Arde Malta 2
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Malta, dos meses después

Las rocas de Malta observan en silencio. Ni un trino de ave. Ni un ladrido de perro. Hasta el viento parece contener la respiración. Sólo se escucha el canturreo constante de una cigarra al sol.

Hasan siente el peligro en la piel como una picadura invisible: cada sombra puede ocultar una ballesta; cada muro, un arcabuz con la mecha lista para escupir fuego.

Veinte jenízaros le siguen en fila india, pisando donde él pisa con los músculos rígidos y los ojos recorriendo las colinas quemadas por el sol. Nadie habla.

Son la primera avanzadilla del ejército otomano.

Los que deben asegurar que el punto que han elegido es seguro.

Han desembarcado en la isla esa mañana. Desde los barcos han visto caballeros de Malta a caballo siguiéndoles.

Tienen que estar cerca. Los cristianos están aquí, en algún lugar, esperando como arañas en su tela.

—¿Ves algo, hermano? —susurra Kasim a su espalda.

Hasan niega con la cabeza sin apartar la vista del terreno quebrado que se extiende ante ellos.

Rocas calcáreas blanqueadas por el sol, muros de piedra que dividen campos abandonados, edificaciones dispersas que pueden albergar docenas de arcabuceros.

Malta es un laberinto perfecto para escaramucear y ellos son apenas una patrulla en medio de territorio enemigo.

Detrás de ellos, a una legua de distancia, las galeras otomanas aguardan la señal para comenzar el desembarco. Treinta mil hombres esperan su informe.

El viento trae olores extraños. Hierba seca entre las piedras, romero silvestre, el aroma resinoso del Mediterráneo. Pero también algo más sutil que hace que Hasan entrecierre los ojos: el inconfundible olor acre de cuerdas de arcabuz prendidas.

Alza la mano y la patrulla se detiene al instante.

Estudia el terreno con ojos de soldado profesional. A trescientos pasos hay una edificación de piedra rodeada por un muro bajo, una de esas construcciones rurales que los malteses llaman girna . ¿Podría ocultarse ahí el enemigo?

Está decidiendo si acercarse cuando lo ve.

Un jinete cristiano avanza al descubierto hacia la girna como si estuviera en una cabalgada dominical.

La sobrevesta roja y la cruz blanca de ocho puntas no dejan lugar a dudas: caballero de Malta.

El necio galopa directamente hacia la edificación, confirmando que las sospechas de Hasan eran ciertas.

El jenízaro sonríe sin ganas. Algunos hombres nacen para morir por sus errores.

Con un gesto silencioso, sus hombres se despliegan en abanico. Cada movimiento está pensado, las posiciones calculadas. Las mechas de arcabuz chisporrotean en silencio mientras se preparan para la matanza.

Otro caballero emerge de la girna dando voces airadas al recién llegado. Hasan aguza el oído pero no logra distinguir las palabras. Pero no lo necesita. Si él fuera el oficial al mando de la emboscada ya le habría cortado la cabeza al jinete que ha descubierto la posición.

Alza la mano y sus hombres se tensan como ballestas a punto de disparar.

La orden de ataque muere en sus labios cuando ve brotar hombres del interior de la girna como si hubieran pateado un avispero. Son una decena de sanjuanistas. Cristianos armados hasta los dientes que aguardaban emboscados.

La ironía le arranca una sonrisa feroz. Los cazadores están a punto de convertirse en presas.

—¡A ellos! —grita mientras se lanza colina abajo seguido por sus jenízaros.

El primer disparo de arcabuz truena como un rayo e impacta en el pecho del caballero que ha delatado la posición. Se desploma del caballo produciendo un ruido metálico y sordo al golpear contra las piedras.

Más disparos caen como lluvia mortal; las balas hacen saltar esquirlas que silban como avispas furiosas.

Los musulmanes se abalanzan sobre ellos, una marea violenta de acero curvado y gritos de guerra. Cuchilladas, estocadas, reveses y mandobles vuelan sin descanso, más densos que la sangre y numerosos que el granizo.

Hasan salta por encima de un muro bajo. Se encuentra cara a cara con un caballero de barba gris que blande la espada.

Luce una portentosa armadura en la que refleja el sol como un espejo.

El cristiano es rápido, pero menos que Hasan.

El jenízaro esquiva la estocada por centímetros y responde con un tajo de su yatagán dirigido a la pierna desprotegida de su adversario.

La hoja encuentra carme y desgarra tendones y ligamentos hasta el hueso.

El caballero cae rodilla en tierra, y Hasan aprovecha la posición de ventaja.

Cercena el cuello de su oponente con un tajo limpio.

El caballero cae de espaldas sobre el suelo y su sangre brota sin control, empapando su sobrevesta roja y blanca.

—¡Retirada! ¡A Medina! —grita uno de los cristianos con acento francés.

Pero ya es tarde para huidas ordenadas.

Kasim abre fuego contra el caballero francés que ha dado la orden de retirada.

El disparo mata a su caballo y jinete y montura se desploman en una maraña de extremidades y metal.

El caballero trata de ponerse en pie, pero la pierna izquierda no le responde.

Cojea dejando un reguero de sangre sobre la tierra, mientras sus compañeros huyen hacia la ciudad fortificada que se alza en la distancia.

Uno de sus hombres se detiene e intenta ayudarle, pero los jenízaros están demasiado cerca.

—Huye, muchacho —dice el caballero herido con voz firme—. No puedes cargar conmigo.

El joven soldado obedece a regañadientes. El francés se deja caer sobre el suelo polvoriento mientras el círculo de jenízaros se cierra a su alrededor como una corona de lanzas.

Entrega la espada con gesto ceremonioso. No hay súplicas en sus ojos, ni miedo. Solo la resignación del soldado que sabe cuándo la partida ha terminado.

Hasan se acerca despacio. La sangre fluye por el filo de su espada hasta llegarle al codo.

Tiene gotas de salpicaduras por el rostro.

Observa al prisionero con respeto profesional.

Es un hombre de guerra, se nota en cada gesto, en la forma en que estudia a sus captores calculando posibilidades de huida que ya no existen.

—¿Cómo te llamas, cristiano? —pregunta en un francés chapurreado.

— Adrien de la Rivière , caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén.

—Yo soy Hasan, jenízaro del sultán. Has luchado bien.

El francés asiente sin bajar la mirada.

—¿Qué hacías aquí? —continúa Hasan—. ¿Intentabais hacer algún prisionero?

La Rivière guarda silencio, pero sus ojos lo delatan. Los prisioneros serán la principal fuente de información militar en este conflicto.

Hasan estudia de nuevo el terreno. La girna era un lugar perfecto para aguardar emboscados: controla el paso natural hacia el interior de la isla.

Los cristianos sabían que los exploradores turcos acabarían pasando por aquí y habían preparado una recepción mortal.

Si no hubiera sido por el error del caballero que cabalgó al descubierto...

—Lleváoslo —ordena a sus hombres—. El general, Mustafá Pachá, querrá hablar con él.

El caballero sanjuanista sabe lo que le espera: primero la tortura para arrancarle información sobre las defensas de Malta, después la muerte. Pero quizá el francés aún pueda prestar un servicio a su fe manteniendo la lengua firme y el corazón sereno.

Mientras sus jenízaros atan al prisionero, Hasan contempla el paisaje de Malta que se extiende ante él. Una isla árida y rocosa, con poca vegetación y agua y sin campos de cultivo. Sobrevivir aquí será uno de los mayores retos a los que se enfrentarán las huestes del sultán.

Pero eso es un problema para mañana. Hoy han capturado a un oficial enemigo y han desbaratado una emboscada cristiana. Es suficiente para el primer día en suelo maltés.

La gran batalla entre la Cruz y el Corán acaba de comenzar.

El despacho del virrey huele a pergamino y tinta fresca. Don García Álvarez de Toledo observa el mapa de Malta extendido sobre su escritorio mientras la gota le martillea la rodilla derecha con cada paso que da.

En su frente se marca la huella de innumerables años; sus cabellos grises cuentan el pasado y sus ojos, aún más grises, insinúan lo que está por venir.

—Escribid —dice con tono grave mientras camina hacia su secretario—. «Si Malta no se socorre, según lo que aquí se pide, la tengo por perdida».

Su secretario moja la pluma en el tintero. El susurro de la escritura sobre el papel marca el ritmo de las decisiones que pueden salvar o condenar a miles de personas.

Don García se detiene junto a la ventana, desde donde se escucha a las gaviotas graznar sobre el puerto de Mesina.

—«Malta no permite regatear en medios. No podemos esperar que se resuelva sin aventurar nada».

La pluma vuela sobre el papel mientras don García busca las palabras que convenzan a Felipe II de la urgencia del mo mento. Está convencido de la necesidad de socorrer la isla. Y sabe que si no lo hace España, ninguna otra potencia cristiana lo hará.

—Añadid que los españoles son el principal nervio de este negocio —continúa mientras se sirve una copa de vino—. Porque quien crea que se puede hacer frente al Turco sin los Tercios Viejos se engaña como un necio.

Ahora viene lo más delicado. Don García conoce la reluctancia del rey a arriesgar la flota después del desastre de Djerba de hace cinco años.

En aquella batalla, se perdieron treinta galeras en aguas tunecinas.

Y a España le ha costado sudor y muchos ducados el reponerlas.

No puede permitirse otra pérdida así. Simplemente, no hay dinero en el tesoro.

—Y si Su Majestad teme aventurar la flota, deme al menos los hombres que pido y procuraré con ellos el seguro remedio, desembarcando en Malta y rompiendo el asedio por tierra. Pero para eso necesito gente escogida. De la buena.