Arde Malta 2 #2
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El secretario termina de escribir las últimas líneas con mano que tiembla por las prisas del dictado. Don García relee el mensaje y lo rubrica con un trazo firme que contradice el temblor de sus dedos artríticos: «Ensalce Nuestro Señor la persona real de V. M. como la Cristiandad desea.

De Mesina a 31 de mayo de 1565.

Don García de Toledo».

—Remitidla al instante. Esta carta no puede dormir en puerto.

El secretario recoge los pliegos y sale en busca del barco más rápido. Don García queda solo con sus mapas y la certeza de que Malta puede estar perdida antes de que llegue la respuesta real.

La copa de vino permanece intacta en su mano. Por la ventana ve alejarse la nave que lleva su mensaje.

Si su mensaje no convence al Rey, Malta puede convertirse en la tumba de una orden militar que lleva cuatro siglos defendiendo la Cristiandad.

Semanas después, en el corazón silencioso de Castilla, el destino de Malta se decide en una sala sobria del Alcázar de Madrid.

La carta de don García descansa abierta sobre el escritorio real; sus líneas están manchadas por la tinta del dictado urgente y la prisa del mensajero que la ha traído desde Mesina.

Felipe II estudia el mapa de Europa extendido ante él como si fuera un tablero de ajedrez, donde cada pieza representa miles de vidas. Malta parece un simple peón en comparación con el resto de sus preocupaciones. Pero es el peón que domina el centro del tablero. Un peón estratégico.

Sus consejeros, el príncipe de Éboli y el Duque de Alba, aguardan en silencio, conocedores del peso que el monarca carga sobre sus hombros.

Al fin Felipe II habla: —Ruy Gómez, príncipe de Éboli, ha preparado un informe sobre la situación del Turco. Escuchémosle.

El portugués hace una ligera inclinación de cabeza y toma la palabra: —Como ya sabe Vuestra Majestad —dice el príncipe de Éboli— hace unos meses, Bayaceto, el hijo favorito del sultán Solimán, se sublevó contra su padre y su hermano Selim y se refugió en la corte del Shah de Persia.

Aunque el Shah lo recibió al principio con honores reales y le aseguró que estaría a salvo, finalmente lo apresó y lo devolvió al sultán.

Los turcos lo ejecutaron, según su usanza, estrangulándolo.

El duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, lanza una mirada suspicaz al príncipe de Éboli.

El viejo soldado desconfía del portugués como desconfía de todos los políticos que intrigan mucho y combaten poco.

Alba tamborilea con los dedos sobre la mesa, impaciente por llegar al verdadero asunto de la reunión, pero de momento calla.

—¿Qué fuente confirma esta información? —interroga Felipe II.

—Donnini, el secretario del bailo veneciano. Hombre de confianza y bien situado en la corte otomana.

—Bien. Proseguid.

—Es por tanto seguro, que pronto el príncipe Selim, el último hijo sobreviviente de Roxelana Khanum, será sultán.

Y no parece que el sultán confíe en que su hijo Selim vaya a tener el empuje y determinación que él mismo y sus predecesores en el trono.

Es por ello que creemos que esa es una de las razones por las que Solimán ha ordenado atacar Malta.

No se fía de que su hijo esté a la altura de la empresa.

El Duque de Alba enarca una ceja en uve sorprendido por el giro con el que Éboli ha redirigido el tema dinástico de los turcos a la cuestión de Malta.

El rey permanece inmóvil mientras sus dedos juguetean con una sortija de oro. El silencio se alarga como una cuerda tensa.

—Además —continúa el príncipe—, parece que la empresa cuenta con el respaldo de algunas de las personas más cercanas al sultán: el general de los jenízaros; Roxelana, la sultana; Mihrimah, su hija predilecta; el Mufti, su líder religioso, y el gobernador de Egipto entre otros.

Todos ellos han sufrido graves perjuicios económicos por la actividad de corso de los caballeros sanjuanistas.

—Bien, bien... —dice Alba—. ¿Pero podemos discutir ya la cuestión del socorro?

Felipe II asiente con una sonrisa apenas visible que podría significar cualquier cosa. Alba se incorpora en su silla, el torso rígido como una lanza.

—El ataque a Malta —dice el duque— busca el dominio absoluto del Mediterráneo. Si cae, Sicilia será el siguiente ob jetivo; después Nápoles, quién sabe si Roma misma. Estamos obligados a intervenir por estrategia y por honor.

Éboli sonríe con el desdén del cortesano que nunca ha olido la pólvora quemada.

—España —replica Éboli— no puede intervenir en todas las guerras que afecten a la Cristiandad. ¿Por qué siempre nosotros? Que se encarguen los venecianos o los franceses.

Los músculos del cuello de Alba se tensan como cuerdas de ballesta. Ha visto morir demasiados hombres por la indecisión de los políticos.

—¿Francia? ¿Venecia? —Alba no oculta su desprecio—. Solimán ha otorgado concesiones comerciales a Francia para garantizar su neutralidad, y Venecia lleva meses pasando información a los turcos sobre nuestros movimientos navales. ¿Son estas las naciones que van a defender la Cristiandad?

Éboli mantiene su sonrisa complaciente pero guarda silencio. El aire de la sala se espesa mientras ambos hombres se miden con la mirada.

—Además —continúa Alba—, si Malta cae, tendremos que triplicar los esfuerzos defensivos en Sicilia. O la perderemos en dos años.

—¿Y si enviamos la flota y es derrotada? —Éboli se inclina hacia adelante como serpiente que busca el momento de atacar—. Nuestra flota vale más que veinte Maltas juntas.

El recuerdo del desastre naval de Djerba sobrevuela la sala como un fantasma que nadie se atreve a nombrar. Alba aprieta las mandíbulas hasta que el rubor le colorea el rostro.

Felipe II se levanta. El silencio que sigue es tan absoluto que se oye el crepitar de las velas en los candeleros.

Camina hacia la ventana. La sierra madrileña se extiende pacífica bajo la luz dorada del atardecer, ajena a las decisiones que se toman en esta sala.

Los hombros reales se encorvan bajo el peso invisible de un Imperio donde nunca se pone el sol, donde cada decisión puede salvar o condenar a miles de súbditos que confían en la sabiduría de su rey.

Los minutos pasan, arrastrándose, mientras Alba y Éboli intercambian miradas nerviosas, adversarios unidos por la incertidumbre. Ambos conocen el peso de las palabras reales cuando por fin se decide a pronunciarlas.

Al fin, Felipe II se gira. La Historia aguarda su respuesta como Malta aguarda el socorro. Y cuando habla, sus palabras sellan el destino de todos los que combaten y mueren en las murallas de Malta.