24 #2
—De momento, hay que modificar todos los planes de trabajo.
Esta misma noche quiero que todos los hombres disponibles trabajen en la colocación de una cadena en la costa occidental que llegue hasta el final del espolón.
Esa cadena debe impedir que los barcos turcos se acerquen a las playas y los obligue a desembarcar en el agua, donde serán un objetivo más fácil para nuestros arcabuceros.
Fra Antoine asiente, aunque en su fuero interno sigue dudando de que los turcos sean capaces de maniobras tan audaces.
—¿Qué pasa, Antoine? —pregunta La Valette, notando el gesto de disgusto de su hombre de confianza—. ¿No os fiais de mi criterio?
—No es eso, señor. Creo que vuestras decisiones siempre son acertadas, y no existe nadie en el mundo más capaz de dirigirnos.
—¿Entonces?
—Me preocupa que toda esta historia del griego sea una treta de nuestros enemigos para que malgastemos tiempo y recursos. Todos esos trabajos que proponéis impedirán a los hombres dedicarse a otras labores que parecían muy provechosas. Y además... bueno...
—¿Además qué, Antoine? Sed claro. Quiero saber todo lo que piensan mis hombres.
Fra Antoine hace un gesto de asentimiento resignado.
—Además está el tema de la falta de hombres. En el fondo, deseo que el griego sea un traidor, porque aceptar lo que dice implica demasiado. No tenemos efectivos suficientes para defender un perímetro tan largo.
En esto último, el Gran Maestre debe dar la razón a su caballero. Él también está preocupado por la escasez de efectivos. Solo un milagro puede salvar Malta.
La Valette está a punto de decir a Fra Antoine que deben rezar y confiar en el milagro, cuando de pronto se escucha una voz proveniente de los muros: —¡Señales de humo! ¡Desde Mdina nos hacen señales de humo!
Los dos sanjuanistas alzan la vista hacia la antigua capital maltesa. En efecto, desde las torres de Mdina alguien está enviando avisos urgentes, pero ¿avisos de qué?
—Pardiez, ¿ahora qué pasa? —dice Fra Antoine con ceño fruncido.
Sin embargo, los ojos del Gran Maestre brillan envueltos en lágrimas de esperanza.
—Pues que si esas señales significan lo que yo creo —dice La Valette, y por primera vez en semanas una sonrisa cruza su rostro—, tal vez el milagro que esperábamos se ha cumplido.
Unas horas antes. Interior de la isla de Malta
Una larga columna de oscuras figuras avanza por el árido paisaje maltés. Avanzan en la noche cálida sin hablar, sin hacer ruido. Solo el ocasional resoplido de algún caballo, el rumor de pasos sigilosos y algún leve entrechocar de armaduras interrumpen el silencio.
La columna de los refuerzos españoles se dirige hacia el interior de la isla, siguiendo senderos de cabras que serpentean entre las rocas.
Es una marcha de quince kilómetros desde la playa de Piedras Negras hasta la ciudad amurallada de Mdina, pero cada paso los aleja de la seguridad del mar y los acerca al peligro.
Si el pequeño contingente español se topa con los turcos en campo abierto, puede darse por muerto.
Los caballeros malteses que sirven de guías conocen cada piedra del camino. Brunefay y Juan Martínez han hecho esta ruta docenas de veces, llevando mensajes entre Mdina y las galeras de Sicilia. Pero nunca con setecientos soldados pisándoles los talones.
—Alto —susurra Brunefay de pronto alzando la mano.
La columna se detiene. Setecientos soldados se quedan inmóviles en la oscuridad, conteniendo la respiración. Solo se oye el viento nocturno entre las rocas y el latido acelerado de sus propios corazones.
—¿Qué pasa? —pregunta Robles en voz apenas audible.
—Un puesto avanzado turco. A doscientos pasos, en esa elevación.
Robles agudiza la vista. Al principio no ve nada, pero gradualmente distingue la silueta oscura de una construcción de piedra sobre una loma. Y junto a ella, las figuras de dos hombres que montan guardia.
—¿Nos han visto? —murmura Juan Martínez.
—No lo sé. Pero estamos perdidos si nos ven.
Robles siente cómo el sudor le empapa la espalda bajo la coraza. Setecientos hombres en campo abierto, sin posibilidad de formar cuadros, a tiro de arcabuz de un puesto enemigo. Si los turcos dan la alarma, toda la guarnición otomana de la zona caerá sobre ellos.
—¿Podemos dar un rodeo? —pregunta en un susurro.
—Añadiría tres horas de marcha —responde Brunefay—. Se nos haría de día y nos acercaría a otro puesto turco más grande.
—Tenemos que pasar por aquí, señor. Es el único camino.
Robles toma la decisión que puede costarles la vida a todos.
—Adelante. Despacio. Que nadie haga ruido.
La columna reanuda la marcha con pasos de fantasma. Cada soldado pisa donde pisó el anterior, evitando las piedras sueltas que podrían rodar ladera abajo. Las corazas y morriones van envueltos en trapos para amortiguar el sonido del metal.