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El escritorio de Jean Parisot de La Valette parece un campo de batalla después del combate.
Pliegos de papel cubren la superficie como soldados caídos, algunos cuidadosamente doblados y apartados, otros mostrando líneas rasgadas y manchas donde su mano frustrada ha presionado la pluma con demasiada fuerza.
Son los intentos desesperados del Gran Maestre por encontrar el tono adecuado para la carta dirigida al virrey, don García de Toledo.
Es la enésima vez que el Gran Maestre demanda el socorro prometido por el rey de España.
Ha comenzado la misiva no menos de cinco veces y ninguna versión le satisface .
La pluma resbala entre sus dedos cuando la arroja sobre el tintero con gesto de fastidio, mientras murmura una maldición ahogada.
A su lado, un escribano aguarda en silencio sepulcral, sin atreverse a preguntar si debe transcribir ya la versión definitiva. Conoce los humores de su señor, y sabe que la paciencia de La Valette se agota al mismo ritmo que las provisiones del Burgo.
El Gran Maestre busca uno de los borradores entre el grupo de hojas manchadas de tinta, tachaduras y notas garabateadas con prisa.
—Escribid —ordena con voz que corta el aire—: «A don García de Toledo, virrey de Sicilia...».
El dictado del Gran Maestre comienza a velocidad de carga de caballería.
Su pecho arde con una mezcla de frustración e indignación contenida que amenaza con desbordar el lenguaje cortesano que demanda su puesto.
Cada palabra parece gritar: «¿Dónde están los refuerzos?
», aunque el protocolo le obligue a envolverlas en fórmulas de respeto.
Las frases se suceden cargadas de constantes referencias al honor de la palabra empeñada, a la gratitud por los servicios prestados a España, a la lealtad inquebrantable de la Orden, a las terribles consecuencias para toda Europa en caso de derrota.
Y finalmente, un recordatorio que La Valette ha decidido incluir en el último momento, como quien juega una carta valiosa: —No hace falta que le recuerde a vuestra merced —dicta en voz alta— que vuestro hijo Fadrique se encuentra entre los defensores del Burgo, pues vos mismo me lo ofrecisteis en vuestra última visita a la isla.
El muchacho está haciendo honor a su casta, luchando y esforzándose como uno más de mis hombres.
Pues bien, cumpliendo el hijo con sus deberes de honrado soldado, no quiero ni pensar que en lo venidero no pueda predicarse lo mismo del padre.
Además, no deseo recordaros las atrocidades que los turcos hacen a sus prisioneros.
Por lo que tened la seguridad de que, si el Burgo cae, vuestro hijo sufrirá la misma suerte de tormentos que todos nosotros.
Al escuchar las osadas palabras del Gran Maestre, el escribano levanta los ojos del papel con expresión de alarma: —¿Estáis seguro de querer decir eso, mi señor? Ved que el hombre es esclavo de la palabra escrita, y que ésta puede viajar lejos y leerse con ojos poco piadosos...
La Valette lanza una mirada de soslayo a su escribano y, sin pedir permiso, arrebata la carta de sus manos para releerla. Sus ojos recorren las líneas con la concentración de un general que estudia el terreno antes de la batalla.
—La carta está perfecta como está —dice devolviendo el papel con gesto decidido—. Cifradla y buscad a alguien con arrestos suficientes para llevarla a Messina evitando el bloqueo turco.
La Valette sabe que sus palabras son fuertes.
Demasiado, quizás, teniendo en cuenta la categoría de virrey don García.
Pero la situación es tan desesperada que no admite andarse con ceremonias.
Los turcos han comenzado a bombardear las fortificaciones del Burgo y Senglea con saña renovada, y pronto llegará el primer asalto general.
Y él cuenta con muy pocos hombres para la defensa de ambas fortificaciones.
La defensa heroica de San Telmo, con el envío constante de refuerzos, ha drenado sus fuerzas. Es verdad que han logrado ganar un tiempo precioso para reforzar los puntos débiles de los fuertes de San Miguel y San Ángel, pero ¿de qué sirve el más fuerte de los muros sin hombres que lo defiendan?
Al poco de marcharse su escribano, La Valette abandona sus dependencias y sale a inspeccionar los trabajos de defensa.
Desde que tuvieron noticias de la venida de la gran armada turca, los trabajos del Burgo no han cesado ni de día ni de noche.
Es una de las pocas cosas de las que se congratula el Gran Maestre: del esfuerzo constante e incesante de todos, tanto caballeros como civiles malteses.
Todos arriman el hombro sin distinción de cuna o condición. Todos se afanan en cumplir sin rechistar unos trabajos que parecen no tener fin: fabricar pólvora, moldear balas de mosquete, transportar materiales o construir nuevas defensas bajo el implacable sol.
Cuando hace unos años la Orden se vio despojada de su base en Rodas y forzada a aceptar Malta como nueva sede de operaciones, aquello pareció un regalo envenenado del emperador Carlos V.
Malta era una roca estéril, sin apenas tierras cultivables y sin acceso a materias primas, que debían importarse todas desde Sicilia.
Tampoco contaba con las formidables fortificaciones de Rodas.
Además, el trato incluía defender la isla de Gozo y la plaza norteafricana de Trípoli.
El Emperador había aprovechado su situación desesperada sin contemplaciones, colocándolos en el ojo del huracán.
Ahora, con el paso de los años y las nuevas perspectivas que da la guerra, La Valette agradece a Dios su destino maltés.
La esterilidad de la isla se revela como su principal defensa: cualquier ejército de desembarco está obligado a traer consigo hasta el último trozo de pan que necesite para el asedio.
Ni siquiera pueden beber agua fresca, pues la única fuente extramuros ha sido emponzoñada por orden suya.
La esterilidad de Malta es una espada de Damocles que obliga a cualquier atacante a luchar contrarreloj.
Al doblar una esquina, La Valette observa a un grupo de sus caballeros reunidos en animada discusión junto al muro occidental. Entre ellos reconoce a uno de sus hombres, Fra Antoine de Montmorency , que gesticula con expresión de incredulidad.
Al verle, Fra Antoine se acerca a grandes zancadas.
—Excelencia —dice el caballero—, ahora os iba a buscar para...
—¿Qué está sucediendo? —interrumpe el Gran Maestre—. ¿Y quién es ese hombre que va vestido en valones de lienzo?
—De eso precisamente os quería hablar, mi señor. Es un espahí griego que ha desertado esta mañana. Va así vestido porque ha tenido que cruzar a nado el canal.
La Valette asiente y hace un gesto para que Fra Antoine continúe su informe.
—Al parecer es alguien de cierto renombre entre los turcos. Dice llamarse Filippo Laskaris, que nació cristiano y que desea volver a serlo, y...
—Bien, bien... —dice La Valette con impaciencia—, pero ¿tiene información útil sobre los planes enemigos? ¿Por qué os veía discutir entre vosotros como mercaderes en el zoco?
Fra Antoine pone los ojos en blanco con gesto que parece decir: «Pardiez, sí, ahora os lo iba a contar».
—Discutíamos porque no damos crédito a la información del griego. Según Laskaris, los turcos están preparando un gran asalto contra Senglea.
La Valette asiente y se frota la barbilla. Eso tiene perfecto sentido: es el siguiente movimiento lógico del enemigo después de la caída de San Telmo.
—¿Y eso es lo que no le creéis?
—No, excelencia —replica Fra Antoine—. Lo que no creemos es que ese asalto vaya a ser por tierra y por mar simultáneamente, tal y como afirma el griego.
—Eso tampoco me parece probable. Los generales turcos no serían tan estúpidos como para poner sus barcos a tiro de los cañones del Burgo y Senglea al mismo tiempo.
—Esa es precisamente la cuestión, excelencia. Según él, los barcos otomanos no cruzarían el puerto, sino que los están transportando por tierra para evitar nuestro fuego y depositarlos frente a la misma Senglea. Es un disparate, la verdad. No sé si este griego nos ha tomado por estúpidos, pero...
La Valette se queda lívido de pronto. Ya no escucha las palabras de Fra Antoine porque su mente trabaja a la velocidad del rayo. El plan de los turcos no le parece para nada disparatado. Es, de hecho, una genialidad, y muy capaces son de llevarlo a término.
Fra Antoine no conoce a los turcos y sus aliados berberiscos tan bien como él.
El mismísimo Dragut, años atrás, hizo una jugada similar cuando se vio acorralado por la flota genovesa de los Doria en su base norteafricana de Djerba.
Los Doria tampoco creyeron que el corsario fuera capaz de transportar sus barcos por tierra para evitar el bloqueo genovés.
Pero lo hizo, y los dejó a todos con un palmo de narices.
—Quiero ver a ese griego —dice de repente el Gran Maestre.
Y sin esperar la réplica de Fra Antoine, se dirige con paso decidido hacia donde sus caballeros retienen al desertor.
—Tú, griego —dice con sequedad—. Soy Jean Parisot de La Valette, Gran Maestre de la Orden de San Juan. Ahora me contarás ese plan de asalto por tierra y por mar. Quiero conocer todos los detalles.
Laskaris cuenta todo con precisión: el número de barcos que planean transportar, la ruta elegida para el transporte, la cantidad de hombres que se embarcarán en ellos y los puntos exactos elegidos por los turcos para el desembarco y ataque al flanco occidental de Senglea.
Cuando el griego termina su relato, el rostro de La Valette es un poema que mezcla admiración y horror.
—Está bien —dice al fin—. Dadle a este hombre ropas dignas con las que vestirse. Y tratadlo como a un invitado personal mío. Que no le falte de nada.
El grupo se dispersa y La Valette queda a solas con Fra Antoine.
—Excelencia, ¿qué deseáis que hagamos ahora?