27
El alba pinta de oro las aguas del puerto mientras Fra Antoine de Montmorency observa el trabajo que puede salvar o condenar Senglea. Desde las murallas, contempla cómo los trabajadores malteses se adentran en el agua hasta la cintura, martillando las últimas estacas de madera en el lecho marino.
—Doce pasos de la costa —murmura, repitiendo las órdenes de La Valette—. Ni uno menos.
El caballero francés tiene veintiséis años y lleva apenas dos meses en Malta. Su cabello rubio claro contrasta con la piel curtida por el sol mediterráneo. Sus manos, acostumbradas a pergaminos y planos arquitectónicos, ahora supervisan defensas que pueden decidir el destino de la Cristiandad.
—¿Creéis que funcionará, Fra Antoine? —pregunta el ingeniero maltés que dirige los trabajos.
Antoine sigue con la mirada una de las pesadas cadenas que ya se extiende entre las estacas. El hierro brilla bajo el agua.
—Esperemos que sí. Debemos confiar en Dios y en el criterio del Gran Maestre.
En las murallas, los soldados del Burgo preparan posiciones de tiro. Arcabuceros comprueban la pólvora y limpian los cañones de sus armas. Otros amontonan piedras para arrojar desde las almenas. Cada hombre conoce su puesto, cada uno sabe que el próximo asalto será decisivo.
Fra Antoine cuenta mentalmente los efectivos disponibles. Con los setecientos que deben llegar esa noche, tendrán justo los suficientes hombres para defender ambas penínsulas.
Si llegan. Si el plan funciona. Si los turcos no los descubren.
—¡Fra Antoine! —grita uno de los trabajadores— ¡Tenemos el primer tramo terminado!
El francés asiente. Una barrera submarina de trescientos metros protege ya la costa occidental de Senglea. Si los turcos quieren desembarcar, tendrán que hacerlo en aguas profundas, bajo el fuego de los arcabuceros.
Las primeras luces del amanecer ya tiñen el cielo cuando la columna de Robles llega a las murallas del Burgo.
Gracias a las indicaciones de Laskaris, han conseguido llegar sin incidentes.
Sólo deben lamentar la pérdida de un caballero: Don Girolamo de Gravina, un caballero siciliano cuyo paradero se desconoce.
Es posible que se haya perdido durante la noche, según atestiguan algunos.
Fra Antoine observa el desfile de rostros curtidos, morriones, coseletes, arcabuces bien mantenidos. Soldados veteranos que han sobrevivido en Francia, Italia o las costas norteafricanas.
La Valette aguarda rodeado por sus principales oficiales. El Gran Maestre ha permanecido despierto toda la noche, esperando noticias del traslado. Cuando ve aparecer a Robles, una sonrisa cruza su rostro cansado.
—Don Melchor de Robles —dice el Gran Maestre adelantándose—. Bienvenido a Malta. Vuestra llegada es un regalo de la Providencia.
Robles se quita el morrión y se cuadra.
— Jean Parisot de La Valette, supongo . Es un honor, excelencia. Traigo setecientos soldados del rey para el socorro de Malta, y saludos de su virrey en Sicilia.
—Setecientos soldados que pueden cambiar el curso de esta guerra —responde La Valette—. ¿Cómo ha ido el traslado?
—Mejor de lo esperado. Vuestro hombre, Laskaris, conoce cada piedra de esta isla.
La Valette asiente con satisfacción. Se vuelve hacia sus oficiales.
—Fra Antoine, disponed de alojamiento para estos hombres. Que descansen unas horas y luego los distribuiremos entre las defensas de Senglea.
—¿Cuál es la situación? —pregunta Robles.
—Crítica —responde La Valette sin endulzar la realidad—. Los turcos tomaron San Telmo hace unos días. Ahora concentran toda su fuerza contra el Burgo y Senglea. Esperamos su asalto general en cualquier momento.
Robles estudia las murallas, cuenta las posiciones de artillería y evalúa las defensas con ojo profesional.
—¿Efectivos enemigos?
—Unos veinte mil hombres, quizás más. La flor y nata del ejército otomano.
Un silencio tenso llena el patio. Los soldados españoles intercambian miradas. Han venido a Malta sabiendo que era una misión difícil, pero al escuchar las cifras reales es más bien suicida.
—Bueno —dice finalmente Robles con una sonrisa torcida—. Al menos no tendremos que preocuparnos por encontrar al enemigo.
Una carcajada nerviosa recorre el grupo. Es el tipo de humor negro que mantiene cuerdo a un soldado cuando todo parece perdido.
La tienda de Mustafá Pachá bulle de actividad cuando traen al prisionero. El general otomano está sentado entre almohadones de seda, rodeado por sus oficiales de mayor confianza. Pialí Pachá se encuentra presente como testigo junto a varios agás jenízaros.
El hombre que arrastran hasta él es un espectáculo lasti moso: un caballero siciliano obeso, sudoroso, con la respiración entrecortada por el esfuerzo. Sus ropas son ricas pero están manchadas de barro y sudor.
—¿Quién sois? —pregunta Mustafá a través del intérprete.
—Don Girolamo de Gravina —responde el siciliano entre jadeos—. Caballero de la Orden de San Juan.
Mustafá estudia al prisionero con interés. No es un soldado raso, sino alguien de importancia. Las respuestas que obtenga pueden ser valiosas.
—¿De dónde venís?
—De... de Sicilia —dice Gravina, y su voz tiembla ligeramente.
—¿Habéis venido solo?
El siciliano vacila. Sus ojos esquivan la mirada penetrante del general turco.
—No. Éramos más.
—¿Cuántos más?
Gravina traga saliva.
—Setecientos hombres del Tercio de Sicilia y aventureros privados.
Un silencio denso llena la tienda. Mustafá intercambia una mirada con Pialí. ¿Setecientos soldados españoles han logrado llegar al Burgo sin ser detectados?
—¿Cómo? —pregunta Mustafá con voz tensa.
—Por la costa sur. Durante la noche.
—¿Y vos os separasteis del grupo?
Gravina baja la mirada, avergonzado.
—Me cansé. Soy... soy demasiado pesado para marchas largas. Mis servidores se quedaron conmigo cuando no pude seguir.
Mustafá se pone en pie bruscamente. Su rostro se ha enrojecido de cólera.
—¡Setecientos soldados españoles han cruzado nuestra isla sin que nadie los viera!
Se vuelve hacia Pialí con furia contenida.
—¿Dónde estaban vuestras galeras? ¿Cómo es posible que haya habido un desembarco sin que lo detectaran vuestras patrullas?
Pialí endereza la espalda, pero hay inquietud en sus ojos.
—Las patrullas estaban concentradas en el norte, esperando más desembarcos desde Sicilia. La costa sur...
—¡La costa sur debería estar vigilada también! —ruge Mustafá—. ¡Esto es inadmisible!
—Un momento, Mustafá. No intentéis culpar a mis barcos. Nosotros estamos a la espera de una gran flota. No podemos interceptar cada barco que llega a la isla. Además, esos hombres se han cruzado la isla entera a pie. ¿Es también culpa mía?
El general otomano camina de un lado a otro de la tienda, presa de una furia creciente. Sus oficiales permanecen en silencio, sabiendo que cualquier palabra puede desatar su ira sobre ellos.
—¿Qué clase de soldados eran? —pregunta a Gravina.
—La mayoría son veteranos de un tercio español. Soldados profesionales al mando del maestre de campo don Melchor de Robles. Pero también hay aventureros de todas partes de la Cristiandad y algunos caballeros de la Orden rezagados, como yo.
Mustafá cierra los puños. Los Tercios españoles no son milicias asustadas. Son los mejores soldados de Europa.
—¿Vienen más refuerzos?
—No lo sé.
Mustafá se detiene frente a Pialí.
—Hay que aislar el Burgo y Senglea. No quiero que pase ni una mosca sin que nos enteremos. Duplicad las patrullas. Triplicadlas si es necesario.
—¿Y el asalto? —pregunta un agá jenízaro.
—Se acelera. No podemos dar tiempo a los cristianos para que organicen sus nuevas defensas. Atacaremos en cuanto los barcones estén listos.
Mustafá contempla el mapa de Malta extendido sobre la mesa. Setecientos soldados españoles. Una complicación grave, pero no insuperable.
—¿Qué hacemos con los prisioneros? —pregunta Pialí.
Mustafá mira a Gravina con desprecio.
—Mándalos a remar con la chusma.
Se dirige hacia la salida de la tienda, pero se detiene y se vuelve hacia sus oficiales.
—Y quiero que todos comprendáis una cosa: este error no se repetirá. Malta debe caer antes de que lleguen más refuerzos. El honor del sultán está en juego.