26
Francisco despierta con la boca seca y el brazo izquierdo ardiendo.
La herida se ha infectado durante las horas que llevan escondidos en la gruta, y cada latido del corazón le envía ondas de dolor que suben hasta el hombro.
De las Cuevas monta guardia en la entrada, su silueta apenas visible en la penumbra.
Casi no queda luz: solo un resplandor azulado que se filtra desde la abertura submarina por la que entraron buceando, y que ahora va apagándose con la caída de la noche.
El veterano cántabro no ha dormido, consciente de que las patrullas turcas rastrean la costa en busca de supervivientes.
—¿Cómo te encuentras, cabo? —susurra Kemiru.
—Como si me hubieran masticado y escupido —Francisco se incorpora con esfuerzo.
El muchacho maltés ha resultado ser su salvación. Conoce cada grieta de la costa, cada corriente traicionera y, sobre todo, la ruta que puede llevarlos de vuelta al Burgo.
—Creo que ya podemos salir —dice De las Cuevas desde la entrada—. Ya ha anochecido. Es ahora o nunca.
Francisco se levanta. Los músculos protestan, pero aguanta. De las Cuevas tiene razón: es ahora o nunca.
Se meten en el agua fría de la gruta. Francisco aprieta los dientes cuando el agua salada toca su herida infectada, un dolor agudo que le atraviesa el brazo.
Kemiru bucea primero, desapareciendo por la abertura submarina con la agilidad de un pez. De las Cuevas espera a que Francisco llene sus pulmones antes de seguirlo.
La oscuridad bajo el agua es casi total. Francisco nada a ciegas, guiándose por las burbujas que suben de Kemiru, conteniendo el aliento mientras sus pulmones empiezan a arder. Cuando cree que va a ahogarse, emerge en el mar abierto. La noche ha caído por completo sobre Malta.
Kemiru los guía, entonces, por un sendero que solo él conoce, serpenteando entre rocas que se alzan amenazantes.
La piedra caliza, pulida por siglos de viento y sal, resbala bajo sus botas.
A cada paso deben agarrarse a salientes cortantes que les arañan las palmas mientras avanzan pegados al acantilado como arañas humanas que luchan contra la gravedad.
Las olas rompen contra las rocas con estruendo ensordecedor, enviando cortinas de espuma que los empapan hasta los huesos. Una ola más grande los golpea por sorpresa, y Francisco debe aferrarse desesperadamente a una grieta mientras el agua trata de arrastrarlo hacia el abismo negro del mar.
—¡Cuidado con la resaca! —grita Kemiru por encima del rugido—. Cuando se retire el agua, agarraos fuerte u os llevará consigo.
Avanzan metro a metro por cornisas que no tienen más de un palmo de ancho. A su derecha, la pared rocosa se alza vertical. A su izquierda, el vacío y las olas hambrientas que esperan un paso en falso.
Finalmente llegan a una pequeña cala protegida donde el agua se aquieta. Kemiru señala hacia el mar oscuro que se extiende hacia las luces lejanas del Burgo.
—Desde aquí nadamos. Es la única forma de llegar al Burgo sin que nos vean.
—¿Qué distancia? —pregunta Francisco, contemplando las luces lejanas de la fortaleza.
—Una legua.
Francisco y De las Cuevas intercambian miradas de alarma. Una legua a nado para dos soldados exhaustos, uno de ellos herido, es casi una sentencia de muerte.
—¿Una legua? —repite De las Cuevas—. Estamos jodidos. —A esta hora la corriente va a nuestro favor —dice Kemiru intentando darles ánimos—. Y conozco rocas donde podemos descansar.
Vuelven al agua. Los primeros cien metros van bien.
Kemiru nada delante marcando el ritmo, parándose de vez en cuando para esperarlos.
Pero pronto Francisco empieza a quedarse atrás.
El brazo herido apenas le sirve, y debe nadar con un solo brazo mientras lucha contra las corrientes que quieren arrastrarlo mar adentro.
—No puedo más —jadea cuando llegan a la primera roca de descanso—. Seguid sin mí.
—Ni hablar, cabo Paco —responde Kemiru—. No te vamos a dejar atrás.
De las Cuevas también lucha. Todos sus años de campañas no lo han preparado para esto. Sus piernas se mueven cada vez más lentas, sus brazos pesan como plomo mientras el mar parece crecer a su alrededor.
—Escuchad —dice Kemiru—. Yo nado entre vosotros dos. Cuando no podáis más, agarraos a mis hombros. Os ayudaré a flotar mientras recuperáis fuerzas.
—No podemos arrastrarte con nosotros —protesta Francisco—. Te ahogaremos a ti también.
—He nadado en estas aguas desde que era niño. Confiad en mí.
Reanudan la travesía. A los quinientos metros, Francisco empieza a tragar agua. Sus brazadas se vuelven desesperadas, descoordinadas, mientras el pánico se apodera de él.
—¡Kemiru! —grita Francisco.
El muchacho reacciona al instante. Se coloca bajo el soldado y lo mantiene a flote mientras el veterano recupera el aliento, sintiendo bajo sus pies el negro vacío del mar.
—Tranquilo. Respira despacio. Ya queda menos.
—No llego —jadea—. No llego...
Se hunde. El agua negra se cierra sobre su cabeza.
Por un momento terrible cree que va a morir ahogado a un centenar de metros de la salvación.
Pero unas manos firmes lo agarran y lo izan hacia la superficie.
Kemiru lo sostiene con un brazo mientras nada con el otro, luchando contra la corriente que quiere arrastrarlos a ambos.
—¡De las Cuevas! —grita Kemiru—. ¡Ayúdame!
El cántabro, que nadaba unos metros más adelante, regresa con esfuerzo. Entre los dos mantienen a Francisco a flote hasta que puede volver a nadar por sí mismo, aunque cada brazada es un acto de pura voluntad.
Los últimos metros son un infierno. Los tres avanzan más muertos que vivos. Cuando finalmente tocan las piedras del puerto del Burgo, Francisco se arrastra fuera del agua temblando como una hoja.
—Sin ti estaríamos muertos —murmura Francisco escupiendo agua salada.
El muchacho maltés no tiene fuerzas para hablar, sólo le da para sonreír mientras se desploma sobre las piedras húmedas.
Los cañones de la fortaleza rugen en ese momento, disparando contra las posiciones turcas.
—¡Ah del castillo! —grita De las Cuevas cuando están lo bastante cerca—. ¡Somos cristianos!
La respuesta llega inmediatamente: —¡Identificaos!
—Cabo Francisco de Peralta, soldado Santiago de las Cuevas, del Tercio de Sicilia. Supervivientes de San Telmo.
Un murmullo de sorpresa recorre las murallas.
—¡Supervivientes de San Telmo! No puede ser…
Unas cuerdas caen al instante desde las almenas. En minutos, los tres hombres son izados hasta la seguridad del Burgo.
El oficial que los recibe no puede ocultar su asombro. Es un capitán maltés con el rostro marcado por cicatrices de metralla.
—Creíamos que habían muerto todos en San Telmo.
Francisco sonríe con amargura mientras escupe agua salada: —Casi todos, sí.
—¿Cuántos sois?
—Que yo sepa, sólo nosotros dos y este muchacho.
El capitán maltés se persigna instintivamente. De toda la guarnición de San Telmo, sólo tres hombres han regresado vivos.
—El Gran Maestre querrá veros de inmediato. Seguidme.
Jean Parisot de La Valette se pone en pie al verlos entrar en la sala del consejo. El Gran Maestre ha envejecido años en las últimas semanas, pero sus ojos conservan la agudeza de un ave de presa que evalúa cada detalle.
—Por Dios santo —murmura—. ¿Es cierto? ¿Sois supervivientes de San Telmo?
—Sí, excelencia —responde Francisco, cuadrándose pese al cansancio y la ropa empapada.
La sala se llena de murmullos. Los miembros del consejo de guerra se agolpan en torno a los recién llegados.
Entre ellos, Fra Antoine de Montmorency estudia con atención a los tres hombres: El soldado mayor mantiene la compostura militar pese a su estado lamentable; el otro, más joven, tiene un aspecto duro y mirada torva, algo patibularia; y por último está el muchacho maltés.
Fra Antoine reconoce a Kemiru: el nadador que mandaron días atrás a San Telmo.
Verlo vivo le produce una sorpresiva alegría.
—Sentaos, por favor —ordena La Valette—. Decidme todo lo que podáis sobre los últimos días de San Telmo.
Francisco toma la palabra. Describe la efectividad mortífera de la artillería turca, el estado de las murallas al final, las tácticas de asalto jenízaras.
De las Cuevas aporta detalles técnicos sobre el número de efectivos enemigos y sus movimientos.
Kemiru guarda silencio, pero sus ojos no pierden detalle de lo que le rodea.
—Los turcos han vencido, pero están tocados —concluye Francisco—. Han perdido muchos hombres. Más de los que esperaban.
—¿Y su ánimo? —pregunta La Valette.
—Cumplirán con su deber, pero ya no luchan con el entusiasmo del primer día. He visto esa mirada antes. Es la mirada de hombres que quieren volver a casa.
Fra Antoine se acerca cuando el interrogatorio termina.
—Soy Antoine de Montmorency —se presenta—. Quiero daros las gracias. Vuestra resistencia en San Telmo nos ha dado un tiempo precioso para reforzar nuestras defensas.
Francisco lo estudia. Joven, bien parecido, con las manos suaves de quien no ha empuñado una espada en combate real.
—¿Primera campaña, Fra Antoine?
—Sí.
—Entonces preparaos. Lo que está por venir será peor que San Telmo.
La Valette está a punto de ordenar que lleven a Francisco a la enfermería cuando se escucha conmoción fuera de la sala de reuniones. Pasos apresurados, voces excitadas que anuncian noticias urgentes.
—¡Excelencia! —grita un oficial irrumpiendo en la sala—. ¡Mensajero urgente de Mdina!
Un hombre entra jadeando, con el jubón empapado de sudor y polvo de camino. Se quita el morrión y se cuadra ante La Valette con la respiración entrecortada.
—Miguel Zammit, excelencia. Vengo de parte del gobernador Mesquita.
—Hablad —ordena La Valette.
—El primer socorro ha llegado, mi señor. Setecientos soldados del Tercio de Sicilia desembarcaron anoche en la isla. Están sanos y salvos en Mdina.
Las palabras del mensajero confirman las señales de humo avistadas el día anterior. Un silencio denso llena la sala. Luego estalla en murmullos de alivio y excitación. Algunos caballeros se abrazan. Otros se persignan dando gracias.
La Valette permanece inmóvil, pero Francisco nota un ligero temblor en los labios del Gran Maestre.
—¿Setecientos? —pregunta con voz controlada.
—Sí, excelencia. Soldados veteranos al mando del maestre Melchor de Robles.
—¿Cuándo pueden estar aquí?
—Cuando vos ordenéis, mi señor. Esperan instrucciones para el traslado.
La Valette hace llamar a Laskaris, el desertor griego cuya información había resultado tan valiosa.
—Caballeros —dice La Valette sin preámbulos—, tenemos setecientos soldados en Mdina que debemos traer al Burgo sin que los turcos los detecten. Necesito opciones.
Fra Antoine despliega un mapa rudimentario de la isla sobre la mesa.
—La ruta más directa es por el centro de la isla, pero...
—Pero los turcos tienen puestos avanzados en las colinas —interrumpe uno de los caballeros sanjuanistas.
Laskaris se acerca al mapa. Sus dedos trazan rutas posibles mientras estudia el terreno con ojo experto.
—Excelencia —dice el griego—, el traslado se puede hacer con relativa seguridad si se hace un desvío en semicírculo y vienen por la costa sur de la isla. Allí no hay turcos.
—¿No hay turcos? —pregunta Fra Antoine con desconfianza—. ¿Estáis seguro?
—Completamente —explica Laskaris—. Solo hay dos puestos de vigilancia, y ambos se pueden evitar.
—¿Cuánto tardarían? —pregunta La Valette a Laskaris.
—Si salen de Mdina al anochecer, pueden estar aquí antes del amanecer. Seis horas de marcha por terreno conocido.
La Valette contempla el mapa. Setecientos hombres pueden cambiar el equilibrio de fuerzas, pero solo si llegan vivos. Cierra los ojos un momento. Cuando los abre, su decisión está tomada.
—Enviad mensaje a Mdina. Que salgan esta noche cuando se oculte el sol. Laskaris, vos iréis a Mdina y los guiaréis por la ruta sur. Fra Antoine, aparejad lo necesario. Quiero botes listos en la costa para el último tramo.
—¿Y si los turcos se enteran? —pregunta alguien.
La Valette mira a los supervivientes de San Telmo, que han permanecido en silencio durante toda la discusión.
—Entonces creo que sólo nos quedará rezar.
Se vuelve hacia Francisco.
—Vos conocéis a los turcos mejor que nadie aquí. ¿Creéis que es factible?
Francisco se pasa una mano por la barba y piensa su respuesta. Al fin responde: —Sí, excelencia. Esta noche o nunca. Cuando los turcos cierren el cerco sobre el Burgo, será imposible hacer el traslado.
La Valette asiente.
—Pues esta noche será. Que Dios nos ayude.
Los oficiales se dispersan para organizar los preparativos. En pocas horas, el destino de Malta puede cambiar para siempre.
Desde la ventana de la sala, las primeras estrellas comienzan a brillar sobre el Mediterráneo. En algún lugar de esa noche que se aproxima, setecientos soldados españoles se preparan para jugarse la vida en una carrera contra el tiempo.
Francisco contempla esas mismas estrellas y masca corteza de sauce para aliviar el dolor de su brazo herido. Mañana, si todo sale bien, Malta tendrá una oportunidad de sobrevivir.
Si sale mal, habrán perdido el único refuerzo que, por el momento, pueden esperar.