Arde Malta 11
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Los campamentos turcos son famosos por su pulcritud y orden marcial, pero en Marsa el hedor empieza a resultar difícil de soportar incluso para soldados curtidos.

Moscas negras revolotean sobre vendajes amarillentos que no se han cambiado en días.

El olor de la gangrena dulzona se mezcla con el del humo de los braseros de cauterización con los que los cirujanos intentan detener infecciones que se extienden como la peste.

Los gemidos constantes de los heridos resuenan como una salmodia que desgasta mentalmente tanto a sanos como a enfermos.

—Trescientos gramos —murmura un soldado albanés mientras parte con cuidado un mendrugo de bizcocho ennegrecido—. Trescientos gramos de esta porquería para todo el día.

Su compañero, un gigante de Anatolia con el brazo derecho sujeto por un cabestrillo improvisado, escupe sobre la tierra, que absorbe la saliva como arena del desierto.

—Mi caballo en casa comía mejor que nosotros aquí.

Los turnos de gastadores siguen trabajando sin descanso en el revellín conquistado.

El repiqueteo incesante de picos y palas se mezcla con los cañonazos, que solo cesan para permitir que el ánima de las piezas se enfríe.

Una bala de piedra ha aplastado a tres zapadores esa misma mañana, convirtiéndolos en pulpa sanguinolenta.

Sus restos siguen allí, cubiertos por una lona manchada de rojo, esperando a que alguien se digne a darles sepultura musulmana.

La yihad a veces tiene muy poco de santa.

Desde las trincheras que serpentean hacia San Telmo llegan maldiciones en turco, árabe y griego.

Los puentes sobre el foso se construyen palmo a palmo, utilizando mástiles arrancados de las galeras fondeadas en Marsaxlokk.

Pero los trabajos avanzan con lentitud desesperante, porque hay que cubrir el armazón con tierra apisonada para impedir que los proyectiles incendiarios cristianos les prendan fuego.

Cada codo conquistado cuesta un precio elevado en sangre otomana.

Hasan y Kasim descansan junto al fuego e intentan abstraerse del ambiente de decepción.

—¿Recuerdas cuando intentamos escapar del palacio de Edirne? —pregunta de pronto Kasim mientras afila su yatagán.

Hasan sonríe, una expresión rara en su rostro curtido por años de guerra. Parece que su amigo se ha puesto sentimental.

—Sí, teníamos catorce años. Tú creías que podríamos llegar a casa de nuestros padres caminando.

—Y tú dijiste que conocías el camino porque habías observado las estrellas.

—Las estrellas no mienten. Nosotros sí sabíamos la dirección. Lo que no calculamos fue la distancia.

Kasim deja de afilar y mira a su compañero.

—Tres días perdidos en los montes. Sin agua. Sin comida.

—Cuando los guardias nos encontraron, dijimos que habíamos salido a cazar liebres. Y no nos delatamos.

—¡Liebres! —Kasim ríe—. Sin arcos, sin trampas. Era la excusa más estúpida del mundo.

—Pero el instructor se la creyó. O fingió creérsela.

Se quedan en silencio, contemplando las llamas de la hoguera. Alrededor del campamento, otros jenízaros preparan sus armas para el asalto nocturno.

—¿Sabes que ya no recuerdo la cara de mi madre? —murmura Kasim.

Hasan asiente despacio.

—A mí me pasa lo mismo. A veces intento recordar su voz cantando, pero no puedo.

—Tal vez eso era lo que pretendían. Borrarnos la memoria. —Pues no lo consiguieron del todo. Aún recuerdo tu verdadero nombre, hermano.

—Y yo el tuyo: Miloš de Ostrovica.

—Dragan de Kragujevac.

Se miran a los ojos: dos hombres que comparten un pasado borrado y un presente forjado a hierro.

Hasan había nacido siendo cristiano en la región de Ostrovica, en Serbia.

Era el mayor y el más fuerte de sus seis hermanos.

Quizá por ello los hombres del sultán lo eligieron a él cuando lo raptaron del hogar de sus padres, siguiendo el sistema de devsirme .

Hasan cumplía todos los requisitos: tener entre diez y dieciocho años, ser físicamente apto, atractivo, inteligente, soltero y no ser hijo único.

Cuando lo llevaron a Constantinopla, lo forzaron a convertirse al islam, fue circuncidado y se le dio su nuevo nombre musulmán.

Luego se le registró como acemi oğlans y comenzó su dura formación: recibió enseñanzas en lengua y literatura turcas y árabes, el Corán, jurisprudencia musulmana, teología, derecho y, además, entrenamiento militar.

Fue enviado a los cuerpos de kapıkulu para convertirse en soldado.

Allí aprendió con sudor y sangre a ser humilde, cortés, a mostrar sumisión inclinando la cabeza con las manos cruzadas y a besar las manos de sus superiores como muestra de respeto.

Su vida discurría meticulosamente organizada: cada hora tenía una tarea asignada para despertarse, rezar, comer, dormir, hacer ejercicio y estudiar.

Tenía que caminar de manera pausada, comer despacio, bañarse semanalmente, afeitarse con regularidad, vestir ropa bien planchada y cumplir con las cinco oraciones diarias.

Realizaba tareas como barrer, cargar materiales o cocinar tanto para su regimiento como para la ciudad, además de continuar con su entrenamiento como guerrero profesional.

Cuando cumplió los catorce años finalizó su formación jenízara y se le tatuó el símbolo de su regimiento.

Para entonces, ya no quedaba ni el recuerdo de aquel niño serbio que un día fuera raptado de su hogar en Ostrovica.

Ahora solo existía Hasan, el jenízaro que no tenía más fe que la de Mahoma, ni más padre que el Sultán.

Sin embargo, una leve chispa del recuerdo de su familia se resiste a ser apagada del todo en su corazón.

Hasan no ha vuelto a saber nada de ellos, pero a menudo contempla el firmamento estrellado durante la noche e imagina que sus hermanos y hermanas están contemplando esas mismas estrellas en algún lugar del mundo.

—¿A veces desearías que no nos hubieran reclutado? —pregunta Kasim.

Hasan tarda en responder.

—No lo sé. Somos lo que somos. Hemos visto mundo, hemos conocido el honor. Nuestros hermanos de sangre probablemente siguieron trabajando la tierra hasta morir sin llegar a nada.

—Pero fueron libres.

—¿Lo fueron realmente? Los campesinos nunca son libres, Kasim. Son esclavos de la tierra, la lluvia, el hambre... Tú y yo al menos podemos elegir cómo morir.

Kasim sonríe con melancolía.

—Hablamos como soldados viejos, pero aún nos queda guerra por delante.

—Sí. Y esta vez conquistaremos Malta. Por el sultán.

—Por el sultán —repite Kasim, pero su voz suena lejana.

Se hace un silencio repentino.

—¿En qué piensas?

—En que mañana uno de nosotros podría estar muerto.

Hasan pone la mano en el hombro de su compañero.

—Entonces moriremos como hermanos. Como siempre quisimos vivir.

—Como hermanos —confirma Kasim.

En ese momento otro jenízaro se aproxima hasta ellos. El Aga, su comandante, desea verlos.

En la tienda del Aga de los jenízaros, una lámpara de aceite proyecta sombras danzantes en las paredes de lona. El comandante se pasea nervioso como una fiera enjaulada que busca una salida inexistente.

—¡Cortesanos perfumados! —escupe con asco—. Nos mandan hombres envueltos en sedas que jamás han olido la pólvora y no saben qué hacer en una guerra de verdad.

Se detiene bruscamente frente a Hasan y Kasim, que permanecen en posición de firmes.

—¿Sabéis lo que murmuran por todo el campamento? Que los jenízaros somos incapaces de tomar una fortaleza defendida por unos pocos caballeros fanáticos. ¡Los artilleros nos echan la culpa del retraso! ¡Los corsarios se ríen abiertamente de nosotros!

Sus nudillos se ponen blancos al apretar los puños mientras la cólera le hierve en las venas.

—Nos tratan como a perros sarnosos. ¡A nosotros, que hemos plantado la media luna del islam desde las murallas de Viena hasta los desiertos de Bagdad!

El silencio se espesa en la tienda como humo de incienso. Fuera, un herido gime mientras los cirujanos intentan salvarle la vida.

—¿Qué ordena el Agá? —pregunta Kasim con voz firme.

El comandante lo mira largamente con ojos que han visto demasiadas batallas y demasiadas muertes.

—Que recordéis quiénes sois realmente. Que honréis el yatagán que lleváis al cinto y el juramento que hicisteis al sultán. Esta noche quiero que San Telmo sepa de una vez por todas que los jenízaros siguen siendo los mejores soldados de Alá.

Cuando salen de la tienda, Kasim se acerca a Hasan.

—Hermano, ¿has oído eso?

Hasan asiente lentamente. Sus ojos, que hace unos días brillaban con el entusiasmo del guerrero joven, ahora tienen el color apagado del hierro viejo. Nuevas líneas marcan su rostro curtido. Semanas combatiendo en Malta equivalen a varios años envejeciendo bajo cualquier otro cielo.

—He oído ya demasiados discursos en esta maldita isla.

—¿Pero en verdad no te hierve la sangre con todos esos comentarios deshonrosos?

Hasan se encoge de hombros con gesto de cansancio.

—¿Qué quieres que haga, Kasim? ¿Cuántos cristianos hemos matado ya en este asedio? —Su voz suena desapasionada, como si hablara de contar ovejas—. Y he perdido la cuenta de nuestros muertos. Ellos siguen luchando sin bajar los brazos, como si cada piedra de sus murallas fuera sagrada.

Kasim se pasa la mano por el bigote cuidadosamente recortado. Impecable como siempre, incluso en medio de esta carnicería.

—¿Quieres que esto termine de una vez?

—Por supuesto que sí.

—Pues esta noche vamos a acallar todas las bocas maledicentes con una victoria que devolverá el honor perdido al cuerpo de jenízaros.

Kasim se acerca más, bajando la voz hasta convertirla en susurro conspirador.

—¿Estás conmigo, hermano?

La misma pregunta de años atrás, cuando eran apenas muchachos asustados. La misma sonrisa cómplice de entonces, cuando escaparon de Edirne.

—Siempre estaré contigo —murmura Hasan—. ¿Qué planeas exactamente?