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El cabo Francisco de Peralta escupe sobre las piedras calientes del empedrado y se limpia los labios con el dorso de la mano curtida por tres décadas al servicio de la Monarquía Hispánica.
Sus compañeros lo llaman «el abuelo Paco», aunque pocos tienen los huevos suficientes para usar ese tratamiento con el veterano más respetado del Tercio de Sicilia.
Cuando sentó plaza de soldado allá por los años treinta, jamás pensó que viviría tanto tiempo en este oficio donde la muerte anda siempre a la zaga.
Pero tampoco le gusta pensar demasiado en el mañana, porque eso no sienta bien a la mente de un soldado profesional.
«Si uno empieza a construir castillos en el aire —suele decir sin especial amargura, con la resignación propia del oficio—, soñando con el hogar e hijos que nunca ha tenido, entonces deja de estar atento a lo que debe.
Y se convierte en candidato perfecto para recibir un balazo turco en el pecho.
Turco, tudesco o francés, pues una bala es una bala».
Francisco ha combatido en media Europa: en Túnez con el emperador Carlos; en Perpiñán contra los franceses; en Mühlberg , donde aplastaron a los protestantes alemanes.
Y en una veintena más de lugares cuyos nombres ya no recuerda y nunca supo pronunciar.
Pero la guerra mediterránea es la que le ha dejado huella más honda.
Sufrió cautiverio en Argel durante dos años que se le hicieron eternos, bogando como esclavo en galeras corsarias bajo el látigo musulmán.
Cuando lo rescataron, escribió al mismísimo rey Felipe recomendando tomar la ciudadela corsaria de una vez por todas y le ofreció todos los consejos que su ojo veterano captó en dos años.
Nunca obtuvo respuesta y, hasta donde sabe, no se ha vuelto a intentar la empresa.
Francisco supone que se metió en camisa de once varas y que a nadie le importó un ardite la opinión de un miserable soldado. Da igual. Él cumplió con lo que demandaba su conciencia.
Muchos buenos amigos siguen allí, bogando en bajeles berberiscos.
Aunque lo más probable es que ya estén descansando en el fondo del mar.
Por eso no se cansa de repetir que a él no lo cogerán con vida otra vez.
«Antes muerto que volver a bogar para esos malnacidos», suele decir cuando el vino le suelta la lengua.
«Al fin y al cabo, todos nacemos debiendo la muerte a Dios. Unos años más o menos, qué más da».
A pocos metros de Francisco, algunos hombres de su escuadra juegan a los dados. Todos tienen un aire parecido: hombres robustos, de tez curtida, mano dura y mirada audaz. Y aunque visten con sobriedad, hasta un borracho se lo pensaría dos veces antes de buscar camorra con semejante compañía.
Lanza los dados Santiago de las Cuevas, oriundo de Potes, especialista en matar bien, mucho y en silencio.
Con trece años tuvo que huir de su pueblo por matar a pedradas al hijo de un cabrero.
Aunque la causa exacta nunca se aclaró, los que lo conocen sospechan que fue por puro sadismo, pero nadie se atreve a preguntárselo.
No sabe leer ni escribir, pero posee una habilidad muy apreciada en esta época: sabe quitar la vida con mucha eficacia.
Bajito, pelo lacio, sonrisa agradable que muestra un espacio entre las paletas.
Quien no lo conoce podría tomarlo por un tipo bonachón e inofensivo.
Su verdadera naturaleza se esconde en la mirada: ojos negros y profundos como pozos de recuerdos.
Los dados rebotan sobre las piedras. Esta mano la gana Guillem Mané, cuya cabellera negra y tez morena le han granjeado una colección de cariñosos apodos: «Rashid el Moro», «el Pichacortada», «el Argelino».
Pero Mané es valenciano de pura cepa, hijo bastardo de un hidalgo que lo crio entre sus mozos de cuadra.
Es el mejor tirador del Tercio de Sicilia.
Dicen que acierta a una paloma en vuelo y puede atravesar el ojo de un conejo a veinte pasos.
Hace años, en la batalla de San Quintín, le estalló la cazoleta del arcabuz junto a la cara, dejándole cicatrices que parecen rayos.
Desde entonces padece un tic que le obliga a cerrar los ojos al disparar.
Curiosamente, ese defecto lo ha convertido en mejor tirador, como si el Espíritu Santo guiara sus tiros contra los enemigos de la fe.
Ahora coge los dados Alberto Pérez, que los agita mientras musita una oración entre dientes.
Pérez es soldado viejo y curtido, pero su fama en el Tercio no se debe a sus cicatrices de guerra.
Tiene el dudoso honor de poseer el miembro viril más grande de toda Sicilia, o al menos eso atestiguan sus compañeros de armas.
Lo han bautizado con apodos como «Alberto Pénez», «la pértiga de Sicilia» o «el mástil real»; apodos que él soporta con paciencia cristiana.
Hombre piadoso y reservado por naturaleza, hace poco tuvo una revelación mística durante una borrachera memorable.
Se le apareció san Simeón «el estilita» en sueños y, desde entonces, ha jurado que si sale vivo de Malta, se hará ermitaño como el santo.
Piensa subirse a una columna romana a la salida de su pueblo y dedicar el resto de su vida a la oración y la penitencia.
Sus compañeros se burlan de él sin piedad, preguntándole si la columna a la que piensa subirse no será aquella con que lo dotó la naturaleza.
El último soldado del grupo es Jacobo, un jovencito napolitano que se escapó de casa de sus padres para buscar fortuna en los Tercios.
Lo que en la jerga militar se llama «bisoño», del italiano « bisogno »: necesito.
Se pasa el día pidiendo ayuda y consejos a los veteranos, más perdido que un turco en Nochebuena.
Los soldados experimentados lo usan de mandadero a cambio de protección y alguna palmadita paternal que dice: eres un inútil, pero nuestro inútil.
Los dados quedan olvidados sobre el empedrado cuando se escucha el ruido de pisadas militares y hombres poniéndose en pie con celeridad. Sólo puede significar una cosa: ha llegado un oficial.
—Descansen, soldados, pero no se pongan cómodos —dice el alférez Gonzalo Medrano mientras se acerca al grupo.
Medrano coge a Francisco del codo y se lo lleva a un aparte, lejos de oídos indiscretos. La expresión de Francisco es de pura resignación profesional. En treinta años de servicio, aún no ha habido un oficial que le coja del codo para darle una buena noticia.
—Tenemos orden de trasladarnos esta noche a San Telmo.
—¿Cuántos hombres, mi alférez?
—Toda la compañía. Los ciento veinte.
Francisco chasquea la lengua con disgusto, pero guarda silencio.
—¿Qué ocurre, Paco? ¿Algún problema con las órdenes?
—Ninguno, mi alférez. Pero veo que los que nos vamos a batir el cobre somos los de siempre. San Telmo es una ratonera y la están llenando de españoles. ¿Y qué pasa con los caballeros de la Orden? ¿Se quedan aquí en el Burgo organizando torneos medievales?
Ni Paco ni sus hombres sienten gran simpatía por los caballeros hospitalarios.
Los ven demasiado nobles, demasiado perfumados, demasiado acostumbrados a que otros hagan el trabajo sucio.
En su Tercio, la nobleza se gana con cicatrices y hechos de armas, no con apellidos rimbombantes.
Ninguno de sus capitanes ha nacido en cuna dorada, pero son los hombres más honrados que jamás ha conocido.
Medrano repasa al veterano con mirada molesta. Parece que va a reprenderlo por la impertinencia, pero al final deja escapar media sonrisa.
—Paco, menos pulgas y más confianza. Aquí va a luchar todo el mundo por igual. Un buen grupo de sanjuanistas viene con nosotros, y en San Telmo ya hay una cantidad respetable defendiendo los muros.
Francisco asiente y resopla, pero no levanta la vista del empedrado.
—Todos en el puerto al anochecer.
—A sus órdenes, mi alférez.
—Mi capitán —corrige Medrano con cierto orgullo.
Francisco ahora sí levanta la vista con perplejidad.
—¿Capitán? ¿Cuándo ha sido eso?
—El gran maestre me confirió el mando esta misma mañana.
—¿Y qué ha pasado con el capitán Miranda?
—No lo sé. Supongo que sigue en Sicilia esperando órdenes.
Francisco se encoge de hombros. Si él fuera Miranda, también se habría quedado en Sicilia. O en Nápoles. O en cualquier lugar del mundo menos en esta isla infestada de turcos.
Cuando Medrano se marcha, Francisco transmite las nuevas órdenes a sus hombres. Las quejas no se hacen esperar: —¡La Valette nos ha vendido!
—Pardiez, no te puedes fiar de un gabacho ni cuando está en tu propio bando.
—Esto ha sido cosa del capitán De la Cerda. Seguro que nos ha pedido él.
Francisco comparte todos esos sentimientos en su fuero interno, pero hay cosas que un suboficial no puede permitirse escuchar.
—¡A callar todos! ¿Qué se han creído vuestras mercedes? ¿Que su católica majestad nos ha mandado aquí para jugar a los dados y visitar burdeles?
Pasea la mirada severa por cada rostro mientras deja que sus palabras calen.
—¿Para contemplar el espectáculo desde la grada como espectadores de lujo?
Hay un silencio incómodo, teñido de vergüenza por las quejas ya expresadas. A veces sienta muy bien cerrar la boca a tiempo.
—¡Qué pena me dan! Esto es un tercio español, la mejor infantería del mundo. Aquí los hombres de verdad se disputan las posiciones más peligrosas. ¿Dónde ha quedado el honor legendario del Tercio de Sicilia?
De las Cuevas, Mané, Pérez y hasta el joven Jacobo —que no ha dicho nada— empiezan a desear que se los trague la tierra.
—¿Saben qué les digo? Por mí se pueden quedar todos en el Burgo la mar de tranquilos, jugando a las cartas. Yo no tengo interés en combatir rodeado de fementidos cobardes. Si me pregunta el capitán, ya le explicaré que están enfermos de una dolencia grave: la cobardía.
Les da la espalda con desprecio teatral y comienza a preparar su petate.
Esa misma tarde, de camino al puerto, es cuando Francisco la ve por primera vez.