6 #2
Jacobo consigue quedar montado sobre el cuerpo de su adversario, clavándole las rodillas en el pecho con todo su peso. El aliento del turco, agrio y tibio, le golpea el rostro. Jacobo alza su daga vizcaína con mano temblorosa. El otomano lo mira con ojos desorbitados, sabiéndose perdido.
Pero entonces Jacobo flaquea en el momento decisivo.
No encuentra valor suficiente para segar la vida de su oponente. El peso del miedo resulta más abrumador que el del acero. Jacobo nunca ha matado a otro ser humano en toda su corta vida. Diablos, nunca le ha hecho daño ni siquiera a un animal.
Nada en su experiencia lo ha preparado para este momento terrible: mirar cara a cara a otro hombre al que no conoce de nada y cortar su existencia de una puñalada, sentir la sangre tibia corriendo entre sus dedos, aspirar el olor de su último aliento y ser testigo directo de cómo se apaga la luz de sus ojos para siempre.
Las náuseas regresan con fuerza renovada. Su mano armada tiembla indecisa sobre el objetivo. El otomano le mira con ojos que imploran compasión cristiana.
De pronto suena una detonación ensordecedora junto a su hombro y la cabeza del turco estalla convertida en una masa informe y sanguinolenta que lo salpica de arriba abajo.
Jacobo gira la vista aterrado.
—¡Espabila de una vez, zagal del demonio! —le grita Mané mientras se lleva el arcabuz humeante a la espalda—. ¡Si dudas, mueres!
Y sale corriendo tras unos gastadores que huyen hacia el campamento principal.
Impresionado e incapaz de reaccionar, Jacobo se lleva las manos al rostro empapado. Está cubierto por la sangre caliente y los sesos viscosos del otomano. Apenas logra articular una palabra inteligible. Se incorpora tambaleándose, mira alrededor sin saber qué hacer ni adónde dirigirse.
A su alrededor se han desatado todos los horrores concebibles del mundo.
Si el infierno existe, sin duda alguna se encuentra metido hasta el cuello en él.
Hay sonidos de lucha mortal y gritos desesperados por todas partes.
Apenas distingue nada en la oscuridad, salvo los resplandores intermitentes de los disparos que producen un estruendo que lo pone aún más histérico.
Su mente ha perdido los estribos y está al borde del colapso total.
Entonces escucha un grito de guerra que le hiela hasta la médula. Pero no proviene de sus compañeros españoles.
Es un alarido en una lengua que jamás ha escuchado antes, que resuena con acento gutural y bárbaro, nacido siglos atrás bajo la sombra del macizo de Altái, en las estepas de Asia Central: — ¡Allahu akbar!
—¡Por Alá, por el sultán, al ataque sin cuartel! —grita Hasan alzando su yatagán curvo.
Su orta de jenízaros responde con un rugido que helaría la sangre del mismísimo diablo. Al instante contraatacan, con la disciplina de una manada de lobos. Han permanecido toda la noche en estado de alerta, esperando una salida cristiana como esta.
Todos estaban preparados y armados, por lo que la reacción turca resulta muy rápida. Demasiado rápida para los atacantes cristianos.
Estos, sorprendidos por la rapidez de la respuesta, huyen ahora hacia la seguridad relativa de San Telmo.
—¡A ellos, hermanos! ¡No dejéis que escapen! —grita Hasan.
En medio del desconcierto nocturno, van cazando uno a uno a los rezagados que encuentran en su persecución implacable.
Se aproxima Kasim, yatagán desenvainado y cubierto de sangre cristiana.
—Hermano, los infieles huyen en completa desbandada como ovejas asustadas. ¡Aprovechemos para atacar sus murallas!
Hasan alza su yatagán ensangrentado y ordena la persecución general. Es la ocasión para aprovechar el desconcierto y aproximarse a la fortaleza enemiga.
Con toda seguridad, lograrán sorprender a los cristianos que defienden los muros. Si se acercan al mismo tiempo que los enemigos que huyen, los defensores no sabrán sobre quién hacer blanco con sus armas.
Los jenízaros se lanzan al contraataque con ferocidad.
Hasan alza su yatagán y lo descarga sobre un enemigo que corre sin aliento. El cristiano no lleva yelmo y la hoja curvada se hunde en su cráneo partiéndolo como si fuera una sandía madura. Fragmentos de masa encefálica salpican su hermosa túnica jenízara bordada.
Kasim y el resto de jenízaros pronto liquidan a los rezagados y continúan la persecución hacia las murallas de San Telmo.
Están ya cerca de los muros cristianos cuando, de repente, desde las murallas se produce una enorme deflagración que ilumina la noche como un relámpago. Una lluvia mortal de metralla se lleva por delante a una decena de turcos, que quedan despedazados.
Los jenízaros frenan su avance y dudan. Pero ahí está Hasan para alentarlos con su ejemplo personal.
—¡Avanzad sin temor, hermanos! ¡Por Alá y el profeta Mahoma!
Hasan sabe que esos cañones tardarán varios minutos en recargarse.
Han conseguido llegar hasta la misma contraescarpada de San Telmo. Es la primera vez en todo el asedio que un soldado turco se encuentra tan cerca de una fortaleza maltesa.
Los jenízaros se hacen fuertes en posiciones improvisadas. Cargan sus arcabuces con eficiencia mecánica y disparan contra todo cristiano que asoma la cabeza por encima de los muros.
Los arcabuceros jenízaros son tiradores de élite. Sus arcabuces, aunque más pesados y lentos de recargar que los europeos, poseen una precisión muy superior. Sus disparos son los más certeros de toda Europa.
Además, San Telmo no fue diseñada para defenderse por tierra y carece de troneras que permitan hacer fuego defensivo sin exponerse al contraataque.
Los cañones cristianos atruenan de nuevo desde las mu rallas. Varios jenízaros más mueren destrozados por la metralla implacable.
Kasim comienza a preocuparse. Los atacantes cristianos ya han regresado al interior de la fortaleza. Si permanecen al descubierto mucho más tiempo, solo es cuestión de tiempo que los vuelen en pedazos.
—Hasan, ¿qué hacemos? Si nos quedamos aquí expuestos van a convertirnos en pilao humano.
Hasan alza la mirada hacia el cielo y está a punto de ordenar la retirada cuando presencia lo que interpreta como un milagro de Alá. Sin duda una señal del Todopoderoso.
El viento ha cambiado de dirección y ahora sopla hacia el interior de San Telmo, arrastrando consigo las densas nubes de humo de pólvora. Eso cegará a los defensores cristianos y hará sus disparos más imprecisos.
Hasan ya no alberga la menor duda sobre lo que debe hacer.
—¡Rápido, hermano mío! Corre al campamento y trae a todos los gastadores que puedas encontrar. ¡Vamos a fortificar esta posición!
Durante las horas siguientes, los turcos trabajan para asegurar su nueva posición avanzada bajo la misma contraescarpada de San Telmo. Los cristianos disparan casi a ciegas; entre la oscuridad y el humo espeso, sus tiros yerran una y otra vez.
Cuando los primeros rayos del amanecer comienzan a despuntar por oriente, los defensores cristianos no pueden creer el espectáculo que contemplan: hay banderas turcas ondeando en la contraescarpada. Los otomanos han logrado construir una posición fortificada a escasos metros de sus propios muros.
Y desde esa posición privilegiada, sus arcabuceros de élite pueden hacer blanco con facilidad mortal en cualquier defensor que se atreva a asomar la cabeza.
Todo lo han conseguido en una sola noche.
Los cristianos supervivientes hacen recuento de bajas mientras Francisco se percata de que le falta gente.
—¡El muchacho! ¿Dónde diablos está Jacobo?