23
Ya es noche cerrada en Malta. Sobre las aguas que lamen la bahía al sur de la isla, flota una inusitada bruma traída por el siroco. Ocultas por el extraño fenómeno meteorológico, cuatro galeras cristianas aguardan en absoluto silencio.
—¿Ves algo? —pregunta Melchor de Robles.
—Nada, señor. No hay luna, y con esta endiablada niebla no se ve un ardite.
Melchor de Robles es maestre de campo del Tercio de Sicilia. Está al mando de los refuerzos que don García de Toledo ha conseguido reclutar a toda prisa y enviar a Malta. Son solo setecientos hombres, pero don García ha prometido que muy pronto enviará el gran socorro prometido.
—Si no vemos las señales convenidas con los sanjuanistas, deberemos volver a Sicilia...
Robles va en busca de Juan de Cardona, capitán de las galeras de Sicilia y hombre al mando del desembarco.
—¿Alguna novedad en tierra? —pregunta el marino sin apartar la vista del horizonte.
—Nada aún —replica Robles, y en su voz hay un deje de desesperación que no puede disimular.
Cardona se vuelve hacia él con la sonrisa sardónica que reserva para los momentos más difíciles.
—¿Y qué quiere vuestra merced que hagamos? ¿Nos volvemos... otra vez?
Este es el tercer intento de desembarco de los refuerzos españoles.
Comunicarse con los sitiados es muy difícil dadas las circunstancias, y ni Robles ni Cardona quieren dar un paso en falso.
Desembarcar en el lugar o el momento equi vocado podría hacerles caer en una emboscada de los turcos, lo que supondría el fin de todos ellos.
Robles lanza una mirada de reojo a los dos caballeros de Malta que los acompañan: Brunefay y Juan Martínez. Ambos aguardan con expresión tensa; se nota que tienen prisa por regresar junto a sus hermanos de armas. Robles carraspea.
—Como volvamos a puerto de nuevo, a los sanjuanistas les va a dar un parraque —dice Cardona, poniendo voz a lo que nadie se atreve a decir.
—A ellos y a todos —replica el maestre de campo con el ceño fruncido—. Los muchachos están deseando entrar en acción. Y esta indecisión de desembarcar o no les está comiendo la moral.
De pronto, una voz rompe la tensión nocturna: — ¡Là! La vedo... tra la nebbia! —alerta un vigía desde las gatas del árbol mayor.
Cardona y Robles corren hacia la proa, seguidos por los caballeros malteses. El vigía italiano señala un punto difuso en la costa enemiga. Entre los jirones de bruma, una antorcha hace la señal convenida desde el interior de una gruta.
Los caballeros Brunefay y Juan Martínez se acercan con rostros transfigurados. En sus ojos brillan lágrimas de alivio y esperanza: por fin van a poder volver con refuerzos junto a sus hermanos de la Orden.
—Es la señal correcta —confirman con voces quebradas por la emoción—, la convenida con el gobernador de Mdina.
Los botes de desembarco se dejan caer al agua con sordos chapoteos. Los soldados del refuerzo español comienzan a embarcar con la disciplina silenciosa de veteranos, listos para lo que les espera.
Pero entonces, cuando todo está listo para el desembarco, un marinero se acerca a Cardona y le susurra algo al oído. El rostro del capitán de galeras se endurece.
—¿Estás seguro? —pregunta a su subalterno con voz seca.
—Completamente, mi capitán.
Robles observa el gesto grave de Cardona y siente cómo se le encoge el estómago. Conoce esa expresión: es la cara que pone un hombre cuando acaba de recibir malas noticias.
—¿Y ahora qué diablos pasa? —pregunta Robles con una impaciencia que denota atisbos de desesperación.
Cardona lo toma del brazo y lo lleva aparte, lejos de los oídos curiosos.
—Uno de mis hombres, que entiende el maltés, ha oído una conversación entre los acompañantes de los caballeros de San Juan.
—¿Y?
—Al parecer, el fuerte de San Telmo cayó hace unos días, antes de venir a Sicilia en nuestra busca. Ellos mismos vieron a la flota turca entrando en el puerto.
—Maldita sea...
—Sí. Las órdenes del virrey don García de Toledo son claras en este punto: no debemos desembarcar los refuerzos si San Telmo obra ya en poder de los turcos.
Robles asiente en silencio y contempla a los dos caballeros que aguardan junto a los botes.
—Esos dos pájaros seguro que lo sabían y se han callado.
—Seguramente. Pero ¿acaso tú no habrías hecho lo mismo en su lugar?
El militar se encoge de hombros. La pregunta es justa, la respuesta obvia.
—Supongo que sí...
—La cuestión es: ¿qué hacemos nosotros ahora que lo sabemos? —dice Cardona mientras se pasa una mano por la barbilla mal afeitada—. Por lo que a mí respecta, lo dejo a vuestro criterio. Al fin y al cabo, sois vos y vuestros hombres los que se van a jugar la vida en esa isla.
Robles baja la mirada hacia la cubierta húmeda. Mil pensamientos se agolpan en su cabeza. Cada uno lleva consigo un futuro diferente, y todos dependen de la decisión que él debe tomar.
Alegando las órdenes del virrey, podría evitarse el trago de combatir en Malta.
Al fin y al cabo, aquella no es tierra española.
¿Por qué jugársela por una isla que ni siquiera aparece en los mapas de Castilla?
Además, los sanjuanistas lo tienen todo en contra: pocos hombres, menos pólvora, y un enemigo que multiplica sus fuerzas por diez.
Los que desembarquen en Malta tienen muchas probabilidades de no regresar jamás a casa. La isla será su tumba.
Pero entonces recuerda las discusiones mantenidas en los mentideros de Sicilia sobre la defensa de Malta.
Todo el mundo tiene una opinión sobre el modo en que deben hacerse las cosas, pero todos coinciden en una: Malta debe salvarse.
Es el muro de la Cristiandad frente al poderío turco que amenaza Europa.
Si cae Malta, tarde o temprano le seguirá Sicilia y, tras ella, el resto de Italia y quién sabe si toda la Europa cristiana.
Robles comprende de pronto algo que no había meditado con la suficiente profundidad.
Ahora lo ve con toda lucidez: el futuro de millones de personas en Europa puede depender de la decisión que él, personalmente, debe tomar en este instante.
No de grandes reyes que viven en palacios dorados, ni de estadistas que juegan con mapas desde cómodos sillones.
Todo puede depender de un hombre anónimo llamado Melchor de Robles, soldado español de los Tercios Viejos de infantería por la gracia de Dios y la voluntad del Rey.
Robles se lleva una mano al cuello y frota entre el índice y el pulgar la pequeña medalla que siempre lleva consigo.
Es una baratija de plata con la figura de la Virgen con el Niño, regalo de sus abuelos el día de su primera comunión.
Desde entonces la ha llevado consigo en todas las campañas: Francia, Italia, las costas africanas…
A ojos del mundo tal vez no valga ni dos maravedís, pero para Robles es su mayor tesoro. Le recuerda por qué lucha más allá del pan cotidiano y la paga del soldado.
—¿Qué decidís, Robles? Ningún lazo ni juramento os obliga a ir más allá.
Al fin, Robles levanta la vista y clava su mirada en los ojos de Cardona.
En sus pupilas brilla una luz de determinación que el marino conoce bien: —Ahí os equivocáis, mi buen Cardona.
Nuestra conciencia de buen cristiano nos obliga a todos.
La decisión está tomada: desembarcamos, y que sea Dios servido.