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Fra Antoine alza la mano con gesto cauteloso y pregunta: —¿Quién llevará el mensaje, excelencia? Si volvemos nosotros, nos ahorcan según pisemos el fuerte. Además, los turcos han dispuesto tiradores en toda la ribera; ya no es seguro cruzar en bote, ni siquiera de noche.
La Valette guarda silencio mientras sus dedos tamborilean sobre la mesa.
Sus ojos grises recorren las caras del consejo, buscando una solución que todos saben arriesgada.
Luego alza la vista con decisión: —Nadadores civiles.
Necesitamos alguien capaz de llevar el mensaje a nado y volver con la respuesta antes de que amanezca.
Pausa incómoda. Las miradas se cruzan evaluando la propuesta.
—¿Conocemos a alguien que pueda hacerlo?
Kemiru camina descalzo por el borde de la muralla con la seguridad felina que solo tienen quienes han crecido entre piedras y peligros. Sus pies conocen cada grieta, cada saliente donde puede apoyarse sin miedo a caer. Bajo él, el Burgo hierve de actividad militar.
—¡Kemiru! ¡Baja de ahí antes de que te maten!
La voz de una lavandera lo hace sonreír, y se desliza por una hendidura del muro con agilidad de gato montés para caer sobre el empedrado sin más ruido que un suspiro. La mujer lo espera con las manos en las caderas y gesto de reproche maternal que no consigue ocultar el cariño.
Algunos milicianos malteses lo saludan al pasar con familiaridad.
Uno le da un trozo de pan duro, otro le deja beber de su bota de vino aguado.
Para ellos es útil, más allá del afecto que despierta su mocedad: sabe encontrar agua donde no la hay, cazar ratas para la olla común, moverse sin ser visto por lugares donde un hombre normal no cabría.
Y siempre tiene alguna noticia interesante que contar... o callar cuando conviene.
Le llaman Kem, «el Huérfano», «el Rápido», «el hijo del Burgo». El hijo que todos en la ciudad adoptaron… a medias. Muy pocos conocen su verdadera historia, porque hay dolores que es mejor guardar en silencio.
Kemiru nació en la isla vecina de Gozo, cuando el mundo aún parecía tener sentido y era un lugar seguro.
Una familia de pescadores honrados, una casa frente al mar donde las redes se secaban al sol y un futuro por delante.
Tenía apenas un año cuando Dragut Reis arrasó la isla: cinco mil almas cautivadas y llevadas a Argel como esclavas.
Él fue el único superviviente, encontrado llorando entre la desolación.
Los caballeros lo trajeron al Burgo cuando aún era un crío que apenas sabía caminar. Dijeron que había sido un milagro de Dios, aunque él nunca ha estado seguro de si los milagros duelen tanto.
A veces nada hasta Gozo, aprovechando las noches de luna.
La isla sigue desierta; las casas abandonadas permanecen en pie, como si aún aguardaran el regreso de sus dueños.
Allí Kemiru juega a hablar con personajes imaginarios: con los hermanos, amigos y vecinos que nunca conoció.
Son fantasmas a los que ha puesto nombre y que solo él conoce.
Les cuenta su vida y escucha historias que el viento trae del pasado.
Luego regresa a Malta en silencio, porque soñar con lo perdido duele más que las heridas del cuerpo.
Ahora tiene quince años y se siente afortunado la mayor parte del tiempo: es libre y vive intensamente. Pero, en lo hondo del alma, añora la familia que nunca tuvo y la vida sencilla de un niño como los demás.
Esta mañana deambula por las calles en busca de encargos que le den una comida caliente y algunas monedas.
La llegada de los turcos ha complicado sus correrías habituales: salir y entrar de la ciudad se ha vuelto imposible.
Por eso pasa tanto tiempo en las murallas del Burgo, mirando el mar azul y el monte Sceberras, donde acampan los enemigos.
Espera a que algo cambie en este tablero en el que parece no tener ningún papel que jugar… ¿o sí?
—¡Tú, chiquillo! ¡Acércate!
La voz pertenece a Fra Antoine de Montmorency .
Kemiru se acerca con su mejor sonrisa y el botijo de agua fresca que siempre lleva colgado del hombro.
—Agua fresca —anuncia—. Fría como el corazón de un mahometano y limpia como la conciencia de un fraile.
Fra Antoine esboza una sonrisa. Ha oído hablar de este muchacho: todos en el Burgo conocen a Kem, el huérfano que sobrevivió a Gozo.
—¿Cómo te llamas, rapaz?
—Kemiru, señor. Pero todos me dicen Kem, el hijo del Burgo.
—He oído que eres buen nadador. ¿Es cierto?
Kem siente que algo cambia en el aire, como cuando el viento gira antes de la tormenta.
—Depende de lo que me persiga o del premio que me aguarde, señor.
Fra Antoine estudia al muchacho con atención.
Sus ojos revelan una inteligencia despierta y la dureza prematura que forjan las tragedias tempranas.
Exactamente lo que necesita el gran maestre.
El caballero sonríe, pero enseguida su expresión se endurece con la seriedad de quien va a pedir algo importante: —Si quieres ganarte un buen dinero, preséntate en el puerto cuando el sol toque el horizonte.
El gran maestre necesita que lleves un mensaje a San Telmo.
Kem siente que el mundo se detiene. El botijo se le escurre de las manos y se hace pedazos contra las piedras con un ruido que suena a campana funeral.
—¿San Telmo?