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Los días se vuelven tórridos bajo el sol implacable de Malta y las noches no ofrecen tregua al calor que se acumula entre las piedras como brasas dormidas.
Los zapadores otomanos trabajan sin descanso, hormigas disciplinadas que construyen su reino de tierra y muerte. Sus trincheras zigzaguean cada vez más cerca de San Telmo. Han montado una cadena logística impresionante para traer tierra desde la rocosa falda del monte Sceberras.
Sus primeras plataformas de artillería ya martillean San Telmo con regularidad mortífera, pero esto es apenas el aperitivo del banquete de piedra y hierro que se prepara.
En lo alto del monte trabajan día y noche en otra plataforma mayor que podrá batir todas las fortalezas cristianas de Malta.
Cuando se termine, solo Dios sabe el estrago que causarán sus cañones de bronce.
—¿No duermes, Paco?
La voz del joven Jacobo interrumpe los pensamientos sombríos del veterano. Francisco se encoge de hombros mientras tuerce el bigote gris en un gesto que ha aprendido a perfeccionar durante décadas de guerra.
—A mi edad —dice—, dormir es enlazar breves siestas con largas horas de recuerdos que no siempre son gratos de recordar. ¿Y tú, muchacho? Yo a tu edad dormía como oso en pleno invierno.
Jacobo duda, pero al fin decide sincerarse con el veterano que lo ha apadrinado y lo protege.
—Tengo demasiado miedo, Paco. Ahí fuera debe haber diez mil turcos esperando el momento de degollarnos. Y nosotros apenas somos unos cientos.
Francisco escucha los temores lógicos del bisoño sin juzgarlo. Evita decirle que las fuerzas turcas no bajan de treinta mil según sus cálculos más conservadores, porque Jacobo ya tiene bastante mierda encima como para darle una cucharada extra.
—¿Tú no tienes miedo nunca? —Pregunta el joven bisoño.
Una sonrisa melancólica y huidiza cruza el rostro curtido del veterano.
Francisco no ha dejado de sentir miedo ni un solo día desde que nació en su pueblo castellano.
Treinta años de guerra y aún se le encoge el estómago antes de cada batalla como si fuera la primera vez.
Pero ha aprendido que miedo y coraje pueden caminar de la mano sin contradecirse.
—Los únicos que no sienten miedo son los locos de remate o los muertos, muchacho. No te avergüences de ello. Es un recordatorio saludable de que sigues vivo y conservas algo de cordura en la mollera.
Jacobo traga saliva con dificultad, agradecido de haberse topado con Francisco de Peralta en su camino militar. Sólo a su lado experimenta algo parecido a la seguridad.
—Si te sirve de consuelo, los turcos también están cagados de miedo. A nadie le apetece espicharla en esta isla del diablo; ni a ellos ni a nosotros.
El tintineo metálico característico de una vaina golpeando contra una armadura anuncia la llegada del capitán Medrano, que se acerca con paso militar pero relajado.
—Buenas noches, soldados.
Francisco se incorpora. El resto de la escuadra parece dormida, pero sus ojos brillan en la oscuridad, y sus oídos están atentos a cualquier noticia que traiga el oficial.
—¿Cómo están los hombres esta noche?
—Nerviosos como potros sin domar. Ver avanzar los trabajos del enemigo sin poder hacer nada pone de los nervios al soldado más curtido.
Medrano asiente con gesto comprensivo. Todos están impresionados con la velocidad diabólica de la ingeniería militar turca.
—Quizá podamos templar esos nervios con algo de acción esta noche. Vengo de reunirme con el caballero Guaras. Haremos una salida en mangas de camisa para frenar el avance de esas trincheras, o mañana los tendremos desayunando bajo nuestras barbas.
Francisco asiente con aprobación profesional. Salir de esa ratonera claustrofóbica sentará bien a la moral de todos, que está más baja que un pozo en época de sequía.
Cuando Medrano se retira, Mané, Pérez y De las Cuevas comienzan a prepararse sin esperar instrucciones específicas. Ya conocen el procedimiento de memoria porque han vivido docenas de estas salidas nocturnas. Lo hacen en silencio eficiente; las palabras sobran.
Jacobo interroga a Francisco con ansiedad apenas contenida: —¿Qué ha querido decir con «salida en mangas de camisa»?
Francisco se frota los ojos cansados.
—Quiere decir que esta noche tendrás tu verdadero bautizo de fuego, rapaz. Nos mandan a escaramuzar en las trincheras turcas para que esos bastardos no trabajen tan cómodamente.
Francisco comienza a quitarse el jubón que viste por encima de la camisa de lino, dejando los brazos desnudos bajo la luna.
—En estas salidas nocturnas vamos ligeros —continúa mientras se despoja de las piezas metálicas—, solo en mangas de camisa para no hacer ruido y poder reconocernos en la oscuridad. Por eso se llaman encamisadas.
El pulso de Jacobo se acelera y comienza a sudar frío pese a la temperatura templada de la noche. Francisco le sonríe con afecto paternal y le da una palmada tranquilizadora en el hombro.
—Lo harás bien, muchacho. Cuando estemos ahí fuera en territorio enemigo, solo debes preocuparte de una cosa fundamental.
—¿De qué?
—De pegarte a mí como culo a calzones, ¿me entiendes?
Horror. Pavor. Pánico. Eso es lo que siente Jacobo mientras avanza en la oscuridad tras la silueta de Francisco, que se mueve con la seguridad del predador experimentado: en mangas de camisa, con el jubón desabrochado y dos cuerdas de arcabuz anudadas bajo las rodillas que le sostienen las cañas altas de las botas.
La brisa nocturna arrastra el canto monótono de los grillos y las pisadas furtivas de sus compañeros, que se deslizan como sombras entrenadas. Las náuseas ascienden por su garganta como serpientes venenosas. Por dentro repite como una letanía desesperada: «Reza y verás cómo el miedo desparece».
Pero por más que se esfuerza en concentrarse en la oración, las frías garras del terror se clavan profundamente en su mente exhausta y su estómago contraído.
Nadie sabe lo que siente en estos momentos, nadie excepto quizás aquellos cuyas mentes navegan a la deriva hacia las rocas afiladas del colapso nervioso total.
Las hogueras enemigas ya están cerca, brillando como ojos malignos en la noche. Jacobo desearía estar en cualquier otro lugar del mundo conocido.
—Ya estamos cerca del objetivo. A partir de aquí, ni media palabra.
Han salido dos compañías completas: la de Medrano al mando de los españoles y otra de caballeros sanjuanistas comandada por Guaras, veterano de las guerras contra los corsarios berberiscos.
Se ocultan tras un promontorio rocoso mientras Francisco otea el campo enemigo estirando el cuello como liebre en el campo.
—Hay pocos centinelas a la vista. Parece que no esperan un ataque nocturno. Deben pensar que nadie está tan loco como para enfrentarse a ellos en estas condiciones.
—Pues ahí la han embarrado—murmura De las Cuevas con su sonrisa siniestra—. Con españoles de por medio, siempre deberían esperar una romería nocturna como esta.
Francisco impone silencio con gesto severo y da la orden de desenvainar. Las hojas toledanas y vizcaínas emergen de sus vainas con un susurro metálico que hiela la sangre.
—Atentos todos: en dos padrenuestros y un gloria caemos sobre ellos. Cada hombre a lo suyo. Corazón de león y piernas de liebre. Nos reagrupamos aquí cuando termine el jaleo.
Se dirige a Jacobo: —Y tú ya sabes cuál es tu única misión, rapaz.
—Sí, Paco. Como culo a calzones.
—Eso es. Buen muchacho.
Mientras Jacobo reza las oraciones que sirven para medir el tiempo del ataque, observa fascinado cómo las cuerdas encendidas de los arcabuces brillan como luciérnagas rojas en la oscuridad.
Desprenden un olor acre que se le mete por las fosas nasales como incienso de guerra.
Es un aroma que, una vez lo has respirado, jamás se olvida.
De pronto se escucha un leve murmullo colectivo de «amenes» susurrados. La escuadra se pone en pie como un solo cuerpo y avanza con una furia contenida que busca liberación. Sus camisas blancas resplandecen bajo la luna mediterránea y les confieren un aspecto fantasmagórico.
Ya no hay tiempo para dudar, para pensar, para imaginar todo lo que pueden perder con la muerte que acecha.
Dos centinelas turcos aparecen recortados contra una hoguera, sus siluetas proyectan grandes sombras. Al escuchar las pisadas se ponen en guardia y lanzan la demanda rutinaria: «¿ Kim var ? ».
La respuesta llega en forma de certeros disparos de arcabuz que los acallan para toda la eternidad.
Antes de que los cuerpos golpeen la tierra, los españoles ya han saltado dentro de las trincheras enemigas. Nadie grita consignas, nadie apela a Santiago. Todos se dedican a repartir cuchilladas mortales a cuanto se mueve y no habla en cristiano.
Disparos, gritos y relinchos de caballos asustados rompen la quietud mediterránea. Las voces de alarma turcas no tardan en sonar. Todo se convierte en caos y confusión. Los trabajadores dejan caer picos y palas para huir despavoridos hacia el campamento principal.
Un turco en zaragüelles se topa con Francisco. Este lo atraviesa limpiamente con su espada en menos tiempo del que se tarda en decir «Jesús, María y José».
Jacobo le sigue de cerca, tratando de cumplir las órdenes al pie de la letra. Salta ágilmente sobre el cuerpo del turco que Francisco acaba de despachar, pero el moribundo consigue aferrarle del tobillo con sus últimas fuerzas.
Jacobo pierde el equilibrio. Trastabilla y se estrella contra una tienda de campaña, derribándola en una maraña de cuerdas y tela. Mientras lucha por liberarse del enredo, se encuentra cara a cara con un rostro cetrino, bigotudo y deformado por el odio más abyecto.
Se lanza sobre su enemigo sin pensárselo dos veces, siguiendo el instinto animal de supervivencia. Ambos ruedan por el suelo, hechos un ovillo mortal, mientras luchan por sus vidas.