Arde Malta 24 #3
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A medida que se acercan al puesto turco, la tensión se vuelve insoportable. Robles puede ver ahora con claridad a los dos centinelas otomanos. Uno está sentado junto a un brasero que proyecta un círculo de luz rojiza. El otro camina de un lado a otro, con el arcabuz apoyado en el hombro.

Cien pasos. Noventa. Ochenta.

—Por la Virgen Santísima —murmura un soldado detrás de Robles.

—¡Refrenen lenguas! —le sisea su sargento.

Setenta pasos. Sesenta. Están tan cerca que Robles puede oír la conversación de los centinelas en turco.

Cincuenta pasos.

El centinela que camina se detiene de pronto. Gira la cabeza hacia donde avanza la columna española. Robles siente que se le para el corazón.

—No os mováis —susurra hacia atrás—. Que nadie se mueva.

El turco permanece inmóvil durante segundos que parecen eternos. Su silueta se recorta contra las estrellas. Robles puede distinguir sus facciones: barba oscura, turbante blanco, ojos que buscan en la oscuridad.

Sus miradas se cruzan.

Robles siente la tentación de echar mano a la espada, pero sabe que sería inútil. Si ese hombre grita, estarán perdidos. Setecientos soldados del rey morirán en esta roca maldita sin haber disparado un solo tiro en defensa de Malta.

El centinela turco ladea la cabeza. Robles puede ver sus ojos brillando en la oscuridad. Lo está mirando directamente. Lo ha visto.

Cinco segundos. Diez. Quince.

Entonces ocurre algo inesperado: el turco alza la mano en un gesto de saludo casual, como reconociendo a un compañero en la distancia.

Robles se queda paralizado. ¿Qué se supone que debe hacer? ¿Ignorarlo? ¿Echar a correr? ¿Desenvainar la espada?

Sin pensarlo, movido por un instinto que va más allá de la lógica, alza su propia mano y devuelve el saludo.

El centinela asiente satisfecho y se vuelve hacia su compañero, diciendo algo en voz baja. El otro responde con una carcajada y retoman su conversación.

Robles no puede creerlo. Acaba de saludar a un centinela turco que lo ha tomado por soldado otomano, y el hombre se ha quedado tan tranquilo.

La columna sigue avanzando paso a paso, alejándose del puesto enemigo. Solo cuando han puesto quinientos pasos de distancia, Robles se permite respirar con normalidad.

—¿Qué ha pasado ahí? —susurra Juan Martínez.

—Creo que nos ha tomado por turcos —responde Brunefay—. Con esta oscuridad habrá pensado que éramos soldados del sultán volviendo de una misión.

—Le habrá parecido imposible —dice Robles— que una columna de refuerzos cristianos se la juegue cruzando a pie toda la isla.

Sea por lo que fuere, el peligro ha pasado. La columna reanuda su marcha hacia Mdina con renovado ánimo. Han burlado a los turcos en sus propias narices.

Pero Robles sabe que han tenido suerte. Una suerte que no se puede repetir.

Dos horas antes del amanecer, las murallas de Mdina se alzan ante ellos. La antigua capital maltesa se asienta en lo alto de una colina.

Los centinelas de las murallas los han visto llegar y ya han abierto las puertas.

Don Luis de Mesquita, gobernador de la ciudad, aguarda en el patio de armas rodeado por sus oficiales.

Es un portugués de mediana edad, curtido por años de servicio en las fronteras del Imperio, y sus ojos brillan de emoción al ver a los soldados españoles.

Llegan andando con desparpajo, mosquete al hombro, espada al cinto, revestidos de cuero y metal como si la marcha nocturna que acaban de terminar la hicieran todos los días.

—¡Por todos los santos! —exclama—. ¡Don García ha cumplido su palabra!

Robles desmonta y se cuadra ante el gobernador.

—Melchor de Robles, maestre de campo del Tercio de Sicilia. Traigo setecientos hombres para el socorro de Malta.

—Setecientos... —dice Mesquita, y por un instante su rostro muestra una sombra de decepción—. Esperábamos diez mil.

El silencio se espesa entre ambos hombres.

—¿Dónde está el resto? —pregunta Mesquita sin dureza, pero con la urgencia de quien necesita respuestas—. ¿Vienen más galeras?

—Por el momento, esto es lo que hay —responde Robles con franqueza militar—. Don García promete enviar el gran socorro muy pronto, pero ahora mismo solo tenéis a estos setecientos hombres.

Mesquita asiente lentamente, asimilando la realidad. Luego se endereza y esboza una sonrisa que no llega a sus ojos.

—Setecientos soldados del rey —dice con voz que busca recuperar el ánimo—. Es más de lo que teníamos ayer.

—Y todos veteranos —añade Robles—. Gente que sabe pelear.

—Entonces bienvenidos seáis —dice Mesquita, y esta vez el abrazo es más sentido—. El Gran Maestre os estará esperando.

Mesquita se gira y encara a sus soldados.

—¡Sargento! —grita de pronto—. ¡Encended las hogueras! Que el Gran Maestre sepa que los refuerzos han llegado sanos y salvos.

En minutos, las torres más altas de Mdina se coronan de fuego. Columnas de humo negro se alzan hacia el cielo nocturno, visibles desde el Burgo a través de la distancia que separa las dos ciudades. Los fuegos arden portando un mensaje que La Valette ha estado esperando durante meses.

Robles contempla las llamas que se elevan hacia las estrellas. Setecientos hombres no cambiarán el curso de la guerra, pero han llegado. Y a veces —piensa mientras se toca la medalla de la Virgen— los milagros empiezan así: con gestos pequeños que nadie recordará, pero que lo cambian todo.