Arde Malta 19
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La alborada del veintitrés de junio tiñe de sangre el horizonte. Desde el muro principal de San Telmo, Francisco y sus hombres contemplan la inmensidad del ejército otomano desplegado en una perfecta media luna que abraza la fortaleza.

Miles de hombres cubren cada palmo de tierra visible. Sus estandartes ondean bajo la brisa matutina: escorpiones negros sobre fondo dorado, aves rapaces con las alas extendidas y versos coránicos bordados en seda carmesí.

—Madre santísima —murmura Mané, secándose el sudor que ya le perla la frente.

—Valor, muchachos —dice Francisco con una voz que desmiente la palabra.

Francisco aprieta los dedos en torno al asta de su pica. A su izquierda, Pérez ajusta la mecha de su arcabuz con nerviosismo.

—¿Cómo lo ve, cabo? —pregunta De las Cuevas con voz que intenta sonar desenfadada—. Quizá ya no le parezca tan mala idea habernos largado de aquí cuando hubo ocasión.

—Santiago…

—¿Qué?

—Cállate de una puñetera vez.

En el horizonte marino, las galeras de Pialí Pachá se aproximan. Sus cañones rugen enviando balas de hierro que silban sobre sus cabezas antes de estrellarse contra los muros con un estrépito ensordecedor.

Mustafá Pachá alza su mano ensortijada hacia el cielo donde Alá observa la matanza que está a punto de comenzar.

Se hace un momento de silencio. Un instante eterno donde el mundo entero contiene el aliento y hasta los pájaros callan sus cantos.

Y da comienzo el infierno.

Miles de hombres se precipitan hacia el foso que rodea San Telmo. «¡ Alá hu akbar !», rugen con fanatismo. Los jenízaros avanzan en formación cerrada mientras los sipahíes cargan por los flancos levantando nubes de polvo dorado que oscurecen el aire matutino.

En el muro principal, Francisco organiza a sus hombres con la eficiencia del veterano que sabe que cada segundo cuenta. De la compañía original de Medrano apenas sobreviven quince soldados, todos heridos, todos agotados, pero ninguno dispuesto a morir sin vender cara su vida.

—¡El arcabucero no dispara hasta tenerlos a cinco pasos! ¡Las picas, siempre bajas! —grita por encima del estruendo—. ¡Y recordad que cada turco que matéis es uno menos para el Burgo!

La primera oleada entra al foso. Las escalas de asalto se alzan contra los muros mientras los jenízaros las trepan con agilidad felina.

Cientos de hombres avanzan por los puentes construidos con mástiles de barcos.

Granadas incendiarias surcan el aire sembrando destrucción donde caen.

Picas y lanzas que se cruzan y pasan por las filas hiriendo, mutilando y quebrando cuerpos en sangre.

Mané apunta su arcabuz con la calma de quien ha hecho esto mil veces. Dispara. Un turco cae al foso.

—¡Dame más pólvora! —grita mientras recarga con movimientos automáticos.

Un gigante turco vestido con pieles de león aparece en lo alto de una escala.

Sus ojos brillan con la furia del fanatismo mientras blande una cimitarra que refleja el sol.

Francisco aferra uno de los lanzallamas rudimentarios que han fabricado con vejigas de cerdo y apunta con precisión.

Un chorro de fuego líquido envuelve al asaltante desde la cabeza hasta los pies.

Sus gritos se mezclan con el crepitar de las llamas mientras cae al foso convertido en una antorcha humana.

—¡Vamos, señores, a cenar con Cristo o a Constantinopla! —ruge Francisco, sudando bajo el calor del arma incendiaria.

En el torreón del Caballero —la posición más alta del fuerte—, frey Juan de Guaras maneja los falconetes de horquilla con destreza. Cada disparo siega las filas turcas, pero los jenízaros siguen llegando sin cesar, pisoteando los cadáveres de sus compañeros.

Una explosión sacude el muro con tanta violencia que hace temblar hasta los cimientos. Un hospitalario disparaba su tromba de fuego cuando la vejiga se ha prendido por accidente. La deflagración lo convierte en una bola de fuego que abrasa a media docena de defensores que luchan a su lado.

El hedor es insoportable. Francisco vomita bilis sobre sus botas de cuero, pero sigue luchando.

—Aguanta, cabo —dice Mané, poniendo una mano en su hombro.

Un chasquido seco junto a la oreja de Francisco. Una bala jenízara ha fallado por pulgadas, llevándose un mechón de cabello. Los francotiradores turcos desde el revellín han comenzado a hacer blanco con precisión mortal.

—¡Cabo! —De las Cuevas señala hacia el foso con horror—. ¡Es Pérez!

Francisco se asoma por encima del parapeto y su corazón se le detiene durante un latido. Allí, entre una docena de cadáveres que se amontonan, yace el veterano soldado con una cimitarra turca clavada en el pecho. Sus ojos abiertos miran al cielo azul de Malta sin ver ya nada de este mundo.

—¡Por Dios! —ruge Francisco, mientras deja caer el contenido de su tromba de fuego en un grupo de atacantes.

El capitán Medrano aparece corriendo por el adarve, con la espada ensangrentada hasta la empuñadura y una mueca de dolor transformando su rostro. Ha perdido el yelmo en alguna escaramuza y tiene una herida abierta en la frente que le cubre media cara de sangre.

—¡Perros infieles! —ruge mientras atraviesa a un jenízaro que intenta plantar su bandera en el muro—. ¡Probad el acero toledano y ved si os gusta su sabor!

Se apodera del estandarte turco y lo arroja al foso con desprecio. En ese momento mira hacia Paco y le guiña un ojo con la camaradería que solo existe entre soldados que van a morir juntos.

Francisco no tiene tiempo de devolverle el gesto. Un tiro de arcabuz le vuela a Medrano la mitad de la cabeza en una explosión de sangre y sesos.

Su cuerpo se desploma y ya no se mueve. La sonrisa aún grabada en lo que queda de su rostro.

—¡Maldita sea su estampa! —grita De las Cuevas con voz quebrada y lágrimas de odio.

En el torreón del Caballero, los turcos han logrado escalar por la parte trasera mientras los defensores se concentraban en el asalto frontal. Un hospitalario blande su mandoble rebanando cabezas, pero un disparo certero lo derriba antes de que pueda cerrar la brecha.

Desde el Burgo —la fortaleza principal al otro lado del puerto—, La Valette ordena abrir fuego de artillería contra el torreón del Caballero para desalojar a los turcos. El primer cañonazo yerra el blanco y mata a ocho caballeros hospitalarios que defienden la posición.

—¡Cabrones! —gritan los supervivientes agitando los brazos—. ¡Apuntad bien, por las llagas de Cristo!

El segundo disparo cae sobre los asaltantes otomanos, despedazándolos en una explosión de carne y hierro.

Mané dispara su última bala y arroja el arcabuz inútil con gesto de disgusto.

—Se acabó la pólvora —murmura y desenvaina su espada con el silbido del acero—. A degüello, como en los viejos tiempos.

La cara de De las Cuevas está roja y sucia.

Sangra por una herida sobre la ceja que le impide ver con claridad, pero sigue luchando con la ferocidad de un lobo acorralado.

Los tres supervivientes forman un triángulo en el muro, dando muerte a cuantos turcos se acercan dentro del alcance de sus armas.

Un soldado italiano combate a su vera. El pobre diablo lucha por mantenerse en pie mientras sangra por nariz y boca como toro de lidia mal estocado.

El foso se ha convertido en una sopa de sangre y carne descuartizada. Los cuerpos se apilan en montañas que los asaltantes usan para trepar con mayor facilidad.

Los comandantes, Miranda y Guaras, heridos de gravedad pero aún vivos, se hacen atar a sendas sillas para seguir combatiendo hasta el final. Miranda tiene una flecha turca clavada en el hombro, pero sigue blandiendo la espada con brazo firme.

—¡Venid, hijos de mala madre! —grita el comandante español, degollando a un jenízaro que ha logrado escalar—. ¡Aún queda acero cristiano para vosotros!

Una bala de arcabuz le atraviesa el pecho con un ruido húmedo. Se desploma sobre su silla con los ojos fijos en la bandera de la Orden que aún ondea sobre sus cabezas.

Guaras lo ve morir y sonríe con la serenidad que solo tienen los santos y los locos.

—Nos vemos arriba, amigo.

Una segunda bala lo alcanza en el corazón. Muere con el nombre de Cristo en la boca.

Los estandartes otomanos aparecen ya por toda la muralla. El torreón del Caballero ha caído y los jenízaros disparan desde él a mansalva sobre los últimos defensores del muro principal.

Un jenízaro sale de entre el humo con la cimitarra alzada. Mané se revuelve para enfrentarlo, pero la hoja enemiga le abre el pecho de lado a lado. El valenciano cae de rodillas, se lleva las manos a la herida que mana sangre y se desploma con los ojos aún abiertos.

—¡No podemos aguantar más! —grita De las Cuevas con desesperación.

Francisco mira a su alrededor buscando una vía de escape o una muerte honrosa. Apenas quedan diez hombres en pie, todos heridos, todos al límite de sus fuerzas.

—Vámonos. Retirada a la iglesia.

En ese momento, mientras los disparos de arcabuz continúan resonando contra las piedras humeantes, Kemiru emerge de las aguas saladas del puerto. Sus pulmones arden y el corazón le martillea contra las costillas. Aunque le han prohibido volver, ha nadado de vuelta desde el Burgo en pleno asalto.

El humo negro se alza sobre los muros destrozados. Los gritos de los combatientes se pierden entre el estruendo de muros que se desploman. Por todas partes, cuerpos de turcos y cristianos yacen entrelazados en la danza final de la muerte.

En medio del caos, Kemiru distingue a Francisco y De las Cuevas, que van camino de la iglesia para refugiarse.

—¡Cabo Paco! —grita, abriéndose paso entre los escombros.

Francisco se vuelve con el arcabuz en alto, esperando otro enemigo. Al reconocer al muchacho, su rostro se contrae en una mueca de incredulidad y rabia.

—¡Kemiru! ¿Qué demonios haces aquí? ¡Te creíamos a salvo en el Burgo!

—He vuelto para ayudar.

—Cabo, vamos a la iglesia. Los turcos ya están aquí —apremia De las Cuevas.

—A la iglesia no, hay otra forma —dice Kemiru, agarrando del brazo a Francisco con fuerza—. Una cueva bajo los acantilados del este. Los contrabandistas la llaman la Gruta de la Parca. Yo conozco el camino. Pero tenemos que ir ya.

Paco clava sus ojos enrojecidos en el rostro del muchacho. A lo lejos, se oyen las voces guturales de los jenízaros que se aproximan.

—Santiago —murmura Francisco—, el rapaz tiene razón. La iglesia es una ratonera sin salida. Si hay otra opción…

De las Cuevas titubea, mirando alternativamente hacia donde se alzan las columnas de humo y el rostro sudoroso de Kemiru.

—¿Estás seguro de esa cueva?

—Tan seguro como que, si no vamos ya, moriremos todos —responde Kemiru.

—Vamos pues.