CAPÍTULO 11 #5
William Harper, que había permanecido apoyado en el pescante de su carromato observando el humo con el rostro ensombrecido por la aprensión, escupió al suelo y tiró con suavidad de las riendas de sus mulas, tomando una decisión tajante.
—Hasta aquí llega mi viaje con vosotros, Miller —declaró el carretero, hablando con una frialdad adusta en la que afloraba la fatiga de tantas jornadas de tensión—.
Mi compromiso era transportar la madera y sacaros de la zona inmediata de la reserva, pero no voy a despeñar mi carromato ni a matar a mis bestias por las trochas de carboneros del monte alto.
Mi carga de abeto está contratada en la tenería del oeste y tengo que cobrar ese flete para no perder la hacienda.
Voy a tomar la variante baja antes de que las patrullas corten el puente, venderé la mercancía en el primer almacén de la comarca y buscaré el camino de vuelta a mi casa.
Thomas miró al viejo carretero a los ojos, comprendiendo que no podía exigirle que arriesgara su patrimonio y su vida por una causa que no era la suya.
La relación entre ambos había comenzado bajo el signo de la sospecha y la desconfianza mutua en los callejones de la villa, pero las millas recorridas juntos en el barro, el esfuerzo compartido para empujar la caja en los repechos peligrosos y la vigilancia mutua durante las noches de alerta habían transformado la suspicacia inicial en un respeto sobrio y duradero.
—Has cumplido tu palabra, Harper —respondió Thomas con voz grave, dando un paso al frente para extenderle la mano—. Nos diste un techo sobre ruedas cuando los niños no podían dar un paso más y compartiste tu pan con nosotros en mitad del monte. No olvidaremos lo que has hecho por esta familia.
El viejo carretero contempló la mano tendida de Thomas durante un breve instante antes de estrecharla con un agarre duro y calloso, producto de una vida entera bregando con los cueros y el azote del viento.
La mirada de Harper, antes esquiva y adusta, mostraba ahora una comprensión limpia sobre la determinación que impulsaba a aquel hombre a proteger a los suyos a cualquier precio.
—Toma esto, Miller —dijo Harper, metiendo la mano en la faltriquera de su chaleco de cuero para extraer un sólido navajón de afeitar con mango de asta y un pequeño frasco de sebo vegetal para curar las rozaduras de los cascos y el calzado—.
Las trochas de monte destruyen las suelas y la madera seca puede ser más útil que una pistola si tenéis que improvisar un cobijo en la ladera.
Eres un hombre cabal, Thomas Miller, y tienes una familia por la que merece la pena luchar hasta el final.
Que la suerte os acompañe en el camino del Norte.
—Que la suerte te acompañe a ti también, William —añadió Lizzie con voz suave, inclinando la cabeza con sincera gratitud mientras el carretero asentía en silencio con un gesto adusto de su sombrero de fieltro.
Sin más rodeos, William Harper hizo girar el tiro de mulas con pericia y guio su carromato por la trocha descendente que conducía hacia las plataformas del oeste, disolviéndose gradualmente entre la bruma del pinar.
Thomas se volvió entonces hacia James Whitaker, Josiah Carter y las familias desplazadas que aguardaban con sus atadijos al borde del camino.
La partida del carromato reducía su equipaje a lo que podían cargar sobre los hombros y las fuerzas que les quedaban en las piernas, pero la determinación del grupo permanecía intacta.
Thomas tomó el bolso de lona donde guardaban las pocas provisiones que les restaban, acomodó a la pequeña Martha sobre su cadera y tomó la mano de Lizzie, mientras Samuel marchaba entre su madre y el viejo arriero.
—El camino de los carboneros empieza tras aquel grupo de robles, Thomas —anunció James Whitaker, ajustando su bastón de avellano para iniciar la marcha a la cabeza de la comitiva.
El pequeño grupo echó a andar a paso firme por el sendero alto, dejando atrás la calzada principal y la villa sumida en las llamas.
A medida que ganaban altura por la falda de la loma, Thomas no pudo evitar volverse una vez más para contemplar el horizonte que dejaban a la espalda.
El humo denso de los incendios de la Garganta de los Molinos continuaba elevándose hacia el cielo de la tarde, fusionándose con los nubarrones oscuros que anunciaban lluvia sobre las montañas del Sur.
La contienda que los había expulsado de las plantaciones de St. Jude no se extinguía a sus espaldas, sino que crecía y se extendía con el impulso devorador de una tormenta que amenazaba con alcanzar cada rincón del país.
Thomas apretó los dedos de Lizzie con una firmeza renacida, guió a sus hijos por la trocha de piedra seca y se internó en la penumbra del bosque de robles, sabiendo que cada paso hacia el Septentrión era una victoria robada a la desesperación, pero comprendiendo con helada certeza que la niebla de los cerros les impedía adivinar qué clase de peligros o de esperanzas aguardaban al doblar el siguiente recodo del camino.