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Los dedos de Pialí Pachá tamborilean sobre la mesa mientras estudia el mapa extendido ante él.
Fortalezas cristianas dibujadas en tinta negra sobre pergamino amarillento, cada trazo marcado es un obstáculo entre su flota y la supervivencia.
La lámpara de aceite oscila con la brisa nocturna, proyectando sombras que bailan sobre la representación de la fortaleza de San Telmo.
Esa fortaleza en la punta de la península sigue siendo una espina clavada en sus planes. Mientras permanezca en manos enemigas, su flota está en peligro. Y sin flota, treinta mil hombres quedarán atrapados en esta isla sin manera de volver a casa.
Afuera, el campamento de Marsa murmura con las voces de un ejército imperial, pero Pialí apenas las oye. Su mente se concentra en las decisiones que van a decidir el destino de la guerra.
De improviso el faldón de la tienda se aparta con brusquedad, dejando entrar el viento nocturno que hace parpadear la llama.
Mustafá Pachá entra seguido de su estado mayor: el agá de los jenízaros, varios beylerbeyes y el resto de comandantes que lucen sedas, brocados y joyas que contrastan con la austeridad general del campamento.
Sus pasos retumban sobre las alfombras persas mientras se acercan al mapa.
El veterano general se detiene frente a la mesa, las manos cruzadas a la espalda en un gesto que conocen bien sus subordinados.
—Habéis llegado temprano a la reunión, almirante —dice con el punto de sorna que siempre emplea con él—. Os noto impaciente.
Pialí se incorpora y señala con el índice la ubicación de la flota en el mapa, sin molestarse en ocultar su urgencia.
—Impaciente por asegurar nuestra flota antes de que el viento o los cristianos nos hagan pagar nuestra lentitud.
Mustafá observa el mapa mientras se acaricia la barba entrecana. Sus ojos se detienen en el Burgo, la principal fortaleza de los Hospitalarios, y golpea la posición con los nudillos. El sonido resuena seco como hueso contra madera.
—San Telmo caerá tarde o temprano, pero no es fundamental —responde con la paciencia condescendiente del veterano—. La verdadera victoria está aquí, en el Burgo. Este es el corazón de la isla. Si lo tomamos, Malta será nuestra sin dilación.
Pialí niega con la cabeza. Ya han tenido esta discusión otras veces.
Parecía que ya había conseguido convencer a Mustafá, pero se ve que no.
Eso o que Mustafá disfruta contradiciéndole.
Entre ellos dos hay algo más que diferencias estratégicas: hay una lucha política donde los laureles de Malta valen el favor del sultán.
En Estambul, Solimán le dio el mando del ejército a Mustafá, veterano de Persia y Hungría, y a él la flota, diciéndoles: « Tú, Mustafá, tratarás a Pialí como a tu hijo.
Y tú, Pialí, honrarás a Mustafá como a tu padre ».
Cada uno ha interpretado las palabras a su conveniencia.
—No podemos dejar la flota fuera de puerto durante meses.
¿Qué pasará si el asedio se alarga más de lo previsto?
—dice Pialí con gesto tenso—. El Burgo es una fortaleza muy poderosa, construida por los mejores ingenieros de Europa.
Si el invierno nos sorprende aquí, sin un puerto seguro, perderemos la flota.
Y entonces no habrá manera de llevar al ejército de vuelta a casa.
Mustafá tuerce el bigote en un gesto de desprecio que ha perfeccionado durante décadas de mando.
—Sois un pájaro de mal agüero, Pialí. Nuestras fuerzas superan al enemigo infiel siete a uno. ¿De verdad pensáis que esos pocos caballeros pueden resistir hasta el invierno?
Su risa suena áspera, falsa como el oro de los alquimistas.
Pialí aprieta las mandíbulas hasta que le duelen, pero su voz mantiene la calma.
—Lala —dice empleando el pseudónimo cariñoso cuyo uso le otorgó el sultán—, tú conoces a estos enemigos. Este va a ser un asedio largo. Los caballeros resistirán hasta el último hombre pues esta isla es su última posesión. No será como en Rodas, donde podían retirarse con honor.
El almirante se inclina sobre el mapa, acercándose lo suficiente para que Mustafá note la determinación en sus ojos.
—San Telmo es pequeña, caerá en cuatro o cinco días si la atacamos con decisión. Además, al perderla, el enemigo abandonará toda esperanza de rescate desde Sicilia.
Pialí hace una pausa y, cuando vuelve a hablar, su voz se endurece para dejar claro que lo siguiente no es una súplica, sino una advertencia: —Ni mis barcos ni mis hombres participarán en el asedio hasta que tengamos un puerto seguro.
El silencio que sigue se alarga como una cuerda tensa a punto de romperse.
Mustafá finge reconsiderar la propuesta.
En el fondo está de acuerdo con atacar San Telmo, pues era el plan inicial acordado en Constantinopla.
Pero necesita que parezca decisión suya y, de paso, recordar a ese almirante advenedizo cuál es su lugar en la jerarquía.
—Está bien —dice finalmente—. Pero antes reconoceré las defensas cristianas. Hay que tomar el pulso a esta isla antes de comprometer nuestra estrategia.
Hace un gesto a los soldados que guardan la entrada de la tienda.
—Traed al prisionero.
Dos soldados entran arrastrando al caballero francés Adrien de la Rivière .
El sonido de sus cadenas precede a su entrada.
Su aspecto es deplorable: desnudo de cintura para arriba, su cuerpo se ha convertido en un mapa del dolor marcado por cortes y hematomas que cuentan la historia de horas de interrogatorio.
—Escucha bien, infiel —dice Mustafá sin dignarse a mirarlo—. Señala en el mapa los sectores más débiles del Burgo. Si lo que dices nos satisface, se acabarán las torturas y tendrás libertad para volver con los tuyos.
La Rivière apenas puede mantenerse en pie. Cada respiración es una mueca de dolor, la boca le sabe a sangre. Con dedo tembloroso señala dos posiciones en el mapa: son los bastiones de Auvernia y Castilla de la fortaleza del Burgo.
Cierra los ojos, desfallecido.
— Mon Dieu, pardonne ma faiblesse —susurra como plegaria desesperada.
Mustafá sonríe satisfecho.
—¿Ya veis, Pialí, como vuestra sugerencia era precipitada? Si tomamos el Burgo por sus puntos débiles, no necesitaremos ese puerto que tanto ansiáis.
—¿Y si miente?
El gesto de Mustafá se crispa mientras lanza una mirada de asco al francés.
—Si miente, será lo último que este perro infiel haga en su vida. In shā’ Allāh .
El alba asoma con timidez vacilante, como si el sol quisiera demorar las promesas de sangre. El ejército otomano despliega sus fuerzas frente al Burgo en una formación de media luna que deja clara la naturaleza sagrada de su lucha.
Desde las murallas cristianas, el espectáculo resulta hermoso y espeluznante a la vez: ropajes orientales que ondean al viento, armas que brillan bajo el sol naciente, estandartes con versículos del Corán flotan como oraciones de la yihad .
Suenan chirimías y atabales en una sinfonía que hace temblar la tierra. Los caballeros despliegan sus banderas de San Juan, rojas y blancas como la sangre y la pureza, decididos a no dejarse amedrentar por el espectáculo.
Setecientos arcabuceros cristianos salen de las murallas, entre ellos la compañía del alférez español Medrano, veterano de las guerras de Italia.
—¡Adelante, en formación! —grita mientras se ajusta el morrión bajo el sol que ya calienta—. ¡En línea de fuego, sin alejarse de las murallas!
Setecientos pares de botas avanzan al unísono sobre la tierra pedregosa de Malta. Los turcos se dirigen hacia ellos levantando una nube de polvo que anuncia la batalla. Se detienen al alcance de las armas, y durante un instante eterno, el silencio precede a la tormenta.
Los primeros disparos rompen la mañana. Humo acre de pólvora, sangre que salpica la tierra árida.
Los arcabuces turcos son más largos y precisos, pero los cristianos son más manejables y recargan más rápido.
La descarga cristiana responde al instante y los cuerpos comienzan a caer como trigo segado por la guadaña.
—¡Espahíes, al ataque! —grita Mustafá alzando el bastón de mando.
Los espahíes se lanzan al asalto con gritos que invocan a Alá, cubriendo la explanada como una avalancha humana. Pero la artillería de las murallas los recibe con hierro y metralla.
Los cañones escupen muerte mientras los gritos desgarradores se mezclan con el humo. Cuerpos que caen sobre cuerpos. Hombres para los que el gran asedio de Malta ha terminado antes de empezar.
Los puestos de Castilla y Auvernia escupen fuego y destrucción con una intensidad que desmiente las palabras de La Rivière. Aquellas posiciones que según el prisionero francés estaban mal defendidas, parecen más artilladas que las murallas de Constantinopla.
El caballero ha mentido y pronto pagará caro su engaño. Cuando los espahíes parecen recuperar el aliento para un nuevo asalto, les cae encima la carga de la caballería hospitalaria como un martillo del cielo.
— ¡Deus vult! —gritan algunos al estilo de las viejas cruzadas que sus antepasados combatieron en Tierra Santa.
El choque es brutal: hierro contra hierro, fe contra fe, hombres que mueren gritando el nombre de un Dios al que realmente desconocen.
Mustafá observa desde su posición en la colina mientras su rostro se ensombrece como el cielo antes de la tormenta.
La realidad se impone sobre los planes dibujados en los mapas.
Da la orden de retirada con un gesto que le cuesta más que mil batallas ganadas.
No por la vida de los hombres que acaban de morir, sino por tener que dar la razón a su rival político.
Se confirma que el Burgo es harina de otro costal y que tomarlo llevará meses.
Al menos, sus ingenieros han tomado buena nota de la artillería cristiana del Burgo.
Los cristianos regresan tras sus murallas exultantes, como si hubieran expulsado a los turcos para siempre.
Algunos traen cabezas cortadas colgando de las monturas; otros, dedos con anillos arrancados a los muertos, y hasta una bandera arrebatada al enemigo que ondea como un símbolo de la pequeña victoria.
En el cuerpo de un sipahi turco han hallado un brazalete con una inscripción grabada: « Yo no vengo a Malta para ganar oro, ni honor, sino para salvar mi alma ».
Mustafá observa el regreso de su ejército: heridos en camillas improvisadas, gemidos que se mezclan con el polvo del camino. La dura lección de que las batallas no se ganan frente a un mapa con banderas.
Sin dignarse a mirar a Pialí, que permanece silencioso pero atento, dice con voz que oculta mal su contrariedad: —Muy bien, almirante. Os concedo lo que pedisteis desde el principio.
Un leve aleteo de sus dedos ensortijados señala hacia San Telmo.
—Esa fortaleza será ahora nuestra prioridad. Su conquista garantizará la seguridad de la flota que tanto deseáis proteger.
Pialí resopla. Ese «os concedo» le sienta como una patada en el estómago, pero ha logrado su propósito. Pronto atacarán San Telmo y tendrá un puerto seguro para los barcos del sultán.
Malta puede ganarse o perderse según decida Alá, pero si pierde la flota imperial, será su cabeza la que acabe clavada en una pica frente al palacio de Topkapi .
Y eso no va a suceder.