Arde Malta 4
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Los verdugos desuellan a Adrien de la Rivière como quien prepara un cordero para el asador. Sus gritos atraviesan el aire caliente de Malta y llegan hasta los muros del Burgo como flechas envenenadas, recordando a los caballeros lo que les espera si caen en manos turcas.

Los gritos de la Rivière cesan de golpe.

El francés ha rendido el alma a Dios. Lo decapitan y clavan su cabeza en una pica que alzan bien alto, visible desde todas las murallas del Burgo, como advertencia para los defensores.

Jean Parisot de La Valette, gran maestre de la Orden Hospitalaria, contempla los restos de uno de sus caballeros más fieles.

Traga saliva y aparta la vista del macabro espectáculo.

Prefiere concentrarse en lo que está ocurriendo al otro lado del monte Sceberras, donde los turcos han comenzado a instalar sus plataformas de artillería pesada apuntando a San Telmo.

Al verlo, La Valette sonríe sin alegría.

El enemigo ha cometido un error estratégico y él piensa aprovecharlo hasta las últimas consecuencias.

Los turcos quieren San Telmo para controlar un puerto seguro.

Ahí radica su punto débil: el miedo a perder los barcos.

La Valette conoce esos temores porque él mismo los ha sentido durante décadas navegando por estas aguas.

Las bajas humanas son asumibles, siempre habrá gente dispuesta a luchar por una causa o unos cuantos ducados, pero los barcos requieren años para construirse y fortunas para equiparse.

Mientras el Turco pierde tiempo y hombres conquistando San Telmo, él ganará días preciosos para reforzar el Burgo y Senglea. Cada jornada cuenta en este juego mortal. San Telmo puede sacrificarse si su caída garantiza la supervivencia de las verdaderas fortalezas de Malta.

—Mi señor, ha llegado el capitán De la Cerda.

La voz del caballero lo arranca de sus pensamientos estratégicos.

—¿El español? Debería estar preparando las defensas de San Telmo.

La Valette recibe al capitán en presencia de su consejo de guerra —el Sacro Consiglio —.

Por el aspecto de De la Cerda, bien podría pensarse que es un soldado raso: el polvo y el sudor de varios días impregnan su camisa amarillenta, nada que ver con el aspecto pulcro de los caballeros que lo rodean; hombres de alta alcurnia, descendientes de las familias más notables de Europa que lucen armaduras brillantes y sobrevestas inmaculadas.

Pero las galas sanjuanistas no impresionan al español. Lleva en los ojos la mirada del soldado veterano que ha visto caer ciudades y morir generales, y la altivez de quien sabe que no le debe nada a nadie, salvo a Dios y a su propia espada.

Ese talante orgulloso —barbilla alzada y ceño imperioso— irrita a La Valette.

Cuando manda a esos soldados que le envió don García de Toledo tiene la sensación de que le tratan como a un igual y no como lo que es: el capitán general de la isla.

Pero no es estúpido. Aunque los oficiales españoles le resulten insoportables, los necesita.

Esos hombres de los Tercios han sido forjados en docenas de campos de batalla, desde los campos de Flandes hasta las costas de Berbería.

—Capitán de la Cerda —dice La Valette enderezándose con gesto hierático—, decidme qué es tan urgente para que hayáis abandonado vuestro puesto y venido a contármelo en persona.

El veneno que esconden las palabras de reproche no pasa desapercibido para el capitán. Pero a veces conviene hacerse el sueco cuando se trata con un superior.

El español, fiel a su estilo, va directo al grano. Los tragos amargos, mejor de un tirón: —Vuestra excelencia ha de saber que la plaza de San Telmo es indefendible.

El silencio que sigue es tan espeso que podría cortarse con una daga. Varios caballeros intercambian miradas expectantes mientras esperan la reacción de su gran maestre.

De la Cerda continúa con voz rasposa y estilo directo, sin azúcares añadidos ni diplomacias cortesanas que no sirven para nada cuando la muerte ronda cerca: —El fuerte es demasiado pequeño y vulnerable.

Sus parapetos son bajos y carecen de aspilleras.

Es imposible disparar sin convertirse en blanco fácil para el enemigo.

El silencio se vuelve cada vez más incómodo, pero De la Cerda prosigue sin inmutarse: —Carece de portones para contraataques. Los ángulos muertos crean áreas ciegas donde no podemos disparar...

Su voz se endurece para el colofón final: —Excelencia, San Telmo es una trampa mortal. Sin refuerzos sustanciales, aguantaremos siete días a lo sumo.

Los caballeros sudan bajo sus sobrevestas rojas y no es por el calor mediterráneo. Miran a su gran maestre como se mira a un volcán que ha empezado a rugir y cuya erupción parece inminente.

Lo que dice De la Cerda todos lo saben, pero una cosa es conocer la verdad y otra muy distinta decírsela al gran maestre en la cara sin rodeos. Es como mentar la cuerda en casa del ahorcado.

El rostro de La Valette adquiere un color más rojo que las sobrevestas hospitalarias. Esas no eran las palabras que deseaba escuchar. Menos aún cuando todos sus planes dependen de que San Telmo resista y gane tiempo.

—Os agradezco vuestra sinceridad, capitán.

La voz contenida y medida de La Valette contrasta con la vena que palpita en su cuello enrojecido.

—Entonces, ¿qué sugerís que hagamos? ¿Rendir la plaza sin más y ofrecer una copa de tinto al Turco para celebrarlo?

Brotan algunas risas nerviosas entre los caballeros, más de alivio que de auténtica gracia.

De la Cerda no se hace eco del sarcasmo.

Se sorbe las narices y responde con la franqueza brutal del soldado veterano: —Si yo fuera capitán general, minaría San Telmo con pólvora y la enviaría al diablo de una vez.

Y me traería aquí la buena infantería que vuecencia tiene allí desperdiciada.

Aquí podríamos servir para algo más útil que como carne de cañón.

La Valette respira hondo y suelta el aire de golpe.

—Capitán De la Cerda, decidme: ¿Vuestra merced se considera un hombre de honor?

La pregunta es en sí misma una bofetada. Por bastante menos que eso habrá cientos de bravos valentones enterrados por todo el camino español que conecta Italia con Flandes. Un escupitajo en un ojo le habría resultado menos ofensivo al veterano capitán.

De la Cerda se ve incapaz de contestar sin mandar a su superior al diablo. Así que asiente con la cabeza, tragándose el orgullo como una medicina amarga.

—Pues apelo a vuestro honor de soldado español.

La sentencia cae como losa sobre una tumba.

—Defenderéis San Telmo hasta el último hombre, como si fuera el Alcázar de Madrid. De ello depende la supervivencia de esta isla.

De la Cerda permanece callado, porque si dice lo que piensa lo ahorcan antes del anochecer.

—Os prometo por mi honor —continúa Lavalette—, que refuerzos y vituallas no os han de faltar. Ahora regresad a vuestro puesto y cumplid con vuestro deber de soldado.

El capitán hace una reverencia más ligera de lo que exige el protocolo y se marcha sin decir palabra.

Es la primera vez en su larga carrera que un mando superior tiene la desfachatez de apelar a su honor para enviarle a una muerte segura.

La entrevista ha resultado humillante, pero tiene la conciencia tranquila.

Ha advertido lo que debía. Le queda el consuelo de haber logrado una promesa de refuerzos.

Intenta ser positivo: «Cuando te mean en la cara, al menos refresca», piensa.

Cuando el capitán De la Cerda se ha marchado con paso vivo por los corredores de piedra, La Valette sonríe.

La entrevista ha salido bien. A los hombres hay que conocerlos para dirigirlos con eficacia, saber qué resortes tocar para que estén dispuestos a dar lo mejor de sí mismos. Incluso la vida.

En el caso de estos altivos oficiales de los Tercios, la fórmula es sencilla: basta con poner en entredicho su honor para despertar a la fiera que llevan dentro.

Y esas fieras son lo que necesitan ahora en San Telmo.

Van a necesitar que esos diablos bajitos saquen toda la mala sangre que llevan en las venas.

Sin embargo, debe reconocerle algo al capitán español: hay que reforzar San Telmo si quieren que resista más de una semana.

Se dirige a uno de sus caballeros: —¿Quién manda la otra compañía española? Los que se comportaron tan bien en la escaramuza del otro día.

—Es un alférez, mi señor. Gonzalo Medrano. Su capitán, Miranda, sigue en Sicilia esperando órdenes.

—¿Un simple alférez?

La Valette medita un momento.

—Avisad al tal Medrano que deseo verle de inmediato.

Medrano llega poco después acompañado de varios de sus suboficiales. Su porte es militar pero relajado, todavía no sospecha lo que le espera en esta audiencia.

—Alférez Medrano, a partir de este momento sois capitán. Tomad el mando completo de vuestra compañía con todos los derechos y responsabilidades que ello conlleva y, por supuesto, el incremento en la paga.

Medrano se cuadra, sorprendido pero complacido por el inesperado ascenso.

—Os lo agradezco, mi señor.

—Ah, y otra cosa: hoy partís hacia San Telmo con todos vuestros hombres. Espero grandes cosas de vos en esa plaza. Podéis retiraros.

La sonrisa se desvanece del rostro de Medrano como niebla bajo el sol. Sus suboficiales intercambian miradas tensas porque todos conocen lo que se cuece en San Telmo. Es como recibir un beso de Judas antes de la crucifixión.

Pero Medrano, soldado hasta la médula, asiente.

—A vuestras órdenes, excelencia.

Se retira con el caminar indeciso de un reo camino del patíbulo.

La Valette sabe que acaba de enviar a Medrano y sus hombres a una muerte casi segura, pero esos españoles de los Tercios son duros como el acero toledano.

Pueden convertir San Telmo en un infierno para los turcos y ganar el tiempo que Malta necesita.

Lo siente por ellos, lo siente de verdad. Pero no tiene elección.

Nadie tiene elección en esta maldita isla.

Cuando la figura de Medrano desaparece por los corredores y sus caballeros se marchan, La Valette permanece inmóvil en su despacho. El silencio envuelve las piedras como un sudario. Solo se escucha el leve susurro de un reloj de arena sobre su escritorio.

Se acerca a la ventana que da al puerto. Desde allí puede ver San Telmo, una mancha oscura en la distancia donde sabe que los hombres que acaba de enviar morirán en los próximos días. Tal vez en las próximas horas.

«Ciento veinte soldados más», piensa. Ciento veinte padres, hijos, hermanos que no volverán a ver a sus familias. Ciento veinte nombres que se añadirán a la lista que lo tortura cada noche.

Se sienta pesadamente en su sillón y entierra el rostro entre las manos.

Por un momento terrible, ya no es el Gran Maestre de la Orden, el invencible La Valette que inspira valor y respeto a toda Europa.

Es simplemente un hombre de setenta años que ha visto demasiada muerte y debe tomar decisiones que ningún hombre debería tomar.

«¿Soy un líder o un carnicero?», se pregunta en el silencio de su conciencia.

Recuerda las palabras del capitán De la Cerda: «Si yo fuera capitán general, traería aquí la buena infantería que vuecencia tiene allí desperdiciada». Palabras duras, pero ciertas. Está enviando hombres valiosos a morir en una fortaleza que todos saben indefendible.

Pero si no lo hace, Malta caerá. Y si Malta cae, el Mediterráneo se convertirá en un lago turco. Cada galera cristiana será presa fácil, cada puerto desde Cádiz hasta Alejandría quedará a merced de los cañones otomanos.

Se levanta y camina hasta una mesa donde reposa un crucifijo de marfil. Se arrodilla ante él con dificultad —sus rodillas ya no son las de un joven— y reza en latín: « Deus, da mihi sapientiam ...».

Pero no llegan respuestas del cielo. Solo silencio y el peso aplastante de una responsabilidad que se extiende más allá de Malta, más allá de su propia vida. Está jugando una partida donde las piezas son vidas humanas y el tablero es el destino de la Cristiandad.

Cuando se incorpora, vuelve a ser La Valette el Grande. Llama a su escribano. Hay cartas que redactar, defensas que coordinar, mentiras piadosas que inventar para mantener alta la moral.

Pero una lágrima solitaria rueda por su mejilla antes de que logre recomponerse. Una lágrima por Medrano, por De la Cerda… por todos los hombres buenos que va a sacrificar en el altar de la necesidad.

Es el precio del liderazgo: estar solo con las decisiones que nadie más puede tomar.