16
El cortejo que acompaña a don Juan de Austria hacia Madrid avanza por el camino real bajo un sol de junio que abrasa las llanuras castellanas.
El príncipe cabalga en silencio, con el rostro pálido aún por las fiebres que casi le costaron la vida en Aragón, pero erguido sobre su montura con la dignidad que ni la enfermedad ni la derrota pueden arrebatarle.
A su lado, don Pedro Manuel observa con discreción el semblante del joven príncipe. Durante los días de convalecencia en Zaragoza, el emisario real ha tenido ocasión de conocer mejor al hermanastro del rey, y lo que ha visto le ha causado una mezcla de admiración e inquietud.
Don Juan no es el príncipe caprichoso que esperaba encontrar, sino un joven con el fuego de quienes están destinados a grandes empresas. Y eso, para un hombre como don Pedro Manuel, veterano en los entresijos del poder, puede ser tanto una bendición como una maldición.
—Esta aventura os habrá servido de enseñanza, Alteza —dice el emisario, rompiendo el silencio que se ha instalado entre ellos durante leguas.
Don Juan le dirige una mirada que mezcla melancolía con una chispa de rebeldía mal contenida.
—¿Enseñanza? Sí, don Pedro. He aprendido que un príncipe arrastra cadenas invisibles que le prohíben soñar con la gloria.
El emisario asiente lentamente. Ha visto a muchos hombres jóvenes enfrentarse al momento en que la realidad quiebra sus ilusiones y sabe que don Juan está en esa encrucijada peligrosa donde se forjan los caracteres o se destrozan para siempre.
—El rey, vuestro hermano, también tuvo sueños de gloria en su juventud, Alteza. Pero aprendió a canalizar esa energía hacia empresas mayores.
—¿Mayores que luchar por la fe contra el infiel?
—Gobernar un imperio, quizá.
Don Juan no responde, pero sus ojos se clavan en el horizonte, donde las torres de Madrid comienzan a dibujarse como una amenaza incierta.
El primer signo de lo que les espera aparece cuando el cortejo alcanza los arrabales de la villa.
Un grupo de labradores que trabajan en los campos cercanos alza la vista al ver pasar la comitiva, y uno de ellos, un hombre de mediana edad con las manos encallecidas por el trabajo, reconoce los estandartes reales.
—¡Es don Juan! ¡Don Juan de Austria!
El grito se extiende como una mancha de aceite.
Los campesinos abandonan sus labores y corren hacia el camino, gritando el nombre del príncipe con una devoción que sorprende incluso a don Pedro Manuel.
Pronto se les unen otros: artesanos, comerciantes, mujeres con niños, todos aclamando al joven que se ha atrevido a desafiar a la autoridad real por seguir sus ideales.
—¡Viva don Juan de Austria!
—¡Viva el hijo del Emperador!
—¡Dios guarde al príncipe valiente!
Don Juan, que cabalgaba con la cabeza gacha y el ánimo abatido, se endereza poco a poco en su montura.
El color vuelve a sus mejillas mientras contempla las caras llenas de admiración que se agolpan a su paso.
No es el recibimiento que esperaba. Había temido el desprecio, la burla, la humillación pública de quien fracasa en sus empresas.
Pero lo que encuentra es algo completamente distinto: el amor genuino de un pueblo que ve en su gesto fallido algo más hermoso que muchas victorias.
Una anciana se abre paso entre la multitud y se acerca al caballo del príncipe con una rosa en la mano.
—Tomad, señor —dice con voz temblorosa de emoción—. Para que sepáis que hay corazones en España que comprenden el vuestro.
Don Juan toma la flor con gesto conmovido y se inclina sobre su montura para besar la mano arrugada de la mujer. El gesto desata una ovación que resuena por toda la calle.
—Gracias, buena madre. Vuestras palabras valen más que todas las reprimendas del mundo.
Don Pedro Manuel contempla la escena con ojos experimentados.
Ha visto a muchos grandes del reino recibir homenajes calculados, ceremonias protocolarias, muestras de respeto interesado.
Pero lo que está presenciando es diferente: es el nacimiento espontáneo de una leyenda.
El pueblo español, tan propenso a enamorarse de los gestos heroicos, ha convertido la aventura fallida de don Juan en un símbolo de todo lo que ellos admiran: el valor, la fe, el desprecio por las conveniencias cuando está en juego el honor.
Mientras el cortejo avanza hacia el centro de la villa, la multitud crece y se hace más entusiasta. Desde las ventanas llueven flores y pañuelos y los vítores se suceden sin cesar.
Don Juan saluda con la mano alzada y en sus ojos brilla ahora una luz nueva: no la satisfacción del triunfo, sino algo más profundo y peligroso: la intuición amarga de que a veces el fracaso noble puede ser más poderoso que la victoria vulgar.
El Alcázar Real se alza ante la comitiva de don Juan como una montaña de piedra y poder.
En el patio de armas, los guardias forman en perfecto orden y los cortesanos se agrupan en corrillos discretos, cuchicheando sobre la aventura del príncipe y sus posibles consecuencias.
Don Juan desmonta con gesto ceremonioso y entrega las riendas a un paje, consciente de que todas las miradas están clavadas en él.
Es entonces cuando aparecen dos figuras jóvenes que se abren paso entre los cortesanos con la desenvoltura de quie nes tienen derecho a estar en cualquier parte del palacio.
Alejandro Farnesio, nieto del papa Paulo III y sobrino del rey, avanza con su característico andar elegante, mientras don Carlos, príncipe heredero de España, le sigue con la expresión impenetrable que nunca abandona su rostro pálido.
—¡Juan! —exclama Alejandro con genuina alegría—. ¡Al fin regresas! En toda la corte no se habla de otra cosa.
Don Juan abraza a su primo con afecto sincero. Alejandro Farnesio es uno de los pocos hombres en la corte con quien puede hablar sin máscaras, quizá porque ambos comparten la inquietud de la juventud noble que sueña con empresas gloriosas.
Don Carlos se acerca con paso más lento, y su saludo es una mezcla extraña de cortesía y frialdad.
—Tío —dice simplemente, ofreciendo su mano con gesto mecánico.
—Alteza —responde don Juan, inclinándose con el respeto debido al heredero al trono.
Los tres jóvenes se dirigen hacia los aposentos privados del palacio, seguidos por las miradas curiosas de cuantos se cruzan en su camino. Alejandro camina entre ambos, intentando aliviar la tensión que siempre se instala cuando don Juan y don Carlos se encuentran.
—Tienes que contarnos todo —dice Alejandro cuando llegan a una saleta privada donde pueden hablar lejos de oídos indiscretos—. Los rumores que llegan son de lo más variado. Unos dicen que llegaste hasta Barcelona, otros que te detuvieron en los Pirineos de camino a Francia.
Don Juan se deja caer en un sillón con gesto cansado. Las emociones del día, sumadas a su reciente convalecencia, empiezan a pasarle factura.
—La verdad es menos heroica de lo que cuentan —dice con una sonrisa amarga—. Las fiebres tercianas me derribaron cuando más cerca estaba de conseguir mi propósito. El cuerpo traicionó al espíritu.
—Pero el gesto fue hermoso —observa Alejandro—. Todo Madrid habla de vuestra determinación. Dicen que ni enfermo quisisteis renunciar a la empresa.
Don Carlos, que ha permanecido silencioso, interviene con voz contenida: —El gesto fue imprudente. Y muy costoso para la Corona.
Don Juan le dirige una mirada afilada.
—¿Costoso, alteza?
—Mi padre se ha visto obligado a enviar emisarios por medio reino para traeros de vuelta. Ha tenido que dar explicaciones a embajadores extranjeros que preguntaban si un príncipe de España había desertado de la obediencia real. Ha debido...
—¡Carlos! —le interrumpe Alejandro con firmeza—. Juan ya ha pagado suficiente precio por su aventura.
Pero don Carlos no se detiene. Hay algo en su expresión que resulta inquietante, una mezcla de envidia mal disimulada y resentimiento que asoma por debajo de su máscara cortesana.
—Además —continúa—, mientras vos perseguíais quimeras, otros hombres han muerto de verdad en Malta. ¿No os parece que vuestro heroísmo de salón empalidece su sacrificio real?
El silencio que sigue a estas palabras es glacial. Don Juan se incorpora lentamente en su asiento, y, por un momento, Alejandro teme que la conversación derive hacia terrenos peligrosos.
—Tenéis razón, alteza —dice don Juan finalmente, con una voz que ha recuperado toda su dignidad—. Mi heroísmo ha sido de salón, como decís. Pero al menos he intentado algo. Vos, que tenéis el derecho de mandar ejércitos por nacimiento, ¿qué habéis hecho por esos hombres que mueren en Malta?
Don Carlos palidece aún más, si eso es posible, y sus ojos brillan con una luz extraña.
—Yo... yo cumplo con mi deber. El deber de un heredero al trono es prepararse para reinar, no perseguir aventuras.
—Sí —replica don Juan—. Prepararse para reinar. Pero ¿para reinar sobre qué? ¿Sobre un imperio que otros han conquistado? ¿Sobre una gloria que otros han forjado con su sangre?
Alejandro se interpone físicamente entre tío y sobrino antes de que la conversación llegue a extremos irreversibles.
—¡Basta! —dice con autoridad—. No es momento para estas disputas. Juan, necesitáis prepararos para vuestra entrevista con el rey. Y Carlos, recordad que hablamos entre amigos.
Don Carlos se recompone con esfuerzo visible, como si despertara de un mal sueño.
—Tenéis razón, Alejandro. Disculpadme, Juan. Las preocupaciones del reino me nublan a veces el juicio.
Don Juan asiente, pero algo ha cambiado en su expresión. Ha visto algo en los ojos de su sobrino que le ha resultado desagradable y perturbador.
Alejandro aprovecha el momento para reconducir la conversación hacia terrenos más seguros.
—Juan, debo advertiros que el rey está verdaderamente disgustado. He hablado con Antonio Pérez y me ha dicho que Su Majestad considera vuestra escapada como una afrenta personal. Preparaos para recibir una reprimenda severa.
—¿Tan grave es la situación?
—¿Qué esperabais? —dice don Carlos—. Contravinisteis una orden expresa del rey. Se os había prohibido ir a Malta y os escapasteis.
Don Juan asiente lentamente. En el fondo, sabía que este momento llegaría. Ha desafiado la autoridad real y Felipe II no es hombre que perdone fácilmente esas transgresiones, ni siquiera a su propio hermanastro.
—Entonces me prepararé para recibir la tormenta —dice con resignación—. Al menos tendré la conciencia tranquila de haber obrado según mis convicciones.
—Eso es exactamente lo que no debéis decir —le advierte Alejandro—. Mostrad arrepentimiento, pedid perdón, reconoced vuestro error. El rey puede ser clemente si ve contrición sincera.
Tres días después, cuando el sol de verano se inclina hacia poniente sobre las colinas de Segovia, don Juan de Austria cabalga por el camino que lleva a la villa castellana donde le espera su destino.
El rey Felipe II ha fijado la entrevista en territorio neutral, lejos de la familiaridad del palacio madrileño.
Don Juan viste de negro riguroso, como corresponde a quien va a enfrentarse al juicio real, pero su porte sigue siendo el de un príncipe. Ha decidido que, si debe humillarse, lo hará con dignidad. Si debe pedir perdón, lo hará sin renunciar a sus convicciones.
Cuando llega a las afueras de Segovia, ve a lo lejos el cortejo real que se aproxima desde la dirección opuesta.
El rey viene de recibir a la reina Isabel, que regresa de las importantes conferencias diplomáticas de Bayona con noticias sobre los asuntos franceses.
El encuentro no podría estar peor calculado: Felipe II tendrá la mente ocupada en asuntos de Estado de la máxima importancia, y la aventura de su hermanastro le parecerá aún más frívola e inapropiada.
Los dos cortejos se encuentran en una explanada donde los álamos proporcionan sombra generosa. Don Juan desmonta y se acerca a pie hacia la comitiva real, consciente de que este momento puede determinar no solo su futuro inmediato, sino el resto de su vida.
Felipe II está de pie junto a su carroza, vestido con su habitual sobriedad elegante.
A su lado, la reina Isabel observa la escena con ojos inteligentes que han aprendido a leer los corazones en las cortes de Europa.
Los cortesanos forman un semicírculo a una distancia calculada: lo bastante cerca para presenciar el encuentro histórico, lo bastante lejos para no parecer indiscretos.
La tensión en la entrevista se puede cortar con una daga.
Es la primera vez que el rey y su hermanastro se ven tras la aventura que ha puesto en vilo a toda España.
Los hermanos se miran en silencio: el bastardo y el legítimo, el soñador y el calculador, el que sueña con la gloria y el que desea la estabilidad.
Felipe II examina a don Juan con una mirada que parece penetrar hasta el alma.
Ve al joven pálido aún por la enfermedad, ve el orgullo herido pero no quebrado, ve la determinación que late bajo la aparente sumisión.
Y algo en todo ello le recuerda dolorosamente a su propio padre, el emperador Carlos, con sus impulsos caballerescos y sus sueños de gloria cristiana.
Pero es la reina Isabel quien, con una sabiduría femenina que sabe encontrar el momento exacto para cada palabra y con una sonrisa diplomática que desarma tensiones, rompe el hielo peligroso: —Decidme, don Juan, ¿os parecieron muy feroces los turcos en Malta?
El joven, rojo como una amapola al comprender la delicada ironía de la pregunta, responde con amargura que no puede disimular: —Con harto sentimiento mío no tuve ocasión de comprobarlo, Majestad.
El rey Felipe entonces suelta una gran carcajada que resuena por toda la explanada y abraza a su hermanastro con afecto paternal. La tensión se disuelve entonces como sal en el agua y los cortesanos exhalan el aliento que habían estado conteniendo.
—Dad tiempo al tiempo, hermano mío —le susurra Felipe al oído—. Algún día habrá una armada más importante y poderosa que esta y vos seréis su generalísimo. Os lo prometo por la memoria de nuestro padre.
Don Juan asiente mientras sus ojos vuelven a brillar con la luz peligrosa de la juventud que no se resigna a esperar.
No sabe todavía que su destino y el Turco están más unidos de lo que puede imaginar, y que la historia les reserva un encuentro que cambiará para siempre el equilibrio del mundo.