13
El sol quema como un fuego blanco que perfora los párpados y arranca a Hasan de las tinieblas, devolviéndolo a un mundo donde todo es dolor sin medida.
Aquí y allá se oyen los sollozos de los heridos que han sido abandonados en el foso; hombres que, con los huesos rotos, las tripas fuera, los sesos desparramados bajo los yelmos abollados, los ojos vaciados o los vientres rajados, imploran la ayuda de Alá o llaman a sus esposas y madres; pero ni Alá ni mujer alguna acuden a consolarlos.
El peso muerto de los cadáveres aplasta a Hasan contra las piedras ensangrentadas del foso.
Algo húmedo y pegajoso le cubre la cara.
Es sangre seca que se agrieta cuando intenta mover los labios.
Trata de incorporarse, pero los miembros no responden a su voluntad, y el aire llega a sus pulmones como cristales rotos que le desgarran la garganta.
¿Dónde está? ¿Qué ha ocurrido con la gloria que prometía este amanecer?
Abre los ojos con esfuerzo sobrehumano mientras la luz mediterránea lo ciega con crueldad.
Poco a poco, las sombras confusas cobran forma terrible ante él.
El foso de San Telmo parece excavado por las manos del diablo.
Cuerpos amontonados sin orden ni concierto: jenízaros que ayer compartían su risa y su valor, ahora convertidos en carne fría que se pudre bajo el sol implacable.
Sobre el baluarte del Caballero ondea de nuevo la cruz sanjuanista de ocho puntas, burlándose de sus sueños de conquista.
Han perdido. Alá les ha vuelto la espalda.
Con el brazo derecho, entumecido pero obediente, aparta el cadáver que le oprime el pecho. Es un compañero de armas, cuyo nombre ya no recuerda, con los ojos vidriosos mirando a un cielo que no responde. Las moscas han comenzado su festín y el hedor a carne podrida corta el aire.
Hasan logra incorporarse despacio, aunque cada movimiento le arranca un gemido.
La cabeza le martillea sin tregua, tiene una brecha abierta sobre la sien izquierda.
La sangre coagulada le ha endurecido el cabello, y el costado le arde como si le hubieran clavado un hierro candente entre las costillas.
—¿Kasim? —susurra con ronca voz—. ¿Dónde estás, hermano?
Arrastra el cuerpo entre los muertos con pesadez. Empuja brazos rígidos que ya no abrazan, rodea charcos de sangre negra que reflejan el cielo. El estómago se le contrae con arcadas violentas, pero resiste porque debe encontrar a su compañero de vida y muerte.
Y entonces la ve. Maldita sea su suerte.
La cabeza de Kasim reposa separada del cuerpo que tanto amó la vida.
Los ojos abiertos conservan una expresión de sorpresa eterna y la boca entreabierta parece que fuera a decir palabras que nunca llegó a pronunciar.
El rostro que tantas veces rio a su lado ahora tiene la palidez de una estatua de mármol.
Hasan vomita hasta echar las tripas y cuando ya no le queda nada dentro arroja arcadas secas que le desgarran el pecho.
Permanece de rodillas ante su amigo muerto, temblando bajo el sol despiadado de Malta. Las ganas de vivir se le escurren entre los dedos como arena que el viento lleva hacia el mar, y comprende que hay derrotas que matan más que la muerte misma.
Tres semanas de asedio sin tregua han convertido el patio de armas de San Telmo en un hervidero donde la desesperación se avinagra como vino olvidado en la bodega.
Unos emisarios del gran maestre han venido a valorar la situación.
Su conclusión es que San Telmo es aún defendible.
La ira de los defensores estalla y los objetos vuelan por los aires: un casco abollado rebota contra el muro de piedra gris, un trozo de pan duro impacta en el pecho de uno de los emisarios con fuerza suficiente para hacerlo tambalear.
—¡Bellacos sin honra! —grita una voz—. ¡Decidnos cómo defender esta ratonera si sois tan duchos en la guerra!
Fra Antoine de Montmorency retrocede lentamente hacia la salida del patio de armas junto a los otros dos emisarios mientras cincuenta hombres los rodean.
El joven caballero provenzal siente que la situación se le escapa de las manos.
Sus veintiséis años y su formación en arquitectura militar no lo habían preparado para enfrentar la desesperación de hombres que han visto demasiada muerte.
Rostros farináceos demacrados por la fatiga y el miedo, ojos inyectados en sangre que han perdido la esperanza, manos que tiemblen de agotamiento y rabia mal contenida.
Esto no se parece en nada a las historias de cruzadas que escuchó en su niñez, cuando soñaba con batallas nobles contra el infiel libradas bajo los estandartes de la cristiandad.
La carta está pisoteada en el suelo. La respuesta que Fra Antoine ha traído del gran maestre ha sido tan previsible como insultante para hombres que han mirado a la muerte cara a cara: «La posición aún es defendible y es vuestra obligación cristiana mantenerla».
—¡Que se queden aquí los tres! —grita una voz desde atrás con acento castellano—. ¡Que la defiendan con nosotros!
—¡Por las llagas de Cristo! —secunda otro—. ¡Hundid su bote para que no puedan volver con cuentos al gran maestre!
Fra Antoine intercambia miradas nerviosas con sus compañeros mientras el emisario lleva la mano a la empuñadura de la espada en un acto reflejo, aunque sabe que el gesto es contraproducente. Son tres contra cincuenta, y estos cincuenta son capaces de cualquier cosa.
El joven Montmorency piensa en las lecciones de su padre sobre el honor de la Orden, en los relatos de cruzadas en la que sus antepasados lucharon con San Luis en Tierra Santa.
Pero aquí, en este patio cargado con la desesperación de los defensores, las palabras sobre la gloria y el sacrificio suenan tan huecas como tambores rotos.
La multitud se acerca paso a paso, y en sus ojos brilla esa luz peligrosa que aparece cuando los hombres comprenden que ya no tienen nada que perder.
Puños cerrados, rostros deformados por el cansancio y la frustración que convierte santos en demonios.
El aire vibra con amenazas y maldiciones en castellano, italiano y la lengua franca de los puertos mediterráneos.
Y entonces la artillería turca rompe la mañana.
El primer cañonazo hace temblar los muros hasta los cimientos, recordando a todos por qué están aquí encerrados.
El segundo arranca tejas de la iglesia y las envía volando sobre ellos.
Los soldados se dispersan, cada uno hacia su refugio conocido o su puesto de combate, porque nadie quiere que lo atrape un proyectil otomano en espacio abierto.
—¡Ahora! —susurra Antoine a sus dos compañeros—, ¡Larguémonos de aquí!
Los tres corren hacia la salida. Fra Antoine siente el corazón desbocado mientras sus piernas lo llevan hacia la salvación. Nadie los detiene porque todos tienen prisa por protegerse de la muerte que llueve del cielo.
Mientras huyen hacia el pequeño muelle donde les espera el bote, Fra Antoine murmura entre jadeos: —Que Dios nos perdone por abandonarlos así.
Pero Dios en San Telmo parece estar muy ocupado con tando muertos y no tiene tiempo para los remordimientos de nadie.
Jean de La Valette escucha en silencio mientras sus manos curtidas por décadas de guerra se frotan despacio, intentando borrar las manchas invisibles que solo él puede ver.
Fra Antoine, junto a los otros dos emisarios, le cuenta lo sucedido con voz que intenta mantenerse firme, pero que tiembla al llegar a los detalles más duros.
El gran maestre observa al joven provenzal con esos ojos grises que han visto suficiente guerra para varias vidas.
Conoce bien a la familia Montmorency: el padre del muchacho es un viejo caballero de su confianza, y su linaje tiene raíces profundas en la Orden desde los tiempos de las primeras cruzadas.
Por eso lo ha mantenido cerca de su consejo, aprovechando tanto su formación en arquitectura como su perspectiva joven, que a veces ve lo que los veteranos ya no notan.
—¿Qué opináis vos, Fra Antoine? —pregunta La Valette directamente—. Habéis inspeccionado las defensas con ojos de arquitecto. ¿Pueden aguantar?
El joven Montmorency se revuelve en su asiento. Sus estudios le dicen una cosa, pero lo que ha visto en el patio de armas le grita otra muy distinta.
—Las murallas están agrietadas pero firmes, excelencia. Los bastiones deberían resistir algún asalto más. Pero... —hace una pausa dolorosa— los hombres están al límite. Antes se quebrará el espíritu de los hombres que la piedra de la fortaleza.
La Valette asiente con gesto grave. No es hombre de mostrar emociones, pero algo se mueve tras sus ojos grises. Ha enviado a morir a buenos hombres y lo sabe. Todos lo saben, aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta.
—La situación es más que crítica, excelencia —continúa Fra Antoine con la voz cargada de responsabilidad—. La guarnición está al borde del motín.
El consejo de guerra murmura. Unos proponen evacuación inmediata antes de que sea demasiado tarde. Otros, más refuerzos para sostener lo insostenible.
La Valette los deja hablar mientras contempla el mapa extendido sobre la mesa de roble macizo. Malta es muy pequeña para esconderse de una guerra que ha venido a buscarlos hasta aquí. Demasiado pequeña para huir cuando el enemigo tiene el control del mar.
—Señores —dice al fin con voz que corta los murmullos—.
No piensen vuestras mercedes que mi corazón es insensible a las súplicas de nuestros hermanos que derraman su sangre por la causa común.
Pero seamos realistas: evacuar a tanta gente es imposible mientras los turcos controlen el puerto con sus galeras.
Silencio pesado. Los miembros del consejo bajan la mirada porque todos saben que su gran maestre tiene razón, aunque duela reconocer una verdad que escuece.
—Yo redactaré el mensaje que pueda convencerlos —continúa La Valette con voz más suave—. Les recordaré por qué luchan y lo qué está en juego.