CAPÍTULO 12
Al otro lado del río
El último tramo
La pendiente del antiguo camino de carboneros se suavizó gradualmente hasta convertirse en un sendero de tierra firme y arcilla rojiza que serpenteaba entre lomas coronadas por robles centenarios.
Thomas avanzaba a la cabeza de la comitiva con el paso cadencioso y pesado de quien ha aprendido a medir las fuerzas para no colapsar en mitad del trayecto.
Han pasado tres semanas desde la noche terrible en que las llamas devoraron las cabañas y los campos de algodón de St. Jude, veintiún días de marcha ininterrumpida por trochas clandestinas, barrancos anegados y gargantas sombrías.
El peaje de aquella huida desesperada se hallaba impreso con una crudeza desgarradora en las facciones de todos y cada uno de los integrantes de la expedición.
El cansancio había alcanzado a todos. Los dos hijos de los Fletcher y la pequeña Martha apenas podían mantener el paso, mientras Samuel caminaba junto a Lizzie con los zapatos destrozados y sujetos con tiras de cuero.
Thomas avanzaba en cabeza, consciente de que cada milla recorrida agotaba las últimas fuerzas del grupo.
Las provisiones que Nathaniel Brooks les había entregado semanas atrás y los víveres compartidos por el grupo de James Whitaker tocaban a su fin.
En el zurrón de Lizzie apenas quedaban unos puñados de harina de maíz, una corteza dura de tocino rancio y algo de agua que reservaban para los niños.
Cada milla de ascenso se convertía en una prueba de resistencia.
El paisaje también había cambiado. Habían dejado atrás los campos de algodón y las grandes plantaciones para internarse en una comarca de pequeñas parcelas, prados y bosques.
La guerra aún no había arrasado aquellas tierras, pero sus huellas eran visibles en la ausencia de hombres jóvenes y en las miradas desconfiadas de las mujeres que observaban al grupo desde los porches.
James Whitaker, que caminaba apoyado en un sólido bastón de avellano mientras mantenía el brazo herido en cabestrillo bajo la chaqueta de paño, se pausó al borde de un saliente de roca para recuperar el aliento y dejó escapar una leve sonrisa de alivio, la primera en muchos días.
—Lo hemos conseguido, Miller —dijo Whitaker en un murmullo agotado pero lleno de satisfacción, señalando con la barbilla hacia el valle despejado que se abría tras el último recodo del monte—.
Hemos dejado atrás el cinturón de contención de la reserva.
Esta es la comarca de las colinas altas.
Los registros militares aquí son meramente testimoniales porque el frente principal se ha desplazado hacia el oeste.
Si logramos alcanzar el poblado del cruce, habremos dejado el peligro más grave a nuestra espalda.
Thomas se detuvo a su lado mientras la brisa del norte le refrescaba el rostro. Lizzie se acercó despacio, dejando a Samuel al cuidado de Josiah Carter. Por primera vez en semanas, podían permanecer juntos sin la urgencia de esconderse o vigilar el bosque en busca de patrullas.
Lizzie contempló el valle bañado por los últimos rayos del sol.
—Parece un mundo distinto, Thomas —murmuró—. No hay humo en el horizonte ni soldados en los caminos. Por primera vez desde que salimos de St. Jude, puedo respirar sin miedo.
Thomas tomó sus manos entre las suyas. Estaban ásperas y llenas de rozaduras, pero seguían transmitiéndole la misma calidez que lo había sostenido durante toda la huida.
—Hemos recorrido más de doscientas millas a pie y en carretas prestadas, Lizzie —contestó Thomas, apretando sus dedos con ternura—. La tierra que dejamos atrás ya no existe para nosotros. Este es el comienzo de algo nuevo, aunque todavía no sepamos exactamente qué nos aguarda al final del camino.
Lizzie alzó la mirada hacia el rostro demudado de Thomas, observando la cicatriz del pómulo y las líneas de expresión que la fatiga había grabado a fuego alrededor de sus ojos oscuros.
—Dime una cosa, Thomas... —preguntó ella, dudando un instante antes de dar voz al pensamiento que la había acompañado durante tantas noches en vela—. ¿Qué haremos cuando lleguemos a un lugar seguro? ¿Qué harás cuando no tengamos que correr más?
Thomas dejó escapar un largo suspiro, contemplando la inmensidad del horizonte sin nombre que se abría ante ellos.
—No lo sé con certeza, Lizzie —reconoció con una honestidad desprovista de falso orgullo—.
No sé qué clase de trabajo podré encontrar en las ciudades del norte.
He sido arriero, maderero y peón de flete toda mi vida; sé manejar un tiro de mulas, labrar la tierra y trabajar la madera con el hacha.
No tenemos dinero ni recomendaciones, y la gente de los condados libres mirará con recelo a los fugitivos que llegan del sur sin más equipaje que la ropa que llevan puesta.
Tendremos que empezar desde abajo, viviendo en alguna casa alquilada de la periferia o trabajando en los talleres de las estaciones de tren.
Hizo una pausa y miró a sus hijos, que dormitaban en el carruaje bajo la vigilancia de Josiah Carter.
—Pero nada de eso importa realmente, Lizzie —continuó Thomas con una determinación férrea en la voz—.
No me importa doblar el lomo catorce horas al día en una serrería o en una cantera de piedra si con eso puedo pagar un techo donde resguardaros y un plato de sopa caliente para los pequeños.
Lo único que me importa es que Samuel y Martha puedan despertarse por las mañanas sin escuchar el galope de los cazadores de recompensas, que puedan ir a la escuela si la hay, y que crezcan en una tierra donde nadie pueda ponerles un hierro en el tobillo o venderlos como mercancía en un mercado de esclavos.
Lizzie apoyó la cabeza contra el hombro de Thomas, sintiendo el latido firme y rítmico de su corazón bajo la chaqueta de lona gastada.
Durante semanas, la supervivencia pura había anulado cualquier posibilidad de soar con el mañana, pero en aquella loma, bañada por la luz dorada del atardecer, la promesa de una vida digna dejaba de ser una ilusión lejana para convertirse en una meta alcanzable.
Sin embargo, la sombra de la contienda no se disipaba con la sola voluntad de alejarse de ella. Thomas frunció ligeramente el ceño, dejando entrever la inquietud que seguía carcomiendo su ánimo por dentro.
—Lo que me quita el sueño, Lizzie, es que la guerra no parece tener fin —confesó Thomas en tono confidencial, asegurándose de que los desplazados no escucharan sus palabras—.
Aunque hayamos cruzado la frontera invisible del condado, el reclutamiento del ejército nacional se extiende a cada nueva provincia que entra en el conflicto.
Tengo miedo de que, apenas nos establezcamos en una comunidad y logremos construir un hogar para los niños, las partidas de levas vuelvan a llamar a la puerta para exigir hombres para el frente.
Si la guerra nos alcanza en el Norte, no nos quedará ningún otro lugar al que huir.
—Si la guerra llega hasta allí, la enfrentaremos juntos, Thomas, como hemos enfrentado cada milla de este camino —respondió Lizzie con una firmeza que no admitía réplica—.
Pero no voy a permitir que el miedo al mañana nos robe la paz de haber llegado hasta aquí con vida.
Estamos juntos, los niños están a salvo y hemos dejado atrás la esclavitud de St. Jude. Eso es lo único que nos pertenece hoy.
Antes de que Thomas pudiera añadir nada más, James Whitaker avanzó dos pasos hacia la arista del promontorio y levantó la mano derecha, indicando al grupo que se acercara a la orilla del camino.
—¡Mirad allí abajo, Miller! —exclamó Whitaker con la voz vibrante de entusiasmo, señalando hacia el fondo de la hondonada donde el río se ensanchaba para formar un remanso tranquilo cubierto de sauzales.
A menos de dos millas de distancia, acurrucado en la confluencia de tres caminos de piedra y flanqueado por las torres de madera de un antiguo molino harinero, se divisaba un núcleo urbano de cierta importancia.
Era el poblado de Oakhaven Norte, una villa próspera de casas de ladrillo rojo y tejados de pizarra, de cuyas chimeneas ascendían hilos rectos de humo blanco que sugerían el calor de los hogares en marcha.
Entre la bruma de la tarde se distinguía la actividad pausada de la plaza del mercado, el movimiento de dos carromatos de suministros y la figura de un puente de piedra que cruzaba el río sin barrancas ni controles militares a la vista.
—Allí está Oakhaven Norte —anunció James Whitaker, señalando la villa al fondo del valle—.
Hay un puesto de socorro, un mercado donde podremos conseguir provisiones y una oficina de correos con información sobre las rutas hacia la frontera canadiense.
Allí podremos descansar, curar las heridas y averiguar cómo continuar sin escondernos entre los bosques.
Thomas contempló la población y sintió que una parte del peso de aquellos meses comenzaba a desprenderse de sus hombros. Buscó la mano de Lizzie y la apretó con fuerza.
Por primera vez, descendieron hacia un lugar sin necesidad de ocultarse.
La frontera
El descenso hacia Oakhaven Norte reveló una realidad radicalmente distinta a la desolación opresiva que habían dejado atrás en los condados del sur.
Al atravesar el viejo puente de piedra sobre el río Madero, el estruendo rítmico de los cascos de las mulas y el crujido de las ruedas de la carreta de William Harper se mezclaron con el barullo vibrante de una villa en febril actividad.
El aire ya no olía a pólvora rancia ni a vegetación calcinada, sino a pan recién horneado, serrín fresco y al humo reconfortante de las chimeneas de ladrillo.
Sin embargo, tras la fachada de normalidad próspera, la sombra del conflicto palpitaba en cada esquina.
La plaza del mercado y los alrededores de la estación de diligencias estaban abarrotados de comerciantes, familias desplazadas y viajeros llegados del sur. Grupos de hombres discutían frente a los tablones de anuncios las últimas noticias del frente.