10
En el puerto de Málaga, don Álvaro de Bazán y Guzmán observa el horizonte desde la cubierta de su galera capitana mientras el sol de la tarde convierte las aguas en un espejo dorado.
La superficie marina está en perfecta calma, pero su espíritu anda inquieto como un mar de fondo que anuncia tormenta.
El general de las galeras de España lleva días sin recibir noticias del Consejo Real, aguardando órdenes que no llegan, mientras el tiempo se escurre como arena entre los dedos.
Hace una semana que regresó de Orán, donde cumplió la misión de transportar soldados veteranos, suministros esenciales y municiones para las guarniciones africanas.
Desde entonces permanece fondeado en Málaga, sin más instrucciones de Madrid que la orden de mantenerse preparado.
Nada específico. Sus galeras siguen a la espera con las velas cuidadosamente amarradas, los hombres cada vez más inquietos y los tamborines enmudecidos por la falta de acción.
En las bodegas se acumulan víveres, pólvora y hombres de cabo y guerra que huelen a sal y descontento creciente.
Nadie sabe exactamente adónde les enviarán ahora. «Aguarde órdenes para salida inminente». Pero ¿salida hacia dónde?
Bazán no es estúpido. Está al tanto de la situación de Malta y, si ese es su destino, deberían partir cuanto antes. Cada día que pasa la isla está más cerca de caer en manos del Turco.
El almirante camina hasta la proa, donde el mascarón tallado mira hacia el horizonte como un centinela de madera.
Es hombre de mar y guerra, parco en movimientos y en palabras.
Hijo de don Álvaro el Viejo, señor de Valdepeñas, y leyenda naval.
Ha navegado desde los doce años en las aguas bravas del Atlántico y las traicioneras corrientes del Mediterráneo.
Ha combatido contra corsarios berberiscos, franceses ambiciosos y turcos implacables, siempre al servicio de la monarquía hispánica.
El desastre de Djerba aún le escuece como llaga mal curada, aunque el no estuvo presente en aquella derrota que costó sesenta galeras y miles de vidas. Como leal marino de España, carga con el peso de todas las derrotas navales como si fueran suyas propias.
Se apoya en la regala y hace repaso: tripulaciones completas, soldados embarcados, víveres para dos meses, pólvora suficiente para una campaña prolongada. Todo, menos la orden final del Rey. ¿Habrá cambiado de parecer Su Majestad? ¿Teme arriesgar la flota reconstruida tras Djerba?
Bazán comprende los miedos fundados de perder otra armada, pero también los peligros mortales de perder Malta.
La isla está demasiado cerca de Sicilia, demasiado próxima al corazón del Mediterráneo español.
Si el Turco se hace fuerte allí y convierte Malta en base naval otomana...
Es una hipótesis que prefiere no imaginar siquiera.
Un murmullo de actividad en cubierta interrumpe sus cavilaciones. Los marineros señalan hacia tierra mientras intercambian comentarios en voz baja. Bazán agudiza la vista y distingue una nube de polvo que se acerca por el camino costero.
De pronto su mirada capta algo que le hace ponerse en tensión como mastín que olfatea un venado. Un jinete entra en el puerto a galope tendido, espoleando el caballo con urgencia. Don Álvaro reconoce inmediatamente los emblemas reales que brillan en el pecho del recién llegado.
¡ Un mensajero del rey!
—¡Contramaestre! —Su voz corta el aire como un latigazo—. ¡Aparejad el bote inmediatamente!
—¡A la orden, mi general!
El almirante baja a tierra con la celeridad de un hombre que ha esperado demasiado. Sus botas resuenan sobre los tablones del muelle mientras se acerca al mensajero, que ha desmontado y aguarda con el pecho del caballo cubierto de espuma blanca.
Al reconocer al almirante, el correo real hace una reverencia ceremonial, echa mano a su bolsa de cuero y extrae un mensaje lacrado con el sello personal del rey Felipe. El lacre rojo destella como gota de sangre bajo el sol de poniente.
Bazán toma el mensaje sin pronunciar palabra. Sus dedos curtidos rompen el sello con un movimiento seco, despliega el pergamino y sus ojos recorren las líneas escritas en la cuidadosa caligrafía de la secretaría real.
«¡Al fin!».
Ahí están las palabras que lleva días esperando: las órdenes definitivas de zarpar. Destino Barcelona, donde ya se congregan otras escuadras y compañías reclutadas para el socorro prometido a Malta.
Bazán no sonríe porque no es hombre dado a exteriorizar emociones, pero su gesto pétreo se afloja ligeramente.
Sus labios murmuran un «ya era hora» que suena como oración de gracias.
Mientras enrolla cuidadosamente el mensaje y lo guarda en el jubón, ordena que lo lleven de inmediato a su galera capitana.
Ya a bordo, sus oficiales lo esperan en formación, estudiando su rostro en busca de indicios sobre el contenido del mensaje real. El silencio se espesa mientras el almirante los observa uno por uno con la mirada arenosa de quién ha visto naufragios y victorias.
—¡Levad los fierros! —ordena finalmente, con voz que resuena por toda la cubierta—. ¡Partimos rumbo a Barcelona!
El aire se llena inmediatamente de gritos de mando, carreras apresuradas y el chirrido de los cabrestantes.
La flota de España se pone en movimiento mientras el sol se hunde en el horizonte, tiñendo las velas de rojo.
El socorro de la católica España está en camino.
El capitán Miranda se presenta ante el gran maestre con toda la solemnidad que requiere la situación. Llega exhausto, empapado en sudor y agua salada, con un rasguño sangrante de bala turca que le gotea por la mano y cae sobre las piedras del suelo.
Su barca ha logrado cruzar desde San Telmo burlando a los francotiradores otomanos que infestan la ribera. Tres veces les han disparado con intención de hundirlos. El canal marítimo está cada vez más peligroso: nadie puede cruzarlo sin jugarse la vida.
La única noticia esperanzadora que trae Miranda es la promesa firme del virrey de enviar los primeros refuerzos a finales del mes en curso. No es el gran socorro definitivo prometido, pero algo es algo en estas circunstancias desesperadas.
La Valette escucha todos los informes con un rostro que parece tallado en granito por un escultor severo.
Sin embargo, cuando se entera de que el estratégico revellín de San Telmo ha caído de forma tan absurda e inexplicable, sus mejillas pasan por todas las tonalidades de rojo.
En circunstancias normales mandaría decapitar a todos los responsables de semejante negligencia.
Pero no le sobran hombres para desperdiciar, y las cabezas cortadas no recuperan posiciones perdidas.
Finalmente llega el informe técnico detallado de Miranda sobre el estado real de San Telmo.
El diagnóstico resulta tan contundente y desalentador como el que presentó el capitán De la Cerda: el fuerte no se puede defender eficazmente porque carece de traveses.
Tampoco dispone de casamatas en el foso para proteger a los defensores.
Y peor aún: no existe plaza de armas a la que los defensores puedan retirarse ordenadamente en caso de necesidad.
Pero La Valette hace oídos sordos a estas consideraciones técnicas, aunque un músculo de su mandíbula se contrae imperceptiblemente.
Él conoce mejor que nadie todos y cada uno de los defectos estructurales de San Telmo.
Pero no existe alternativa. Ya lo ha dicho una infinidad de veces: hay que resistir todo el tiempo que haga falta, cueste lo que cueste.
—Esta misma noche enviaremos refuerzos frescos y municiones. Hay que intentar por todos los medios recuperar el revellín perdido —sentencia el gran maestre.
Miranda no responde de inmediato, porque sabe que recuperar el revellín resulta imposible. Sus profundas dudas se reflejan claramente en sus ojos preñados de cansancio y en la forma nerviosa en que se pasa la mano por su barba rasposa de tres días.
La Valette lo observa con intensidad penetrante. Necesita tener a Miranda de su parte, porque es probablemente el oficial militar más respetado por los soldados que defienden San Telmo.
—Capitán Miranda: vuestra antigua compañía está ahora bajo el mando competente del capitán Medrano. Pero os propongo asumir el mando supremo de toda la guarnición de San Telmo. ¿Aceptáis la responsabilidad?
Miranda no es estúpido y comprende que le están ofreciendo un regalo envenenado.
Pero le resulta indiferente. Recuperar el mando directo de las compañías del Tercio y del resto de soldados que combaten en San Telmo representa la mejor forma de ayudar a sus hombres a salir con vida.
Además, les ha prometido solemnemente que regresaría para luchar codo a codo con ellos.
—Acepto sin reservas. Será un honor servir hasta la muerte.
La Valette sonríe satisfecho, aunque sus ojos siguen reflejando una preocupación profunda.
—Solo una cosa os pido, excelencia.
La Valette levanta las cejas en uve y extiende las palmas de sus manos en gesto que parece decir: «Pedid y se os dará».
—Los muchachos que combaten allí están muy bajos de moral... Según mi experiencia, solo hay una forma eficaz de levantar la moral cuando se ha llegado a este punto crítico.
—¿Y qué demandáis exactamente?
—¡A la salud del nuevo comandante! ¡Y que viva la madre que lo parió! —grita De las Cuevas alzando una jarra de vino.
—¡Salud y muchos años de vida! —corea entusiasmada la tropa.
Miranda ha cumplido religiosamente su promesa de regresar para estar con ellos, y lo ha hecho acompañado de cincuenta refuerzos frescos procedentes del Burgo y vituallas que saben a gloria después de días de rancho escaso y agua turbia.
Pero además ha traído barriles de vino siciliano y el dinero contante y sonante de las soldadas atrasadas.
Las monedas ya tintinean alegremente en las bolsas de los soldados como música celestial.
Es un dinero imposible de gastar, pero el hecho de que se pague transmite cierta sensación de normalidad. Crea la ficción de que hay esperanza en salir de allí con vida.
En la galería cubierta que rodea el patio central se ha improvisado una taberna para el disfrute de los defensores.
Los barriles abiertos despiden un aroma embriagador que compite victoriosamente con el hedor persistente a pólvora y sangre coagulada que lo impregna todo.
Con vino corriendo por las venas y monedas pesando en el cinto, hasta el mismísimo infierno parece un lugar soportable para el soldado más pesimista.
El bizarro escuadrón de Francisco, al completo, comparte fraternalmente una jarra rebosante y trata de borrar con el bendito alcohol el recuerdo amargo de la sangre derramada, la violencia cotidiana y los camaradas caídos.
Por primera vez en días, se oyen risas auténticas resonando entre los muros agrietados de San Telmo.
Los hombres cuentan chistes subidos de tono, hablan nostálgicamente de sus pueblos natales, de las mujeres que dejaron atrás, incluso de planes optimistas para cuando termine esta guerra cruenta.
Por unas breves horas, San Telmo no huele a derrota sino a la esperanza renovada que infunde el jugo sagrado de Baco.
Francisco brinda con sus compañeros de armas, sintiendo cómo el vino cálido reconforta su estómago vacío y alivia momentáneamente el dolor del brazo herido.
Por un momento piensa en Jacobo. El cuerpo del muchacho sigue ahí fuera, tirado, hinchándose bajo el sol hasta parecer una res destazada. Cada vez que lo ve es como si volviera a presenciar la muerte del muchacho.
«Paco, te has vuelto un viejo chocho», se dice y apura su jarra de vino. A veces la sangre se borra con tinto. A veces.
A su lado, De las Cuevas ha comenzado a entonar una tonada andaluza que habla de amores imposibles. Otros la corean entre carcajadas que resuenan contra las piedras húmedas como ecos de tiempos mejores.
Por un momento casi mágico, parece que la guerra se ha olvidado de San Telmo. La tarde baña de sombras alargadas el patio y colorea de naranja los rostros. La brisa marina trae el aroma limpio del mar abierto.
Mané alza teatralmente su jarra y dice con voz que destila felicidad alcohólica: —¡Por España eterna y por el vino bendito que nos hace invencibles!
Su voz resuena extrañamente potente en el silencio súbito que sigue sus palabras. Como si el eco hubiera despertado algo siniestro que dormitaba en la oscuridad circundante.
Francisco frunce el ceño con inquietud. ¿Por qué se han callado todos de golpe como si hubieran visto un fantasma?
Y entonces el silencio se rompe. Comienzan a llover balas como granizo mortal.
Varios disparos de arcabuz pasan zumbando como avispas enfurecidas y se incrustan violentamente contra la piedra húmeda del patio.
Una bala atraviesa limpiamente la jarra de vino de un soldado hasta incrustarse en su cráneo con sonido seco.
—¡Todos a cubierto! —suena la voz de mando del capitán Medrano, rompiendo la parálisis colectiva.
En la confusión general tratan de decidir hacia dónde huir para salvarse, derramando el vino precioso y tropezando unos con otros, sin saber qué está pasando. Hasta que alguien acierta a gritar la terrible verdad: «¡Es el revellín! ¡Nos disparan desde el revellín!»
Francisco dirige la mirada hacia la pequeña fortificación avanzada que se alza apenas unos palmos por encima de las murallas del fuerte principal.
Ahora comprende con horror la verdadera dimensión de su pesadilla: los otomanos no solo han conquistado el revellín estratégico, sino que lo han alzado hasta superar la altura del fuerte.
Desde allí pueden disparar directamente al interior de San Telmo como cazadores que acechan presas en un corral cerrado.
No hay rincón seguro en toda la fortaleza.