21
La medianoche encuentra a Jean Parisot de La Valette de pie en la terraza más alta del palacio magistral, contemplando las hogueras turcas que brillan donde se alzan las ruinas de San Telmo.
El viento nocturno trae el olor putrefacto de los cadáveres quemándose.
Un olor que conoce demasiado bien, que se le ha metido en la piel como una marca indeleble.
Por primera vez en días, está solo. Sin escribanos, sin oficiales, sin la máscara de autoridad que debe llevar ante sus subordinados. Aquí, en la soledad de la noche, puede permitirse ser humano.
«San Telmo ha caído», se dice una vez más, como si repetirlo pudiera hacer que duela menos. «Mil quinientos hombres muertos… mil quinientos».
Las cifras se agolpan en su mente como fantasmas acusadores.
Guaras y sus mejores caballeros. El capitán Miranda, que regresó para morir con sus hombres.
Medrano, el alférez al que ascendió antes de enviarlo al matadero.
Centenares de soldados españoles, caballeros de la Orden, milicianos malteses…
Hombres buenos que confiaron en su palabra cuando les prometió que resistir tenía sentido.
Saca de su jubón una carta arrugada. Es la última misiva que recibió del caballero Guaras antes de que San Telmo cayera: «Excelencia, cumplimos órdenes pero no podemos hacer milagros. Los muros se desploman. Los hombres caen cada día. Si el socorro no llega...».
La carta quedó sin terminar.
La Valette aprieta el papel hasta convertirlo en una bola y lo arroja al vacío. Ve cómo el viento lo arrastra hacia las aguas negras del puerto, donde flotan los restos de tantos.
«¿He hecho bien?», se pregunta por milésima vez. «¿Era necesario tanto sacrificio?».
La respuesta le llega desde sus entrañas, desde el lugar donde anida la verdad cruda: no lo sabe. Ha jugado sus cartas según dictaba la experiencia y la razón, pero los muertos no pueden confirmarle si fue la jugada correcta.
Se apoya en el parapeto de piedra y, por primera vez en meses, se permite dudar.
Dudar de la guerra, de Dios, de sí mismo.
Durante décadas ha sido el perfecto soldado de Cristo, el caballero sin miedo que siempre sabía qué hacer.
Pero esta noche, a los setenta años, se siente como un anciano perdido en un mundo que ya no comprende.
Un movimiento en las sombras lo alerta. Fra Antoine de Montmorency emerge de la escalera, con expresión inquieta.
—Excelencia, os buscaba. Los centinelas dijeron que...
—¿No podéis dormir, Fra Antoine?
El joven caballero se acerca con cautela. En el rostro del Gran Maestre hay algo que no había visto antes: vulnerabilidad.
—No, mi señor. Como vos, supongo.
Se quedan en silencio, dos soldados de diferentes generaciones unidos por el insomnio y la culpa.
—Decidme, Fra Antoine —dice finalmente La Valette—, ¿creéis que hice bien enviando a todos esos hombres a morir en San Telmo?
La pregunta sorprende al joven. Durante semanas ha visto a La Valette como una figura casi divina, incapaz de dudar o equivocarse.
—No lo sé, excelencia. Soy demasiado inexperto para juzgar la estrategia de esta guerra.
—Yo soy demasiado viejo para seguir decidiéndola —replica La Valette con amargura—. Y, sin embargo, mañana deberé tomar nuevas decisiones que enviarán a más hombres a la muerte.
Antoine ve cómo los hombros del Gran Maestre se encorvan bajo un peso invisible.
—Pero si no lo hicierais, Malta caería. Y con ella...
—Ya sé los argumentos, muchacho. Los he usado yo mismo mil veces. Malta es la llave del Mediterráneo. Su caída significaría el triunfo del islam en Europa. Palabras hermosas que suenan huecas cuando caen sobre los cadáveres de hombres buenos.
La Valette se gira hacia el joven caballero. Sus ojos brillan con lágrimas no derramadas.
—¿Sabéis cuál es la diferencia entre un general y un carnicero, Fra Antoine?
—No, señor.
—Los honores. Los generales matan por una causa y reciben fama, gloria y honor por ello. Pero al final, ambos dejan un rastro sangriento tras de sí.
El silencio se alarga entre ellos. Antoine busca palabras de consuelo, pero comprende que no hay consuelo para una carga así.
—¿Lamentáis vuestras decisiones, excelencia?
La Valette tarda largo rato en responder. Cuando lo hace, su voz suena cascada, como la de un hombre que ha hablado demasiado con los muertos.
—No puedo permitirme lamentarlas. Si empiezo a dudar de las decisiones que he tomado, me volveré loco o me rendiré. Y Malta no puede permitirse ninguna de las dos cosas.
Se endereza lentamente, y Antoine ve cómo se recompone ante sus ojos. El hombre vulnerable desaparece, sustituido por la máscara férrea del Gran Maestre.
—Pero en las noches como esta, cuando estoy solo con mis fantasmas, sí... sí las lamento. Lamento cada nombre, cada vida, cada alma que he enviado a la muerte por una causa que espero sea justa.
—Lo es, señor. Debe serlo.
—Eso rezo cada noche, Fra Antoine. Que Dios perdone mis pecados y que los muertos comprendan por qué tuvieron que morir.
Ambos contemplan el amanecer que se insinúa en el horizonte. Un nuevo día de guerra, de decisiones imposibles, de cargar con el peso de la Historia.
—Volved a dormir, muchacho. Mañana nos necesitarán frescos para tomar nuevas decisiones terribles.
Cuando Antoine se aleja, La Valette permanece solo en la terraza. El viento le trae el eco lejano de una corneta turca, tocando el cambio de guardia.
«Mil quinientos hombres», susurra al aire. «Que Dios me perdone».
Y por primera vez en años, Jean Parisot de La Valette , el legendario Gran Maestre de Malta, llora sin testigos bajo las estrellas.
En Constantinopla, el jardín del serrallo se extiende como un paraíso terrenal bajo la luz dorada del amanecer.
Fuentes de mármol susurran entre parterres de rosas de Damasco y jazmines que perfuman el aire con fragancias que parecen robadas al mismísimo Edén.
Los cipreses se alzan como centinelas silenciosos hacia un cielo que promete otro día de calor asfixiante.
Mientras, los ruiseñores cantan desde las ramas del granado que el propio Solimán plantó cuando era niño.
Solimán el Magnífico, Padishá de los otomanos, Sombra de Dios en la Tierra y Señor de los Dos Mares, camina lentamente por los senderos de grava que ha recorrido mil veces en los últimos cincuenta años.
Pero esta mañana sus pasos son los de un hombre viejo que lleva sobre los hombros una responsabilidad que siente como una armadura demasiado pesada.
Se detiene junto a la fuente octogonal que corona el jardín y contempla su reflejo en el agua cristalina.
El rostro que ve es el de un desconocido: la barba, antes negra como la noche, ahora blanquea igual que la nieve que nunca ha visto.
Sus ojos están rodeados de arrugas, pero en su interior sigue brillando el fuego del hombre que sueña con nuevas conquistas, con extender la verdadera fe hasta fronteras que nunca ha conocido el islam.
Tiene para ello los recursos, los soldados y la ambición.
Sólo le falta una cosa: tiempo. Solimán es ya un hombre mayor, la última ampolleta de su vida se ha girado y los últimos granos caen en las vastas fauces del tiempo para no volver.
Los años se acaban, y él tiene demasiados proyectos sin acabar…
A sus pies, extendidos sobre cojines de seda persa, yacen los mapas del Mediterráneo que sus cartógrafos han ido actualizando conquista tras conquista: las costas de Berbería, marcadas con los puertos que sus corsarios han convertido en bases invencibles; las islas del Egeo, todas ellas coronadas con la Medialuna; los territorios balcánicos, desde donde sus ejércitos han amenazado las mismas puertas de Viena.
Todo el Ak-deniz reducido a líneas de tinta y nombres en árabe que testimonian la grandeza de un imperio que se extiende desde las arenas de Egipto hasta las montañas de Hungría.
Pero hay un punto en el mapa que sus ojos buscan obsesivamente: una isla minúscula perdida entre Sicilia y las costas africanas. Tan pequeña que apenas merece un punto de tinta. Malta. La roca que puede convertirse en la llave del Mediterráneo occidental o en la tumba de su reputación.
—Majestad —una voz suave le saca de sus meditaciones.
Solimán se vuelve hacia Sokollu Mehmet Pachá, su gran visir, que se acerca con el andar prudente de quien lleva décadas navegando entre las corrientes traicioneras del poder.
Es un hombre de mediana edad, de barba cuidadosamente recortada y ojos inteligentes que han aprendido a leer los humores del sultán mejor que nadie en el imperio.
—¿Qué noticias traéis, Sokollu? Y no me mintáis con eufemismos diplomáticos. Soy demasiado viejo para esas delicadezas.
El gran visir se inclina en una zalema perfecta, pero cuando se incorpora, su expresión es la de un hombre que lleva malas noticias.
—Han llegado despachos de Malta, Majestad. Pero me temo que no son las noticias que esperábamos.
Solimán siente como un puño invisible le aprieta el pecho.
Durante semanas ha estado esperando el mensaje que le anuncie la caída de la isla, la confirmación de que sus generales han añadido una joya más a la corona del imperio.
Pero la expresión del visir le dice que esas esperanzas pueden ser vanas.
—Hablad.
Sokollu extrae de su túnica un pergamino sellado con el sello personal de Mustafá Pachá. Sus dedos tiemblan ligeramente al desplegar el pergamino.
—Mustafá anuncia la caída del fuerte de San Telmo — lee el visir con voz cuidadosamente controlada—. Los defensores lucharon hasta el último hombre. No hubo supervivientes.
Solimán asiente con satisfacción contenida. San Telmo era la llave del puerto de Malta y su conquista abre el camino hacia las fortalezas principales.
—¿Y las bajas?
Sokollu vacila un momento antes de responder, y ese momento de silencio le dice al sultán todo lo que necesita saber.
—Ocho mil hombres, Majestad. Los mejores jenízaros del imperio.