Arde Malta 14
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Don Pedro Manuel espolea su caballo por los caminos polvorientos que serpentean entre los olivares de Castilla, con el sol de junio quemándole la nuca.

Lleva tres días cabalgando sin apenas descanso, cambiando monturas en cada venta, siguiendo el rastro de don Juan de Austria como un sabueso persigue el olor de su presa.

El emisario real es un hombre curtido en misiones delicadas para la Corona, veterano en el arte de encontrar lo que el rey necesita encontrar y traerlo de vuelta o hacerlo desaparecer del todo...

Pero esta vez la cacería tiene un sabor diferente.

No persigue a un traidor ni a un fugitivo común.

Persigue al hermanastro del rey de España y cada legua que avanza sin alcanzarlo es una afrenta más grave al poder real.

En la venta de Torreperogil, el ventero tiene nuevas inquietantes: los fugitivos le llevan medio día de ventaja y cabalgan hacia el nordeste. Hacia Aragón. Hacia Barcelona.

—Tres hombres jóvenes, señor —dice el posadero mientras limpia sus manos grasientas en el mandil—. El que mandaba tenía aires de noble . Pagó en oro sin regatear y pidió los mejores caballos de la comarca.

Don Pedro Manuel sonríe. Don Juan no huye como un vulgar prófugo, sino que se comporta como lo que es: un príncipe acostumbrado a que el mundo se doble ante su voluntad. Eso facilita las cosas. Su rastro de oro y admiración puede ser seguido por cualquier rastreador experimentado.

El emisario real vuelve a los caminos y continúa su galopada, azuzando a su montura mientras las palabras del rey resuenan en su memoria como una sentencia: «Traédmelo antes de que llegue a Barcelona, don Pedro. Si consigue embarcar, el escándalo será mayúsculo».

En los campos que rodean Zaragoza, don Pedro alcanza a un grupo de arrieros que conduce una recua de mulas cargadas de aceite.

Los hombres se apartan del camino con reverencia cuando ven los colores reales en el pecho del jinete, pero el arriero mayor, un anciano de barba blanca y ojos astutos, le hace una seña discreta.

—Si buscáis a los tres mozos que pasaron al alba, señor, iban a buen paso por el Camino Real, pero sus caballos empezaban a dar muestras de cansancio.

—¿Cuánto tiempo de ventaja llevan?

—Tres horas, a lo sumo cuatro. Aunque si acortáis por el puerto de la sierra, podéis ganarles terreno. Conozco estos caminos desde niño.

Don Pedro Manuel arroja una moneda de plata al viejo, que la atrapa al vuelo. La información vale su peso en oro. Si don Juan mantiene su rumbo hacia Aragón, el atajo por la sierra puede permitirle recortar distancia.

El emisario espolea su caballo y se interna por senderos de cabras que serpentean entre peñascos y encinas centenarias.

El terreno es traicionero, pero su caballo es de buena casta andaluza y está acostumbrado a tierras duras.

A medida que asciende por las laderas, don Pedro Manuel siente que la distancia se acorta.

Sus años al servicio del rey le han enseñado que la paciencia y el conocimiento del terreno valen más que la velocidad ciega.

Desde una altura, distingue a lo lejos una nube de polvo en el camino principal. Tres jinetes que cabalgan hacia el nordeste. Don Pedro Manuel sonríe de nuevo.

Los tiene.

El alcance se produce en las afueras del Frasno, cuando el sol se inclina hacia poniente y las sombras de los olivos se alargan como dedos acusadores sobre la tierra roja.

Don Juan de Austria y sus acompañantes han detenido sus mon turas junto a una fuente para que los caballos abreven, y es allí donde don Pedro Manuel emerge del olivar como un espectro enviado por la justicia real.

—¡Alteza! —grita mientras su caballo se aproxima al trote—. ¡En nombre de Su Majestad, os ordeno que os detengáis!

—¿Cómo osáis dirigiros así al príncipe? —se indigna don José Acuña.

Don Juan se vuelve lentamente y mira a don Pedro, pero no dice nada. Es entonces cuando don Pedro Manuel nota en sus ojos un brillo extraño. Un brillo febril. Su rostro está pálido, cubierto de sudor, y parece que hace auténticos esfuerzos por mantenerse firme sobre su montura.

Algo malo le sucede al príncipe.

—¿Qué le ocurre a su Alteza? Hablad.

El silencio que sigue es denso como la miel. Los caballos resoplan y los jilgueros cantan en los olivos, pero entre los hombres no se escucha ni el susurro del viento.

Al fin don José habla: —Esta mañana amaneció enfermo. Sufre de fiebres tercianas.

—¿Y lo tenéis aquí, cabalgando a la intemperie? ¿Estáis locos?

—Es mi voluntad —dice al fin don Juan, con apenas un hilo de voz.

—Lo siento alteza, pero vuestra salud…

Don Pedro no puede acabar la frase. Don Juan de Austria, hermanastro del Rey, acaba de caer inconsciente de su caballo.

En un miserable mesón del Frasno, más propio para arrieros y buhoneros que de príncipes de sangre real, yace tendido don Juan.

Sobre un jergón maloliente que huele a sudor ajeno y paja vieja, el hijo bastardo del Emperador delira entre sudores fríos y temblores incontrolables, mientras sus acompañantes buscan ayuda médica por todo el pueblo.

El Frasno pertenece al conde de Ribagorza y su señor, el duque de Villahermosa, no tarda en enterarse del ilustre huésped que se ha desplomado en sus tierras como un pájaro herido.

—¿Don Juan enfermo en mis tierras? ¡Llevadme ante él, rápido!

El duque, gran caballero de Aragón, no escatima gesto alguno para honrar al príncipe enfermo.

Envía dieciocho acémilas cargadas con todo lo necesario para la asistencia de un miembro de la familia real: tapicerías de cuero para proteger del calor, doseles blasonados, mantas de Segovia, sábanas finas de lino, vajilla de plata martillada y hasta una recámara portátil que pueda dar al enfermo la comodidad que merece su rango.

Lleva consigo a dos de sus médicos personales, hombres doctos en el arte del galeno.

Al llegar, insta a don Juan a que acepte su hospitalidad y se traslade al castillo de Benabarre, donde podrá ser tratado con el esmero que su condición requiere.

Pero antes de que el joven príncipe pueda aceptar el generoso ofrecimiento, llegan mensajeros del arzobispo de Zaragoza, avisados de su enfermedad por los correos que van y vienen por los caminos de Aragón.

El prelado, sabiendo muy bien a quién acoge su reino, envía al gobernador y a varios nobles caballeros para recogerlo y llevarlo a la ciudad con todo el decoro que corresponde a un hijo del Emperador.

Don Juan es trasladado en mulas cuidadosamente preparadas y literas prestadas por el duque de Villahermosa, quien lo acompaña con gentileza perfecta hasta dejarlo instalado en el palacio episcopal.

El arzobispo sale a recibirle a las afueras de la ciudad con todo su séquito, y el pueblo entero de Zaragoza se congrega a su paso, deseoso de ver de cerca al hijo del César y celebrar la gallardía de su aventura romántica.

Tras unos días de reposo, don Juan parece recobrado.

Es entonces cuando los nobles aragoneses le ruegan, con toda cortesía, que vuelva a la Corte antes de que el asunto tome dimensiones peligrosas.

Y añaden un pequeño engaño piadoso: las galeras de Barcelona ya han partido hacia Malta llevándose consigo la oportunidad de gloria. La ocasión se ha perdido para siempre.

Pero el joven don Juan, con voz grave que no admite discusión y sin perder un ápice de la dignidad que porta en la sangre, replica con firmeza: —Esta jornada es por Dios y por el rey, y no hay mayor causa en el mundo.

No puedo abandonarla sin deshonra para mi nombre y mi linaje.

Si las galeras han partido de Barcelona, pasaré a Francia y les daré alcance más adelante, aunque tenga que recorrer todo el Mediterráneo.

Ni el arzobispo con toda su elocuencia, ni el gobernador con sus argumentos políticos, ni los muchos caballeros allí reunidos con sus ruegos cortesanos logran disuadirle de su propósito.

Impresionados por su entereza de ánimo, y acaso seducidos por el fuego joven de su arrojo que les recuerda sus propias juventudes, le ofrecen una escolta de quinientos arcabuceros para protegerlo en su travesía.

El reino pagará todos los sueldos necesarios.

Don Juan declina el ofrecimiento con agradecimiento y elegancia.

Pero en ese momento habla don Pedro Manuel, el emisario real, el fiel sabueso del rey Felipe que ha galopado sin descanso por todos los caminos de España. Le presenta las órdenes reales con la solemnidad que corresponde al caso. La carta va firmada de puño y letra de su hermanastro con tinta negra.

«El rey ordena que don Juan regrese de inmediato a la Corte, bajo pena de su real y eterno desagrado».

Al leer la carta, don Juan comprende al fin que la aventura ha llegado a su término. Baja la cabeza con dignidad, aunque sus ojos siguen brillando con un fuego que no se apaga fácilmente, y dice con voz clara: —Su Majestad ordena y yo obedezco. Así ha sido siempre en nuestra casa.