22
—Quitaos las corazas y todo lo que pese —dice Kemiru mientras guía a Francisco y De las Cuevas entre las rocas del puerto.
Las piezas de metal resuenan al caer cuando los dos hombres se despojan de sus armaduras. Francisco conserva solo su daga y un pequeño crucifijo. De las Cuevas murmura una oración rápida, besando la empuñadura de su espada antes de abandonarla con el dolor de quien se despide de un amigo querido.
Agachados para no dejarse ver, avanzan entre los peñascos de la orilla mientras las olas rompen a su lado empapándoles la ropa.
Francisco vuelve la cabeza. El puerto de San Telmo queda atrás.
Lo han abandonado justo a tiempo, pues ya se ve a los primeros soldados turcos saqueando los restos con la salvaje codicia de la victoria.
—¡Al agua! —sisea Kemiru con urgencia.
Se sumergen hasta la cintura y el agua fría les corta la respiración.
Kemiru inspira profundamente y se zambulle.
Paco y De las Cuevas dudan un instante, pero entonces un disparo de arcabuz zurrea por encima de sus cabezas y luego otro.
Y se les pasan las dudas de golpe. Ambos se sumergen y siguen a Kemiru.
Bajo el agua, el mundo se vuelve verde y silencioso. Kemiru nada delante de ellos, señalando hacia una oscura oquedad en la base de los acantilados. A Paco le parece la boca del mismísimo Leviatán esperando para devorarlos.
Kemiru desaparece en la negra abertura. Paco cierra los ojos y lo sigue, sintiendo cómo las rocas filosas le arañan los brazos y la espalda en un túnel que parece interminable.
Sus pulmones están a punto de explotar cuando una mano lo agarra del cuello de la camisa y lo jala hacia arriba con fuerza salvadora.
Emerge jadeando en una cámara subterránea. De las Cuevas surge tras él, escupiendo agua y blasfemando entre dientes con palabras que harían sonrojar a un corsario berberisco.
—La Gruta de la Parca —murmura Kemiru—. Aquí nadie nos encontrará.
El lugar huele a algas podridas y humedad.
Los tres se acurrucan contra las paredes rugosas, temblando tanto de frío como de agotamiento que les cala hasta los huesos.
Desde arriba les llegan los ecos apagados de la masacre: gritos de guerra, lamentos de heridos, el crujir de maderas ardiendo que se desploman.
—Cuando anochezca podremos cruzar al Burgo —susurra Kemiru—. Los turcos estarán distraídos celebrando su victoria.
Francisco aprieta los puños hasta clavarse las uñas en las palmas mientras los alaridos de sus compañeros torturados se filtran a través de la piedra. Piensa en los hombres que ha conocido, en las historias que han compartido durante las largas guardias nocturnas.
De las Cuevas murmura algo que podría ser una oración o una maldición dirigida a todos los santos del cielo.
Finalmente se hace el silencio en la superficie.
Un silencio más terrible que cualquier grito, porque anuncia que ya no queda nadie con vida.
Los tres cierran los ojos. El horror no puede vencer al agotamiento de días y noches sin descanso.
Y se duermen acurrucados en las entrañas de piedra de San Telmo.
En la superficie, ondea ya la media luna otomana sobre las ruinas humeantes de la fortaleza que prometieron proteger con sus vidas.
La guerra continúa. Pero ellos, contra todo pronóstico y contra toda esperanza, aún respiran.
Son los únicos supervivientes de San Telmo.
En el campamento otomano, los últimos ecos de la celebración por la toma de San Telmo se desvanecen. Los tambores han callado, las copas se han vaciado; la guerra no concede más descanso.
Treinta días ha costado conquistar una fortaleza que debería haber caído en cinco. Treinta días de sangre, pólvora y muerte.
Mustafá Pachá se encuentra en el interior de la tienda de mando. Sobre la mesa central se extiende un mapa detallado de Malta, donde pequeñas banderitas de colores marcan las posiciones de tropas, artillería y la flota. El aire huele al incienso que se quema en un brasero de bronce.
Los miembros de su estado mayor van llegando uno a uno: Pialí Pachá, almirante de la flota imperial; los agás de los jenízaros, con sus altos gorros blancos; los ingenieros de artillería; los comandantes de los sipahis.
Al fondo de la tienda, casi en las sombras, permanecen sentados dos hombres de aspecto grave vestidos con túnicas bordadas: son los enviados especiales del sultán, cuya misión es observar, tomar nota y reportar directamente a Estambul todo lo que ven y oyen.
—Hermanos en la fe —comienza Mustafá—, San Telmo ha caído, pero nuestro trabajo apenas comienza. Ante nosotros se alzan aún los dos principales bastiones de los infieles: el Burgo y Senglea.
Sus ojos recorren los rostros de los presentes, deteniéndose un instante en Pialí. El almirante mantiene una expresión neutra, pero Mustafá conoce bien sus maniobras políticas. Cada movimiento, cada palabra del almirante busca proteger su posición ante el sultán por si las cosas salen mal.
—El tiempo juega en nuestra contra —continúa el general—. Cada día que pasa, los vientos de septiembre se acercan. Cada día que perdemos es una ventaja que regalamos al enemigo.
Pialí se adelanta hacia la mesa, estudia el mapa con aire pensativo y habla con la cautela de quien sopesa cada palabra antes de pronunciarla: —Tienes razón, Mustafá.
Pero también debemos ser realistas sobre nuestras fuerzas.
San Telmo nos ha costado más hombres de lo previsto.
La pólvora empieza a escasear, y la moral de las tropas, aunque mejorada por la victoria, no puede soportar otro desgaste.
El comentario va dirigido tanto a Mustafá como a los enviados del sultán. Una jugada sutil para marcar distancias en caso de fracaso. Mustafá lo sabe y decide atacar de frente: —¿Dudas de mi capacidad para completar la misión que nos encomendó el Padishá?
El silencio se espesa en la tienda. Pialí traga saliva, consciente de que ha pisado terreno peligroso.
—Por supuesto que no, hermano. Simplemente expongo las realidades que enfrentamos.
Mustafá sonríe, pero sus ojos permanecen fríos.
—Entonces escuchad mi plan. Atacaremos Senglea por mar y tierra al mismo tiempo.
Los presentes se inclinan sobre el mapa. Con un dedo calloso, Mustafá señala la península que se extiende hacia las aguas del puerto.
—Senglea es la más débil de las dos fortalezas. Su principal defensa es el fuerte de San Miguel, que presenta los mismos defectos de diseño que San Telmo. Su foso, excavado en roca viva, está incompleto. La costa occidental carece de fortificaciones serias y está expuesta al fuego de artillería.
—Pero... —interviene uno de los ingenieros—, la proximidad al Burgo complica cualquier asalto. Sus cañones pueden apoyar la defensa de Senglea desde el otro lado del puerto.
—Exacto —añade Pialí—. Y para atacar Senglea por mar, nuestros barcos tendrían que pasar bajo los cañones del Burgo. Es imposible hacerlo sin sufrir pérdidas catastróficas.
Mustafá permite que las dudas crezcan en el ambiente. Algunos oficiales intercambian miradas preocupadas. El murmullo de conversaciones contenidas llena la tienda. Entonces, cuando la tensión alcanza su punto máximo, el general levanta una mano pidiendo silencio.
—Tienes razón, Pialí. Por eso mi plan no contempla que nuestros barcos pasen bajo las defensas del Burgo.
El almirante frunce el ceño, confundido.
—¿Entonces cómo propones atacar Senglea por mar?
La sonrisa de Mustafá se ensancha.
—Mientras hablamos, noventa de nuestras embarcaciones más pequeñas están siendo desmontadas.
Las transportaremos por tierra, pieza por pieza, sobre plataformas rodantes.
Las arrastraremos colina arriba, bordeando las defensas cristianas, hasta el estuario occidental de Senglea.
Allí las rearmaremos y las lanzaremos contra la península por la espalda.
El silencio que sigue es absoluto. Los ojos de todos los presentes se clavan en el mapa, visualizando la audacia del plan.
—Por Alá... —susurra uno de los agás—. Es brillante.
Pialí estudia el mapa con renovada atención. Su mente militar evalúa rápidamente las implicaciones del plan. Es arriesgado, sí, pero si funciona...
—¿Cuánto tiempo necesitarás? —pregunta finalmente.
—Tres días para completar el transporte. Uno más para el rearme de las embarcaciones. En cinco días, Senglea estará bajo asedio simultáneo por mar y tierra.
—¿Y los refuerzos? —insiste el almirante—. Aun con el plan anfibio, necesitaremos más hombres y pólvora.
La sonrisa de Mustafá se vuelve triunfante.
—Mañana llega Hasán Bajá.
—¿Hasán Barbarroja? ¿El gobernador de Argel?
—El mismo. El hijo de Jeireddín Barbarroja, el más grande Kapudan Pachá de todos los tiempos.
Las palabras caen con peso. A nadie se le escapa el velado insulto a Pialí, actual gran almirante del Imperio.
El rostro de Pialí se enrojece, pero mantiene el control con esfuerzo visible.
—¿Qué fuerzas trae?
—Un fuerte contingente de corsarios argelinos.
Hombres curtidos en la guerra naval y el asalto anfibio.
Además, Aluch Alí parte esta misma tarde hacia Trípoli.
Debe transportar el cuerpo de nuestro querido Dragut para su sepultura, pero tiene órdenes de volver con toda la pólvora que pueda encontrar en el norte de África.
Mustafá pronuncia estas últimas palabras dirigiendo su mirada a los enviados del sultán.
—Así que, hermanos, no nos faltarán ni hombres ni pólvora para completar nuestra misión.
Los murmullos de aprobación llenan la tienda. El plan, por audaz que sea, tiene sentido militar. Pialí asiente lentamente, reconociendo a regañadientes la genialidad de la estrategia.
—¿Cuándo comenzamos?
—Al amanecer. Quiero que las primeras plataformas estén en movimiento antes de que salga el sol.
Los oficiales se van retirando uno a uno, cada cual con sus órdenes específicas. Pialí es el último en marcharse, no sin antes dirigir una última mirada a Mustafá.
—Espero que tu plan funcione, hermano. Malta nos está costando más de lo que el Diván esperaba.
—Funcionará, Pialí. Y cuando Senglea caiga, el Burgo seguirá. Antes de que termine el verano, la Cruz habrá sido arrancada de estas rocas para siempre.
Horas más tarde, a varios kilómetros del campamento otomano, entre los olivos que crecen salvajes en las colinas, un hombre permanece inmóvil en la oscuridad. Su silueta se recorta contra el cielo estrellado y sus ojos contemplan las murallas del Burgo, que se alzan desafiantes en la distancia.
Mehmet ben Davud —aunque ese no es su verdadero nombre— siente cómo el viento nocturno agita su caftán.
A sus cincuenta y cinco años, el peso de toda una vida de decisiones difíciles le oprime el pecho.
Su mano derecha descansa sobre la empuñadura de su cimitarra, no por amenaza, sino por costumbre.
Pero esta noche es diferente. Esta noche, Filippo Laskaris —su nombre real, el que llevaba antes de convertirse al islam— ha despertado del largo sueño de la conveniencia.
Laskaris nació en el Peloponeso, en una casa noble donde los iconos de Cristo adornaban las paredes y el incienso ortodoxo perfumaba las oraciones matutinas.
Su familia descendía de los antiguos emperadores de Bizancio, una estirpe venida a menos pero orgullosa de su linaje.
Aprendió a santiguarse antes que a empuñar la espada, y sus primeras palabras fueron las de una oración cristiana.
Pero crecer cristiano bajo dominio otomano era cargar con una losa invisible.
Cada puerta cerrada, cada oportunidad negada, cada humillación sutil le recordaba que su fe era un obstáculo para cualquier futuro digno.
A los dieciocho años, con la amargura de quien renuncia a su alma por supervivencia, abrazó el islam.
Adoptó el nombre de Mehmet ben Davud, aprendió árabe y turco, y el dominio del arte ecuestre y la estrategia militar.
Su conocimiento del mundo cristiano y su facilidad con las lenguas lo convirtieron en un mediador valioso para el imperio.
Ascendió hasta convertirse en timariot , con tierras en Rumelia y Anatolia, hombres bajo su mando y un asiento en los consejos de guerra.
Pero la sangre tiene memoria. Y en las noches de insomnio, cuando el viento susurra entre las ramas de los árboles, aún escucha la voz de su infancia. Los himnos ortodoxos, las oraciones de su madre, el eco de las campanas dominicales...
La masacre de San Telmo ha sido la gota que ha colmado el vaso de su conciencia.
Ver a esos hombres —españoles, malteses, italianos— morir por algo más grande que ellos mismos, por una fe que no negociaron ni vendieron, le ha mostrado el abismo que existe entre lo que es y lo que debería haber sido.
Esa misma mañana ha asistido a su último consejo de guerra como oficial otomano. Ha escuchado los planes de Mustafá, ha visto los mapas, ha conocido los detalles del próximo asalto. Y mientras los demás planificaban la destrucción de Senglea, él tomaba su decisión final.
Ya no puede seguir dividido entre dos mundos. Es hora de recuperar su alma, aunque le cueste la vida.
Desenvaina su cimitarra y la deposita en el suelo; con pasos decididos pero silenciosos, Mehmet abandona la protección de los olivos y avanza hacia las murallas del Burgo.
El corazón le martillea en el pecho, pero su resolución es firme.
Levanta los brazos al aire, mostrando que no porta armas, y grita hacia las almenas: —¡Ah del castillo!
Su voz resuena en la noche maltesa. Sabe que bien podría recibir una bala por respuesta, pero espera.
Los segundos se alargan hasta que una voz áspera le responde desde las defensas: —¿Qué quieres, perro mahometano?
—Le responden desde los muros que se yerguen al otro lado de la laguna.
Mehmet traga saliva. Las palabras que está a punto de pronunciar cerrarán para siempre el capítulo de su vida como musulmán y como súbdito del sultán.
—Mi nombre es Filippo Laskaris. Nací cristiano y deseo volver a serlo. Quiero pasarme a vuestro bando.
El silencio que sigue es tenso, cargado de suspicacia. Mehmet permanece inmóvil, con los brazos en alto, esperando a que los defensores del Burgo decidan si aceptar su rendición o si prefieren convertirlo en un cadáver más sobre la hierba maltesa.
Su destino, como el de Malta misma, pende de un hilo en la oscuridad de la noche.