Arde Malta 7
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En la costa maltesa, una miríada de pájaros marinos revolotea al sol como un polvo blanco, ondeando en líneas interminables sobre un mar plateado y verde. De pronto, una estruendosa salva de cañonazos retumba sobre las aguas de Marsaxlokk y el humo negro cubre la playa como manto fúnebre.

Es el saludo ceremonial con que la flota otomana da la bienvenida al corsario más temido del Mediterráneo: Aluch Alí Fartax, «el Tiñoso».

Ha llegado desde Alejandría con seis galeras y novecientos hombres curtidos en las guerras del norte de África.

Viene por orden expresa del sultán, pero también por placer personal.

Por nada del mundo se perdería la oportunidad de aniquilar a sus enemigos más odiados: los caballeros de Malta.

Para él representan todos los agravios de su pasado, cada humillación sufrida durante años de cautiverio.

La historia de Aluch es la de muchos renegados que pueblan las galeras corsarias: nació siendo Dionisio Galea en Le Castella, en la costa calabresa.

A los diecisiete años sintió la llamada divina y quiso hacerse monje dominico.

Navegando hacia Nápoles para ingresar en el convento, los corsarios berberiscos asaltaron su embarcación y se lo llevaron encadenado a Argel.

Fueron cinco largos años bogando como esclavo, con la espalda marcada por el látigo y el alma envenenada por el odio.

Los otros cautivos cristianos lo despreciaban por su aspecto: calvo y con el rostro marcado por tiñas que le desfiguraban la piel.

Un caballero de Malta lo bautizó cruelmente como «Fartax, el Tiñoso», apodo que sirvió de chanza tanto para cristianos como para mahometanos.

Cuando un renegado napolitano le propinó una bofetada humillante delante de todos los remeros, Dionisio tuvo suficiente y abjuró de su fe cristiana.

Abrazó el islam con fervor de converso, y lo primero que hizo al recobrar la libertad fue buscar al napolitano que le había abofeteado. Lo estranguló con sus propias manos.

Hoy es beylerbey de Alejandría y sucesor natural de Dragut en el dominio corsario.

Su antiguo apodo, antaño motivo de burla, se ha convertido en sinónimo de terror desde Estambul hasta Gibraltar.

¿Qué más puede pedirle a la vida? Eso tiene fácil respuesta: ver a los soberbios caballeros ahogándose en su propio charco de sangre.

Días después arriba a Malta su mentor y maestro, Dragut Rais. El corsario de corsarios, el azote implacable del Mediterráneo que ha convertido su nombre en pesadilla de madres cristianas.

Malta empieza a parecerse a la Troya homérica. Cada jornada desembarca un nuevo héroe forjado en el hierro y la pólvora. Pero estos no son hijos de dioses olímpicos, sino hombres de carne y hueso templados por los odios ancestrales que separan las dos orillas del Mare Nostrum.

Antes de embarcar en Trípoli, una pitonisa le ha advertido a Dragut que encontraría la muerte en Malta. El corsario escuchó la profecía sin inmutarse. Si Alá quiere que muera en esta isla, lo acepta con serenidad. In shā’ Allāh , como está escrito.

A su llegada al campamento, lo primero que divisa son las plataformas de artillería del monte Sceberras apuntando hacia San Telmo. Una punzada de inquietud se le clava en el estómago.

¿Han comenzado el asedio sin esperarle? ¿Y por San Telmo, la fortaleza menos importante?

Al desembarcar y dirigirse al cuartel general, sus peores temores se confirman.

Entra en la tienda de mando hecho un basilisco furioso.

Por su boca desfilan juramentos e imprecaciones en turco y árabe.

Mustafá y Pialí responden con altivez defensiva, pero mantienen el respeto debido.

Los ochenta años de Dragut y su reputación legendaria imponen silencio incluso a los generales del sultán.

—No os alteréis, Dragut —dice Mustafá con paciencia forzada—. Esta pequeña fortaleza es muy débil. En menos de una semana estará en nuestro poder.

Pialí observa al corsario veterano con una mirada entre desafiante y cautelosa. Odia y envidia a Dragut a partes iguales, pues su sola presencia disminuye su autoridad en la isla.

Dragut se percata enseguida de la situación: la vanidad herida de Pialí y la falta de verdadero liderazgo de Mustafá han provocado este error estratégico monumental.

Solo implora a Alá que no resulte fatal para toda la empresa. Acepta las explicaciones sin discutir más y se interesa por los planes futuros, aunque en su interior maldice la precipitación de estos generales de diwan.

Dos horas después, Dragut abandona la tienda de mando con gesto pensativo.

Sale a inspeccionar personalmente San Telmo, y su mirada experta de artillero detecta las debilidades del revellín del lado oeste.

Los cristianos lo han construido con evidente precipitación antes del asedio.

Es arena compactada recubierta de piedra, una obra defensiva improvisada.

Si lo neutralizan, el resto de las defensas caerán como piezas de dominó.

—Soñaba con esta campaña desde que tomamos Túnez, maestro —suena una voz familiar y devota a sus espaldas—. Me alegra veros aquí sano y entero. No estaba seguro de si vendríais.

Dragut tarda varios segundos en responder porque toda su atención profesional está concentrada en analizar el revellín problemático.

—Francamente, yo preferiría verte en Alejandría y no aquí, asediando esta roca maldita como si fuera la llave del Paraíso.

Aluch enarca una ceja con expresión sorprendida.

—Pensaba que estaríais extasiado con la perspectiva de aniquilar a esos perros malteses.

Dragut se gira hacia su discípulo favorito con una leve sonrisa paternal que no disimula su preocupación.

—Y lo estoy, muchacho, créeme. Pero me irrita la necedad militar. Empezar este asedio por San Telmo es como pretender entrar a una fortaleza por la letrina en lugar de por la puerta principal.

El viento mediterráneo juega con su barba blanca mientras continúa su análisis.

—Esa plaza es innecesaria para nuestros objetivos.

Tomarla nos costará sangre valiosa y tiempo que no tenemos.

Malta está demasiado cerca de las bases enemigas en Sicilia, y demasiado lejos de nuestras propias líneas de suministro.

No es como Rodas, donde teníamos todo el tiempo del mundo.

Aquí cada día cuenta. Si nos demoramos demasiado, esta isla puede convertirse en nuestra tumba.

Aluch dirige la mirada hacia San Telmo, tratando de percibir con sus ojos lo que solo la experiencia de su maestro puede ver. Al cabo de unos minutos sonríe con afecto filial. Su viejo mentor debe estar volviéndose cauteloso con la edad.

—Exageráis las dificultades, maestro. El sultán no ha escatimado recursos para esta empresa. Ha enviado lo mejor de lo mejor. —Aluch se endereza con orgullo profesional y añade: —Este ejército no tiene rival en todo el Imperio, ni siquiera los que combaten en Persia.

Dragut le concede el punto sin discutir, pero su rostro mantiene la expresión preocupada.

—Esto de atacar San Telmo ha sido idea de Pialí, ¿no es cierto?

—No sé. Cuando yo llegué a la isla, la decisión ya estaba tomada y en marcha.

Dragut resopla con disgusto apenas contenido.

—Pialí es un marino más que decente, lo reconozco, pero antepone su carrera a todo lo demás. Si hubiéramos asediado el Burgo desde el primer día del desembarco, esta isla estaría rendida en menos de un mes.

El sol del atardecer empieza a convertir el poniente en un lago de oro. Dragut contempla en silencio el revellín occidental. Lo hecho, hecho está, y no se puede cambiar. Pero si logran tomar aquel revellín con rapidez, quizás puedan salvar el error estratégico inicial.

—Da instrucciones —ordena— para que la artillería se concentre toda la tarde en el revellín. Después del maghrib , ven a verme acompañado de algunos ingenieros competentes e infórmame de su estado.

La noche desciende sobre San Telmo como un velo de terciopelo negro acribillado de minúsculos alfilerazos de plata. Un débil perfume de flores silvestres flota en la brisa marina, como si el verano hubiera olvidado que se está librando una guerra a muerte en esta isla.

Siguiendo las órdenes de Dragut, los ingenieros turcos observan desde la seguridad de la contraescarpada el revellín del muro oeste. Evalúan con precisión los daños causados por la artillería.

Desde esa posición resulta difícil apreciar los detalles importantes.

Aluch y varios de sus corsarios más experimentados los acompañan como escolta por si la situación se complica.

—Tenemos que acercarnos mucho más para ver algo útil —ordena Aluch después de estudiar la situación.

Abandonan la seguridad de la posición fortificada uno a uno, moviéndose con extrema cautela.

Avanzan pegados al suelo como reptiles, arrastrándose sobre codos y rodillas.

Sus articulaciones se arañan dolorosamente contra las piedras ásperas mientras el olor a tierra se mezcla con el sudor que empapa sus ropas.

No se produce alarma alguna desde las murallas. Ningún movimiento sospechoso de los cristianos, que permanecen en silencio sepulcral.

Los defensores han dejado solo un centinela vigilando el revellín. Aluch puede distinguir su silueta recortada por encima del parapeto, inmóvil como una efigie de piedra.

Pero hay algo extraño en todo eso. Algo no encaja.

El centinela no se ha movido ni un milímetro durante toda la observación. Los ingenieros ya se encuentran bajo el mismo muro, a escasos metros del soldado vigilante, y no ha dado señales de vida.

Aluch experimenta uno de esos presentimientos que le han salvado el pescuezo en docenas de situaciones peligrosas a lo largo de su carrera corsaria. Y decide entonces una acción que combina osadía y genialidad.

Recoge una piedrecita del suelo. Sus hombres lo observan con ojos desorbitados, incapaces de comprender qué pretende hacer. Apunta al yelmo del centinela y lanza el proyectil con precisión.

La pequeña piedra alcanza su objetivo, produciendo un sonido sordo y metálico que resuena en el silencio nocturno. Aluch se oculta, temeroso de la respuesta que puede venir en forma de alarma o disparo.

Sus hombres contienen la respiración mientras el corazón les martillea en el pecho. Pero no ocurre nada. Solo escuchan el canto monótono de un grillo solitario y la brisa marina que susurra entre las fortificaciones.

Aluch levanta la vista por encima de su refugio improvisado. El centinela sigue en la misma posición..

Por los labios resecos de Aluch se desliza entonces una sonrisa lobuna.

—¿Qué ocurre, efendi? —pregunta uno de sus corsarios con voz apenas audible.

—Ocurre que Alá Todopoderoso nos sonríe en esta bendita noche. Corre a las trincheras y avisa a los comandantes jenízaros. Que traigan todos los hombres disponibles. Que vengan en silencio y listos para el asalto.

El corsario mira hacia el centinela con expresión de incredulidad absoluta, sin comprender nada.

Aluch se apiada de su confusión y le revela el secreto que acaba de descubrir: —Apuesto toda mi flota a que ese centinela lleva horas muerto y ningún cristiano se ha percatado de ello.

El corsario dirige la mirada hacia el vigía y comprende la situación. Los cristianos han dejado el revellín sin vigilancia efectiva, confiando a un muerto la guardia de su posición más vulnerable.

—Alá es grande en verdad —susurra con admiración devota.

Aluch se incorpora, moviéndose como un depredador que ha detectado el olor inconfundible de la sangre fresca. Sus ojos brillan con la luz feroz del cazador que sabe que su presa está indefensa.

La suerte final de San Telmo pende ahora de un hilo más fino que la seda.