11 #2
La noche desciende sobre Malta como un telón oscuro.
Los cañones del monte Sceberras rugen sin descanso, escupiendo fuego contra las murallas agrietadas de San Telmo.
Cada detonación ilumina por un instante las caras tensas de los soldados otomanos agazapados en las trincheras, antes de devolverlos a la oscuridad protectora.
El olor penetrante a pólvora quemada y tierra removida se mezcla con el humo acre de las mechas encendidas que brillan como luciérnagas.
Kasim, Hasan y doce jenízaros cuidadosamente escogidos permanecen inmóviles en una trinchera avanzada, a escasos metros del imponente torreón del Caballero.
Sus respiraciones son apenas un susurro.
Las cuerdas y ganchos de asalto descansan a sus pies, fríos al tacto como serpientes de metal que aguardan el momento de atacar.
—¿Ves esa plataforma elevada? —Kasim señala con gesto apenas perceptible hacia el bastión cristiano—. Desde ahí controlan visualmente todo el foso y pueden barrer con fuego cualquier intento de asalto.
—Somos apenas quince hombres contra toda una fortaleza llena de sanjuanistas.
Kasim sonríe con la confianza que solo da la experiencia de haber sobrevivido a docenas de asaltos.
—¿Conoces a los layalás que acaban de llegar de Estambul?
—¿Te refieres a los «Matasiete»? Sí, son fanáticos temerarios. Carne de cañón atiborrada de brebajes para encontrar el valor artificial del que carecen por naturaleza.
—Exacto... Pero hay algo que no puedes negar: los cristianos los temen como al mismísimo diablo.
Esta noche van a encabezar el asalto frontal.
Y cuando todas las miradas cristianas estén fijas en ellos y el pánico se apodere de los defensores, nosotros escalaremos silenciosamente el Caballero por la retaguardia.
Los cañones enmudecen súbitamente como si obedecieran a una orden invisible.
El silencio que sigue resulta más inquietante que el estruendo anterior.
Solo se escuchan algunas voces lejanas de heridos cristianos.
El corazón de Hasan se acelera porque reconoce perfectamente ese silencio cargado de amenazas.
Entonces ruge la tormenta de hierro y fuego.
—¡ ALLAHU AKBAR !
—¡Por la yihad!
Miles de voces gritan al unísono elevando una oración de guerra hacia el cielo estrellado.
Los layalás emergen súbitamente de las trincheras como demonios surgidos del inframundo, ataviados con pieles de león y plumas de águila.
Corren como posesos hacia los puentes improvisados, cimitarras en alto reflejando la luz de las hogueras.
Los muros de San Telmo responden inmediatamente con abundante fuego de arcabucería. Fogonazos amarillos salpican la noche mediterránea como estrellas fugaces.
Los primeros layalás caen al foso convertidos en guiñapos sanguinolentos, pero los demás continúan su carrera suicida.
Entonces los muros cristianos se iluminan como si el infierno hubiera abierto de par en par todas sus puertas.
Docenas de aros de brea ardiente ruedan por las pendientes del foso, convirtiendo la noche en día anaranjado.
Algunos layalás se transforman instantáneamente en antorchas humanas que corren gritando.
Sus gritos de guerra se convierten en alaridos que hielan la sangre.
—¡Ahora es nuestro momento! —susurra Kasim.
Los jenízaros se deslizan como sombras entrenadas, pies descalzos moviéndose sin producir sonido alguno. La base del torreón del Caballero se alza ante ellos como una montaña inexpugnable.
Hasan contempla horrorizado a un guerrero layalá que corre en llamas, golpeándose contra las piedras en su agonía. Otro se arroja desesperado al mar y sigue ardiendo incluso bajo el agua, como si las llamas fueran sobrenaturales.
El olor dulzón y nauseabundo de carne humana quemada les llega arrastrado por la brisa nocturna.
—Fuego griego —murmura Kasim con admiración profesional—. Pero no nos detengamos ahora.
Los garfios vuelan por el aire y se enganchan firmemente en los merlones de piedra. El ruido metálico se pierde en el estruendo infernal de la batalla. Los jenízaros comienzan a trepar con yataganes curvos sujetos a la espalda, moviéndose con agilidad simiesca.
Hasan asciende inmediatamente detrás de Kasim, con los músculos tensos por el esfuerzo.
Muy cerca, tanto en los muros como en el foso, ruge el infierno de fuego griego.
Las llamas iluminan de tal manera la noche que permiten incluso a los cañones del Burgo disparar con precisión contra los atacantes otomanos.
Casi al alcanzar la cima, uno de los aros incendiarios rueda peligrosamente cerca de su posición. La luz súbita los expone por un instante fatal, recortando sus siluetas contra el bastión de piedra.
—¡Turcos! ¡Turcos escalando!
Un hospitalario corre hacia ellos blandiendo un arcabuz preparado. La mecha chisporrotea mientras apunta. La bala atraviesa limpiamente el pecho del primer jenízaro que consigue poner pie en la plataforma. Su cuerpo cae al vacío y pasa rozando a Hasan en su caída mortal.
Kasim salta sobre la plataforma como un demonio vengador. Su yatagán se hunde hasta la empuñadura en el cuello del hospitalario. La sangre brota como fuente roja y salpica su rostro.
Hasan y el resto de jenízaros le siguen inmediatamente. Los caballeros del bastión se giran alertados por los gritos, pero ya es demasiado tarde para organizar una defensa eficaz. Los yataganes curvos hacen su trabajo macabro con eficiencia profesional. Los cristianos caen uno tras otro.
—¡Victoria! ¡Victoria para el islam! —grita Kasim alzando la hoja ensangrentada hacia el cielo—. ¡El Caballero es nuestro!
Corre hacia el asta donde ondea la bandera sanjuanista y la arranca de cuajo. En su lugar despliega la media luna turca con fondo verde que llevaba oculta bajo la túnica, esperando este momento de gloria.
La bandera otomana ondea triunfante sobre la posición conquistada. Todo el ejército que ataca San Telmo ruge de júbilo al ver la enseña del sultán ondeando sobre las murallas enemigas. Los layalás supervivientes atacan con ferocidad renovada, embriagados por el éxito de sus hermanos jenízaros.
Hasan abraza a Kasim con una emoción que no había sentido en semanas.
—Lo hemos logrado, hermano mío.
—Por el honor de las ortas jenízaras y la gloria del islam.
—Y por nuestro padre el sultán, que nos ha guiado hasta la victoria.
Pero entonces el ojo entrenado de Hasan detecta por el rabillo algo que le hiela la sangre en las venas.
Es un resplandor pequeño pero intensamente brillante en la penumbra.
Se gira lentamente, con un presentimiento terrible.
Un caballero maltés, con el pecho destrozado y empapado de sangre, se ha arrastrado agonizante hasta un cañón de bronce.
Sus manos tiemblan violentamente por el esfuerzo final.
Sostiene una mecha encendida sobre el oído del cañón y sus labios murmuran una oración cristiana.
La boca del cañón apunta directamente hacia ellos.
Hasan abre la boca para gritar una advertencia, pero el aire se le corta en los pulmones. Sus músculos se tensan como cuerdas de ballesta a punto de disparar.
La mecha chisporrotea y el mundo entero estalla a su alrededor en una explosión cegadora.
Hasan sale despedido por los aires como un muñeco de trapo.
Sus oídos no captan otro sonido que un pitido permanente y ensordecedor.
Ve el cuerpo despedazado de alguno de sus compañeros girando sobre su cabeza, con brazos extendidos como si volaran.
Jirones de carne y metal llueven mientras él da vueltas sin control, perdido entre el humo y el fuego.
Lo último que alcanza a ver antes de perder el conocimiento es la bandera de Kasim, flotando, convertida en andrajos ensangrentados.
Y después, silencio.
Un silencio total.