Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

—Aceptamos el trato, Whitaker —dijo Thomas, extendiendo su mano hacia el capataz herido para sellar el acuerdo—. Sacaremos la carreta del arroyo y despejaremos las ramas del pino entre todos. Viajaremos juntos hasta la línea de los alerces.

El rumor de la batalla

El avance por la vertiente de los alerces se convirtió en un lento vía crucis de piedra, barro y desolación.

La caravana improvisada, encabezada por la mole de la carreta de William Harper y flanqueada por las familias exhaustas, ascendía a duras penas por el antiguo camino de arrastre de carbón.

Las mulas resoplaban con violencia, echando vaho por los ollares en el aire cada vez más frío de la loma, mientras Thomas y Josiah hincaban las botas en la arcilla para empujar las ruedas traseras en los tramos más pronunciados.

A medida que ganaban altura, el frondoso dosel de pinos y alerces comenzaba a clarear, revelando un paisaje desolado donde las huellas del conflicto bélico eran cada vez más profundas, recientes e ineludibles.

El frágil anonimato del monte se disipó por completo al alcanzar el cruce de la antigua calzada maderera.

Allí, el camino ya no era una senda solitaria, sino un río revuelto de miseria y estampida humana.

Decenas de familias huidas se agolpaban en las márgenes, arrastrando lo poco que habían podido salvar: enseres atados a mantas, sacos de grano a medio llenar y niños de corta edad que caminaban en silencio, con los rostros ennegrecidos por el hollín de los incendios distantes.

Mezclados entre la riada de civiles, avanzaban en sentido contrario varios carros militares desvencijados, arrastrados por caballos escuálidos.

En su interior se amontonaban soldados heridos de la reserva, con los uniformes de paño desgarrados, vendajes sucios impregnados de sangre seca y miradas perdidas en la vacuidad del estupefacto agotamiento.

Un sargento de infantería, con el brazo derecho en cabestrillo y la casaca desabotonada, caminaba a trompicones junto al arcén, pidiendo agua con una voz ronca que nadie parecía escuchar.

Thomas observó el cuadro con una contracción involuntaria en los músculos de la mandíbula. Aquella masa de hombres derrotados y desplazados aterrorizados no se retiraba en orden ni ejecutaba una maniobra táctica; era el reflujo sangriento de un desastre que se incubaba unas millas más adelante.

—Esto es un desastre, Miller —dijo James Whitaker desde la plataforma trasera de la carreta, donde permanecía reclinado sobre los sacos de tanino mientras Lizzie le ajustaba el paño húmedo en la frente—.

He visto pequeñas escaramuzas entre la milicia y los desertores, pero este caudal de heridos solo significa una cosa: la línea defensiva del río ha saltado por los aires.

Ha tenido que haber un enfrentamiento a gran escala en el valle del Madero.

—¿Se sabe quién controla los accesos al puente de hierro?

—preguntó Thomas, haciendo una pausa para limpiarse el sudor del pómulo con el reverso de la manga—.

Si las tropas regulares han roto la posición, la ruta principal hacia la frontera estará bloqueada por controles de carretera y puestos de requisa.

Whitaker negó con la cabeza, dejando escapar un leve chasquido de frustración entre los dientes.

—Nadie sabe nada con certeza. Entre la gente del camino solo corren rumores contradictorios.

Unos juran que las tropas de la reserva han sido aplastadas y que los regimientos del norte avanzan hacia el cantón quemando todo a su paso.

Otros dicen que la milicia ha contraatacado y que están ejecutando en el acto a cualquier hombre en edad militar que no presente su pase de servicio.

Lo único seguro es que nadie está logrando cruzar hacia el condado vecino por los caminos ordinarios.

Un frío helado, ajeno a la humedad de la sierra, se instaló en el pecho de Thomas.

Si las noticias eran ciertas, la contienda no solo los estaba persiguiendo, sino que se estaba cerrando como una tenaza sobre las únicas vías transitables hacia la libertad.

Cada legua que avanzaban hacia el Norte los aproximaba al epicentro mismo de la vorágine, pero detenerse en aquella garganta congestionada de fugitivos significaba quedar a merced del primer destacamento que decidiera limpiar la zona.

William Harper, que había mantenido un silencio sombrío mientras bregaba con las riendas, tiró con violencia del freno de mano, haciendo que la carreta se detuviera en seco en mitad de un ensanchamiento de la calzada.

El comerciante saltó al suelo con el rostro lívido, encarando a Thomas con los ojos desorbitados por el miedo acumulado durante las últimas horas.

—¡Hasta aquí llegamos, Miller! —bramó Harper, señalando con el látigo la procesión de heridos y carromatos destrozados que descendía por la ladera—.

¿Es que estás ciego? ¿No ves lo que hay ahí delante?

Nos estamos metiendo de cabeza en el infierno.

Ese camino no conduce al Norte; conduce directamente a una posición militar, a granjas ardiendo y a soldados desquiciados que nos fusilarán para quitarme las mulas y la carga.

—Si nos damos la vuelta ahora, Harper, nos toparemos con los retenes que dejamos atrás en Oakhaven —replicó Thomas con voz baja pero tajante, dando un paso hacia el comerciante para mantener la discusión lejos de los oídos de los niños—.

La retaguardia está cerrada. Los campos que dejamos a la espalda están siendo peinados por las patrullas de leva.

Dar la vuelta no es regresar a la seguridad; es volver directamente al lugar donde nos cazaran como a alimañas.

—¡Tengo a mi familia en el taller! —estalló Harper, con los puños temblándole por la rabia y el desaliento—.

Tengo un negocio, una casa y unos ahorros enterrados en Oakhaven.

Arriesgué mi carreta por un puñado de monedas y por la promesa de un camino despejado, pero no voy a sacrificar mi vida ni mis animales por tus fantasías de cruzar la frontera en mitad de una batalla.

Voy a dar la vuelta a la carreta en esta explanada y regresaré por la variante del arroyo antes de que sea demasiado tarde.

Josiah Carter se interpuso con suavidad entre ambos hombres, apoyando la mano en el pecho de Harper para detener su avance descontrolado.

—Escúchame, William —intervino el viejo arriero, manteniendo una serenidad inquebrantable—.

Llevo cuarenta años recorriendo estos pasos de montaña.

Si das la vuelta ahora con esta mole de madera, no tardarás ni dos millas en tropezar con la caballería de la reserva que escuchamos esta mañana.

No te pedirán los papeles ni te dejarán explicar que eres un comerciante honrado; te confiscarán el tiro, te acusarán de colaborar con los fugitivos y terminarás tirado en una zanja.

Nuestra única opción es averiguar qué ocurre realmente antes de tomar una decisión irrevocable.

Lizzie se acercó desde la trasera de la carreta, sujetando la manta con la que cubría a Martha. Su mirada no reflejaba el pánico descontrolado de Harper, sino una determinación serena y acerada, madurada a lo largo de días de privaciones y peligro continuo.

—Thomas tiene razón, Mr. Harper —dijo Lizzie, mirando al comerciante a los ojos—.

Todos tenemos algo que perder. Nosotros perdimos nuestra casa en St. Jude y no nos queda nada a la espalda salvo la ruina y las cadenas.

Si nos detenemos por miedo a lo que pueda haber tras la colina, habremos recorrido todo este sufrimiento para nada. Debemos saber a qué nos enfrentamos.

Harper miró a Lizzie, luego a Thomas y finalmente al grupo de desplazados que los observaba en silencio desde la orilla del camino.

Las palabras de la mujer parecieron mellar la coraza de pánico del carretero, dejándolo inflado de un agotamiento profundo y amargo.

Dejó caer las manos a los lados, dejando escapar un suspiro entrecortado.

—Está bien —cedió Harper con voz opaca, pasándose la mano por los ojos cansados—. Avanzaremos hasta la divisoria de la loma, pero no daré un solo paso más hacia el descenso si la calzada está tomada. Si hay peligro inminente, desengancharé las mulas y os dejaré a vuestra suerte.

—Es un trato justo —asentó Thomas.

La caravana reanudó la marcha en silencio.

La pendiente se hizo más pronunciada al acercarse al puerto de la sierra, donde las rocas calizas y los matorrales sustituían a la vegetación.

El flujo de heridos y desplazados comenzó a ralear, no porque el peligro hubiera pasado, sino porque pocos se atrevían a seguir por aquella vertiente expuesta.

Al alcanzar la cresta de la pequeña elevación, Thomas hizo una señal al grupo para que detuviera la marcha y permaneciera al abrigo de la trinchera natural que formaba el talud de la carretera.

Dejando a Josiah a cargo de la vigilancia de los animales, Thomas avanzó a gatas por la pendiente de hierba seca hasta coronar el promontorio más alto de la loma.

Se tendió sobre el vientre entre las rocas calcinadas, ajustando la vista hacia el amplio valle que se desplegaba a sus pies.

La vista panorámica del horizonte septentrional, que en días claros permitía atisbar las llanuras prósperas que conducían hacia la frontera, se hallaba amortajada bajo una atmósfera tétrica y claustrofóbica.

A menos de cuatro millas de su posición, allí donde el río Madero serpenteaba entre las lomas y el trazado del ferrocarril del norte, el cielo de la tarde estaba desgarrado por espesas columnas de humo denso, negro y plomizo, que se elevaban en espirales gigantescas para fundirse con la masa de nubes bajas.