole la espalda—. Nada que no cure un poco agua.

Bebe largamente del odre que le ofrece su compañero, pero el líquido tibio no alivia la sequedad que le abrasa la garganta desde hace días. Algo no está bien, pero no puede permitirse la debilidad. No ahora, cuando sus hombres lo necesitan fuerte.

—Mira allí —Hasan señala hacia Senglea queriendo cambiar de tema—. Los cristianos se preparan.

—Claro que se preparan. Pero ¿qué pueden hacer contra ochenta barcones apareciendo de la nada en su costa?

Hasan no responde. Últimamente tiene la sensación de que los cristianos siempre están un paso por delante. Como si conocieran sus planes antes de que él mismo los sepa.

Un grito lo distrae de sus pensamientos. Los trabajadores han logrado botar el primer barcón reensamblado. La embarcación se desliza hacia el agua con un chapoteo satisfactorio, lista para llevar decenas de soldados a la batalla.

—Ya solo quedan setenta y nueve más —murmura Mehmet.

—Setenta y nueve más —confirma Hasan con un esbozo de sonrisa.

Después de pasar horas encerrado en las salas del Burgo escuchando a los adultos planificar la guerra, Kemiru necesita aire libre. Las paredes de piedra lo asfixian, los mapas y las voces graves de los comandantes le recuerdan la ausencia de libertad.

Se escabulle hasta las murallas de Senglea, donde nadie lo conoce y puede estar solo con sus pensamientos.

Evita a los centinelas con la habilidad felina que ha desarrollado en años de vida callejera.

Los soldados están concentrados en sus puestos, mirando hacia el campamento turco, no hacia un niño que busca un rincón de soledad.

Kemiru se acurruca entre dos merlones, contemplando el agua nocturna que se extiende hasta las colinas enemigas.

Las estrellas se reflejan en la superficie brillante.

El agua nocturna le trae recuerdos de tiempos mejores: amaneceres en su barca, la sensación del viento en la cara, la libertad de ir donde quisiera sin que nadie le dijera qué hacer.

Ahora está atrapado entre murallas, rodeado de muerte.

Suspira. Echa de menos su libertad. Añora ser Kemiru el niño, no Kemiru el superviviente, el testigo de San Telmo, el portador de malas noticias...

Desde que ha regresado de San Telmo, los adultos sólo quieren que les cuente lo que vio, lo que vivió, lo que re cuerda...

Pero nadie se ha molestado en preguntarle cómo está o qué necesita.

Kemiru nota, poderoso, el hondo sentimiento de orfandad que le lleva acompañando toda su vida.

«¿Es que nadie se da cuenta de que sólo soy un niño?

¿O es que simplemente no le importo un ardite a nadie en este mundo? ».

De improviso, Kemiru ve algo que interrumpe su nostalgia. Son unas ondulaciones extrañas en el agua. Pequeñas, apenas perceptibles, pero artificiales. No son olas naturales.

Kemiru agudiza la vista. Una cabeza emerge del agua, luego otra. Nadadores turcos con cuchillos atravesados entre los dientes, avanzan sigilosamente hacia la cadena submarina en la que los malteses llevan días trabajando. ¡Los turcos tratan de sabotearla!

Sin pensarlo, se incorpora y grita con toda la fuerza de sus pulmones: —¡Nadadores enemigos! ¡En la cadena!

Su grito despierta a los centinelas de las murallas. En segundos, media docena de soldados malteses se lanzan al agua.