Arde Malta 8
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Una veintena de jenízaros seleccionados por Hasan se agrupa en silencio alrededor del revellín occidental, donde cada hombre conoce que ser el primero en asaltar una posición enemiga significa casi siempre morir en el intento.

Aunque también puede suponer la gloria eterna y recompensas que cambian una vida para siempre.

Colocan las escaleras de asalto contra la piedra áspera con extremo cuidado; el metal susurra raspando la mampostería y los hombres respiran entrecortadamente, tratando de controlar los nervios que les atenazan el estómago.

Permanecen inmóviles como sombras de piedra mientras prosigue la noche y San Telmo, silencioso, parece esperar conteniendo el aliento.

Hasan sube en cabeza seguido de cerca por Kasim, su hermano de armas desde los cuarteles de Edirne.

Ser el primero en trepar es peligroso, pero Pialí Pachá ha prometido recompensas suculentas a quien plante la primera bandera turca en San Telmo.

Y el nombramiento de timariot para los que más se distingan en el combate.

Para muchos soldados de origen humilde, esto representa la oportunidad de sus vidas para ascender socialmente.

Las manos de Hasan están húmedas de sudor frío mientras asciende peldaño a peldaño.

La madera gime bajo su peso y el corazón le martillea en el pecho.

En el último escalón toma aire, dirige un pensamiento devoto a Alá el Misericordioso, y salta al interior del revellín con el sable desenvainado, preparado mental y físicamente para enfrentarse a la muerte con honor.

Pero nadie sale a su encuentro desde las sombras.

En el revellín solo hay un reducido grupo de defensores cristianos, todos durmiendo un sueño profundo tras días de extenuantes vigilias.

Hasan resiste con esfuerzo el impulso primitivo de lanzarse al ataque, pues debe esperar a que más jenízaros terminen de subir y contar con superioridad numérica antes de actuar.

La tensión resulta angustiosa mientras sus músculos tiemblan de contención, vigilando con un ojo que ningún defensor despierte y contando con el otro el número de compañeros que van ascendiendo por la escala.

Kasim está a su lado apretando el puño del yatagán hasta que los nudillos se le ponen blancos. Mira a un lado y otro con mirada feroz, decidiendo sobre cuál de los cristianos dormidos descargará el primer tajo mortal, como un hambriento que descubre una despensa repleta de manjares exquisitos.

De repente se oye un grito de puro terror que desgarra la quietud de la noche.

Un soldado cristiano ha despertado y los observa con ojos espantados, sin estar seguro de si aquello es realidad o la peor de las pesadillas concebibles.

Sus gritos de alarma son acallados de inmediato por el rápido sable de Hasan, que le entra limpiamente por el pecho y le atraviesa hasta salir por la espalda en una explosión de sangre.

El grito funciona como un despertador diabólico que activa a todos los jenízaros, quienes comienzan a repartir cuchilladas mortales a diestro y siniestro sobre los sorprendidos defensores.

—¡ Allahu Akbar ! —gritan mientras alzan los yataganes chorreantes—. ¡Por Alá Todopoderoso, muerte al infiel!

Aterrorizados por la súbita aparición de los enemigos, los supervivientes huyen despavoridos con lo puesto. Abandonan el revellín y buscan protección desesperada en la fortaleza principal, gritando alarmas que despiertan a toda la guarnición.

El revellín se llena de jenízaros victoriosos en cuestión de segundos.

—¡Hermanos míos, seguidme sin vacilar! —Hasan alza su yatagán ensangrentado como estandarte de victoria—. ¡Por nuestro padre el sultán y la gloria del islam!

—¡Por el sultán! ¡Por la fe verdadera! —corean a una sola voz con fervor religioso.

Y se lanzan tras los cristianos que huyen en pánico, cruzando la pasarela que conecta el revellín con el muro principal de la fortaleza.

Avanzan diez metros... veinte... treinta metros, con las botas resonando sobre los tablones, mientras el olor metálico de la sangre fresca se mezcla con los perfumes nocturnos del mediterráneo.

Hasan observa entonces con incredulidad que el puente levadizo permanece bajado y desatendido. Tal es el pánico generalizado de los cristianos que, en su huida precipitada, han olvidado alzar el puente que protege el acceso principal.

Alá está de su parte en esta noche bendita. Pueden tomar no solo el revellín, sino toda la fortaleza de San Telmo. Los estandartes del islam podrían ondear sobre las murallas cristianas cuando despunte el alba.

Todos corren con renovado entusiasmo para conseguir cruzar el puente levadizo antes de que los defensores puedan reaccionar y organizar una defensa coherente.

Hasan se detiene para jalear al resto de sus hombres a avanzar sin temor, mientras los jenízaros cruzan el puente y penetran en el fuerte principal, gritando consignas de victoria que resuenan entre las piedras.

Es 3 de junio y hay turcos dentro de San Telmo.

Un soldado maltés corre jadeando por el patio de armas como alma que lleva el diablo, con el rostro desencajado por el terror y la mirada enloquecida por lo que acaba de pre senciar. Tropezando con un arcabuz caído, llega hasta donde Francisco y la compañía de Medrano descansan.

—¡Los turcos están dentro del fuerte! ¡Han tomado el revellín y cruzado la pasarela! ¡Están aquí mismo!

El grito resuena por todo el patio como trueno que anuncia tormenta. Todos los soldados se miran entre sí. ¿Qué demonios ha ocurrido para que los turcos se hayan colado dentro de San Telmo?

Hasta sus oídos llegan ya las primeras escopetadas y gritos desesperados de lucha mortal.

Francisco reacciona el primero con instinto del veterano curtido en mil batallas, incorporándose de un salto que desafía su edad.

—¡Todos al portón principal! ¡Vamos, maldita sea!

El caos se transforma en furia organizada con eficiencia militar.

Algunos jenízaros combaten ya en el patio de armas, y sus bonetes blancos y emplumados destacan en la penumbra nocturna como fantasmas espectrales que han emergido del infierno.

Guillem Mané escupe al suelo con disgusto, apunta al pecho de la primera casaca roja que se pone a tiro de su arcabuz y cierra los ojos, siguiendo su tic habitual. Un segundo después, un fogonazo cegador sale de su arma acompañado de un humo acre.

El jenízaro, que ya casi se les echaba encima con el yatagán en alto, cae hacia delante con el pecho abierto por la bala.

—¡Ahí vienen más! —grita De las Cuevas desenvainando su espada con gesto siniestro. Después balbucea entre dientes—: Hijos de perra… nietos de un cornudo… sodomitas traidores… —escupe sin que quede claro si van dirigidos al enemigo o a quienes lo han forzado a defender San Telmo.

Una veintena de jenízaros irrumpe en avalancha por el portón principal, sus yataganes curvos brillando siniestros al reflejo de las antorchas que iluminan la lucha nocturna. Pero los defensores cristianos ya se han organizado.

—¡Fuego a discreción! —ordena Francisco con voz que corta el aire.

La descarga conjunta retumba como si el mismísimo infierno estallara entre las murallas, mientras el humo de la pólvora llena el aire. Varios turcos caen en seco, acribillados por las balas cristianas.

Los supervivientes, atrapados en el cuello de botella del puente estrecho, se detienen un segundo fatal para evaluar la situación.

Y ese segundo de vacilación les cuesta la iniciativa del combate.

Los caballeros hospitalarios llegan corriendo a la lucha con espada y rodela en mano, encabezados por Juan de Guaras que grita órdenes. Rugen « Pro fide, pro utilitate hominum » y cierran cuerpo a cuerpo con la furia indescriptible que nace de la desesperación y la fe.

El choque metálico de los aceros resuena por todo el patio como una sinfonía infernal.

Con la sobrevesta empapada de sangre y sudor, Juan de Guaras enardece a los suyos con gritos que desafían a la muerte: —¡Por la cruz de San Juan, por Jesucristo Redentor, ni un paso atrás!

¡Que nadie cruce este sagrado umbral sin pagar el precio con su alma condenada!

Desde el torreón cercano, llamado «el Caballero», los soldados de la Orden abren fuego cruzado con arcabucería y falconetes contra los jenízaros que siguen llegando por la pasarela desde el revellín.

Los otomanos han quedado atrapados en un fuego cruzado mortal y caen como moscas bajo la lluvia de plomo cristiano.

Las detonaciones brillan en la noche como relámpagos artificiales, mientras las balas zumban en todas direcciones alrededor de los atacantes.

Tres jenízaros caen gravemente heridos al foso y sus gemidos de agonía se pierden en el estruendo general de la batalla.

Los turcos han perdido el empuje inicial gracias a la reacción rápida y disciplinada de los defensores cristianos.

El grupo de Hasan se ve obligado a retroceder hasta el revellín para cubrirse y hacerse fuertes en una posición defensiva.

Los gastadores turcos han subido al revellín y lo han fortificado con eficiencia, estableciendo un parapeto improvisado de fajina y sacos de lana. Gracias a estas defensas, la artillería y arcabucería cristiana pierden gran parte de su efectividad mortífera.

Ya no quedan turcos combatiendo en el interior del fuerte principal, pero eso no soluciona la situación estratégica: sin el revellín occidental, la caída definitiva de San Telmo llegará tarde o temprano. Es vital recuperarlo, cueste lo que cueste.

—¡Todos al revellín! ¡El que tenga valor que me siga! —grita Guaras con la voz ronca por los gritos de combate.

Los caballeros y los españoles organizan una salida desesperada para recobrar la fortificación perdida en manos enemigas.

—¡Santiago y cierra, España! —grita Francisco con la cara tiznada de pólvora y sangre turca que no llega a cuajársele en la hoja de la espada.

Pero al instante los atacantes cristianos reciben una andanada devastadora de flechas y disparos de arcabuz.

El aire silba mortalmente con proyectiles que buscan carne cristiana; varios defensores resultan heridos de gravedad y otros mueren instantáneamente.

Un torbellino de ojos desorbitados, rostros furiosos, gritos, corazas, morriones, aceros entrechocando.

Una flecha otomana atraviesa la armadura de Guaras y se le clava en la pierna.

A Francisco le impacta un tiro de arcabuz en el brazo derecho.

La sangre tibia empapa su camisa de lino, pero se mantiene en pie.

Los turcos tienen ventaja decisiva en el revellín capturado.

Han conseguido fortalecer su posición en tiempo récord, lo que demuestra su profesionalidad militar, y los cristianos no tienen más remedio que retirarse al fuerte principal.

Los sanos arrastran a los heridos para no dejar a nadie abandonado en manos enemigas.

La pasarela que une el revellín con el fuerte se ha convertido en una tierra de nadie mortal. El musulmán o cristiano que pone un pie en ella es arcabuceado al momento por el enemigo.

Pero los turcos no se conforman con la conquista parcial.

Lo que comenzó como un golpe de mano ejecutado por un grupo selecto de jenízaros se ha transformado en un asalto general en toda regla.

Mustafá, envalentonado por la captura del revellín, ha lanzado medio ejército al ataque contra todas las posiciones cristianas, confiado en que pueden tomar al asalto toda la fortaleza de San Telmo esta misma noche.

Miles de soldados turcos irrumpen con sus escalas de asalto en el foso que rodea las murallas, pero el foso es profundo y las murallas se alzan altas como montañas. La empresa roza la locura, porque las defensas principales de San Telmo permanecen fuertes y bajar al foso supone casi un suicidio.

Desde las alturas, los defensores cristianos descargan todo su arsenal disponible: artillería pesada, arcabucería, piedras del tamaño de cabezas humanas y el temible fuego griego que convierte hombres en antorchas vivientes.

Los cuerpos otomanos se amontonan en el foso como si fueran escombros de obra, mientras los gritos desgarradores de los heridos rompen la noche mediterránea.

El aire se vuelve irrespirable, impregnado de pólvora quemada y olor a carne chamuscada.

Los artefactos incendiarios de fuego griego vuelan en todas direcciones, iluminando la noche con horror dantesco y muerte que baila entre las sombras.

Tras cinco horas interminables de asalto infructuoso, los turcos supervivientes se retiran arrastrando los pies.

Atrás quedan hombres mutilados que se arrastran, dejando surcos de sangre sobre la tierra. Armas abandonadas que brillan bajo la luna como dientes de bestias muertas.

El amanecer revela el precio terrible de la noche: quinientos de los mejores soldados otomanos se pudren ya bajo el sol implacable de la mañana, mientras que los cristianos han perdido sesenta soldados rasos y veinte caballeros de la Orden.

Un olor fétido para el cual no existe nombre en este mundo comienza a llenar el aire y hiela con su viscosidad el ánimo de los combatientes.

Se cuenta que entre las bajas hay un caballero francés que ha logrado arrastrarse herido hasta la capilla y morir al pie del altar, encomendando su alma a Dios.

Las banderas turcas ondean victoriosas sobre el revellín conquistado, pero el precio pagado en sangre musulmana no ha sido barato.

Desde la muralla principal de San Telmo, Francisco contempla con amargura esas banderas enemigas que flamean a escasos metros de distancia. Su brazo herido palpita con cada latido de su corazón cansado.

El revellín occidental se ha perdido para siempre. Nadie comprende ni comprenderá jamás cómo una posición tan vital se perdió de manera tan absurda y evitable. Pero al menos el fuerte principal resiste y ellos siguen vivos para contar la historia.

Por ahora.