17
Kemiru debería haber regresado al Burgo hace horas, cuando aún tenía tiempo de cruzar el canal antes de que amaneciera, pero no tiene prisa por volver a su encierro. Ha encontrado a los soldados de la escuadra de Francisco y se siente extrañamente a gusto entre ellos.
Los soldados descansan en su campamento improvisado entre las ruinas de un muro, medio tumbados sobre mantas mugrientas y sacos de pólvora vacíos que han convertido en almohadas.
El aire se espesa con el olor peculiar de los hombres de guerra: cuero curtido, sudor viejo que se ha secado muchas veces y pólvora quemada que impregna hasta los huesos.
Una brasa tímida chisporrotea en el centro del círculo que han formado, sobre la que calientan una cazuela de barro ennegrecida por el hollín de mil fogatas.
Los llaman «los de Sicilia», aunque pocos son verdaderamente sicilianos de nacimiento.
La mayoría vienen de España, de esa España seca y árida que forja hombres duros.
Hombres distintos por completo a los caballeros de la Orden que él conoce del Burgo, con sus maneras corteses y sus blasones antiguos.
A Kemiru le parecen fascinantes estas criaturas rudas que la guerra ha pulido.
No por las armas que portan ni por las vestiduras —mucho menos vistosas que las de los hospitalarios con sus cruces bordadas—, sino por cómo se tratan entre ellos: como hermanos viejos que han compartido hambre y miedo, como una familia sin sangre en común, pero con cicatrices que cuentan la misma historia de supervivencia.
Escucha historias que ningún clérigo querría que oyera un rapaz de su edad, pero él no es un niño como los demás. Esas historias, repletas de peligro, mujeres imposibles y victorias ganadas a pulso, lo fascinan más que cualquier sermón sobre santos.
El calor del fuego le golpea el rostro y le seca la sal marina que aún lleva en la frente; por un instante Kemiru siente algo parecido al hogar que nunca tuvo.
—¿Cómo se llamaba aquella belleza de Palermo? —pregunta De las Cuevas con voz áspera.
—¿Cuál de todas? —responde Mané limpiando su cuchillo con un trapo mugriento—. Porque allí había más hermosas que santos en el cielo.
—La de las trenzas doradas y las caderas como galeras, hombre. La que bailaba en la taberna del puerto.
—Bah, se me olvidó el nombre —dice Mané con gesto desdeñoso—. ¿Para qué recordar nombres cuando hay tantas caras bonitas por el mundo?
—¡Cómo se te va a olvidar semejante hembra! Tú, Pérez, tú te la trajinaste, ¿verdad que sí?
Pérez, el más callado del grupo, se ruboriza hasta las orejas. Se encoge dentro de su capa deseando que el tema pase de largo.
—Si se la trajinó maese Pérez —interviene Mané con media carcajada—, a fe mía que la que no lo ha olvidado es ella. Ja, ja.
—¿Y eso qué quiere decir? —salta Pérez molesto.
—A ver, amigo mío: la «pértiga de Sicilia» no se olvida así como así. Deja huella por donde pasa.
La carcajada del grupo rompe el silencio nocturno. Las risas suenan como una cascada de piedras rodando por una ladera, alegres y salvajes. Pero de pronto Pérez se pone en pie, con los ojos brillando de ira mal contenida. Lanza su sombrero al suelo con un manotazo furioso que levanta polvo.
—Repórtese, vuesa merced. Vive Dios que no permitiré que se ofenda el nombre de mi señora.
—¿Tu señora? —le espeta De las Cuevas, riéndose hasta las lágrimas—. ¡Pero si era la furcia de media Mesina! Todo el mundo la conocía desde el puerto hasta la catedral.
—Mentís por la gola, so rufián —responde Pérez con voz que tiembla de rabia.
Las risas se apagan. Hay palabras mayores que pueden terminar en tajos y mojadas. Todos se tensan. Las manos vuelan hacia las empuñaduras de dagas y espadas con el movimiento instintivo que nace de años viviendo al filo de la muerte.
Kemiru los observa con el corazón encogido, sin entender del todo qué ha ocurrido para pasar tan rápido de la risa a la amenaza de muerte. ¿De verdad van a matarse por semejante nimiedad, cuando los turcos esperan a las puertas?
Entonces llega el cabo Paco. Ha terminado su guardia en las murallas y tiene aspecto de un hombre hecho de tierra y polvo: sucio, sudado, con mirada de plomo fundido. Sin decir palabra se deja caer junto al fuego, se sirve vino en un cuenco de madera desportillado y lo apura de un trago largo.
Sin mirar a nadie directamente, dice con voz que no admite réplica: —De las Cuevas. Pérez. Sentaos ahora mismo y sosegad el pecho.
—No se meta en esto, cabo —protesta Pérez con voz menos firme—. Es cuestión de honor y cada uno es hijo de sus obras.
—¿Del honor de quién? ¿De aquella de Palermo que tanto os preocupa?
—Así es. No consentiré que mancillen su memoria.
—¿Pero no fue esa la misma que contagió una porquería a media compañía en Mesina? —pregunta Paco, con una ironía seca que desarma cualquier argumento—. Porque si hablamos de la misma, yo estuve allí cuando el cirujano nos curó a todos con sal y vinagre a usanza de galeras.
Estallan las risas roncas otra vez en cascada. Hasta Pérez tiene que morderse la lengua para no reír al recordar aquellos días menos gloriosos.
Los ánimos se desinflan al fin.
—Venga, ya está bien de pendencias —concluye Paco—. Bastantes enemigos tenemos esperando fuera de estos muros. No hagamos el trabajo sucio a los turcos matándonos entre nosotros.
Pérez y De las Cuevas se estrechan la mano como buenos camaradas que han olvidado su diferencia. Un momento después ya están tumbados otra vez sobre las mantas, compartiendo un mendrugo de pan duro y un trozo de queso curado que huele a pies de santo y sabe a gloria bendita para quien tiene hambre.
Kemiru no puede apartar los ojos de Francisco mientras observa cómo el cabo maneja a sus hombres.
Hay algo en él que impone respeto sin necesidad de alzar la voz o amenazar con el castigo.
Toda su autoridad brota del respeto natural que inspira a quienes han aprendido a distinguir entre los hombres que valen la pena y los que solo hacen ruido.
Francisco, al fin, repara en el chiquillo que los observa desde las sombras. Lo ha estado mirando de reojo desde que llegó, evaluándolo con paciencia de veterano que sabe leer a las personas.
—¿Y tú quién eres, rapaz? —pregunta con voz que mezcla curiosidad y cautela.
Kemiru se endereza y responde: —Me llamo Kemiru, señor... aunque todos me dicen Kem, el hijo del Burgo.
El cabo lo examina con media sonrisa que se pierde antes de llegar hasta sus ojos cansados.
—¿Y sabes pelear, hijo del Burgo? ¿O solo sabes mirar cómo pelean otros?
—Sé nadar mejor que un pez. Sé correr más rápido que las cabras montesas. Sé meterme donde nadie me ve y salir sin que me encuentren —responde con orgullo sincero—. Pero con las armas... aún tengo que aprender, señor.
—No es poco para empezar —dice Paco, sirviéndole un poco de vino aguado en el cuenco desportillado—. Si no te matan los moros antes de tiempo... igual acabas siendo uno de los nuestros.
Kemiru coge el cuenco con la solemnidad de quien recibe la primera comunión. Da un sorbo y hace una mueca involuntaria: sabe a agua estancada mezclada con vinagre y corcho podrido. Pero lo bebe, porque comprende que es más que bebida lo que le están ofreciendo.
Aquí, junto al fuego y entre estas voces curtidas por la guerra y el tiempo, por primera vez en su vida Kemiru no se siente huérfano del todo.