18 #2
—¡¿Cómo osáis hablarme así?! —grita Mustafá fuera de sí mientras se levanta haciendo crujir sus brocados dorados.
Es la primera vez en muchos años que alguien se atreve a hablarle sin el debido respeto.
—Y vos, Pialí —continúa Dragut con gesto desafiante, clavando sus ojos en el almirante—, sois el más necio de todos: vuestra obsesión por San Telmo es lo que está provocando este desastre.
¿Dijisteis que caería en cinco días? Bueno...
pues aquí llevamos un mes, dejando que nuestros mejores hombres mueran a centenares para conquistar una fortaleza secundaria.
—¡Maldita lengua de serpiente! —exclama, airado, Pialí, con el rostro encarnado por la ira—. ¡Cómo osáis hablarnos así a nosotros!
Por primera vez en mucho tiempo, Pialí y Mustafá se ponen de acuerdo en algo: en odiar a Dragut; a ese vil pirata, viejo corsario hecho de la nada, que se cree mejor que ellos dos juntos.
—Te arrepentirás de tus palabras —continúa Pialí con voz amenazante—. Esto llegará a oídos del sultán.
—Eso espero —dice Dragut con una calma y una frialdad que hace que la ira de Pialí y Mustafá se torne en temor—.
Nada se ha hecho bien desde que desembarcamos en esta isla del diablo.
Ni siquiera algo tan básico como interrumpir los refuerzos que llegaban al fuerte desde el Burgo y que le han permitido resistir...
Pialí y Mustafá callan porque no tienen argumentos. Hay algo incontestable en el discurso del corsario: ha pasado un mes y todavía no han conseguido alcanzar ninguno de los objetivos principales que prometieron al sultán.
—Hoy se hará el asalto general a la fortaleza —dice al fin Mustafá con voz sombría—. Y juro por Alá que, antes de que el sol se ponga, no quedará un solo cristiano con vida en San Telmo.
Cansado de las discusiones estratégicas que ya no tienen solución, Dragut abandona la tienda de mando con paso firme.
Siempre se le han dado mal la política de salón y las intrigas palaciegas.
Él es un hombre de acción, de mar abierto, de guerra sin cuartel donde las cosas se resuelven con hierro y fuego.
Al recordar a su desaparecido mentor, el gran Jeireddín Barbarroja, Dragut siente un punzante sentimiento de pérdida que le oprime el pecho.
¡Cómo lo echa de menos! Si él estuviera vivo, todo habría sido diferente.
El corsario se encoge de hombros y musita por lo bajo: «Que se haga la voluntad de Alá».
Ha acumulado gloria suficiente durante sus años de corso para llenar varias vidas, pero al final las cosas quedan en manos de Dios todopoderoso. Y ningún hombre, por grande que sea, es capaz de desentrañar el sentido de sus planes divinos.
—Mi raïs —suena la voz del corsario calabrés Aluch—. Os estaba buscando, maestro. Ya se ha terminado la instalación de la nueva plataforma artillera que pedisteis. ¿Queréis verla?
Dragut se lo piensa un instante. Está cansado después de toda una mañana de trabajo y discusiones de mando.
Ya es un hombre mayor y no tiene el aguante de los viejos tiempos, cuando podía pelear tres días seguidos, pero al final accede a la invitación de Aluch.
Tener las manos ocupadas en cuestiones operativas es lo único que ya le relaja el espíritu en estos días amargos.
—Bueno, vamos a ver qué habéis hecho.
Cuando Aluch y Dragut llegan a los puestos de artillería, ésta ya se encuentra operativa, escupiendo balas de medio quintal y muerte sobre San Telmo. El estruendo es ensordecedor y el suelo tiembla bajo sus pies con cada descarga que sacude el aire.
Las dotaciones de topçu están trabajando a destajo, con los torsos desnudos brillando de sudor bajo el sol implacable del mediodía. La famosa artillería turca es la clave del asedio y el orgullo del ejército otomano.
Dragut se hizo famoso por ser un gran artillero cuando los cañones eran un arma que todavía no se sabía utilizar con eficacia en el mar.
Es algo de lo que se siente muy orgulloso.
En cuanto ve los cañones en funcionamiento, le mejora el humor, le traen recuerdos de sus mejores años navegando libre por el mar.
De pronto se siente veinte años más joven.
Al ver el cambio producido en el rostro curtido de su maestro, Aluch sonríe con satisfacción. Estaba seguro de que la inspección de la batería pondría de buen humor a su antiguo jefe.
Pero de pronto Dragut frunce el ceño y entrecierra los ojos.
—Esos cañones están tirando demasiado alto —dice señalando con el dedo con aire displicente—. Hay que corregir el tiro inmediatamente.
Aluch hace visera con la mano y fuerza la vista para seguir la trayectoria del siguiente disparo.
Efectivamente, los proyectiles están pasando por encima de San Telmo y cayendo inofensivamente al otro lado de la bahía, levantando columnas de agua que no sirven de nada.
Aluch no puede sino admirarse de su jefe.
A pesar de la edad, Dragut conserva una vista prodigiosa y un instinto artillero inigualable.
—¡ Topçubaşı ! —grita Aluch elevando la voz por encima del estruendo.
Al punto el oficial al mando se presenta en posición de firme, con el rostro sudoroso y ennegrecido por el hollín.
—El raïs Dragut ha apreciado que tus cañones no están bien calibrados —dice Aluch con autoridad—. Están tirando demasiado alto. Hay que corregir el tiro.
—Sí, efendi —responde el artillero con una inclinación de cabeza.
Los artilleros suspenden el bombardeo y comienzan a recalibrar las piezas con movimientos precisos y experimentados. Cuando han terminado, miran expectantes a Dragut, quien, con un gesto afirmativo, les ordena disparar de nuevo.
Hacen fuego. Pero Dragut sigue sin estar satisfecho.
—Mal, mal... —dice meneando la cabeza—. Sigue siendo demasiado alto. Así no vais a derribar ni una piedra de esa maldita fortaleza.
El corsario avanza y se sitúa junto a una de las piezas de artillería más grandes, palpando el bronce caliente del cañón que quema al tacto.
—Más bajo, mucho más bajo. Apuntad a los cimientos si queréis que se desplomen los muros.
El topçubaşí mira con dudas a Aluch, temeroso de contradecir a su superior inmediato.
—¿Es que no habéis oído al raïs? —dice Aluch con tono cortante—. Haced lo que él os dice sin más dilación.
De nuevo se suspende el bombardeo para recalibrar las piezas y bajar considerablemente el tiro. Los artilleros trabajan con nerviosismo, sudando bajo las miradas de los dos jefes corsarios que los observan.
—Bien, bien —dice Dragut finalmente, asintiendo con satisfacción—. Ahora sí que parecen correctamente alineados. ¡Disparad!
Los artilleros arriman el fuego a las mechas y las piezas disparan al unísono.
Entonces ocurre la desgracia.
Uno de los cañones, mal calibrado por el nerviosismo de su dotación, dispara su proyectil demasiado bajo.
La bala de hierro impacta directamente en el parapeto de la propia trinchera turca con estruendo.
Estalla una lluvia mortal de astillas de madera, piedras afiladas y esquirlas de metal que golpean a todos los que se encuentran alrededor.
Aluch cae al suelo cegado por el polvo y cubierto de tierra hasta las pestañas.
Sus oídos zumban con un sonido sordo que lo aturde y le quita el equilibrio.
Durante unos instantes no oye nada salvo un zumbido infernal que le taladra el cráneo.
Pero cuando logra incorporarse escupiendo tierra, lo ve.
Su maestro, el gran Dragut Raïs, yace en el suelo con la cabeza ensangrentada y los labios entreabiertos sin poder hablar.
No ha muerto... todavía.
Respira con dificultad. Su mirada, que tantas veces había sembrado el pánico en los mares cristianos, se pierde ahora entre las nubes del mediodía, buscando el rostro del todopoderoso Alá.
—¡Maestro! —grita Aluch.
Varios soldados acuden corriendo entre gritos de alarma. Lo alzan con infinito cuidado, ven la herida horrible que le surca el cráneo. Comprenden inmediatamente lo que significa: el fin de una era que no volverá.
—¡Un médico! ¡Llevadlo a la tienda del raïs! ¡Ahora mismo! —grita Aluch con desesperación, mientras la sangre de su maestro le mancha las manos temblorosas.
El gran Dragut, el azote de la cristiandad, el último de los grandes corsarios berberiscos, se debate entre la vida y la muerte por un disparo de su propia artillería.
El destino a veces parece burlarse de los hombres con un cruel sentido del humor.