Arde Malta 5 #3
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No es una bendición rutinaria. La forma en que lo dice, con una mezcla de pragmatismo y esperanza contra toda esperanza, le da peso real a las palabras.

Francisco asiente y se aleja. A los pocos pasos se vuelve para mirarla una vez más, pero Caterina ya está atendiendo a otro herido.

Mientras se dirige hacia el puerto, Francisco se sorprende pensando en esos ojos verdes.

No debería estar pensando en una mujer cuando va camino de San Telmo. Pero el pensamiento persiste, inoportuno y perseverante como una herida mal curada.

Una hora después, la compañía al completo forma en el pequeño muelle del Burgo. Con todos los arreos puestos, los doce apóstoles en bandolera, espada, daga y arcabuz. Ciento veinte hombres preparados para cruzar a su destino, como almas que cruzan el Aqueronte para llegar al Hades.

Con ellos va un grupo de aguerridos caballeros, guerreros experimentados y preparados.

Pero los más son milicianos malteses, civiles que nunca han empuñado un arma y que se ven forzados a hacerlo para defender su hogar.

La expresión de sus caras las ha visto Francisco en todas las guerras: rostros de hombres corrientes, de ojos bovinos, inconscientes y angustiados.

El sol se hunde tras las murallas fortificadas, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que parecen un presagio de la sangre que se derramará.

El puerto bulle con actividad febril: soldados que cargan pertrechos mientras sus oficiales gritan órdenes y marineros malteses que preparan las embarcaciones para la travesía nocturna.

El aire está impregnado del olor familiar a salitre, brea y humanidad sudorosa. Aromas que, de tan cotidianos, se han vuelto imperceptibles para los soldados que defienden Malta desde hace semanas.

Los botes de remo esperan listos en el agua oscura, mecidos suavemente por el oleaje que susurra contra los cascos de madera.

—Escuchadme con atención —dice Medrano dirigiéndose a sus hombres—. San Telmo está a media milla. Son sólo unos minutos de travesía. Confiemos en que los turcos no hayan dispuesto tiradores en la ribera. Quiero silencio absoluto hasta llegar a nuestro destino.

De las Cuevas escupe al agua con gesto de fastidio. Jacobo se recoloca nervioso la correa del arcabuz, que le pesa en su hombro juvenil.

—Una vez en San Telmo, nos pondremos bajo las órdenes del comandante sanjuanista y nos haremos cargo de un sector específico de la muralla. Cada uno cumplirá con su deber como soldado cristiano y español.

Alberto Pérez murmura una oración en latín mientras besa la cruz que lleva al cuello. Mané comprueba por tercera vez la mecha de su arcabuz, manías de veterano que nunca se fía de su equipo.

—¿Alguna pregunta sobre las órdenes?

Silencio total. Solo el chapoteo del agua contra los muelles y el crujir familiar de las maderas desgastadas por la humedad y el salitre.

—Entonces, a embarcar por escuadras. Primera escuadra, adelante.

Los primeros soldados suben a los botes con la destreza de veteranos acostumbrados a estos traslados nocturnos.

Francisco ayuda al joven Jacobo, que se tambalea al pisar la embarcación inestable.

El bisoño no sabe nadar, como la mitad de los hombres de la compañía, pero es el único que lo reconoce sin vergüenza.

De las Cuevas se acomoda en la proa con sus ojos negros escrutando las aguas oscuras, mien tras analiza las posibles rutas para huir de San Telmo si la situación se pone fea.

Los marineros malteses toman los remos con la seguridad de hombres curtidos en estas travesías peligrosas. El patrón, un lugareño veterano de barba gris, termina de mascar lo que lleva en la boca y escupe al agua algo negro y viscoso.

—Listos cuando vuestra señoría ordene, capitán —dice el particular Caronte.

Medrano se pasa la mano por la barba mientras sus dedos tamborilean sobre la empuñadura de su espada.

—Zarpamos, y que Dios Todopoderoso nos proteja.

Los remos se hunden en el agua negra con ritmo coordinado. Los botes se alejan del muelle convertidos en sombras silenciosas que se deslizan sobre la superficie oscura del puerto.

Francisco mira hacia atrás una última vez.

Las luces del Burgo se hacen cada vez más pequeñas mientras se alejan.

Por delante, las murallas de San Telmo, en forma de estrella de cuatro puntas, se recortan contra el cielo nocturno como los dientes afilados de una trampa mortal.

Una trampa en la que Francisco y sus hombres son el cebo.

«Aquí vamos otra vez», piensa mientras observa las luminosas estrellas del firmamento. «A batirnos el cobre por Dios, por España y por la madre que nos parió a todos». Aunque esta vez quizá sea la última, porque a nadie se le escapa que este viaje tiene toda la pinta de ser solo de ida.

Jacobo vomita por la borda, víctima de los nervios y el balanceo. De las Cuevas sonríe en la oscuridad con esa sonrisa de dientes separados que tanto engaña a los incautos.

El agua se desliza bajo las quillas mientras los remos marcan el compás de su destino. San Telmo los espera con sus murallas y sus cañones.

El último baluarte de Europa en el corazón del Mediterráneo.