Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 11 #4
90%

CAPÍTULO 11 #4

Thomas entornó los ojos, intentando descifrar el origen de la devastación.

No se trataba de una única hoguera ni del fuego aislado de una chimenea de maderería.

Varios focos de incendio ardían simultáneamente a lo largo de la calzada principal: estructuras de madera convertidas en piras incandescentes, lo que parecían granjas principales arrasadas por las llamas y campos de rastrojo ardiendo en una línea continua que cortaba el paso hacia el puente de hierro.

Entre los mantos de humo que se arrastraban por el fondo del valle, la niebla no lograbas ocultar el destello intermitente y lejano de detonaciones sordas que hacían vibrar ligeramente la piedra bajo su pecho.

Thomas permaneció inmóvil sobre la roca, con el viento helado agitándole el cabello y el sudor secándose sobre su frente.

No podía precisar si aquella humareda era el testimonio mudo de una gran batalla en curso, el rastro dejado por un campamento militar en retirada o el incendio sistemático de los recursos del valle por parte de las tropas de requisa.

Lo único evidente, con una certeza helada y terrible, era que la carretera del Norte estaba ardiendo y que la guerra, lejos de haber quedado atrás, acababa de levantar un muro de fuego e incertidumbre directamente sobre su único camino de salvación.

El fuego en el horizonte

El ascenso por la cornisa rocosa desembocó finalmente en un altozano despejado desde el que la garganta del río volvía a abrirse hacia el norte.

Desde aquella posición elevada, el grupo pudo contemplar por fin el origen exacto de las columnas de humo denso que venían divisando desde las primeras horas de la tarde.

No se trataba del resplandor violento ni del tronar de una gran batalla de artillería en curso, sino de las cicatrices recientes y silenciosas que el paso de las vanguardias militares dejaba a su travesía.

A menos de una milla de distancia, acurrucado en la hondonada del valle, el pequeño caserío de la Garganta de los Molinos yacía medio en ruinas y sumido en una desolación helada.

Varias estructuras de madera y piedra, entre ellas el granero comunitario y dos viviendas de labranza, continuaban ardiendo sin que nadie acudiera a sofocar las llamas, desprendiendo un tufo acre a madera quemada, paja mojada y cuero chamuscado que saturaba el aire de la tarde.

El espectáculo de la población devastada ofrecía un retrato desgarrador de las consecuencias de la guerra sobre la gente sencilla.

No había regimientos desplegados en las calles ni pabellones de marcha levantados en las eras; el ejército ya había evacuado el sector tras incautar los pertrechos, dejando tras de sí un rastro de abandono y miseria.

Los cercados de madera permanecían con los portones derribados a hachazos, y algunos cerdos y vacas escuálidas deambulaban desorientados entre los huertos pisoteados.

En el camino principal que salía de la aldea, un puñado de familias de agricultores y artesanos locales cargaban sus escasas pertenencias en carretillas de mano o sobre sus propias espaldas, avanzando a paso lento con los rostros desencajados por el miedo y la impotencia.

Ancianos apoyados en cayados de avellano y mujeres que apretaban a los lactantes contra sus pechos caminaban en silencio, huyendo de una comarca que amenazaba con convertirse en campo de maniobras de las divisiones que avanzaban desde el oeste.

Thomas observó la escena desde la cima, con Lizzie apretada contra su costado y Samuel contemplando el humo con los ojos muy abiertos.

Aquellas familias expulsadas de sus hogares le recordaron demasiado a St. Jude y Oak Harbor.

Si continuaban por la calzada real, acabarían entrando directamente en la zona de operaciones militares.

Thomas hizo detener la caravana; antes de que anocheciera, debían encontrar otra ruta.

James Whitaker, que había caminado con dificultad apoyándose en su bastón para no sobrecargar el brazo herido, se aproximó al grupo y contempló la hondonada del valle con gravedad.

—Seguir por la calzada del río es una insensatez, Miller —advirtió Whitaker en voz baja, señalando hacia el fondo de la garganta con la punta de su vara de avellano—.

La columna de artillería que pasó por la mañana se ha establecido en el cruce de los molinos para fortificar el paso de la ribera.

Si bajamos con la gente y los carros, tropezaremos de lleno con la retaguardia de la brigada y seremos interrogados o retenidos como mano de obra para las trincheras.

Sin embargo, existe una alternativa que los mapas oficiales no registran.

A la derecha del altozano nace el antiguo camino de los carboneros; es un trazado sinuoso que serpentea por las lomas altas de la cumbre, bordeando la zona diezmada por el sur.

Es una ruta dura, llena de roderas abandonadas y pendientes de piedra suelta, pero nos permitirá esquivar el nudo del valle y salir directamente a los condados libres del norte.