Arde Malta 21 #2
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21 #2

La cifra golpea a Solimán como un martillazo. Ocho mil hombres por un fuerte que no es más grande que un palacio. Ocho mil veteranos que han tardado décadas en formar, sacrificados en las murallas de una fortaleza menor defendida por unos pocos centenares de cristianos.

—¿Ocho mil hombres por una roca? —su voz es ronca, como si las palabras le rasparan la garganta al salir—. ¿Qué clase de diablos defienden esa isla?

—Caballeros de la Orden de San Juan, Majestad. Los mismos que expulsamos de Rodas hace cuarenta años.

Solimán camina con inquietud hacia la balaustrada que domina el Cuerno de Oro.

—¿Qué más dice Mustafá?

Sokollu continúa leyendo, pero su voz se hace cada vez más tensa.

—Informa de que las fortalezas principales, el Burgo y Senglea, están mejor defendidas de lo que esperábamos. Que los cristianos han preparado la defensa con gran astucia y que cada palmo de terreno se conquistará con sangre.

—¿Y cuánto tiempo calcula que necesitará para acabar con la resistencia?

El gran visir guarda silencio durante un momento que se alarga como una eternidad. Cuando finalmente habla, sus palabras suenan a condena a muerte.

—No lo especifica, Majestad. Pero habla de prepararse para un asedio prolongado.

Solimán se agarra a la balaustrada con tanta fuerza que sus nudillos se ponen blancos.

—Pero hay más, Majestad —continúa Sokollu, y su tono hace que el sultán se vuelva bruscamente hacia él.

—¿Más?

—Dragut Rais ha muerto.

Las palabras caen como una losa. Por un momento, el mundo entero se detiene. Los ruiseñores callan, el agua de las fuentes parece suspenderse en el aire y hasta el viento contiene la respiración.

Solimán se queda inmóvil, con los ojos clavados en su visir como si no hubiera comprendido las palabras.

—¿Cómo habéis dicho?

—Dragut Rais ha muerto en el asedio de San Telmo. Una esquirla de piedra le atravesó el cráneo durante un bombardeo. Murió tres días después.

Solimán cierra los ojos y se lleva la mano al pecho, como si quisiera arrancarse el corazón.

Dragut Rais, el mejor de sus almirantes, la espada desnuda del islam, el corsario que había convertido el mar cristiano en un lago turco.

El hombre que había aprendido el arte de la guerra naval de Barbarroja y lo había perfeccionado hasta convertirlo en algo sublime y terrible.

—No puede ser —murmura—. Dragut no puede estar muerto. El…

Se interrumpe a sí mismo, consciente de que está hablando como un niño que se niega a aceptar la realidad. Pero la verdad es que Dragut era algo más que un almirante. Era el símbolo de todo lo que el imperio otomano había conseguido en el Mediterráneo.

Sokollu espera en silencio, comprendiendo que su señor necesita tiempo para asimilar la noticia.

Ha servido a Solimán durante años suficientes como para conocer todos los matices de su carácter, y sabe que bajo la máscara del sultán implacable late el corazón de un hombre que ha visto morir a demasiados amigos.

Se dirige hacia el diván donde suele recibir a las delegaciones extranjeras y se deja caer sobre los cojines como si le hubieran vaciado de fuerzas. Por primera vez en décadas, Sokollu ve a su señor como lo que realmente es: un hombre viejo y cansado que ha vivido demasiado.

—Decidme una cosa, Sokollu —dice Solimán mientras contempla los mapas extendidos a sus pies—. ¿Creéis que Malta vale la vida del mejor almirante del imperio?

La pregunta cae como una losa sobre el gran visir.

Conoce lo suficiente la política otomana como para saber que esa pregunta no es retórica.

Solimán está cuestionando toda la empresa de Malta, y eso puede tener consecuencias terribles para Mustafá Pachá y para todos los que han apoyado la expedición.

—Majestad, la conquista de Malta abriría el Mediterráneo occidental a nuestras flotas. Podríamos amenazar directamente las costas de España e Italia. Podríamos...

—Podríamos hacer muchas cosas —le interrumpe Solimán con cansancio—. Pero ¿a qué precio? Ya hemos perdido a Dragut y ocho mil veteranos por una fortaleza menor. ¿Cuántos hombres más deberemos sacrificar por el Burgo y Senglea? ¿Diez mil más? ¿Veinte mil?

Se levanta y camina hasta la ventana que da al Bósforo, donde el sol brilla sobre sus aguas.

—Hay otra consideración, Majestad —se atreve a decir Sokollu—. Si abandonamos el asedio ahora, parecerá que una pequeña isla ha derrotado al Gran Turco. Nuestros enemigos lo interpretarán como una señal de debilidad.

Solimán se vuelve hacia su visir con una mirada que ha recuperado algo de su antigua fuerza.

—¿Y si continuamos y fracasamos? ¿Si perdemos toda la flota en esas aguas malditas? ¿Qué dirán entonces nuestros enemigos?

El gran visir no tiene respuesta para esa pregunta, pero ambos la conocen.

El fracaso de una expedición de tal magnitud sería interpretado por los cristianos como el comienzo del fin del poder otomano en el Mediterráneo.

Las flotas españolas, que ahora se mantienen a la defensiva, se atreverían a atacar sus bases en Berbería.

Los Estados italianos se unirían en una liga contra el imperio.

Incluso Venecia, siempre pragmática, podría cambiar de bando si percibe que el poder turco declina.

—¿Qué órdenes envío a Mustafá? —pregunta Sokollu finalmente.

Solimán permanece en silencio durante largo tiempo, contemplando el agua del Bósforo donde se reflejan las cúpulas de sus mezquitas. Está tomando la decisión más difícil de su reinado, y lo sabe. Una decisión que puede determinar el futuro del imperio que ha construido con sus propias manos.

—Decidle que tome Malta —responde finalmente, con voz que suena como metal templado en el fuego—. Que no regrese si no es victorioso.

Se acerca al mapa y posa su dedo sobre el minúsculo punto que representa Malta.

—Ojalá nunca hubiera oído hablar de este lugar maldito —murmura—. Malta no vale la vida de Dragut Rais.

Se dirige hacia sus aposentos privados con el paso lento de un anciano. Sokollu le ve alejarse y comprende que algo ha cambiado para siempre en el corazón del imperio. Por primera vez en su glorioso reinado, Solimán el Magnífico ha admitido que hay límites a su poder.

En Malta, los defensores cristianos no lo saben aún, pero acaban de ganar algo más valioso que una batalla. Han plantado la semilla de la duda en el corazón del hombre más poderoso del mundo.