18
Las luces de un nuevo día despuntan por el horizonte como si fuese una gran tramoya. Un nuevo día amanece sobre San Telmo, pero ¿quizá sea el último?
Los ojos de Francisco están enrojecidos por la fatiga y el humo de la pólvora se le pega a la garganta.
Él y sus hombres han permanecido en vela casi toda la noche.
Los otomanos no les han permitido pegar ojo desde que las estrellas aparecieron en el cielo, alternando bombardeos ensordecedores con escaramuzas nocturnas y falsas alarmas que los mantienen en constante vela.
Todo ello forma parte de la ya conocida estrategia otomana de desgaste. Pero ahora no pueden relajarse. Los bombardeos nocturnos suelen ser el preludio de un asalto general al amanecer.
En medio de este infierno anda el capellán del tercio.
Avanza a gatas entre los escombros, despojado por la necesidad de toda la solemnidad que corresponde a su cargo sagrado.
No le queda otra: las posiciones turcas están ya tan próximas y las murallas tan agrietadas, que los defensores ya no pueden transitar por ellas en pie sin convertirse en blanco fácil para los tiradores enemigos.
—¿Cómo vas de confesión, hijo?
—Pues no sé, páter —responde Francisco encogiéndose de hombros mientras limpia el arcabuz—. ¿Mandar infieles al infierno es pecado?
—En estas circunstancias no, hijo mío. Es tu deber cristiano defender la fe y tu vida.
—Pues entonces voy limpio de polvo y paja, páter —dice Paco con una sonrisa cansada que no llega a los ojos.
El sacerdote asiente con gravedad y saca un trocito de pan consagrado de su bolsa de cuero. Paco se arrodilla sobre la piedra, y se santigua con manos temblorosas por la fatiga acumulada.
— Corpus Christi .
—Amén.
El capellán se pierde por el parapeto destrozado, ofreciendo la comunión al resto de soldados que esperan la muerte con las armas en las manos.
Francisco sigue preparando su arcabuz. Ataca la onza de plomo en la boca del caño, ceba de pólvora la cazoleta y cala la cuerda en el serpentín, procurando tapar la cazoleta al soplar la mecha.
En ese momento, escuchan una voz que llega desde el otro lado de los muros derruidos. Es una voz que habla medio en italiano, medio en castellano. Con toda seguridad se trata de un renegado o un desertor.
—¡Ah de los defensores! —grita, aunque con un temblor que entrevé miedo—.
Os hablo en nombre del gran Solimán, sultán por la gracia de Alá, rey de reyes, supremo señor de Europa y Asia, gobernador del mar universal, y en nombre de sus generales en Malta.
El gran señor ofrece el respeto de vuestras vidas y salvoconducto hasta Sicilia a todo aquel que desee abandonar la plaza sin más condiciones.
El primero en reaccionar es Mané, escupiendo entre dientes con desprecio que corta el aire: —¿Pero qué dice ese majadero? ¿Está pidiendo que desertemos como villanos?
—Pues igual no es tontería... —dice De las Cuevas—. ¿No le parece, cabo, que ya hemos tenido suficiente baile? El franchute cabrón —así llama él a La Valette— nos está utilizando de cebo para...
—Silencio, Santiago. Ya sabes la respuesta.
El mensajero continúa, y su voz ahora suena más confiada mientras las palabras fluyen: —Rendíos, hermanos.
No hay salvación posible para vosotros en esa roca maldita.
Yo también tuve mis dudas al principio, pero ved lo bien que me han tratado los hombres del sultán.
Son dignos de confianza y cumplen su palabra.
No como el tirano La Valette, que os ha enviado a morir en este lugar olvidado de Dios.
No muráis inútilmente por los sanjuanistas que solo buscan su propia gloria.
Desde otro punto de la muralla, frey Juan de Guaras replica con voz acerada que corta el aire matutino: —Soldado —dice—, ¿esto que proclamas lo haces forzado por amenazas o por libre voluntad?
—Nunca he sido más libre que el día que abandoné esa roca impura y abracé la fe verdadera de mi nuevo señor —replica con jactancia que suena falsa incluso a sus propios oídos—. ¡ In sha Alá !
Francisco ya no necesita escuchar más palabras que le confirmen lo evidente. Una simple mirada a Mané, acompañada de un gesto casi imperceptible de asentimiento, es suficiente para que el experto tirador valenciano entienda perfectamente lo que ha de hacer.
Mané asoma su arcabuz por encima del parapeto destrozado. Sus manos curtidas calibran la distancia con la precisión que solo da la experiencia. Sin pensarse mucho el disparo, arrima la mecha encendida a la cazoleta.
¡Pam!
El estruendo del arcabuz resuena entre las murallas. La bala vuela describiendo una parábola perfecta y arranca el inmaculado turbante de la cabeza del mensajero que cae al suelo.
El renegado se lleva las manos a la cabeza con un grito ahogado que resuena por todo el campo de batalla.
Un reguero de sangre pardusco corre por sus negros cabellos y su pálida frente.
Pero puede sentirse afortunado: la bala de Mané solo le ha provocado una herida superficial en el cuero cabelludo que le servirá de recordatorio.
Sin pensárselo dos veces, torna grupas y sale corriendo, sin detenerse a recoger su turbante manchado de sangre.
—Has fallado, Mané —dice Pérez al tiempo que escupe con desprecio.
—Eso parece... Debí calcular mal la distancia con esta luz —responde el valenciano con voz neutra, limpiando meticulosamente el caño de su arma.
Pero a Francisco no se la dan con queso.
El veterano mira a Mané de reojo y deja escapar una sonrisa de medio lado, cargada de la comprensión que solo nace entre hombres que se conocen bien.
Es la primera vez que ve fallar al valenciano un disparo a esa distancia desde que lo conoce.
Pero quizá no haya fallado realmente; quizá Mané está, como todos, cansado de tanta muerte inútil.
—Habría que pedir refuerzos y municiones al Burgo —dice un miliciano maltés con voz ronca por el humo—. Mandemos a un nadador antes de que sea demasiado tarde.
Hay algunos cabeceos de asentimiento, pero nadie responde con entusiasmo. Los ánimos a estas alturas están por los suelos. Pedir ayuda... ¿para qué? ¿Para aumentar el número de cristianos muertos en San Telmo cuando llegue el asalto final?
Entonces Paco ve a Kemiru acurrucado junto a los heridos. El muchacho tiene cubierta la cara de hollín negro y los ojos enrojecidos por el humo.
Ver a un niño entre tanta muerte y desolación le parte el corazón al veterano. El chico no ha querido volver al Burgo tras su último viaje a nado, dice que su sitio está ahí con ellos, luchando contra los asesinos de sus padres.
Francisco comprende ese sentimiento de venganza que corroe el alma, pero no quiere ver a Kemiru morir con ellos en el asalto final que está al caer.
Entonces dice:
—Enviaremos a Kemiru al Burgo a pedir refuerzos.
Kemiru, al escuchar su nombre, se pone en pie de un salto.
Sus ojos brillan con la mezcla de miedo y determinación que solo tienen los jóvenes.
Lleva toda la mañana escondido entre las ruinas, sin poder hacer nada útil por nadie, sintiendo el peso terrible de la inutilidad mientras otros mueren a su alrededor.
—Sí, yo iré —dice con voz quebrada por la emoción—. Yo llevaré el mensaje al gran maestre.
Los caballeros redactan rápidamente el mensaje en un trozo de pergamino sucio y se lo entregan a Kemiru. Éste los guarda en su cuerno y lo vuelve a sellar con cera para proteger los documentos del agua. Lo acompañan hasta el pequeño puerto, donde las aguas del canal brillan bajo el sol implacable.
—Os prometo que volveré con refuerzos —dice el muchacho con una sonrisa nacida de la ingenuidad que aún atesora en su alma infantil.
Pero antes de lanzarse al agua, Kemiru echa un último vistazo a las murallas destrozadas que han sido su hogar durante los últimos días.
Sabe que cuando regrese —si es que regresa con vida—, quizá no quede nadie para recibir esos refuerzos que promete traer.
El pensamiento le hiela la sangre en las venas, pero aprieta los dientes y se arroja al agua turquesa sin más dilación.
—¿Crees que conseguirá que manden refuerzos? —pregunta Pérez.
Paco contempla la figura menguante del muchacho que se pierde entre las ondas y deja escapar una leve sonrisa cínica, desprovista de cualquier humor. De pronto parece cien años mayor que cuando empezó todo este infierno.
—No, y es mejor que así sea.
Pérez enarca una ceja.
—Entonces... ¿por qué has enviado al chico?
—Porque así al menos él tendrá una oportunidad de vivir. El interior de la tienda está impregnado del aroma dulzón del té que se enfría, pero la tensión se palpa entre los mandos otomanos.
—Ya os dije que dirían que no —dice Dragut, recostado en los almohadones de seda—. Estos cristianos no se rinden cuando creen que luchan por su dios.
—No lo entiendo —replica el general Mustafá, paseándose nervioso por la tienda—. Los informes de los desertores coinciden: la moral de los cristianos está por los suelos y escasean de todo lo necesario. ¿Por qué no se rinden como hombres sensatos?
Dragut resopla con un desdén que no se molesta en disimular.
Ya se ha cansado de dar explicaciones a esos dos necios que no comprenden la mentalidad del enemigo al que se enfrentan.
En esa maldita fortaleza hay dos compañías —o sus restos ensangrentados— de un Tercio español, y Dragut entiende perfectamente lo que eso significa.
Ha tenido que enfrentarse a ellos en varias ocasiones durante sus años de corsario.
Estuvo hace veintiséis años en el asedio de Castilnovo y ya conoce su capacidad de resistencia sobrehumana; su increíble tolerancia a las pérdidas, especialmente cuando se enfrentan a un ejército musulmán.
Y los otros, los caballeros de Malta, son iguales o peores: estos luchan defendiendo su última posesión en el Mediterráneo, impulsados por un celo religioso que roza el fanatismo.
—No entendéis nada porque os faltan entendederas, querido Mustafá.