5 #2
Está arrodillada junto a un soldado herido en una de las galerías laterales del patio, con las mangas arremangadas y las manos manchadas de sangre. Tiene el cabello recogido de cualquier manera, como quien no tiene tiempo para vanidades.
Lo que llama la atención de Francisco no es su belleza —que la tiene, aunque discreta— sino la eficiencia con que trabaja.
Sus gestos son precisos, seguros, sin el nerviosismo histérico que suelen mostrar las mujeres ante la sangre.
Está cosiendo una herida de arcabuz en el brazo de un soldado italiano que gime entre dientes.
—Quieto —le dice con voz firme—. Cuanto más os mováis, más va a doler.
El italiano obedece. Hay algo en su tono que no admite discusión.
Francisco se acerca sin saber muy bien por qué. Tal vez sea simple curiosidad profesional, o tal vez el instinto del veterano que siempre evalúa a quienes lo rodean.
—¿Necesitáis ayuda? —pregunta.
La mujer levanta la vista por primera vez. Tiene los ojos verdes, inusual en una maltesa, y lo estudia con la misma frialdad profesional con que él la ha estado observando.
—¿Sabéis algo de medicina? —pregunta sin dejar de coser.
—Lo suficiente para no desangrarme. Y para saber cuándo alguien sabe lo que hace.
Un destello de algo parecido a la aprobación cruza por esos ojos verdes.
—Entonces sujetadle los hombros. Va a doler.
Francisco obedece, colocando sus manos callosas sobre los hombros del italiano. El soldado se tensa al sentir su fuerza, pero no protesta.
—¿Cómo os llamáis? —pregunta Francisco mientras ella trabaja.
—Caterina Sciberras. —La aguja se hunde en la carne con precisión quirúrgica—. ¿Y vos?
—Francisco de Peralta. Cabo del Tercio de Sicilia.
Ella asiente sin levantar la vista de su trabajo.
—¿También vais a San Telmo? —pregunta con tono neutro, como quien habla del tiempo.
La pregunta lo sorprende: ¿Cómo sabe ella de la misión?
—Las noticias vuelan rápido en el Burgo —explica, como si le hubiera leído el pensamiento—. Sobre todo las malas.
—¿Y por qué suponéis que son malas noticias?
Por primera vez, Caterina se detiene en su trabajo y lo mira. Hay algo en la mirada de Francisco que no consigue descifrar. ¿Compasión? ¿Escepticismo? ¿Simple cansancio?
—Porque llevo semanas cuidando heridos en esta isla. Y he aprendido a distinguir entre las misiones que traen a los hombres de vuelta y las que no.
El soldado italiano gime cuando la aguja encuentra un punto sensible. Caterina le murmura algo en maltés que suena como una disculpa.
—¿Y a cuál pertenece San Telmo? —pregunta Francisco, aunque ya conoce la respuesta.
—¿Vos qué creéis?
Francisco sonríe sin humor. Esta mujer no se anda con rodeos. Le gusta eso, aunque no debería.
—Creo que sois demasiado sincera para vuestro propio bien.
—Y creo que vos sois demasiado viejo para seguir buscando glorias que se llevan la vida de los más jóvenes.
La frase le molesta más de lo que querría admitir, quizá porque hay algo de verdad en ella.
—Los soldados viejos no buscan glorias. Buscan cumplir órdenes y seguir vivos.
—¿Y creéis que en San Telmo conseguiréis ambas cosas?
Francisco tarda en responder. La pregunta es más compleja de lo que parece.
—Una de las dos, seguro.
Caterina esboza una sonrisa breve, casi triste, y aparta la mirada un instante antes de volver a fijarla en su paciente.
Francisco lo nota. Y pregunta sin saber muy bien por qué lo hace: —¿Y vuestro marido? ¿Combate también en esta guerra?
Caterina termina de coser y corta el hilo con un pequeño cuchillo.
—Mi marido murió hace años. Lo mataron los corsarios berberiscos.
Francisco asiente en silencio. Son pocos, muy pocos, los que viviendo en la frontera mediterránea no han perdido a alguien en alguna de las razzias corsarias que asolan las costas desde hace años.
—Ya está —le dice al italiano—. Mantened la herida seca y cambiad el vendaje cada dos días. Si se inflama, buscadme.
El soldado se incorpora, probando el movimiento del brazo. Parece satisfecho con el resultado.
— Grazie, madonna . —Se aleja agradecido.
Francisco sigue ahí, sin saber muy bien por qué no se marcha. Caterina recoge sus instrumentos con la misma eficiencia que ha demostrado trabajando.
—¿Hay algo más? —pregunta sin mirarlo.
—Quisiera daros las gracias.
—¿Por qué?
—Por vuestra sinceridad. No es frecuente encontrar a alguien que diga lo que piensa sin adornos.
Ahora sí lo mira, y Francisco tiene la extraña sensación de estar siendo examinado como uno de sus pacientes.
—Los adornos son un lujo que no puedo permitirme. Al igual que las mentiras consoladoras.
—¿Y qué podéis permitiros?
La pregunta sale antes de que Francisco pueda pensarla. Caterina la considera un momento, como si fuera una herida que evaluar.
—Cuidar a los que puedo curar. Enterrar a los que no. Y dormir por las noches sabiendo que he hecho todo lo posible.
—Es mucho.
—Es suficiente.
Francisco asiente. Comprende esa filosofía mejor de lo que ella imagina.
—¿Estaréis aquí cuando regresemos?
Es una pregunta estúpida. Si regresan, ella estará donde siempre: curando heridos, enterrando muertos. Pero Caterina no se burla de la obviedad.
—Estaré donde me necesiten.
Un grito desde el patio interrumpe el momento. «¡A formar! ¡Todos los hombres del Tercio de Sicilia!». La voz del capitán Medrano resuena contra las piedras.
Francisco se incorpora.
—Debo irme.
—Lo sé.
Se miran un segundo más de lo necesario. Francisco busca algo que decir, alguna palabra apropiada para este momento extraño. No encuentra ninguna.
—Que Dios os proteja —dice Caterina.