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Arde Malta

Arde Malta

Por Jose Manuel Sala Marti

© inepub.com

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La lluvia cae sobre Mesina como una cortina de plomo que empapa hasta los huesos y convierte las calles en ríos de barro.

Son las primeras horas después de medianoche cuando una figura encapuchada se desliza entre las sombras del puerto siciliano, moviéndose con la cautela de quien lleva secretos que pueden cambiar el destino de imperios.

El hombre avanza pegado a los muros, evitando los charcos que reflejan la luz mortecina de las antorchas.

Su respiración forma pequeñas nubes de vapor en el aire frío mientras sus ojos escudriñan cada rincón, cada ventana, cada sombra que podría ocultar una amenaza.

Bajo la capa empapada, su mano derecha descansa sobre la empuñadura de una daga, y en su pecho, cosido en el forro del jubón, late el pulso de Europa: un mensaje que ha viajado desde los bazares de Constantinopla hasta Sicilia.

Los guardias del palacio virreinal dormitan junto a sus alabardas cuando el desconocido emerge de la oscuridad como un fantasma materializado por la lluvia.

Su voz, ronca por el frío y la urgencia, corta el silencio de la noche: —Traigo avisos para don García de Toledo. Asuntos que no admiten demora.

El centinela más veterano, un sargento siciliano de bigote entrecano, entrecierra los ojos para estudiar al recién llegado. Habla con autoridad, pero su aspecto es el de un vulgar comerciante del puerto.

—Su excelencia el virrey descansa, y no creo que quiera que una alimaña como…

—Enseñadle esto a su excelencia y veréis como querrá recibirme inmediatamente.

El hombre extrae de su jubón un anillo de sello que refleja la luz de las antorchas con destellos dorados.

El sargento reconoce las armas grabadas y su rostro se tensa.

Es el anillo de la red secreta de agentes que opera entre Nápoles y Levante, hombres de los que solo se habla en susurros y cuyos nombres nunca se escriben en los despachos oficiales.

—Seguidme —murmura el sargento, y guía al desconocido por pasillos de piedra donde sus pasos resuenan como tambores de guerra lejanos.

Don García de Toledo se incorpora en su lecho cuando su secretario aparece en el umbral con una vela en la mano, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de la alcoba.

El virrey de Sicilia es un hombre de cincuenta años curtido por décadas de guerra contra el Turco y sus instintos militares le despiertan en cuanto percibe la urgencia en el rostro de su subordinado.

—Excelencia, ha llegado un correo. Dice que viene de la red del genovés.

García de Toledo no necesita más explicaciones.

Giovanni Renzo y sus agentes llevan años siendo los ojos y oídos de España en territorio otomano, y cuando uno de sus mensajeros aparece en plena noche bajo la lluvia, las noticias nunca son buenas.

Se incorpora, se echa un manto sobre los hombros y camina descalzo hasta su despacho, donde el fuego de la chimenea arroja lenguas de luz dorada sobre mapas del Mediterráneo.

El mensajero espera de pie junto a la ventana, con el agua goteando de su capa sobre las baldosas.

Cuando don García entra, el hombre se inclina en una reverencia breve y extrae un pergamino sellado de su jubón.

El lacre está intacto, pero don García sabe que eso no significa nada.

Los agentes de Renzo son maestros en el arte de abrir correspondencia sin dejar rastro.

—¿De dónde venís? —pregunta don García mientras recibe el mensaje.

—De Constantinopla, excelencia. Sin otras escalas más que las obligatorias.

—Bien. Podéis marcharos.

El hombre se inclina de nuevo y desaparece en la noche como si nunca hubiera existido, dejando tras de sí apenas el olor a humedad y secretos.

Don García examina el pergamino a la luz de las velas. A primera vista, no es más que una carta comercial de un mercader genovés a su corresponsal en Sicilia, llena de referencias a precios de especias y rutas comerciales.

El virrey acerca el pergamino a la luz de las velas, buscando marcas invisibles entre las líneas. Luego lo lleva a la chimenea y deja que el calor del fuego acaricie la superficie del papel.

Poco a poco, como fantasmas que emergen del más allá, comienzan a aparecer palabras escritas con tinta invisible entre las líneas del texto comercial.

«La mañana del 29 de marzo el almirante de la flota y Mustafá, el comandante supremo de la expedición, han ido a besar la mano del sultán y a recibir sus órdenes».

García siente como se le acelera el pulso mientras lee los números que van materializándose ante sus ojos: galeras, soldados, cañones, provisiones. Es la flota más poderosa que el Turco ha armado nunca.

Pero es la última línea la que le hiela la sangre en las venas.

«No se conoce todavía el destino de la flota, pero se dice que irá a asediar Malta».

—Malta… —repite con inquietud—. Que Dios nos asista.

Don García deja caer el pergamino sobre su escritorio y camina hasta la ventana. Fuera, la lluvia sigue golpeando los cristales como dedos impacientes que llaman a la puerta del destino.

—¡Secretario! —Llama—. ¡Preparad despachos urgentes para Madrid y Malta!

En algún lugar del Mediterráneo, la flota más grande de la historia navega hacia una pequeña isla que cambiará el destino de Europa.