9
El tibio sol del amanecer ilumina a los hombres parapetados en el revellín.
Hasan abre los ojos lentamente y se percata de que se ha quedado dormido sobre su arcabuz, con la mejilla pegada al frío metal del caño.
Su respiración es áspera, como de viejo asmático, producto del humo inhalado durante toda la noche.
Su hombro derecho le duele allí donde un fragmento de piedra le golpeó durante el contraataque cristiano.
Desde el foso sube un olor nauseabundo de carne en descomposición que se mezcla con el aroma de la pólvora y el salitre marino.
No necesita asomarse para saber que proviene de los cadáveres achicharrados de sus compañeros, convertidos en pasto de las moscas bajo el sol implacable.
A uno le enseñan que la vida de un hombre es algo sagrado, pero la cosa se ve muy diferente cuando estás rodeado de fuego, sangre y cadáveres destripados con los ojos desencajados.
El hombre que está a su vera es un jenízaro que ha perdido su bonete.
Tiene el pelo revuelto, su casaca está sucia de barro y sangre.
Una quemadura atroz le tiene media cara en carne viva.
Entonces piensa en Kasim y una punzada de ansiedad le atraviesa el pecho.
No le ha visto desde el sangriento asalto al fuerte principal, y mira a los lados con aprensión creciente hasta que se tranquiliza al divisarle a pocos metros.
Parecería plácidamente dormido si no fuera por la cuerda humeante de su arcabuz.
Kasim permanece al acecho como un cazador experimentado, atento a cualquier cabeza cristiana que se atreva a despuntar por encima del fuerte enemigo. Su mano derecha tamborilea sobre el mocho del arma mientras escudriña las murallas con ojos entrecerrados.
De pronto, un soldado enemigo asoma la cabeza por encima del fuerte principal y apunta a los gastadores otomanos que se afanan en fortificar el revellín conquistado. Pero el arcabuz de Kasim es más rápido y responde al instante con precisión mortal.
La bala vuela certera a través del aire matutino hasta impactar contra la cabeza del tirador enemigo. La silueta del soldado desaparece tras los muros mientras se forma una pequeña nube de polvo rojizo y gotas que se dispersan como un rocío sangriento.
—¡Por Alá Todopoderoso! —Kasim escupe al suelo con satisfacción.
Su voz ha perdido la jovialidad de antaño. Sus ojos permanecen fijos en los muros cristianos, como si Hasan no existiera a su lado. El cansancio comienza a pasar factura incluso a los mejores soldados turcos.
—¿Has podido dormir algo esta noche, Hasan? —pregunta con voz seca, casi hostil, muy diferente del tono fraternal de otros tiempos.
Hasan parpadea desconcertado, sin comprender cuándo empezó su hermano de armas a hablarle con tanta frialdad.
—Yo... sí. He dormido unas horas —responde con cautela, pero Kasim ya ha vuelto a concentrarse en su arcabuz.
Llegan más gastadores cargando sacos rebosantes de tierra apisonada para elevar la posición del revellín. Si consiguen alzar la fortificación unos metros más, podrán disparar cómodamente al interior del fuerte enemigo.
«Ojalá esos perros cristianos se rindan pronto y acabemos con esta pesadilla», piensa Hasan mientras despeja su mente de pensamientos inútiles.
Se esfuerza por permanecer concentrado en su deber, porque los gastadores necesitan protección mientras trabajan. Prende una cuerda nueva con gesto maquinal y asoma el caño a través del parapeto improvisado, vigilante ante cualquier defensor que amenace los trabajos de fortificación.
Al principio no ocurre nada digno de mención. Pero en este juego mortal de francotiradores, tener paciencia suele tener recompensa.
En eso, una silueta se recorta fugazmente durante un segundo en los muros enemigos.
Hasan dispara sin vacilar.
El eco del arcabuz otomano aún reverbera entre las murallas cuando Mané contempla cómo cae del muro un soldado con medio cráneo destrozado.
—Ahí va otro pobre diablo... —comenta con fingida indiferencia que no engaña a nadie—. Es imposible asomar la cabeza sin que te la vuelen esos turcos malnacidos del revellín.
Un olor putrefacto impregna cada rincón del patio de armas.
Es como vivir encerrados dentro del vientre enfermo de una ballena.
El aire se ha vuelto espeso y pegajoso, cargado de moscas que zumban incansables alrededor de las heridas mal vendadas y los charcos de sangre coagulada.
El cadáver degollado de un turco parece observar a los españoles con ojos muy abiertos.
Se ha formado una inmensa mancha oscura bajo sus piernas extendidas. Los muertos ya no se entierran.
Todos los defensores viven asqueados por la situación.
—Ya os lo advertí desde el principio —dice Alberto Pérez mientras se mordisquea los nudillos con nerviosismo creciente—. Sin el revellín occidental, no podemos hacer nada más que esperar escondidos. Este fuerte se ha convertido en una trampa de piedra en la que habremos de perecer todos como ratas.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclama De las Cuevas con exasperación—. Cabo, ¿no puede vuestra merced hablar con el capitán para que nos manden de regreso al Burgo antes de que sea demasiado tarde?
Francisco escucha las demandas desesperadas de sus hombres con impasividad marmórea y asiente en silencio.
En el fondo las comparte. Nadie en su sano juicio desearía permanecer un día más en San Telmo.
La noche anterior él mismo resultó herido en un brazo.
Nada grave, pero le duele terriblemente y apenas puede sostener su partesana.
Los heridos y enfermos que no pueden combatir tienen orden de regresar al Burgo para ser reemplazados por soldados en condiciones.
Pero Francisco no quiere abandonar a sus hombres en estas circunstancias.
La moral de todos está peligrosamente baja, y la muerte del joven Jacobo ha sido un mazazo emocional para toda la escuadra.
Todas las noches les llegan algunos refuerzos que cruzan en barca desde el Burgo a través de aguas cada vez más peligrosas.
Los hombres que suben a esas embarcaciones saben que el viaje es solo de ida.
Luchan para aguantar y vivir un día más, pero todos comprenden que este drama tiene un final ya escrito.
Y ese final no le gusta a nadie.
—Santiago —dice Francisco, con la fingida imparcialidad de quien está obligado a tratar con unos y sujeto a rendir cuentas a otros—, los capitanes Medrano y De la Cerda ya saben que echas de menos a las rameras del Burgo y te puedo asegurar que, si por ellos fuera, también estarían allí entregándose al vino y al fornicio en lugar de aquí.
El grupo ríe con ganas y Francisco logra su objetivo inmediato. El humor negro en los momentos duros resulta tan necesario para el soldado como el pan cotidiano y la munición.
—Pero es aquí donde el destino nos ha puesto ahora, y aquí cumpliremos con nuestro deber.
La fortaleza tiene sus debilidades evidentes, pero aún puede defenderse con eficacia.
¿O acaso no presenciasteis anoche la magnífica escabe china que se formó en el foso cuando los turcos trataron de asaltarnos?
Los soldados hacen gestos indescifrables. El cabo Francisco tiene razón en eso, pero no acaban de estar convencidos.
—¡Una barca! ¡Se acerca una barca! —grita alguien desde el muro oriental con voz que mezcla esperanza y ansiedad.
Todos corren para averiguar quién se aproxima arriesgando la vida.
¿Serán turcos infiltrados? ¿O quizás un emisario del Burgo portando órdenes para su traslado inmediato?
«¡Ojalá sean noticias de evacuación!», piensan todos sin excepción.
Pero no es así. Al subir al muro, un caballero alemán les informa que ha logrado reconocer a uno de los ocupantes de la embarcación: es frey Rafael Salvago, un caballero hospitalario español de reconocido valor.
El caballero estaba cumpliendo misión en Sicilia, por lo que esa barca debe proceder de alguna galera siciliana que ha conseguido romper el férreo bloqueo naval turco.
Quienes vengan en ella traerán noticias frescas del exterior. Tal vez información sobre el tan esperado socorro del rey.
—¡Eh, mi cabo! —exclama Mané con renovada esperanza—. El tudesco tiene razón. Fíjese bien en el hombre que va al frente de la barca.
Francisco agudiza la vista entornando los ojos y no puede evitar sonreír al reconocer al capitán Miranda, el oficial superior de su compañía que había permanecido en Sicilia cuando comenzaron los combates.
La reunión de Miranda con los oficiales del Tercio de Sicilia sirve para que todos se olviden temporalmente del asedio que los rodea.
Parece casi una reunión de viejos camaradas que se reencuentran después de una larga separación, aunque el ocasional estrépito de los cañones otomanos les recuerda dónde se encuentran realmente.
Miranda se muestra muy complacido al saber que su alférez Gonzalo Medrano ha sido ascendido a capitán por méritos de guerra.
—A ningún otro hombre en todo el mundo hubiera querido confiar la vida de estos muchachos.
Se intercambian algunos chistes y viejas anécdotas del Tercio que arrancan sonrisas, pero Miranda no puede evitar observar las caras demacradas de sus soldados; las heridas mal curadas que supuran, los ojos hundidos por la falta crónica de sueño reparador.
Ha visto demasiadas guerras como para engañarse con optimismos falsos: la flota turca fondeada en Marsaxlokk es tan impresionante que duda de que exista en toda Europa una fuerza naval capaz de socorrer a Malta.
Sin embargo, Miranda se esfuerza por transmitir todas las noticias esperanzadoras que puede ofrecer sin mentir.
—El socorro prometido por Su Católica Majestad el rey de España ya se está aparejando en diversos puertos.
Un murmullo de alivio recorre la estancia. El capitán De la Cerda se endereza en su silla. Medrano intercambia una mirada cargada de esperanza renovada con Francisco.
—Pero la reunión de efectivos está resultando más complicada de lo previsto y los plazos se van a retrasar.
El murmullo esperanzador se apaga de golpe como una vela al viento. Las expresiones se ensombrecen visiblemente.
—¿Retrasar cuánto tiempo? —pregunta con sequedad cortante el capitán De la Cerda, clavando sus ojos experimentados en Miranda.
Miranda ladea la cabeza en un gesto embarazoso que todos saben interpretar.
—Un mes, según la previsión más optimista de los organizadores.
—¡Un mes entero!
El silencio que sigue resulta tan denso que se podría cortar con una daga.
Nadie se atreve a respirar siquiera. Solo el crujir siniestro de la madera en la silla de De la Cerda rompe la quietud sepulcral.
Medrano se lleva ambas manos a la cabeza y suspira profundamente como hombre que ve desvanecerse sus últimas ilusiones.
—Pero si sobrevivir aquí un solo día ya constituye un auténtico milagro... —replica De la Cerda, su voz quebrándose ligeramente por primera vez.
—¡Entonces salgamos ya de este infierno! —exclama súbitamente Medrano poniéndose en pie con violencia—. ¡Embarcamos esta misma noche hacia el Burgo y abandonamos San Telmo a su maldita suerte!
Un murmullo incómodo recorre la sala mientras todos los ojos se clavan en él con mezcla de comprensión y reproche.
—Gonzalo... —dice Miranda con suavidad—. Sabes perfectamente que no podemos hacer eso.
—¿Por qué no? —insiste—. ¿Para qué quedarnos aquí a morir como ratas atrapadas en un barco que se hunde? ¡Estos muros no resistirán ni una semana más de bombardeo!
—Porque las órdenes recibidas son resistir hasta el final —zanja Miranda con voz helada—. Y porque huir ahora sería condenar a muerte a toda Malta sin posibilidad de redención.
Medrano vuelve a dejarse caer pesadamente en su silla. La realidad se impone sobre ellos como una losa de mármol: no existe escapatoria posible a esta trampa mortal.
—¿Qué será de nosotros dentro de un mes? —murmura entonces, más para sí mismo que para los demás presentes—. ¿Qué quedará de estos muros cuando lleguen los refuerzos?
Las esperanzas iniciales provocadas por la inesperada llegada de Miranda se evaporan como rocío bajo el sol. Algu nos oficiales evitan mirarse entre sí. Otros contemplan el suelo de piedra gastado como si fuera la cosa más fascinante del mundo.
Miranda se despide de sus compañeros de armas. Debe partir cuanto antes hacia el Burgo para informar al gran maestre La Valette sobre la situación.
—Pronto volveré para luchar junto a vuestras mercedes, mis queridos soldados y hermanos. Lo juro solemnemente por Dios Todopoderoso y por mi alma inmortal.
Los oficiales se despiden con palmadas en la espalda y abrazos prolongados, pero sus gestos resultan mecánicos y vacíos.
Cuando Miranda se aleja hacia el embarcadero, el peso abrumador de la realidad vuelve a caer sobre todos ellos como avalancha de piedras.
Un mes completo.
Francisco se asoma a una tronera y observa con ojo experto los trabajos incesantes de los gastadores turcos.
Cada día están peligrosamente más cerca.
La altura del revellín está a punto de superar los muros del fuerte principal, y las defensas cristianas son cada jornada más precarias e insostenibles.
«Un mes», piensa mientras calcula mentalmente las posibilidades de supervivencia. «Si en un mes no llega el socorro prometido, aquí no quedará nadie a quien socorrer».