Arde Malta 25
51%

25

Don Álvaro de Bazán observa el puerto de Génova desde la crujía de su capitana. La ciudad despliega ante él sus mil hermosuras, pero el almirante apenas las contempla. No tiene tiempo para semejantes deleites.

La navegación desde Barcelona no ha sido empresa fácil.

Mover la armada hasta Malta en pleno verano supone vencer al propio Mediterráneo antes que a los turcos.

En esta estación, los vientos dominantes soplan de poniente obligando a las galeras a avanzar a la bolina, ciñendo el viento con bordadas interminables que multiplican la derrota.

Cada legua ganada se paga con sudor y sal en la boca.

Bazán, curtido en mil singladuras, conoce bien esa verdad: en el mar, antes que al enemigo, hay que vencer al clima.

Como él suele decir: «No solo es menester urdir, sino tejer».

O lo que es lo mismo: las acciones, además de planearlas, hay que llevarlas a cabo.

Y en el mar siempre hay imprevistos que destrozan los planes y cálculos de los que idean las empresas desde un despacho.

Su flota está compuesta por treinta y cinco naves y dos mil trescientos soldados de desembarco. Todavía son pocos para hacer frente a los otomanos, pero en Génova debe embarcar al cuantioso contingente de mil ochocientos soldados del Tercio de Lombardía.

Al desembarcar, Bazán es recibido con honores por los dignatarios de la ciudad.

Falta, sin embargo, el más ilustre de todos: Juan Andrea Doria, heredero del nombre y del prestigio del célebre Andrea Doria.

El sobrino del gran almirante genovés ha zarpado días atrás con sus galeras, obedeciendo órdenes del rey de España.

Su misión es recoger a los soldados que sofocan una revuelta en Córcega y transportarlos a Livorno.

El Mediterráneo entero es un hervidero de naves que van y vienen, ejecutando la voluntad del monarca católico.

El Tercio de Lombardía, al mando de don Sancho de Londoño, aguarda puntual a las afueras de Génova. El embarque comienza de inmediato, pero es una labor que no se resuelve en una jornada.

Bazán supervisa el registro de compañías enteras, su distribución entre galeras y naos de transporte.

Intendentes y estibadores acarrean pólvora, arcabuces, picas y artillería de campaña, asegurando cada pieza con cabos para soportar los vaivenes del mar.

Las bodegas se llenan con bizcocho, vino y agua dulce para varias semanas.

Durante cinco días, el puerto bulle en gritos, golpes de maza, olor a brea y salitre, hasta que todo está dispuesto y las galeras a punto. El próximo destino es Nápoles, donde aguarda el Tercio de Álvaro de Sande.

El almirante español está en la crujía revisando las últimas listas de embarque cuando un bote se acerca a toda prisa desde el muelle.

Un hombre salta a cubierta con una agilidad que delata la urgencia de su cometido; al verlo, Bazán entiende de inmediato que el mensaje no traerá buenas nuevas.

En su mundo, urgente siempre significa malo.

—Mi almirante —dice el recién llegado, un oficial de las autoridades portuarias—. ¡Correo urgente de Civitavecchia!

El oficial hace entrega de un pliego lacrado con manos temblorosas.

—¿De Civitavecchia? —pregunta Bazán frunciendo el ceño—. ¿Qué puede ser tan urgente?

—No lo sé, mi almirante. Solo me han dicho que os lo entregue de inmediato. Que es cuestión de vida o muerte.

Bazán rompe el sello y despliega la carta. Sus ojos recorren las líneas mientras su rostro se ensombrece progresiva mente, como si cada palabra fuera un nubarrón que oscurece el horizonte.

—¿Malas noticias? —pregunta don Sancho de Londoño, que se ha acercado al ver la conmoción.

Bazán no responde inmediatamente. Relee la carta una segunda vez, como si esperara que las palabras cambiaran.

—Según esto —dice finalmente—, alguien ha avistado sesenta galeras otomanas engolfadas en la desembocadura del Tíber. Aguardan al socorro español para destruirlo. La información está aún pendiente de confirmación.

Un silencio denso cae sobre la cubierta. Los oficiales intercambian miradas preocupadas mientras el viento hace ondear las banderas con un chasquido que suena a mal presagio.

—¿Sesenta galeras? —murmura para sí don Sancho.

—Eso dice la carta —replica Bazán, y su voz suena de pronto cansada—. Se nos recomienda que no partamos de Génova hasta confirmar la información.

Aquello es un serio revés. Bazán conoce la importancia de llegar a tiempo a Sicilia, pero tiene orden expresa del rey de no entablar combate abierto con los otomanos. Si es cierto que los turcos aguardan en el Tíber, será imposible navegar hacia Nápoles sin ser avistados.

Don Sancho lee con seriedad la misiva. Al acabar, devuelve la carta al almirante con gesto pensativo.

—¿Y qué pensáis hacer?

—Todavía no lo tengo decidido. Hay mucho en juego y las órdenes del rey son muy claras.

—Entiendo... —Londoño se toca la barba, pensativo—. Si os sirve de consejo, en esa carta no se confirma la información. Es raro que con una flota tan grande no se hayan recibido otros avisos además de éste...

—Sí, lo sé —responde el experimentado marino con irritación—. Tengo ya muchos años al servicio de Su Majestad y conozco mi oficio.

—Claro, claro... —se disculpa don Sancho—. Lo que quiero deciros es que, si decidís poner proa hacia Nápoles, tendréis todo mi apoyo. A veces se deben correr riesgos.

Los hombros de don Álvaro se relajan al escuchar la disculpa.

Mientras reflexiona, sus ojos se posan en una gaviota que grazna y se adentra en el mar.

Al poco, reaparece con un pez en el pico y aterriza sobre el tendal de popa, donde comienza a devorar su presa con la indiferencia de quien no conoce las preocupaciones de los hombres.

En el mar hay que ser prudente, pues todo se puede perder en un solo día. Pero a veces hace falta también osadía, porque si se quiere vencer hay que salir de la seguridad de los puertos y jugársela. Y Malta necesita ese punto de osadía.

La mano de don Álvaro se cierra sobre la carta, arrugándola ligeramente. Los asediados no pueden esperar más. En Malta el cerco se estrecha y cualquier demora en puerto es una victoria para los turcos.

—Partimos de inmediato —dice con determinación.

—¡Bien dicho! —celebra don Sancho.

—Rumbo a Nápoles —añade con firmeza—. Todas las galeras en formación de ataque.

La flota de don Álvaro parte de Génova al amanecer del día siguiente. La navegación es traicionera y pesada, pero el almirante capea los vientos con la maestría de quien ha hecho del mar su segundo hogar. La buena noticia es que no hay rastro de vela enemiga en el horizonte.

Sin embargo, al quinto día de navegación, la voz del vigía hace estremecer a todos como un rayo que parte el cielo sereno: —¡Galeras en lontananza! ¡A proa!

El grito atraviesa la galera como una cuchillada.

Don Álvaro y sus oficiales cruzan la crujía a paso ligero, el corazón acelerado.

En el horizonte, las velas se multiplican contra el cielo como pájaros de mal agüero.

Veinticinco, al menos. Tal vez más. ¿Serán las galeras de las que le advertía la carta?

Un silencio denso se apodera de la cubierta. Bazán está lívido. Todavía resuenan en su cabeza las palabras del rey: « En lo que toca a pelear con la armada, en ninguna manera se puede ni debe hacer, así os lo mandamos expresamente, porque la desigualdad es tan grande ».

Por un momento, Bazán contempla dar la popa y huir. Sus ojos calculan distancias, vientos, posibilidades de escape. Pero los números son implacables: los vientos favorecen a la flota contraria. Los alcanzarían uno a uno, despedazando su armada galera por galera.

—Mi almirante —murmura un oficial junto a él—. ¿Órdenes?

Bazán no responde. En su mente resuena una voz acusadora: «Esto ha sido por tu culpa. Te advirtieron del peligro, pero no hiciste caso. Tu ansia de gloria nos ha condenado a todos».

Se lleva una mano al crucifijo que cuelga de su cuello.

—Perdóname, Señor, por mi falta de humildad —reza entre dientes—. Hágase y cúmplase tu divina voluntad.

Las galeras enemigas crecen en el horizonte. Comienzan a distinguirse los detalles: las velas latinas hinchadas, los espolones que cortan las aguas como cuchillos.

—¿Mi almirante? —insiste el oficial con voz tensa.

—Ordene zafarrancho de combate —ordena Bazán con voz ronca.

Los tambores empiezan a redoblar. Los hombres de cabo y guerra corren a sus puestos. Se escucha el chirrido metálico de las armaduras poniéndose a toda prisa y el chisporroteo de las mechas de arcabuz al prenderse.

Las galeras se acercan.

Legua y media. Una legua. A esta distancia puede ver los destellos del sol en las armas de cubierta.

Bazán aprieta los puños. En pocos minutos comenzará la matanza. Ve ya en su imaginación las cubiertas empapadas de sangre, los gritos de los heridos...

Media legua.

El vigía debería distinguir ya los estandartes enemigos.

—¡Esperad! —grita de pronto el vigía desde la gata del árbol mayor—. ¡Veo banderas!

—¿Qué banderas? —ruge Bazán.

Un silencio tenso. Todos los ojos se alzan hacia el vigía, que se protege los ojos con la mano escudriñando el horizonte.

—¡Son genoveses! —exclama al fin con un grito liberador—. ¡Las galeras de Juan Andrea Doria!

Las palabras tardan un segundo en penetrar en la mente de Bazán. Luego, el alivio lo inunda como una ola tibia.

—¿Genoveses? —repite con voz quebrada.

—¡Sí, mi almirante! ¡Veo los estandartes de los Doria!

Un suspiro colectivo recorre las cubiertas. Las dos flotas se saludan con salvas de cañón que suenan a himno de victoria.

La visita de Don Álvaro y sus oficiales a los Doria es obligada. Toman un bote y se dirigen a la galera capitana de Juan Andrea, el mayor aliado de la monarquía hispánica en el Mediterráneo.

—Bien hallado seáis, mi señor Doria. Al avistar vuestra flota, creímos estar frente a los turcos. Ha sido un gran regocijo comprobar que erais vos.

Sonríe el genovés.

— Siento haberos dado semejante disgusto. Vamos rumbo a Livorno para embarcar a cuatro mil infantes florentinos. Al igual que vos, estos días todos andamos revueltos con la venida de la flota turca sobre Malta.

Doria invita a Bazán a su camarote de popa y le sirve una copa de vino. Es el primer momento de relajación de don Álvaro en las últimas semanas.

—¿Qué noticias tenéis de Malta? —pregunta Doria sin preámbulos—. Los últimos avisos que recibimos en Génova hablaban de que San Telmo había caído.

—Así es —confirma Bazán con gesto sombrío—. Cayó a finales de junio, después de más de un mes de asedio. Los turcos lo redujeron a escombros.

—¿Y el Burgo? ¿Senglea?

—Aún resisten, pero ¿quién sabe por cuánto tiempo? García de Toledo envió un pequeño socorro desde Sicilia... setecientos hombres nada más. Una gota en el océano.

Doria asiente pensativo, haciendo girar el vino en su copa.

—¿Cuántos hombres cree que necesitarán los turcos para tomar las dos plazas?

—Con San Telmo en su poder, pueden concentrar toda su fuerza. Treinta mil hombres, quizá más. Y nosotros... —Bazán hace una pausa amarga—. Nosotros vamos recogiendo soldados por todo el Mediterráneo como quien recoge migas.

—Los cuatro mil florentinos que embarco en Livorno son buenos soldados —dice Doria—. Y vos lleváis ya, ¿cuántos?

—Cuatro mil también, entre los de Lombardía y los que embarqué en Barcelona. En Nápoles tomaré a Álvaro de Sande con otros tres mil. Pero sigue sin ser suficiente.

—¿Cuántos calcula Su Majestad que hacen falta?

—Al menos veinte mil. Y eso contando con que lleguemos antes de que Malta caiga.

Los dos almirantes guardan silencio un momento. Ambos conocen las matemáticas implacables de la guerra naval: cada día de retraso puede significar la diferencia entre la victoria y el desastre.

—El tiempo juega en nuestra contra —murmura Doria—. En agosto los vientos no favorecen la navegación hacia Malta.

—Lo sé. Por eso cada hora cuenta. Los turcos están cerca de la victoria, y nosotros... —Bazán golpea suavemente la mesa con los nudillos—. Nosotros vamos llegando tarde a nuestra propia guerra.

Doria contempla su copa con gesto melancólico. Sus dedos rozan instintivamente el anillo que lleva en el meñique, herencia de su tío abuelo Andrea, el viejo patriarca de la familia, fallecido cinco años atrás.

—Creo —dice Bazán, cambiando deliberadamente de tema— que nunca tuve ocasión de daros el pésame en persona por la muerte de vuestro tío. Fue un gran hombre del que todos hemos aprendido mucho.

Juan Andrea asiente con pena, acariciando el anillo del meñique. La mirada perdida en el mar que se extiende más allá del portillo del camarote.

—En verdad lo echo mucho de menos. En momentos como estos, cuando todo el Mediterráneo está en llamas, desearía contar con su consejo. Siempre tenía la palabra justa para cada ocasión.

El viejo almirante lo había criado desde niño, tras la muerte violenta de su padre a manos de los Fieschi, y le había enseñado todo sobre el mar y los hombres.

Apuran un par de copas más, hablando de asuntos menores, antes de que Bazán decida que ya es hora de regresar a su nave.

—Si Dios quiere, nos volveremos a ver en Messina.

—Si Dios quiere —repite Doria.

Don Álvaro sube al bote de remos junto a sus oficiales. La noche está en calma, el cielo estrellado. Probablemente los hombres que combaten en Malta estén observando las mismas estrellas, preguntándose cuándo llegará la ayuda que puede salvar sus vidas.