Arde Malta 6 #3
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Mané, Pérez y De las Cuevas bajan la mirada, sintiéndose impotentes y quizás experimentando una punzada de remordimiento por no haberse ocupado mejor del bisoño.

Pero el contraataque jenízaro los pilló desprevenidos.

¿Cómo pensar en el compañero cuando uno apenas tiene tiempo de salvar su propio pellejo?

Nadie se atreve a responder. En los rostros demacrados de sus compañeros, Francisco lee la terrible verdad: Jacobo no ha logrado regresar con ellos.

Paco no dice una palabra. Se limita a mirar hacia las trincheras que aún humean en la distancia. Allí, en algún rincón maldito, yace el cuerpo de Jacobo.

Se pasa una mano callosa por la cara tiznada de pólvora y sudor. No llora porque no puede. Hace demasiados años que la guerra le secó el manantial de los ojos.

Pero algo fundamental se le ha quebrado por dentro, como hebilla que salta sin previo aviso. Y mientras los turcos vitorean desde sus nuevas posiciones avanzadas, Francisco solo puede pensar en que le ha fallado a Jacobo.

Pero de pronto se elevan gritos de ánimo desde los muros de la fortaleza. Los soldados cristianos animan a uno de los suyos que sigue en campo enemigo, luchando por su vida.

Al escuchar el alboroto, lo primero que todos piensan es en Jacobo. Suben corriendo a las murallas para ver qué está ocurriendo.

En efecto, Jacobo cubre los últimos doscientos metros corriendo a lo que le da el cuerpo.

Desde los muros, los defensores lo jalean entusiasmados como si estuvieran presenciando un partido de pelota.

Los disparos de arcabuz se suceden sin pausa.

Pequeñas nubes de polvo y esquirlas de piedra se levantan alrededor de Jacobo mientras prosigue su carrera desesperada hacia la salvación.

—¡Vamos, corre, muchacho valiente!

—¡Tú puedes conseguirlo!

Francisco se ha convertido en un manojo de nervios que apenas puede controlar.

—¡En línea recta no, zagal! ¡Corre en zigzag, por todos tus muertos!

Es imposible que Jacobo haya escuchado los gritos de Francisco a esa distancia, pero comienza a correr en zigzag, y el veterano respira algo más aliviado.

Ya solo le quedan cien metros para la salvación. Cincuenta metros. La expectación entre los defensores es total. Hasta los capitanes sanjuanistas siguen con interés la carrera desesperada de Jacobo.

—¡Diez ducados por el chico! —grita Mané con emoción—. ¡Diez a que consigue llegar vivo!

—Apuesto el doble a que lo cazan como a una liebre —replica De las Cuevas con frialdad.

—¿Te atreves a apostar en su contra, desalmado? —protesta Pérez, interrumpiendo sus oraciones—. ¿De verdad serás capaz de semejante vileza?

—Veinte ducados de plata a que lo dejan bien frito los jenízaros.

—¡Hecho! Su ángel de la guarda nos lo traerá sano y salvo. Ya lo verás, pedazo de bestia sin alma.

Francisco no hace el menor caso a las apuestas. Solo tiene ojos para el bisoño de su escuadra que corre por su vida.

—¡Vamos, Jacobo! ¡Tú puedes, muchacho!

Jacobo tropieza y está a punto de caer de bruces, pero recupera el equilibrio y continúa su carrera.

Ya está muy cerca de la meta. Las primeras luces del alba iluminan su rostro juvenil.

Hay en sus facciones una sonrisa emocionada y triunfal.

Una expresión que parece decir: «¿Veis? Yo también soy uno de los vuestros».

¡BANG!

Un disparo seco rompe el aire y Jacobo cae de bruces en vuelto en una pequeña nube de polvo. Su cuerpo queda inmóvil sobre la tierra pedregosa que comienza a empaparse con su sangre. Todo cuanto ha sido hasta ahora y cuanto esperaba ser en el futuro se ha esfumado.

El disparo certero ha provenido de la contraescarpada, donde los francotiradores jenízaros ya están apostados en sus nuevas posiciones.

Los muros, que hace apenas un instante parecían las gradas de un circo romano, enmudecen de golpe como si les hubieran cortado la lengua. Uno a uno, los soldados se van retirando en silencio sepulcral hacia sus puestos.

Todos menos Francisco, que permanece agarrado al parapeto como una gárgola de piedra. Su rostro se ha vuelto inexpresivo, como si llevara una máscara mortuoria.

—Os lo advertí desde el principio... En fin, me debéis veinte escudos cada uno —dice De las Cuevas con indiferencia absoluta, como si comentara el tiempo.

El puñetazo le llega sin previo aviso y lo hace caer rodando por el suelo de piedra. Sorprendido, hace amago de sacar su daga para defenderse, pero detiene la mano cuando ve que el golpe se lo ha propinado su propio cabo.

Francisco lo mira con ojos cargados de desprecio y se marcha sin dignarse a pronunciar una sola palabra.

De las Cuevas se lleva la mano al rostro dolorido mientras sus compañeros le arrojan con desdén las monedas que le deben.

—Ahí tienes tu sucio dinero—dice Mané con asco—. Ganado con la sangre inocente del muchacho. Que lo disfrutes en esta roca del diablo de la que ninguno saldremos si no es con los pies por delante.

—¡Oye! Yo no tengo la culpa de que lo hayan matado como a un perro. Tampoco os obligué a apostar.

Pero las palabras defensivas de De las Cuevas quedan silenciadas por el tronar de las baterías de cañones otomanas, que comienzan a bombardear con más de veinticuatro piezas de artillería pesada.