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La luna cuelga sobre Malta, derramando su luz plateada sobre las aguas quietas del canal que separa el Burgo de San Telmo. Los reflejos de las estrellas tiemblan en la superficie mientras el viento nocturno hace danzar suaves ondas.
Kemiru se desliza entre las aguas con brazadas cortas y silenciosas.
Del cuello le cuelga un cuerno de vaca, sellado con cera, en el que guarda el mensaje del Gran Maestre.
Cada uno de sus movimientos se los piensa y ejecuta con la precisión de quien se juega la vida en cada gesto.
No puede permitirse levantar espuma que delate su presencia a los tiradores turcos apostados en ambas orillas.
Desde la llegada de Dragut, los turcos vigilan la ribera de forma permanente.
El agua fría abraza su cuerpo semidesnudo.
Para otros hombres, cruzar el canal sería una locura suicida.
Para él es apenas un juego comparado con las travesías nocturnas a Gozo que ha hecho toda su vida, cuando la necesidad de hablar con fantasmas lo empujaba a desafiar las corrientes y los vientos contrarios.
Su mocedad le otorga una percepción distinta del peligro: lo conoce íntimamente, pero no lo teme como debería un hombre con seso.
Se siente libre por primera vez en semanas, con la libertad salvaje que solo degustan los que han nacido sin amo ni señor. Casi un mes encerrado tras las murallas del Burgo, respirando aire viciado que huele a orines, pólvora quemada y la carne rancia de los heridos que evacuan de San Telmo.
Pero hay algo más que lo impulsa a través de estas aguas traicioneras, algo que le arde en el pecho.
La oportunidad de golpear a los turcos y, más aún, a sus aliados corsarios ber beriscos.
Ha escuchado en las calles del Burgo que el famoso Dragut Reis lidera a los enemigos junto a Mustafá Pachá.
¡Dragut! El demonio de sus pesadillas infantiles, el villano que asoló Gozo cuando él era apenas un bebé.
El monstruo que esclavizó a su familia, destruyó su pueblo y acabó con su mundo antes de que pudiera conocerlo.
Kemiru nunca conoció a sus padres, ni vivió aquel paraíso familiar que solo existe en su imaginación, pulido por los años hasta brillar.
En su mente de huérfano no hay madre más hermosa ni cariñosa que la suya; no hay padre más valiente y justo que el que los corsarios raptaron; no hay comunidad más próspera y feliz que la de Gozo antes del asalto de Dragut.
Esos recuerdos inventados arden en su corazón con más fuerza que cualquier verdad.
Y ahora la Providencia divina le sirve la ocasión de venganza que ha soñado desde que tuvo uso de razón.
Ya ha cruzado más de la mitad del canal mientras las aguas siguen tranquilas. Muy pronto alcanzará San Telmo, donde imagina ser recibido por los defensores como un héroe. Se ve a sí mismo levantado en hombros, aclamado por su proeza...
Un pique de agua se levanta a su derecha con violencia súbita.
Kemiru deja de nadar, confundido por lo inesperado. ¿Un pez saltando en la noche? La detonación rompe el silencio. Un segundo proyectil golpea el agua, esta vez tan cerca que le salpica la cara.
¡ Le están disparando!
El pánico se apodera de él. Nunca nadie ha tratado de matarlo con verdadera intención, y su corazón se desboca.
Kemiru reanuda el nado, pero ahora a toda velocidad sin reservar fuerzas. La urgencia de vivir convierte sus brazos en aspas de molino que baten el agua con furia desesperada. Jamás ha nadado tan rápido en su vida.
Más disparos cortan la noche. Más salpicaduras violentas. Las balas silban cerca de su cabeza buscando un lugar donde clavar su aguijón mortal.
Al llegar por fin al muelle de San Telmo, toca el suelo arenoso del puerto y se desploma exhausto. Jadea con el corazón martilleando en sus sienes tan fuerte que teme que se le salga del pecho.
Unos soldados de la Orden se aproximan con cautela, arcabuces en ristre hasta comprobar que no es un espía turco.
Lo ayudan a incorporarse con manos rudas, y le ofrecen una manta para que se cubra la desnudez. Sus voces suenan lejanas mientras él lucha por recuperar el aliento y la cordura.
Cuando consigue al fin recuperar el resuello, Kemiru farfulla con voz ronca: —Traigo mensajes del gran maestre... Mensajes para los comandantes de San Telmo.
Poco después es conducido al interior de la fortaleza ante el comandante Miranda y el caballero hospitalario fray Juan de Guaras, mientras el agua de mar aún le gotea del cabello.
El cuerno de Kemiru contiene dos cartas del puño y letra del Gran Mestre, una para cada oficial, selladas con la cera roja que lleva el sello de la Orden.
Miranda recibe la suya y, tras leerla en silencio con rostro que no revela sus pensamientos, alza la voz para que todos sus hombres la escuchen sin perder palabra: —«Comandante Miranda, vuestra merced y sus hombres tienen licencia para abandonar San Telmo cuando gusten y les plazca.
Pero han de saber que, por cada uno que volviera al Burgo, aquí hay cuatro soldados suplicando e implorando ocupar su lugar en la defensa».
Las miradas de los soldados se clavan en el suelo empedrado. Algunos mascullan reniegos por lo bajo, humillados por palabras que cortan más profundo que cualquier espada turca.
Miranda sonríe para sus adentros mientras dobla la carta con cuidado.
Debe reconocer la genialidad sutil de La Va lette, que maneja las almas de los hombres como un maestro tañe su instrumento.
Conoce el orgullo de los soldados de los tercios españoles, hombres cuyo único patrimonio verdadero es su fama; hombres celosos de su honra.
Ni uno solo de ellos aceptará semejante humillación pública, porque cada uno es hijo de sus obras y vive para que otros hablen bien de su nombre.
Con apenas tres líneas y la astucia de un muchacho de quince años como mensajero, La Valette ha conseguido deshacer un motín. Miranda admira tal maestría y lamenta no tener tiempo para conocer mejor a ese hombre extraordinario que gobierna Malta con mano de hierro en guante de terciopelo.
Por su parte, fray Juan de Guaras lee su mensaje en voz alta para que resuene en los corazones de sus hermanos: —« Tuitio Fidei et Obsequium Pauperum ».
Nada más. Pero no hace falta añadir palabra alguna, porque esas cuatro palabras latinas contienen todo un mundo de significado. Es el lema sagrado de la Orden, grabado en el alma de cada caballero desde el día de sus votos.
Su gran maestre les recuerda los votos sagrados que hicieron cuando aceptaron servir a la soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta.
Los caballeros se persignan con solemnidad y se abrazan como hermanos que van juntos a la muerte.
En sus ojos ya no hay dudas ni temores, sino la luz serena de quienes saben exactamente lo que se espera de ellos.
Cumplirán sus votos de hospitalarios hasta la tumba, porque así lo juraron ante Dios y ante los hombres.
Miranda guarda el mensaje en el jubón, cerca del corazón, y dirige palabras consoladoras a la tropa con el tono paternal que acostumbra a usar: —Señores soldados —dice con una voz que arrulla—, ya ven vuestras mercedes que no nos queda sino luchar hasta rendir el alma a Dios.
Luchar hasta la muerte con maravilloso denuedo y corazón valiente.
Sé que todos cumplirán con su obligación cristiana y me harán sentir honrado de haber sido su jefe en esta empresa.
Recuerden el ejemplo de nuestros mayores: la heroica defensa de Castilnovo, donde nuestros hermanos escribieron su nombre con sangre en el libro de la fama.
¿Recuerdan vuestras mercedes lo que aún se cuenta de aquellos héroes gloriosos?
¿De aquellos que dieron sus vidas por Dios y por España sin pedir recompensa alguna?
Pues hoy la Providencia nos otorga la ocasión propicia para escribir una nueva página en el libro que ellos iniciaron.
Aquellos que, pudiendo vivir sin pelear, se guardaron para hacer tan honrado fin.
¡Por Dios y por el Rey! ¡Hasta la muerte!
Un rugido de cientos de voces responde como trueno que hace temblar las piedras: —¡Hasta la muerte!
El destino de todos los defensores de San Telmo queda sellado por un pacto de sangre, celo y honor que ningún turco podrá quebrar con amenazas ni promesas.
Kemiru observa y escucha en silencio desde un rincón, acurrucado bajo la manta que le han prestado. Siente que acaba de presenciar algo extraordinario que guardará en la memoria hasta el fin de sus días.
No puede sino admirar a esos hombres valientes que van a morir por algo más grande que sus propias vidas. Algo que su joven mente aún no termina de comprender.