20
Los últimos hospitalarios que se habían refugiado en la pequeña capilla de piedra blanca salen espada en mano, buscando una muerte honorable. Apenas quedan veinte hombres vivos, todos heridos, todos agotados hasta los huesos, pero ninguno dispuesto a rendir las armas.
— ¡Tuitio Fidei! —grita un caballero.
Los jenízaros se abalanzan sobre ellos. En la confusión de acero contra acero, de gritos y sangre, las figuras se pierden entre el humo y el polvo.
Una figura solitaria se abre camino a espadazos entre los enemigos y corre hasta un baluarte.
Alcanza a encender un brasero, y una columna de humo negro se alza desde el fuerte: es la señal acordada para cuando todo esté perdido.
Enseguida, la figura del caballero desaparece engullido por una multitud de turbantes y cimitarras.
A los pocos minutos, la bandera de Malta es derribada con violencia. En su lugar se alza el estandarte otomano con la media luna dorada que brilla bajo el sol.
San Telmo ha caído y los vencedores inician un verdadero baño de sangre, ensañándose con los pocos supervivientes.
Todo cuanto hay de miserable y mezquino en el interior del ser humano sale a la luz con brutal crudeza.
—¡Misericordia, mi señor, misericordia! —suplica un miliciano maltés, arrastrándose por las piedras—. ¡Por vuestro dios y por vuestra madre!
Hasan lo observa con los ojos inyectados en un odio que le quema las entrañas. Lleva días soñando con la cabeza de capitada de su amigo Kasim, y su yatagán clama venganza con una sed que no se apaga.
Lanza una mirada interrogativa al general Mustafá, que lo contempla todo con rostro de pedernal, sin revelar ninguna emoción.
—Sin prisioneros —se limita a decir el general con voz sentenciadora.
Es justo lo que los oídos de Hasan esperaban escuchar. Da un paso adelante y, sin vacilar, descarga su sable curvo sobre el cuello del soldado, abriéndolo en canal. La sangre salta como una fuente carmesí.
«¿Por qué no siento nada?», piensa Hasan mientras observa la cabeza caer con un sonido húmedo que resuena en su alma. La carne desgarrada se abre, pero él solo experimenta un vacío extraño, como si contemplara la escena desde fuera de sí mismo.
Igual suerte corren el resto de cristianos que se han rendido esperando misericordia. Algunos pocos logran escabullirse en el caos, pero no llegan lejos entre las rocas y el agua del puerto.
Un frenesí salvaje se apodera de los jenízaros; su orgullo herido transformado en rabia sin control busca desahogo en la muerte.
A pocos metros, varios arqueros se entretienen practicando puntería con prisioneros indefensos atados contra los muros.
Pero lo peor está reservado para los caballeros hospitalarios que han caído en sus manos.
Son colgados de unos aros de hierro que penden de las arcadas.
Luego les abren el pecho y les extraen las vísceras.
Las cabezas de los capitanes Miranda y Medrano, junto con las de los caballeros Mas y Guaras, son ensartadas en picas y alzadas frente al puerto.
Cuando parece que la carnicería ha concluido, Mustafá da orden de recoger los cuerpos, vestirlos con las características sobrevestes rojas y blancas de la Orden, y clavarlos en cruces de madera.
—Arrojad las cruces al mar para que la corriente las arrastre hasta el Burgo —ordena el general con voz que no admite réplica—. Así todos sabrán lo que espera a los que se nos opongan.
Pialí llega a San Telmo cuando los últimos cuerpos son lanzados a las aguas. El espectáculo que encuentra en la fortaleza le revuelve las tripas y está a punto de vomitar sobre sus botas de cuero.
—¿Pero qué has hecho, Mustafá? —inquiere el almirante mientras con la manga de su túnica se tapa la boca y la nariz—. ¿Realmente era necesario todo esto?
Mustafá se encoge de hombros y sonríe con desdén al ver el gesto compungido de Pialí.
—Son órdenes expresas del sultán —dice—. Ni uno debe quedar con vida.
Hasan contempla cómo los restos de los hospitalarios se alejan mar adentro, empujados por la corriente hacia el Burgo.
Desde la raíz de los cabellos hasta los pies, está empapado de sangre enemiga que se seca bajo el sol.
Su amigo Kasim ha sido vengado y, sin embargo, Hasan continúa sin sentir paz.
Ni alivio, ni gloria, ni la satisfacción que esperaba.
Sólo un oscuro vacío que se extiende por momentos.
Se siente peor de lo que se ha sentido en toda su vida. Nada de esta lucha tiene sentido de repente. En algún lugar recóndito de su mente resuena aquella frase de aquel Evangelio que creía ya olvidado para siempre: « El que a hierro mata, a hierro muere ».
Ningún hombre es superior a su siglo, y aun así Hasan logra comprender, con una lucidez que lo sobresalta, que la guerra no es otra cosa que una cadena sin fin de odio y muerte que se retroalimenta a sí misma.
Y anhela, por primera vez en muchos años, que nunca lo hubieran arrancado de su aldea de Ostrovica para convertirlo en jenízaro.
Daría cualquier cosa por poder vivir una vida sencilla y en paz; como cuando su mundo era pequeño y pobre, pero al menos tenía sentido.
Desde los muros del Burgo, los defensores cristianos contemplan el horror de San Telmo. Ven las cabezas alzadas en picas pudriéndose y ennegreciéndose bajo el sol. Escuchan los gritos de los degollados que el viento trae.
Las cruces flotantes comienzan a llegar al puerto. El aire se espesa con una mezcla insoportable de estupor, rabia y deseo de justicia que clama al cielo.
—Traed a los prisioneros —ordena de pronto La Valette con voz que tiembla de furia contenida.
—¿Cuáles, excelencia?
El Gran Maestre cierra los puños hasta que los nudillos se vuelven blancos. Sus ojos arden con lágrimas de furia.
—Todos. Traedlos a todos sin excepción.
Los prisioneros musulmanes son sacados de sus celdas. En lo alto de las murallas, son ejecutados uno tras otro mientras el sol los contempla desde el cielo. Sus cabezas, todavía chorreando sangre caliente, son introducidas en los cañones y disparadas contra el campamento enemigo.
—Enviad un mensaje a Mdina —añade La Valette, con la voz rota—. Que ejecuten un prisionero al día. Y que lo hagan a la vista de los turcos.
En Malta ya no hay espacio para la compasión o la caballerosidad. Si en la lucha por esta isla hay algo que tenga que ver con la religión y el amor al prójimo, que baje Dios y lo vea con sus propios ojos.
Arde Malta. Y, con ella, arde el alma de toda Europa que mira hacia el Mediterráneo con el corazón encogido.
Los gritos de victoria todavía resuenan por el campamento otomano cuando Aluch llega a la tienda de Dragut.
En el campamento, las chirimías y atabales celebran la caída del fuerte, pero el olor de la victoria no es dulce: huele a pólvora y a carne en descomposición. Los hombres celebran con alegría enturbiada por el recuerdo de los que han muerto y por la obviedad de que la guerra no ha concluido.
Lo que debía durar cinco días ha costado un mes entero y más de seis mil vidas otomanas.
Muchas de estas bajas se cuentan entre los soldados más veteranos y experimentados de la expedición.
Por su parte, los caballeros y sus aliados españoles han perdido mil quinientos hombres que no pueden reponer.
En un intento por subir la moral, Pialí ha repartido los feudos de ochenta tomariotas que han muerto en el asalto entre los soldados y voluntarios que más se han significado en el combate. Pero el más contento parece ser el mismo Pialí, que ha logrado su ansiado puerto seguro.
Para Aluch la mayor pérdida se encuentra en el interior de esta tienda de campaña. Aquí, la última leyenda corsaria, la espada desnuda del Islam, Dragut, su maestro y amigo, lucha por aferrarse a la vida.
Cuando Aluch entra en la tienda, las miradas de los médicos lo dicen todo sin necesidad de palabras. Son miradas pesarosas, desesperanzadas, de hombres que ven morir a una leyenda.
La tienda está en semipenumbra, iluminada apenas por la llama temblorosa de una lámpara de aceite.
El aire flota denso, cargado del olor a sudor, hierbas trituradas y vinagre caliente que se usa para limpiar las heridas.
Varias moscas zumban en torno a un cuenco de agua ensangrentada junto al catre.
Dragut yace cubierto por una fina manta de lino empapada en sudor; su respiración es un susurro irregular, casi inaudible.
—¿Cómo está? —pregunta Aluch en voz queda.
El médico hace un gesto de negación y dice someramente: —Pronto se presentará ante Alá, el Clemente y Misericordioso. Es cuestión de horas.
Aluch traga saliva. Llora por dentro, pero ninguna lágrima le asoma a los ojos secos y arrasados.
El corsario se agacha y toma de la mano a su maestro y mentor, al hombre al que le debe todo lo que ha logrado en la vida.
Dragut ha perdido el habla, pero sus ojos siguen siendo tan expresivos como siempre.
Es consciente de todo lo que ocurre a su alrededor.
—Dragut, maestro —dice Aluch en un tono de confidencia al oído del corsario moribundo—, hemos ganado. San Telmo ya es nuestro. Muy pronto toda la isla estará en nuestro poder y ya nadie podrá hacernos sombra en el mar Blanco. Lo hemos logrado. Tú lo has logrado.
Dragut parpadea y, por un momento, sus pupilas se llenan de vida.
Es una chispa breve, una estrella fugaz que cruza el cielo nocturno.
Una lágrima resbala por su mejilla ajada.
Aluch ya no puede contener las suyas. Le duele el pecho, como si alguien le hubiera clavado un puñal sin filo que le desgarra las entrañas.
De pronto se escucha un estampido sordo de salvas proveniente de la costa. Aluch dirige su mirada a uno de los hombres, y este le explica que es la flota de Pialí entrando en el puerto Marsamxett y saludando a la bandera de la media luna que ondea ya sobre San Telmo.
Cuando Aluch vuelve a mirar a su maestro, algo ha cambiado. Ya no hay parpadeo. Los ojos de Dragut se han quedado fijos en algún punto distante, contemplando costas que solo él puede ver, playas de otro mundo donde no hay guerra ni dolor.
Dragut, corsario de corsarios, virrey de Trípoli, leyenda del Mediterráneo, ha muerto.
Aluch cierra los ojos de su mentor con la palma de la mano temblorosa.
— Allāhu akbar ...