12
Como espíritus inquietos que buscan su destino en la noche, tres sombras se deslizan entre los setos cuidados de la casa del Duque de Medinaceli, en Galapagar.
Las capas oscuras ondean suavemente mientras una brisa desgaja las nubes grises y la luna aparece súbita entre los cejales para exponerlos durante un instante peligroso.
Se refugian tras el follaje espeso de un árbol hasta que las nubes vuelven a cubrir la luz traidora y, entonces, retoman su propósito secreto con paso cauteloso.
Se dirigen hacia las cuadras con la precisión de quienes han planeado cada movimiento. Ya tienen ensilladas sus monturas cuando los descubre un guardia del duque, que corre hacia ellos llevando una antorcha en alto como quien esgrime un arma.
—¿Quién va? —grita mientras se lleva la mano libre a la empuñadura de la espada.
Uno de los interpelados se encara con el soldado y baja lentamente su capucha, mostrando un rostro que la luz dorada de la antorcha revela con claridad. El guardia reconoce al encapuchado y se pone firme como si fuera un mástil atravesado por un rayo.
—Disculpad, Alteza, yo no sabía...
La voz que responde suena firme y serena, aunque con el deje de autoridad que nace de la sangre real. Es don Juan de Austria, hermanastro del Rey, y su rostro joven de diecinueve años queda bañado por la luz vacilante mientras esboza una sonrisa que mezcla cortesía con determinación.
—Tranquilo, buen hombre. Mis amigos y yo solo desea mos dar una vuelta discreta por el pueblo. Vuestra merced ya me entiende, ¿verdad?
El guardia deja escapar una sonrisa cómplice que ilumina su cara curtida, aunque enseguida recupera la compostura al recordar sus deberes.
—Pero, Alteza, tengo órdenes de informar al duque de todos los que entran y salen de su casa y...
Don José de Acuña, uno de los acompañantes del príncipe, se adelanta y pone su mano enguantada en terciopelo verde sobre el hombro del guardia. Con gesto elegante le ofrece una bolsa que suena con el tintineo inconfundible de los reales de plata.
—Ahora tenéis nuevas órdenes —dice don José con voz suave pero inequívoca—. Las órdenes directas de su alteza. Volveremos antes del amanecer, pero no habéis de decir una palabra a nadie. ¿Entendido?
Los tres hombres se marchan sin más, dejando tras de sí el eco apagado de los cascos sobre la tierra húmeda. El guardia se queda mirando la bolsa, confirmando por el peso que contiene una suma más que generosa. La guarda rápidamente bajo la camisa y sonríe para sí mismo mientras se dice:
«Qué demonios... No es más que la correría nocturna de jóvenes con la sangre caliente. Y aquí hay más de lo que gano en dos años. En unas horas habrán vuelto y nadie se habrá enterado de nada».
Continúa con su guardia sin informar a alma viviente de que don Juan de Austria y su séquito han abandonado la casa bajo el manto de las estrellas.
Nadie en España sabe ahora dónde están.
El rey Felipe escucha su misa matutina, pero esa mañana le resulta imposible permanecer atento a las lecturas del día. Demasiadas preocupaciones asedian su cabeza como una jauría hambrienta que no le concede tregua.
Ayer llegaron informes inquietantes de la duquesa de Parma sobre ciertos signos de intranquilidad en los Países Bajos.
Las voces descontentas suenan cada vez con más fuerza en las plazas de las ciudades flamencas.
Las actividades de Egmont, de Hoorn y, sobre todo, de un tal Guillermo de Orange lo preocupan profundamente.
Flandes es una olla a presión que puede estallar en cualquier momento y cuando eso ocurra, será como si se abrieran las puertas del infierno.
También le llegan noticias perturbadoras de Londres.
La joven reina inglesa, Isabel I, juega un juego maquiavélico: le escribe cartas buscando acercamiento y amistad con España, lamentando profundamente ciertos actos de piratería contra las posesiones españolas y asegurando que se trata de actuaciones privadas que serán castigadas oportunamente.
Sin embargo, los espías del rey Felipe ya le han confirmado que es la misma reina quien alienta estos actos en secreto, riendo por lo bajo mientras sus corsarios saquean los galeones que regresan de las Indias.
Incluso le preocupa la paz con Francia, firmada hace seis años con gran pompa pero poca confianza.
Le inquieta la fuerza creciente que están adquiriendo los hugonotes y desconfía de la política ambigua de la regente, Catalina de Medici.
En Europa, las nuevas doctrinas protestantes se expanden por doquier con la tenacidad de una enfermedad crónica que infecta el cuerpo de la Cristiandad.
Parece que el mundo se desmorona día a día y que él tenga la responsabilidad de mantenerlo en pie sin ayuda de nadie, como Atlas sosteniendo el peso de los cielos.
Por último, está la cuestión del turco en Malta.
Ya ha dado orden de que la flota se reúna y se ponga en marcha hacia la isla asediada, pero no será empresa fácil.
La flota hispánica es, en realidad, una coalición naval tan complicada como frágil.
El rey dispone de cuatro escuadras de galeras: la de España, la de Nápoles, la de Sicilia y el grupo de galeras genovesas que está a sueldo de la Corona.
A estas se pueden unir ocasionalmente las galeras de Mónaco, de Saboya y de Toscana, si los vientos políticos soplan favorables.
Organizar la logística de todas ellas es un auténtico dolor de muelas que le roba el sueño.
Además, la flota tiene múltiples deberes que no puede desatender: hacer de guardacostas, transportar tropas y provisiones para las plazas fuertes del norte de África… Sin olvidar Córcega, donde se ha producido una revuelta que está lejos de apaciguarse.
Cuando la flota haya acabado con todas estas tareas urgentes, debe comenzar a concentrarse en Barcelona y, desde ahí, partir hacia Génova, Livorna, Civitavecchia y Nápoles.
En cada puerto debe embarcar víveres, dinero y tropas frescas.
Y entonces, y solo entonces, podrá poner proa hacia Malta para intentar lo que algunos consideran ya imposible: salvar la isla del poder del Gran Turco.
El rey deja escapar un resoplido contenido e intenta concentrarse de nuevo en la misa, aunque los pensamientos siguen revoloteando en su cabeza como murciélagos inquietos.
—Querían llamarlo Zacarías, como su padre —lee el sacerdote el evangelio del día—; pero la madre intervino diciendo: «¡No!
Se va a llamar Juan». Y le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase.
Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre».
Al escuchar el nombre de Juan, la mente del rey hace una conexión rápida entre su joven hermanastro y el conflicto que enfrenta a la Orden de San Juan contra los turcos en el Mediterráneo.
Hace unos días don Juan le escribió por conducto oficial, solicitando licencia para embarcarse en la expedición de socorro a Malta.
Por supuesto, el rey se lo prohibió tajantemente, como era su deber de hermano mayor y de monarca responsable.
«En qué cabeza cabe —piensa mientras sus dedos tamborilean sobre el reclinatorio—. ¡Pero si solo tiene diecinueve años y toda la vida por delante!».
Además tiene otros planes más sensatos para el muchacho. Quizá una carrera como cardenal en Roma, donde su inteligencia y su sangre noble pueden servir mejor a los intereses de la Corona. Un príncipe de los Habsburgo no está para hacer las veces de soldado raso en aventuras mediterráneas.
Pero entonces recuerda a su padre, el difunto emperador Carlos, y su propio corazón se encoge con una mezcla de orgullo y nostalgia.
El César había sido el último de los caballeros andantes y la idea del príncipe-soldado ya no le parece tan disparatada cuando piensa en él.
Aquello hubiera sido del gusto del Emperador, que siempre prefirió la gloria del campo de batalla a la comodidad de los palacios.
Es innegable que el muchacho ha salido a su padre: el mismo espíritu caballeresco, las mismas ideas románticas sobre las viejas cruzadas, la misma sed de honor que puede llevar tanto a la gloria como a la perdición.
En eso, el rey repara en que no ha visto al príncipe Juan en varios días.
Ya debería haber vuelto de su visita a Galapagar, donde se alojaba como huésped del duque.
Y siente un presentimiento que le hiela la sangre en las venas.
Un presentimiento desagradable que conoce bien: el mismo que sintió cuando su padre se empeñó en aquella última campaña contra los protestantes alemanes.
Felipe se gira bruscamente y busca el rostro familiar de su hermanastro entre los fieles que asisten a la misa en la capilla real.
Se produce un momento tenso entre los asistentes, que sienten pasar sobre ellos la escrutadora mirada del monarca como si fuera un viento helado.
Todos tragan saliva mientras se preguntan en susurros: «¿Qué ha ocurrido?
¿Qué busca Su Majestad?». Incluso el sacerdote interrumpe la lectura del Evangelio y no prosigue hasta que el rey se gira de nuevo hacia el frente con gesto sombrío.
«¿Dónde demonios está Juan?», piensa Felipe II tras convencerse de que su hermanastro no está entre los presentes.
Al finalizar la celebración litúrgica, el rey sale acompañado por sus nobles más allegados con paso más rápido que de costumbre.
Mientras camina rodeado por su séquito por los pasillos de piedra gris de la iglesia, su mirada se cruza con la del duque de Medinaceli y, en ese instante, comprende la verdad terrible.
«¿Por qué está el duque aquí en la Corte y sin embargo no está Juan con él?».
La cara pálida del duque sostiene una mueca de pura aprensión; es la viva estampa del miedo mal disimulado de quien sabe que porta malas nuevas.
Al ver el rostro desencajado del hombre que tenía orden expresa de cuidar y vigilar al príncipe durante su visita a Galapagar, al rey Felipe se le despejan todas las dudas como si hubieran caído las nieblas de una montaña: su hermanastro se ha fugado para embarcarse hacia Malta sin su permiso, siguiendo los impulsos de una sangre que no sabe someterse a la prudencia.
«Maldito muchacho —piensa mientras siente una mezcla de orgullo y temor—. ¡Cómo se parece a nuestro padre! Tal vez, demasiado...».
—¡A Malta, por la Religión, por la Cristiandad!
—¡Viva Malta, abajo el turco!
Los tres jóvenes cruzan la península a caballo con el buen humor y las bravatas propias de su edad, cantando canciones de gestas mientras los cascos de sus monturas levantan polvo en los caminos de Castilla.
Viven esa etapa inquieta de la vida, cuando la naturaleza despierta sin rumbo fijo y la imaginación se desboca hacia territorios inexplorados, sembrando anhelos difusos, sueños desconcertantes y turbaciones que nublan la razón.
—¿Estáis seguro, don Juan, de que la flota sigue en Barcelona? —pregunta don Juan de Guzmán mientras don José de Acuña entona una canción que ha compuesto a los héroes malteses.
—Estoy totalmente seguro, amigo mío —responde el príncipe con la confianza absoluta de los muy jóvenes—.
Hace unos días las galeras del almirante Álvaro de Bazán partieron de Málaga, y la flota necesita embarcar una cantidad ingente de soldados y pertrechos en Barcelona antes de poner proa hacia Malta.
Confiad en mí, llegaremos a tiempo de embarcar y hacer historia.
—¡Pardiez, qué gran aventura nos espera! ¡Viva la Religión de Malta!
—¡Viva, viva!
Lo que no saben los tres jóvenes aventureros es que la noticia de su fuga ha corrido como la pólvora por toda España, convirtiéndose en la comidilla del reino.
Todos los días las gentes de las cuatro puntas de la península se levantan deseando conocer nuevas noticias sobre la heroica fuga del príncipe bastardo.
Su ejemplo ha calado hondo en el corazón de los españoles, y muchos nobles e hidalgos han dejado sus casas con la esperanza de embarcarse en Barcelona rumbo a Malta, siguiendo la estela de gloria que don Juan ha dejado tras de sí.
El rey Felipe, por su parte, ha enviado tras ellos al mejor y más rápido de sus mensajeros: don Pedro Manuel, un hombre de confianza curtido en mil encargos difíciles.
Es su mejor sabueso, su agente para cuestiones espinosas que requieren mano firme y discreción absoluta.
Don Pedro Manuel solo tiene una misión: dar alcance a los fugitivos, comunicarles que el rey ordena a don Juan su regreso inmediato a la Corte, y apresarlo si se resistiera a obedecer.
No contento con ello, el rey ha despachado una docena de correos urgentes a todos los puertos de Levante y a todos los virreyes al este de Madrid.
Las cartas van escritas de puño y letra del monarca con su caligrafía apretada y nerviosa, y tienen un mensaje claro para los que saben leer entre líneas: «En caso de que don Juan logre embarcarse en algún puerto, sus autoridades responderán personalmente frente al rey».